malversando.blog

Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

homo.narco.necro.capitalista: @eltlacuache40

1: Me dispongo a propinar una serie larga y numerada de tuits sobre algo que escuché en el programa de radio de @eltlacuache40

2: esta tarde venía en el taxi, escuchando a pesar de mí un inane programa llamado “vivoreando”, cuyo locutor es el susodicho @eltlacuache40

3: el principio del programa: el auditorio llama para contar intimidades propias y ajenas en contra de algún colega, familiar, conocido…

4: en eso, una muchacha ecuatoriana llamó a @eltlacuache40 para quejarse de que no pudo tomar su avión de regreso a Ecuador

5: la ecuatoriana ya había documentado pero en la sala de abordar no la dejaron subir porque su maleta de mano era demasiado grande

6: la ecuatoriana le contó a @eltlacuache40 el arrogante trato que sufrió de parte de @AeroMexico: no la dejaron abordar

7: ella propuso vaciar a la mitad su equipaje de mano con tal de que @AeroMexico la dejara abordar (al teléfono @eltlacuache40 asentía)

8: ya no tenía un centavo y su novio mexicano ya no estaba en el aeropuerto: debía abordar ese avión de regreso a Ecuador, @eltlacuache40

9: no sólo @aeromexico no la dejó abordar (perdió el avión) sino que rompieron también la maleta que ya había documentado, @eltlacuache40

10: su relato quebraba el corazón

11: al terminar su llamado a @eltlacuache40, ella le envió un mensaje a la azafata que no la dejó abordar: todo se paga en esta vida

12: y para @aeromexico resumió su sentir en un: chinguen a sus madres, aún estoy en México, aún no me puedo ir

13: y colgó

14: tras la llamada, @eltlacuache40 dijo que su programa no era la profeco, y que por favor no lo llamaran para hablar mal de las marcas

15: RT @eltlacuache40: “nosotros vivimos de las marcas, así que si van a hablar de ellas, mejor llamen a @Profeco y no a mi programa”

16: pregunta: ¿qué mal software le instalaron a @eltlacuache40 en vez de la dotación humana de neuronas?

17: @eltlacuache40 es un ejemplo paradigmático del homo.narco.necro.capitalista: soldado sin horizonte ético, nacido para defender su marca
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18: Fin de la transmisión. Que duermas bien en tu paraíso duty.free, @eltlacuache40

Pierre Menard de Avellaneda: una máquina de reescribir

La navidad pasada me regalaron un boleto para ver un espectáculo de danza intitulado Robots, creación de la coreógrafa Blanca Li. En la coreografía intervienen cuatro mujeres, cuatro hombres, ocho autómatas musicales y seis robots modelo Nao. Independientemente de que los robots bailan muy bonito (a veces se caen pero se levantan), las secuencias que recuerdo con más nitidez son aquellas en donde los bailarines humanos imitan a los robots. Una en particular me viene a la memoria ahora: los bailarines humanos están vestidos con el uniforme característico de los empleados de conocida cadena de comida rápida: sus movimientos laborales de rutina se aceleran a tal grado que uno no puede menos que sentir cierta lástima por esos seres de carne y hueso obligados por la ley de la oferta y la demanda a deshumanizar sus cuerpos hasta convertirse literalmente en carne de robot. La máquina no es ya entonces un fantasmagórico remplazo potencial de lo humano sino un instrumento crítico para interrogarnos sobre la deriva productivista, la explotación del hombre por el hombre y todo el mal radical que el macdonalds inflige a sus empleados y al mundo. La escena de danza me recordó también la famosa frase de Dijkstra:

“La cuestión de si una computadora puede o no pensar es tan poco interesante como la de si un submarino puede o no nadar”

Esta postura implica cierto grado de renuncia a la hipótesis postulada por Alan Turing en 1950 (Computing Machinery and Intelligence): para considerar que una computadora piensa, su conversación con un interlocutor humano debe ser indistinguible de la de un humano común y corriente. A este santo grial de la inteligencia se le denomina test de Turing. Permítaseme aquí abrir un paréntesis para describir los experimentos tipo Mago de Oz (indispensables para demostrar la hipótesis de Turing) porque siempre me han parecido muy evocadores. El experimento del Mago de Oz consiste en plantar a un usuario frente a una computadora y ponerlo a utilizar un programa cualquiera, por ejemplo un programa de diálogo en lenguaje natural (así le decimos los informáticos a la lengua ésta, que tú y yo hablamos, para diferenciarla de los lenguajes artificiales de programación). El usuario probablemente piense que está dialogando con un programa, pero la parte Mago de Oz del asunto consiste precisamente en que detrás de la cortina hay un humano disfrazado de programa computacional operando el asunto. Estos experimentos se utilizan sobre todo en estudios sobre interacción hombre-máquina, pero si algún día las computadoras aspiraran a esa forma inteligencia humana que Turing les presta, sin duda lo demostrarán vía un experimento de tipo Mago de Oz. Experimentos aparte, a mí la cuestión del Mago de Oz me parece un tanto cuanto poética porque, si bien no creo que las computadoras aspiren a una inteligencia humana que les permita dialogar con nosotros en el corto plazo, el hecho de que escondan su identidad detrás de una cortina es ya un principio de humanidad.

Regresemos pues, al tema. Cité a Dijkstra y a Blanca Li en oposición a Turing para insistir en que por el momento las computadoras son una herramienta como cualquier otra, con la particularidad de que su capacidad de cálculo nos permite delegar en ellas cierta inteligencia cuantitativa. No intelectual, no emocional, vagamente cualitativa pero sobre todo cuantitativa, numérica, capaz de procesar grandes cantidades de datos. El cálculo es a la computadora lo que la natación al submarino: una función atribuida y sujeta a errores, más cercana a la llave Stillson que al cerebro humano. Dicho lo cual, podemos ahora sí presentar nuestro proyecto de construcción de una máquina de reescribir, advirtiendo siempre que el objetivo de tal máquina no es de ningún modo remplazar al autor por una máquina sensible, talentosa e inteligente (pues tal máquina por ahora no existe) sino construir una llave Stillson literaria, prima hermana del dicionario, pariente cercana del procesador de texto, hija adoptiva del corrector ortográfico, que baile tan bien con los humanos y se asocie tan bien a ellos que al fin y al cabo sea capaz de producir obras literarias de reciclaje tan densas y a la vez aéreas como las coreografías de Blanca Li.

Eugenio Tiselli hizo ya algo parecido con su Mareadora: un programita que come frases del internet, las marea en Php (lenguaje de programación que impulsa, por ejemplo, la Wikipedia) y escupe poemas. Y como en tiempos del Ouvroir de littérature potentielle (alias Oulipo) no había Php, pues se usaban restricciones matemáticas formuladas de manera analógica (es decir, con lápiz y papel). Y si me apuran, podemos elongar el tropo para ligarlo hasta los surrealistas, quienes en su afán de renunciar a la razón para soltar al animal freudiano matizaron su escritura con el adjetivo automática, acaso porque en ciertos ámbitos crueles donde los referentes humanos se disuelven (por ejemplo: las trincheras de la primera guerra) (otro ejemplo: la cadena de producción de un macdonalds) la máquina o su posibilidad proveen cierta sensación, así sea imaginaria, de estabilidad tranquilizadora.

“No quería componer otro Quijote (lo cual es fácil) sino «el» Quijote.”

Así describe Borges la imposible intención de Pierre Menard en aquel cuento epónimo sobre el hombre que logró reescribir de cero dos capítulos del Quijote. A partir de esta idea de reescritura y de una dosis no despreciable de vino tinto, unos amigos y yo escribimos hace unos años el Manifiesto de la literatura huiqui, en donde proponemos un nuevo derecho de lector: el poder de alterar, corregir, reescribir lo que uno está leyendo. El antiguo soporte de la literatura no permitía tal caso de uso, y qué bueno porque seguro en tiempos de Gutemberg el hecho de cambiarle el final al Génesis hubiera llevado al usuario a la excomunión, por no hablar de otras prácticas católicas como la pira o la tortura. Sin embargo el advenimiento del wiki y la propiedad colectiva, gratuita y abierta de la Wikipedia (informáticamente impulsada por Mediawiki, motor wiki programado en Php, y socialmente por el colectivo de huikritores voluntarios) permiten de algún modo imaginar una propiedad colectiva del texto que, sin buscarlo intencionalmente, acaso materialice aquella cacareada muerte del autor con que Barthes y Foucault agitaban al gallinero literario en 1968.

El caso de uso canónico de la literatura huiqui no especifica consigna alguna sobre cómo reescribir Macbeth, el Génesis o Madame Bovary (por no hablar textos menos gloriosos, como los discursos políticos). Uno puede reescribir el texto fuente desde cero, o samplearlo en spanglish como hace Tryno Maldonado con el Poema de los dones, o tan sólo tomarlo de pretexto introductorio para otro texto sobre otro tema, como Alberto Chimal con Los funerales de la Mamá Grande. Nuestra nueva máquina agrega una restricción borgoulipiana (si se me permíte el epíteto) extra: reescribir un pseudo texto utilizando las mismas palabras con la misma frecuencia léxica del texto fuente. ¿Qué quiere decir esto? Pues que si el usuario desea reescribir el Quijote, el léxico del nuevo texto (llamémoslo pseudo.Quijote) deberá ser escrito con las mismas palabras que utilizó Cervantes. Pongo un ejemplo: no podremos escribir la palabra teclado puesto que (como bien señaló Borges) no habia teclados en los tiempos de Cervantes y por lo tanto la palabra teclado no ocurre en el Quijote original. El corolario a dicha restricción consiste en respetar la frecuencia léxica de cada palabra contenida en el Quijote original. Otro ejemplo: en el pseudo.Quijote la palabra niña sólo podrá ser utilizada en doce ocasiones, puesto que Cervantes sólo la escribió doce veces en el Quijote. Los oulipianos saben bien que la frustración es prima hermana de la restricción, pero justamente fueron ellos los que descubrieron que superada esta frustración sigue una etapa fértil en donde la restricción da de sí. Es aquí cuando el reescritor del Quijote se puede dar vuelo escribiendo 2145 veces la palabra Sancho, pues es éste el número de ocurrencias de tan entrañable personaje en el Quijote original. Conforme esto escribo pienso que a Avellaneda le habría sido muy útil nuestra herramienta para escribir su Quijote apócrifo, y de pronto, por magias del arte informática, su nombre pasa a engrosar el conjunto de lexías que dan título a nuestro proyecto: Pierre Menard de Avellaneda.

La especificación de nuestra máquina de reescribir está casi lista, excepto por una última función: la asistencia a la escritura. Los huikritores quisiéramos que la interfaz de usuario nos ayude literal (si no literaria)mente a reescribir. Es decir, que conforme vamos tecleando el pseudotexto, la máquina nos impida escribir palabras que no formen parte del léxico del texto original, y que a su vez mantenga un contador de frecuencia léxica para cada una de las palabras del pseudotexto de forma y manera que cada que yo teclee la palabra niña, la cuenta asociada a esta palabra disminuya, y que cuando la ocurrencia de niñas en mi pseudo.Quijote alcance la cifra 12, Pierre Menard de Avellaneda me señale que ya no me quedan niñas disponibles, habrá entonces que usar algún sinónimo (infanta: 27 ocurrencias disponibles en el Quijote). Además de estas funciones, que hacen las veces de candados para la restricción borgoulipiana, el huikritor solicita la función de proponer sintagmas evocadores del texto original conforme se está escribiendo el pseudotexto. Es decir, que en el decurso de la redacción, la interfaz le proponga al huikritor secuencias de palabras aprendidas del texto fuente, pero ojo: no frases literales del Quijote, sino sintagmas que lo evoquen, se le asemejen, huelan al Quijote (o a cualquier otro texto fuente). Para tal efecto utilizaremos métodos provenientes de la Lingüística Computacional, y en particular un modelo de lenguaje basado en:

Cadenas de Markov

La historia de las cadenas de Markov no es en lo absoluto ajena a la literatura. En 1906, el profesor jubilado Andrei Markov iba en el tranvía de San Petersburgo leyendo Eugenio Onegin, convencido de que su camino en las matemáticas había llegado a su fin, cuando de pronto percibió la tensión de una presencia ajena al texto detrás del texto: los versos de la novela de Pushkin se disolvieron ante sus ojos, perdiendo de pronto su sentido narrativo y poético para transformarse en secuencias de caracteres del alfabeto cirílico en donde la probabilidad de ocurrencia de cada letra no estaba aislada de las demás (como en un tiro de dados o un volado) sino condicionalmente encadenada a una leontina de probabilidades contenidas en la probabilidad de ocurrencia de la letra inmediata anterior. Tras seis años interrogando la combinatoria alfabética de Pushkin, el mago de Oz de la estadística corrió la cortina de la poesía y le entregó a Markov un modelo formal para la cadenita de perlas estadística con las que iba a revolucionar la teoría de probabilidades del siglo XX, y cuyas aplicaciones hoy en día saltan gráciles de la genética a la economía pasando por el algoritmo de búsqueda de Google.

A partir de los años setenta, la cadena de Markov emprenden un movimiento pendular de regreso al campo literario. Surgen entonces generadores markovianos de pseudotexto automático a partir de un texto original, como Dissociated Press (que reorganizaba las palabras de los cables de Associated Press y hoy forma parte del procesador de texto abierto Emacs) o Travesty (programado en Pascal a principios de los años ochenta). El modelo de lenguaje para producir los sintagmas pseudo quijotescos de Pierre Menard de Avellaneda está basado en un análisis de cadenas de Markov. Si bien Pierre Menard de Avellaneda es una aplicación lúdica, su modelo podría ser aplicado a otras tareas de Lingüística Computacional donde la generación de texto es necesaria, como el resumen automático de textos. En la experimentación a partir de este modelo participan investigadores del laboratorio LIPN (Universidad de Paris 13) y del IIMAS (UNAM).

Lo que ya no da tiempo de decir (pero sí de hacer)

En algún artículo Rafael Lemus sugirió que la literatura de mercado ya no necesitaba a los críticos y pronto, a fuerza de libros escritos por políticos, futbolistas y demás fauna famosa, también prescindiría de los escritores. A partir de Pierre Menard de Avellaneda podemos dialogar entonces con otros artefactos que exploran las fracturas de la literatura sin autor. Por ejemplo, el la literatura no creativa de Kenneth Goldsmith, quien postula que la subjetividad está agotada y dada la configuración actual del mundo, el único rol del escritor consiste en copiarpegar fragmentos de la inmensidad del archivo: transcribir pirateando o piratear transcribiendo los cien mil millones de sonetos que ya tenemos. O el Manifiesto sobre la poesía maquinal de Eugenio Tiselli, para quien las máquinas representan el último depósito moral de un mundo cuyos referentes éticos han sido carcomidos hasta la ceniza por el necrocapitalismo ambiente de los humanos. O incluso la lectura que Michel Onfray hace de la Vita activa de Hannah Arendt, en donde las máquinas representan lo opuesto: depósitos para lo indecible y lo impensable, algoritmos entrenados para calcular la proporción de trabajadores por despedir (y despedirlos); o ya métodos de deep learning cuyo output es una lista de terroristas el dron toma como input para liquidarlos desde el cielo sin intervención (ni responsabilidad) supuestamente humana. Pero por un lado este texto ya desbordó la restricción paleoulipiana que nuestra editora fijó como meta (12 mil caracteres) y por el otro Pierre Menard de Avellaneda no ha sido aún programado, por lo que es momento de ponerle pausa a esta promesa, prometiendo que el asunto verá la luz en próximas fechas en literaturawiki.org. Entonces, pseudo.quijote en mano, tendremos más elementos para seguir conversando.

Episodio 9: Paleo Porno

Fragmento del Retrato_de_Dorita_Garay.wilde.harmodio.huiqui, novela en construcción abierta a la edición colaborativa (cualquier lector puede aportar modificaciones).

No importa si se trata de cuento, poesía épica, novela, teatro o serie porno policiaca. Lo que importa es que el relato, en todas sus posibles declinaciones, respete cuatro imperativos:

  1. Imperativo de audiencia: que el relato sea atractivo para el máximo número de espectadores.
  2. Imperativo de utilidad: que la diferencia entre los costos de producción y los ingresos por ventas sea de favorable para la Producción.
  3. Imperativo de entretenimiento: que la historia no sea aburrida ni larga ni difícil ni abstracta.
  4. Imperativo de calidad moral: que la historia no contradiga los valores morales y sociales dominantes de nuestros consumidores.
  5. Imperativo de licenciamiento: la historia se puede declinar en todos los soportes propietarios posibles: película, serie, obra de teatro, novela, cómic, juego de video, bolsas con el rostro de los personajes, álbum de estampas, juego de rol (todos licenciados bajo une estricto esquema de propiedad intelectual).

La lista de cinco imperativos interrumpe brutalmente el relato. ¿Pero con qué derecho el relato se permite continuar mientras hay un personaje encerrado allá en su futuro, en una cámara de tortura? ¿No debería el relato padecer las mismas vicisitudes que esa pobre mujer desnuda frente en una habitación vacía? Con esa misma brutalidad, el Accionista Mayoritario impone nuevos cambios en la trama. Sin preguntar ni tomar en cuenta a nadie, como si fuera la única presencia encarnada en una sociedad de invisibles. El otro, llámese productor, personaje o guionista, sencilla y transparentemente no existe más que como servomecanismo biológico de transmisión y ejecución de órdenes. Una tortura.

El Accionista Mayoritario exige recorrer tres años atrás la historia del embarazo de Dorita porque en principio no es posible que se le siga llamando adolescentes a gente de 18 o 19 años. Ni a los tramoyistas ni a los espectadores les gustan este tipo de cambios, que impiden por un lado que los personajes se fijen en la mente del lector y por el otro que los tramoyistas lleguen a su casa temprano a trabajar (el cintillo informativo agrega: en México no se le pagan horas extras a los tramoyistas porno policiacos). Es necesario entonces introducir aquí una serie de voces en off subtituladas que ubiquen la acción

Ciudad de México, 1987

  • Dora: 14 años
  • Basilio: 15 años
  • Enric: 16 años recién cumplidos.

Pongan los espectadores pausa a la secuencia de la orquesta filarmónica (o hagan retromnesia de la retromnesia de la retromnesia anterior, si no es mucho pedir) para proceder a presenciar el decimosexto aniversario de Enric. No la celebración oficial (papás en restaurante, tardeada en una discoteca decente en cuyo traspatio alguien vende bebidas clandestinas a los menores de 18) sino la privada, que empieza cuando la oficial concluye. Los papás de Enric se van a dormir, la casa es enorme, tiene un recibidor bien insonorizado donde es posible escuchar música a todo volumen con un sonido de nitidez Harman Kardon, mismo en donde Enric cita a su mejor amigo y la mejor amiga de ambos para ver una película porno pensando sorprenderla, a ella, que practica el sexo discretamente desde los 13. Eso sí, ella nunca ha visto porno porque aún faltan veinte años para que la tecnología permita la total evangelización pornográfica del planeta (premisa principal: Aristóteles es un hombre; premisa menor: todos los hombres ven porno; conclusión: Aristóteles ve porno) pero la intuición innata de los Piscis (Dorita es Piscis y uno de los guionistas cree de pe a pa en la infalibilidad de la astrología) ya intuye (bien) que Enric buscará un día ideal en el recibidor (por ejemplo: su cumpleaños), que Basilio llegará con miedo porque aún no sabe en carne propia nada de sexo: lo poco que conoce lo conoce de masturbarse a escondidas con el Amante de Lady Chatterley (preporno pobre) o envolver Justine en papel Manila para que en el microbús nadie note que lee al Marqués de Sade con una sola mano mental. Y sobre todo por haber escuchado las anécdotas de Enric, gran contador de intimidades sexuales cuya autenticidad no están ni por un momento en duda debido al nivel infinitesimal de detalle con que las describe o a que tiene coche (ya no un Nissan Tsuru sino un memorable Renault 5) o que apoda a su pene (lisonjero) Lentoamargo Animal Perea, pero principalmente debido a que el ginecólogo y su encantadora esposa son personas (ya se ha dicho) poco observantes de la cuestión moral, que permiten que las novias de sus hijos de apenas 16 duerman con sus hijos de 16. Mejor aún, la principal gloria de guerra de Enric (acaso no halla mejor palabra que la guerra para describir la lucha de un adolescente por iniciar su carne propia en el negocio del deseo) es haber embarazado a su primera novia, dos años mayor que él, misma clase social, misma escuela privada, ojos claros por supuesto, tal y como lo exige el canon racisclasista.

Ni todas las lecturas ni toda la superioridad intelectual ni todas las obras completas del marqués de Sade con que Basilio ha calcinado sus pestañas nocturnas le llegan al talón de Aquiles de eso que Enric y su Lentoamargo Animal Perea han logrado: coger. En carne propia, en carne ajena, en los moteles, en el recibidor, en el departamento que sus papás acaban de comprar en Cancún. Entremeterse así en los pliegues de alguien y salir airoso con un condón lleno de leche en alto y una sonrisa, doble y cómplice, resucitándose del orgasmo en la cara. ¿Cuántos años nuevos lleva el pobre de Basilio levantando su copa en la cena familiar y repitiéndose el mismo deseo: ¡me juro, me prometo, me reitero que este año sí pierdo la virginidad!

Dora, por el contrario, es más discreta, más inteligente que sus amigos. Ella les hace creer que no se ha cogido a nadie nunca, ella va por la vida como bióloga o concertista de tuba o escritora en ciernes (aún no decidimos) y los invita al taller literario de Giorgio a donde Enric no va por miedo a sus proverbiales, casi patológicas, faltas de ortografía (hágase aquí un paréntesis para explicar que las faltas de ortografía acompañarán a Enric toda su vida, sin importar que en el futuro se vuelva un lector voraz o que se cultive con disciplina de atleta para sobrepasar a Basilio: no es negligencia ni indisciplina, acaso un cable neuronal suelto).

Ahora sí, tenemos a tres adolescente viendo una paleo película porno en el recibidor de una casa aledaña a la Calzada de los Misterios, cerca del camino que lleva a la Basílica de Guadalupe. Colonia Industrial, tres pisos, acaso cuatro, muchos cuartos, otros tantos coches, los papás ya se fueron a dormir y tienen el sueño pesado. Enric manipula un control remoto de un tamaño inusitado para echar a andar el reproductor de cartuchos Beta. En primer plano, un cassette negro, enorme a ojos de los nuevos espectadores, ya acostumbrados a la inmaterialidad de las videotecas de hoy en día, puramente ideales, sin casette ni soporte material que las ampare: imágenes que desembarcan a lo fantasma pirata en los puertos de nuestros discos duros, como transportadas por un espíritu santo inalámbrico.

La imagen de Ginger Lynn, prominente actriz porno de finales de los 80, aparece en la superficie verde del monitor marca Sony, modelo Trinitrón. Se intentará aquí generar un efecto de desfase temporal: lo que en 1987 excitaba a los adolescentes ahora parece inocente, infunde ternurita y por supuesto no porta carga erótica alguna. Entonces nuestro nicho de mercado (adultescentes tardíos, de entre 35 y 45 años) deberá sentirse transportado a aquella época y picar definitivamente el anzuelo comercial que se le está tendiendo.

En el trinitrón espeso de la pantalla aparece un plomero acompañado de música de consultorio dental. Dora se carcajea, ¡qué ridículos! ¿cómo pueden excitarse con eso? Enric y Basilio contienen sendas erecciones duras cual obelisco aplastado por pantalón; no están preparados para la burla y sin capacidad de respuesta emocional se desubican y se empiezan a poner nerviosos. Basilio sonríe en falso y advierte: tengo que ir al baño.

Prosigue aquí una secuencia algo vergonzosa para Basilio, que empieza con un gas incrustado entre el aparato digestivo y el reproductor. Si el presupuesto lo permite, que una toma penetre aquí en los órganos interiores de Basilio, con una voz en off que explique como, por cuestiones relacionadas con la evolución o alguna otra digresión didáctica de interés para los picos de audiencia, la erección bloquea los procesos urinarios y digestivos y los gases quedan encerrados en el estómago mientras dure la erección. Que los guionistas se las arreglen para representar la erección de Basilio por dentro, la raíz del pene en la intimidad, como un haz de músculos y tejido cavernoso. Mecánica anatómica pura. Maquinaria, poleas, engranajes biológicos, autopoiesis porno (el término es meramente informativo: por favor, evítese durante el rodaje).

Huele a orgía. Los labios de Dora, el sudor de Enric, la impaciencia de Basilio, todos signos premonitorios de un escarceo sexual de tres bandas. Sin embargo la preocupación de Basilio, neurótico precoz, es la siguiente, misma en la que piensa mientras abandona el porno y a sus dos amigos en el recibidor y se dirige al baño: ¿qué pasa si ahora Dora nos besa y nos la cogemos? Se me va a notar que no sé coger. Pero eso es lo de menos. ¿Qué pasaría si se me sale un pedo mientras estamos cogiendo? La vergüenza. La ignominia. El fin de la erección apenada, avergonzada, desinflada. Mejor voy al baño, me sacudo los intestinos hasta que salga el pedo y regreso, confiado y listo para perder al fin la virginidad sin que mis amigos se den cuenta.

¿Y si mejor escribiéramos el libreto para un musical? ¡Al diablo la serie: un musical con poco texto y mucha más canción! Tramoyistas: consigan una orquesta y actores que sepan bailar. Ya los guionistas nos las arreglemos para extender la elipsis hasta el pomo de la puerta del baño. Un pestillo se cierra cerca. Basilio respira hondo, piensa en otras cosas, fútbol, la escuela, imágenes vergonzosas que expulsen de la imaginación del haz de músculos que constituye la raíz de su pene (toma internista) la obsesiva presencia del cuerpo suavecito de Dora, sus senos firmes, y qué bueno que esto es un musical y no literatura porque así la naturaleza del género nos evita la vergüenza de yuxtaponer dos palabras ya tan yuxtapuestas como senos y firmes, o mamas y turgentes, o pezones y encendidos.

Suena ahora una canción cuyo estribillo reza: “el arte es el artefacto de puesta en vida o muerte del artista”. Suena después un gas anal, un flato, un pedo, pero no un pedo bufo de chiste de cantina, sino un pedo interior de esos que no no es posible denominar pedos sino meteorismos y cuyo eco resuena en la totalidad de una cavidad torácica techada por tamaño firmamento apocalíptico, y los gases intestinales surcan así la bóveda estomacal serios, perfectamente desprovistos de humor, como amenazas del fin de los tiempos.

La siguiente canción se llama “el arte cubre, protege y alivia”. Sin erección y sin gas, Basilio (o el actor de music hall que lo representa) regresa bailando por el pasillo, bien dispuesto a perder la virginidad. ¿Qué se encuentra? A Dora y Enric enzarzados en un beso. No lo esperan. No lo necesitan. La mano de Enric desaparece entre los botones del escote de Dora. Un manco. El brazo no le duele. Basilio sobra. Basilio cierra la puerta por fuera. Enric apenas tiene tiempo de mirar su huida de reojo. No importa. Importa la especie, la urgencia sexual, la prevalencia genética de los gametos.

Tercera y última canción: “el arte no crea objetos: el arte crea relación”. Son canciones futiles, que surgen en la mente de Basilio en sustitución de la líbido necesaria para acercarse a la pareja que se besa y acariciar a Dora por la espalda, apartar juguetonamente a Enric e incorporarse sin temor al círculo para transormarlo en triángulo sexual inédito. Pero lo único que le llegan a la cabeza son las frases inteligentes de siempre destinadas a impresionar a sus amigos, ahora extemporáneas pues mientras estén trenzados en un beso Dora y Enric son inmunes al lenguaje.

Últimos fragmentos de un largo viaje.2

Por Christiane Singer

[..] Queridos amigos:

Me veo obligada a anular mis seminarios y conferencias. Dentro de poco me operarán y el diagnóstico es grave. Sería yo feliz si recibieran ustedes esta noticia como yo la recibí: con el corazón abierto y sin juicio. Toda existencia es singular; ésta que yo vivo –y que quizá se prolongue– es una vida verdadera y plena hasta derramar el vaso de amor, de amistad, de encuentros, de fervor, de compromiso hacia lo vivo y también de locura. Las pruebas tienen ahí un lugar como todo lo demás y yo acepto sin regatear ésta que ahora se presenta ante mí.

*

[..] Tal como lo prometí (y con alegría)…

Creo que este libro tiene luz propia. ¡La gracia de él que recibí mientras le abría paso!

Cuídalo, te lo ruego. Mi ilusión sería que se publicara lo antes posible. Sería una forma muy fuerta de entrar de aquí en adelante en un espacio NUEVO –poco importa dónde o qué– pero NUEVO.

Christiane Singer a su editor
2 de marzo del 2007

*

[…] Tengo una enfermedad. Es un hecho. Está en mí. Mi trabajo consiste ahora en que la enfermedad no me tenga: en no estar yo dentro de la enfermedad.

Últimos fragmentos de un largo viaje.1

Un [ joven/frío/científico ] doctor le diagnostica a Christiane Singer seis meses de vida y un tumor. Ella toma su pluma y escribe Derniers fragments d’un long voyage: un puñado de páginas literales, en el umbral de la despedida definitva, en donde una adicta a la vida toma el cáncer como una pista de despegue para emprender un [altamente literario] vuelo espiritual. Ya existe una versión en español pero está agotada, y como quería compartir ciertos fragmentos de este vuelo lírico y vital con seres muy muy queridos aquejados de cáncer, heme aquí traduciéndolo, poco a poco, libremente y “a la que te criaste” (que decía Cortázar).

1

[…] Otra cosa peligrosa y superflua en este estado mío de enfermedad es precisamente pensar en la enfermedad. ¡Sin embargo sería temerario dejar la medicina en posesión exclusiva de los médicos!

Seamos claros. Cuando analizamos todo científicamente obtenemos (obvio) resultados puramente científicos. La ciencia engendra ciencia: tautología perfecta. Sistema cerrado sin amenaza alguna en el horizonte. Tenemos resultados pero no frutos. Para que haya frutos, el uno tiene que reventar: para que haya frutos se necesitan dos. A la horizontal del conocimiento habría que adjuntar la vertical de la incógnita doblemente desconocida. Sólo cuando el horizonte científico de lucidez e investigación se junta con la vertical del secreto es que el fruto puede nacer plenamente. Cuidaré que así sea, al menos en mi consciencia. Para lo cual habrá que aguantar mucho tiempo (demasiado tiempo) la presión del no-saber (no-conocer). La modernidad, al soltar sobre nosotros las hienas de la urgencia, vuelve impracticable el acceso a las incógnitas verticales. Además, ¡cuanta gratitud frente al tiempo que se abre ante mí a partir de ahora, otorgándome una libertad que será (al menos así lo espero) cada vez más grande!

Desde ahora, toda mi atención estará concentrada en un solo verbo: ser… ser… ser… ser… […]

Derniers fragments d’un long voyage
Christiane Singer

Fantabulosos sutras de los ojos que da pánico soñar

Prólogo a Such is life in Banana Republic, de Omar Feliciano

Andaba yo el otro día por el Ajusco un 16 de septiembre, día festivo y fiesta patria por antonomasia, cuando vi pasar un desfile. Me acababan de explicar que el pueblo de San Miguel Ajusco es un lugar sujeto a leyes particulares, gobernado por los usos y costumbres de comuneros hereditarios cuya ascendencia se pierde en la noche de los tiempos prehispánicos, lugar en donde no se paga predial, los terrenos se compravenden sin escrituras y los automovilistas pueden perfectamente circular sin cinturón de seguridad. El desfile nacional lo encabezaban los prohombres del pueblo montados en esas literales metáforas de la virilidad comúnmente denominadas caballos. Tras los jinetes ataviados de charro seguían los carros alegóricos con cumbia, las bandas de guerra de estudiantes de secundaria, los numerosos equipos de fútbol llanero, los tres viejitos recalcitrantes que todavía apoyan al Atlante y en general casi cualquier borracho con deseos de oropel social. Entonces, cuando el cortejo parecía concluir, apareció una veleidosa nube de vestidas, no más de diez, barrocas y descocadas lanzando besos al aire personal.

Pensé entonces en el Objeto Textual No Identificado que Omar Feliciano me había enviado por mail y en la encomiable misión de prologuista que me había encomendado. Y mientras las vestidas desfilaban como postdatas sociales desde la periferia de este fin del mundo chiquito que es el Ajusco, mientras sus besos de bilé barbado volaban sobre la concurrencia levantando insultos y piropos por igual, yo admiré la seguridad con que habitaban su condición, además de la osadía de sublimar el burdo alarde de patriotismo en una microceremonia del orgullo gay. Entonces decidí empezar el prólogo con esta escena porque acaso cada una de esas modestas vestidas del Ajusco traiga en la intimidad de su consciencia deseante una noveleta osada y desfachatada como esta que Omar Feliciano, alias Franka Polari, nos acaba de entregar.

Estas palabras regresan a condensarse en tu prístino corpus deseante

Creo que el centro de masas de este OTNI anglicanamente intitulado Such is life in Banana Republic no es una frase, sino una imagen: la del Santo Niño Marica, creada por Medusczka y curada por Feliciano para ser colgada entre los pasajes de su texto.museo. La imagen muestra a una encantadora niña Dios jotita, con vestidito, melenita y chamarrita de cuero en estoperoles. Para mi gusto esa imagen condensa el doble carácter de relato mitológico y cotidiano, épica y crónica, del (abre cita) universo formado por lentejuelas multiculores encarnadas las unas dentro de las otras donde un Buda Country atraviesa la creación cabalgando un caballo y floreándoles la reata a sus devotos (cierra cita) que Omar Feliciano se ha dado por tarea de retratar. Tenemos aquí entonces los tres elementos estructurales del texto de doña Franka Polari: 1) un relato mitológico cuyo propósito de fondo es remojar los mitos orientales y occidentales en pop ranchero, dinamitarlos con panfleto y caricatura para levantar con los restos de su derribo unos Upanishads jotos, reivindicadores del derecho a todas las formas torcidas de procurarse la felicidad; 2) una crónica cotidiana y cachonda de (abre comillas) la experiencia de un joto radical en los márgenes del capitalismo contemporáneo (cierra comillas); y 3) una curaduría ilustrada de 29 obras visuales que avalan y hermanan la perspectiva estética del autor.

                                 Santo Niño Marica (Medusczka, 2013)

“Franka llevaba un pene de hule que presentó al juez de paz”

Luego entonces, el tema de este Objeto Textual No Identificado es un Objeto Sexual Perfectamente Identificado, que para efectos prácticos podríamos sintetizar como un triángulo cuyos vértices están compuestos por la tripleta <falo, ano, feminidad>. El tercer elemento del trío podría parecer sorprendente: no lo es: en este universo de lentejuelas recursivas, la feminidad es gramaticalmente omnipresente: nombres propios, adjetivos, pronombres, sustantivos: al grito de ¡Clara de hueva! el estilo de Omar afemina lo que toca y su hambre de feminidad es tal que, si la norma lo permitiera, hasta las preposiciones y las conjunciones se travestirían. Y entonces, desde la página veintiocho, el sexto rostro de la Tribaldísima Trinidad abre cita y agrega: La red de pescar existe por el pez, una vez que tienes al pez, te puedes olvidar de la trampa […] Las palabras existen por el sentido, una vez que tienes el sentido, te puedes olvidar de las palabras. Es decir, que esa querencia formal femenina se corresponde con un fondo en donde lo femenino es habitado con idolatría islámica: mientras el machismo abandona radicalmente lo femenino para dominarlo mejor, la jotería emprende el movimiento opuesto: invertir a fondo la polaridad sexual hasta ser mas mujeres que Marilyn, Pituka y Paulina juntas. Donde el machismo evacua la feminidad vía la violencia y la dominación, la jotería la habita radicalmente en un carnaval pacífico de idolatría y exageración.

“For the bona draga, for the omee-palomee, for all the queer paralanguages”

¿En qué lengua está escrito Such is Life in Banana Republic? Con un título inglés y una prosa en español de México abundantemente enriquecida con frases en polari y singlish, el texto de Omar Feliciano se construye una lengua mestiza que, más allá del lugar común literario por el cual (abren las comillas con que se citan las frases mil veces escuchadas) “el lenguaje es un personaje”, recrea el efecto de un lunfardo mestizo más propicio para contar la crónica de las periferias, los márgenes, los terrenos sociales poco iluminados en donde la decencia tiene miedo de entrar, o dicho de otra manera, en donde es preferible que entren primero las policías, sean éstas judiciales o morales. Paradójicamente, el polari tiene ahora ecos preciosistas (Bona Omee-Palomee Release-Moi!), lejos de aquella primera función lingüística que consistía en encriptar mensajes de ligue preservando simultáneamente la libertad y el pellejo de los homosexuales británicos en teatros y puertos del reino.

Cabe también la pregunta: ¿para qué solicitar dialectos arcanos ahora, ya entrado el siglo que trajo la normalización de la homosexualidad e incluso su sacralización en el altar monógamo de la familia? ¿Qué caso tiene actualizar el polari hoy, cuando los peligros del teatro y del puerto gay son menos evidentes que en la Inglaterra victoriana? Permítasele al prologuista proponer una hipótesis: el singlish-polari aderezado con español en desuso (un barbilindo gomoso muy mamacito) tiene la función opuesta de aquella lengua encriptada de hace dos siglos: aquella quería ocultar, ésta busca mostrar; aquella necesitaba mimetizar deseos supuestamente contrarios a la norma bajo el disfraz de la normalidad viril, ésta se traviste de pluma y lentejuela para afirmar su periferia y mejor gritarnos al oído su axioma dionisiaco: busca, persigue, inventa, proclama, respeta, combina, acepta las infinitas formas de tu placer.

“La tercera murió de vida, dio a luz a la muerte e inventó las palabras”

Regresando del desfile del 16 de septiembre, al calor de una chimenea del Ajusco, terminé de leer el libro que Omar me había enviado, celebrando que de libro ya le quedara muy poco, puesto que su cuerpo físico es un PDF y su cuerpo búdico.editorial está estampado con un sello copyleft que le da derecho a refocilarse gratuitamente entre las manos de sus lectores. Tras lo cual me pregunté: ¿qué tipo de prólogo voy entonces a escribir? Están los hagiógrafos que inmortalizan al libro desde antes del incípit; están los ultra.analíticos que desmenuzan a posteriori un contenido que el lector desconoce a priori; y están también los académicos que saturan el asunto de citas y teorías contrarias al estado de vigilia. O, peor aún, los prologuistas ególatras que prefieren glosar sobre sí mismos antes que comentar el objeto de tan literaria encomienda. Ahora que releo lo escrito noto que mi prólogo embona en todas las categorías anteriores. Acaso la única manera de salvarlo de ahí sea hablando de lector a lector, con la honestidad y la sencillez de las recomendaciones de sobremesa.

Leí Such is life in banana republic y quedé agradablemente impresionado por la osadía de su estructura, la heterodoxia de sus materiales y el sorprendente mestizajes entre mística, erótica, guarrería, y contrapunto visual. Me dije entonces que sería difícil mantener un ritmo tan intenso a lo largo de todo el texto y creo que así fue: las cuarenta y cinco primeras páginas gozan de una intensidad muy particular que en la segunda mitad del libro acaso se extrañe un poco, pero así son los gajes del novel autor que está aprendiendo a templar su prosa y domesticar sus talentos. Omar Feliciano se ha atrevido sin embargo ni empacho a construir un texto fuerte, original, honesto y raro. Pasen pues los lectores a ver la primera frase del primer canto. ¡Los fantabulosos sutras de quienes toman al orgasmo por su imperativo categórico de cabecera están por comenzar!

paniconografía

Abrupta y brutal, la travestida interrumpe el sepia de la retromnesia, mira a la cámara en primera persona y, desde la legitimidad de su peluca rubia, explica: los guionistas le están a usted mintiendo: esto no ocurre en el pasado sino en el futuro, no es flashback sino flashforward (o post-retromnesia, si prefiere). No se confunda: aquí tiene usted dos lugares y dos tiempos cuyo vínculo común es la fotografía, más precisamente una imagen: el retrato de Dorita Garay. Dos tiempos que corresponden a dos procesos: creación y destrucción. La creación transcurre aquí, en la habitación semivacía del torturador, misma que en cuanto éste apague las luces se transformará en cámara oscura. Sin embargo lo que a usted le va a importar aquí no va a ser la tortura (que ya está demasiado vista) sino la fotografía que será tomada durante la tortura con esta torre instrumental rudimentaria que yo manipulo y que pareciera venir de un siglo anterior más inocente. Voy a aprovechar esta oportunidad, continúa la fotógrafa, para contarle a usted un poco más acerca de este objeto: se denomina paniconógrafo. Sirve para producir retratos in vivo de las personas en sufrimiento, en este caso el retrato real de Dorita en el momento de mayor sufrimiento de su existencia. En toda existencia hay siempre un instante así: un punto cero en donde la quimera de la personalidad se derrumba y el cuerpo se rompe y la consciencia deja de oponer resistencia y se abandona al acantilado de la caída hasta desconectar todo vínculo sensorial y abandonar todo deseo y renunciar a todo recuerdo y reificarse radicalmente hasta convertirse ya no en un animal ni en cosa, sino apenas en algo, algo alienado, objeto sin sujeto, materia inerte cuya única vibración vital es este interminable instante de tiempo detenido al que solemos mal llamar dolor.

Fragmento del Retrato de Dorita Garay (S01E02.panoconografía)

Enrodrigando el barbecho novelístico por la mañana

“La novela es trabajo agrícola, barbecho, sudor cotidiano” me dijo un día Rafael Gumucio en un restaurante de Santiago donde vendían cerveza y tortas de carne, quizá hamburguesas. Después de dos años de no pararme en mi parcela novelística, la encuentro llena de hierba, enredadera y plantas carnívoras correspondientes a esa especie que va carcomiendo el deseo vital de llevar la historia, la forma, el esfuerzo hasta el clímax probable de la cosecha.

Dos años después regreso y me encuentro con la granja abandonada y tres novelas inconclusas. ¿Por dónde empezar? La estrategia de las muñecas rusas aconseja empezar por la última que trabajé, el Retrato de Dorita Garay. ¿Pero para qué regresar a la literatura? ¡Hay tantas otras cosas por hacer en el mundo! Criar al chiquillo, pensar cómo diablos se sale de las fosas de Ayotzinapa, visitar a los amigos, tirarse al féisbuc, emborracharse en el Sully. ¿Para qué volver a la subjetividad del barbecho?

Porque el barbecho, abandonado, olvidado, carcomido por los yerbajos, no dará para comer pero da para vivir: la rutina cognitiva de ponerse cada mañana frente a las palabras para abañarlas, acodarlas, afrailarlas, argabillarlas, agostarlas, terciarlas, escotorrarlas, escardarlas, descogollarlas, desmamonarlas, callearlas y atetillarlas da flores, frutos y deja cuerpo y mente listos para la claridad del presente continuo.

¿Y el demás mundo? El mundo se esconde tras el significado de las palabras. Como dice Madame Franka Polari: “Las palabras existen por el sentido, una vez que tienes el sentido, te puedes olvidar de las palabras“. El barbecho literario matutino es una puerta de acceso (una de tantas) a eso que llamas el demás mundo.

¿Y la historia? La historia es la de una muchacha a la que torturan en un mundo en donde la crueldad ha sido integrada a la gran línea de producción de la riqueza. Algo falso, algo que no existe pero empieza a existir, un triangulo amoroso más o menos común y corriente que en un descuido, en un momento de extravío moral, nos hace desviar el camino y como en la Iliada de pronto ya nos causó una guerra: imagínate que estas viendo una serie de Vietnam y de pronto empiezas a discutir con tu mujer, cualquier pendejada, por qué no lavas bien los tomates, por qué no doblas bien la ropa, y cuando ya te diste cuenta la discusión degeneró en trinchera, Napalm y niñas desnudas huyendo del horror con la mitad del cuerpo calcinado.

Algo así: un orden televisivo que se apodera del bienestar pequeñoburgués de nuestra casa calientita desde donde presenciamos el horror protegidos por la gran escafandra del mercado, ante quien cualquier fuerza se doblega.

En fin, todo esto para decir que ya estoy de nuevo intentando alzando la pluma, pero antes hay que artigar la historia, estiercolar la prosa y entrecavar ligeramente la nueva intención para poder enrodrigar la trama.

Salud.

¿Cuántas veces más vas a intentar resucitar esto?

Hay que resucitar todo esto. La cantera de las letras, la ruina de la literatura en construcción, las dos horas de silencio necesarias para que las palabras se posen en el vacío de la creación. Las circunstancias no lo van a facilitar. Un mundo en apocalipsis cotidiano, una vida dividida entre dos países, una vida sin casa propia. Hay que aprender a escribir sin espacio y sin tiempo. Hay que aprender a escribir en la prisa del instante interrumpido y en la incomodidad de un escritorio reducido.

Hoy por la mañana en el radio hablaban de James Joyce. ¿Cuántas carreras literarias ha arruinado el gran granuja irlandés? ¿Cuántos hemos creído a pie juntillas que el valor de un texto literario es proporcional a su oscuridad? ¿Cuántos lo hemos adorado en la cúspide del altar experimental? ¿Cuántos hemos caído en la trampa de vestir a la mona vacía de formas originalísimas y experimentos incomprensibles para disimular nuestro profundo nada.qué.decir?

Y justo ayer por la noche, a la distancia, mantenía yo con ella una discusión por mensajes cortos en donde ella señalaba que yo prefería el jolgorio de la vida social al silencio espartano (toro por los cuernos) de la escritura. No en tono de reproche (los mensajes cortos apenas y tienen tono) sino de constatación observable. Sales más de lo que escribes ahora que tienes tiempo. Cuando la familia está reunida, cuando la fuerza vital del chiquillo nos consume gozosamente el día y nos llena de una fatiga plena de sentido, ahí sí sabemos por qué no escribimos: porque estamos impulsando a la vida, criando a un torbellino de dos años y medio, proveyéndolo de lo necesario para mantener su impulso vital. Pero ahora que por motivos laborales un océano nos separa, ahora que vivo en un cuarto de monje de ciencia y que mis días consisten en trabajo y poco más, ahora sí que podría hacer espacio y tiempo para sentarme aquí y retomar la pluma, la prosa, ese otro impulso tan parecido en su biofilia al de la paternidad, el impulso creativo.

La pregunta es esa: ¿a qué hora crear, dónde crear, qué sentido tiene crear en este planeta.agregación.de.tsunamis en donde todo ya ha sido creado y no queda espacio para una subjetividad original más ni tiempo para sentarse en calma a conformar un tejido estético fino.

Después de Joyce, el radio se pone a hablar de Duchamp, de la hueva, del rechazo al trabajo, y del gesto genial del huevón que no tiene ganas de trabajar como pendejo y mejor le da la vuelta a un mingitorio para cambiar sin esfuerzo la historia del arte y de paso crear un nuevo género.

Salud.

metrobús Perineo Sur

Estamos en la ludoteca del museo de las ciencias de la universidad. Lucio exige una ludoteca como las que había en aquel otro país donde vivíamos, con dos pisos, dos empleados de tiempo completo, miles de juguetes y una política social vieja de cincuenta años. Pero aquí, en este nuevo país a donde recién nos mudamos ¿dónde hay una ludoteca?

La del museo de las ciencias no está mal. No es lo de allá, pero Lucio parece contentarse con que el nombre del lugar coincida y no parece fijarse demasiado ni en calidades ni en cantidades. La vida es juego por el momento, juego infantil infinito y la insistencia de ir a la ludoteca acaso sea más un consuelo simbólico para sobrevivir a la mudanza (los bebés no se mudan, ¿o sí?) que una necesidad real. Desde su lengua adquirida hace apenas unos meses pareciera que el hecho de que ambos lugares sean designados por la misma palabra es más importante que las transatlánticas diferencias que los separan.

Estamos, pues, en la ludoteca con Lucio sumido en una fantasía vehicular lúdica (poco importa que los juguetes aquí sean de madera y allá de plástico acabado) cuando fatalmente me percato que he olvidado los pañales. Brrrruuuuum. Son casi las tres de la tarde, Lucio debería ya estar comiendo o durmiendo la siesta pero entre su obsesión lúdica y las dudas logísticas paternas nos dan las tres de la tarde en el segundo piso de la ludoteca y con un solo pañal en la pañalera.

Lucio todavía no sabe decir que está cansado. Su fatiga se manifiesta primero en forma de psicodrama, con llanto, hartazgo y una necesidad imposible de satisfacer. A las tres con quince de la tarde, a partir de una imposibilidad de lanzarse por la resbaladilla (a la que él llama tobogán), truena el llanto, corre la desesperanza y su cachetona faringe de apenas dos años llama, castálidamente inundada en lágrimas: mamá. Pero mamá no es posible por el momento, mamá trabaja, está en una junta importantísima, y papá trae una pañalera henchida de toda la logística del día pero defectuosa en su nombre mismo por contar apenas con un sólo pañal.

Manos a la obra entonces. ¿Qué prefieres, Lucio: sopa o leche? Leche y bibi, pareja léxica que en nuestra nuececita familiar significa siesta. Es decir, que quiere primero hacer siesta y después comer. Si nosotros siguiéramos la escuela del país aquel en donde nació Lucio y al que abandonamos no sin dudas hace muy poco, lo forzaríamos a comer a cierta hora, a dormier a cierta otra, el todo arreglado como una coreografía vital de metrónomo que culmina en el ceremonial nocturno de mandar al niño a dormir a las ocho en punto de la noche.

Pero nosotros no somos transatlánticos de allá, sino caóticos, calurosos y ligeros como los de acá (y los clichés me perdonen). Así que preferimos preguntarle, tomar en cuenta su opinión y su gana, con ciertos límites es cierto, tampoco se trata de dormirlo diario a la media noche. Además desayunó como se desayuna acá, fuerte, consistente y tarde, así que acepto su deseo: le preparo un biberón, mismo que acompaño con su objeto transicional de peluche apodado Bibi y vámonos,a la carreola a dormir.

Pero la vida y la logística pueril me han enseñado que si pones a un bebé a dormir con el pañal fatigado de toda la mañana, su siesta no será larga porque el pañal ya está saturado de orina o cosas peores y entonces su pelvis tendrá frío y las nuevas deyecciones no encontrarán capacidad de absorción y desbordarán en chorros prístinos por sobre las piernas mojando el pantalón, humedeciendo la carriola y sobre todo enfriando la siesta del bebé hasta despertarlo. Así que, manos urgentes a la obra, agotamos nuestra última recarga de pañal en la siesta seca del niño para que emprenda el sueño en condiciones de temperatura y humedad ideales. Dicho y hecho.

Una vez bebé dormido, se plantea la cuestión: ¿dónde comprar pañales dentro de esta inmensa y confusa ciudad universitaria? El único camino que conozco, el que hemos recorrido con Lucio en su primera bicicleta sin pedales, y que conecta el centro cultural con la parada de metrobús. Y ocurre que el azar, que piensa en todo, nos ha proveído por casualidad con una tarjeta que permite abordar los metrobuses. Y ocurre también que mi vago conocimiento de la ciudad universitaria se limita a la avenida Insurgentes, en donde hay un supermercado que seguro tiene pañales. ¿Será posible abordarlo con carriola y bebé durmiendo? ¿Habrá escaleras? ¿Cuántas? ¿Qué tan serias?

Pero el papá no tiene alternativa, así que con las dos manos junto valor y empujo la carriola por el camino ya conocido, hasta la parada del metrobús. Primer azoro ante los torniquetes: ¿habrá que cargar la carriola como en el metro viejo de un siglo de aquel país donde vivíamos? Nada de eso: el policía que vela sobre los torniquetes abre una puerta mágica para sillas de ruedas, bastones de ciego y carriolas. Dos autobuses pasan saturados. Los autobuses cuentan con una división sexual: en la parte de enfrente van las mujeres y los niños, en la de atrás el resto. ¿En cuál se suben los minotauro modernos como yo, mitad padres, mitad carriolas con bebé durmiendo? El tercer autobús trae la respuesta: viene vacío. Un prurito sexual me hace subir en la parte que me corresponde y no en la que le correspondería a Lucio, quien por venir sumido en plena siesta infantil acaso vea temporalmente reducidas sus cualidades ciudadanas.

Nos bajamos en Perisur. El centro comercial (inmenso) tiene nombre de perineo, pensamiento que a pesar de ser perfectamente impropio en alguien que tiene a bajo su responsabilidad una siesta infantil, me llena de entusiasmo: ¿habría tantos consumidores si en vez de Perisur se llamara Perineo? Supongo que sí: el Mercado tiene apetitos rabelesianos que todo lo degluten para transformarlo por digestión capitalista en perfecto objeto de consumo.

Economía aparte, la telaraña de puentes peatonales que unen la estación del metrobús con el centro comercial parecen diseñados por Escher: una pesadilla de descansos y escaleras. A diferencia del país en donde vivíamos, aquí la gente es más amable, servicial (y cruel): las escaleras dan así menos miedo puesto que siempre es posible acudir a alguien con voluntad y tríceps. No será necesario, pues nuestra nueva ciudad nos reserva una mayúscula sorpresa: un elevador, si bien rudimentario, nos espera en la cúspide de la pirámide de Escher para llevarnos al nivel inferior ya no del mar, sino del centro comercial donde venden los pañales.

Asunto resuelto, con superávit de gozo y jolgorio por estar de nuevo aquí. La ida y la vuelta fueron realizadas sin sufrir el tormento dorsal que las escaleras infringen a los minotauros hombre-carriola. Único bemol feminista: la señalización del ascensor restringe el acceso a tripulantes de sillas de ruedas, ciegos con bastón, mujeres embarazadas y mujeres con carriola. ¿Qué país es este, en donde las muejeres monopolizan el monopolio de la carriola?

Gozo, sí, con sus dosis nacional de crueldad: sobre el puente peatonal, un niño vende cacahuates japoneses. Le compro un paquete de ocho pesos. En el país del que venimos los niños no trabajan, pienso. Este niño de aquí no sólo trabaja esperando clientes que le compren cacahuates japoneses: también (más sorpresa) lee un libro.
–¿Qué lees?
El niño me muestra el título. Odisea del espacio sin dimensiones. Autor gringo. Azoro. Lucio prosigue su siesta. Subo al metrobús comiendo cacahuates y pensando: debería regresar la semana que entra por más cacahuates y dejarle algo de Julio Verne.

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