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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Pierre Menard de Avellaneda: una máquina de reescribir

La navidad pasada me regalaron un boleto para ver un espectáculo de danza intitulado Robots, creación de la coreógrafa Blanca Li. En la coreografía intervienen cuatro mujeres, cuatro hombres, ocho autómatas musicales y seis robots modelo Nao. Independientemente de que los robots bailan muy bonito (a veces se caen pero se levantan), las secuencias que recuerdo con más nitidez son aquellas en donde los bailarines humanos imitan a los robots. Una en particular me viene a la memoria ahora: los bailarines humanos están vestidos con el uniforme característico de los empleados de conocida cadena de comida rápida: sus movimientos laborales de rutina se aceleran a tal grado que uno no puede menos que sentir cierta lástima por esos seres de carne y hueso obligados por la ley de la oferta y la demanda a deshumanizar sus cuerpos hasta convertirse literalmente en carne de robot. La máquina no es ya entonces un fantasmagórico remplazo potencial de lo humano sino un instrumento crítico para interrogarnos sobre la deriva productivista, la explotación del hombre por el hombre y todo el mal radical que el macdonalds inflige a sus empleados y al mundo. La escena de danza me recordó también la famosa frase de Dijkstra:

“La cuestión de si una computadora puede o no pensar es tan poco interesante como la de si un submarino puede o no nadar”

Esta postura implica cierto grado de renuncia a la hipótesis postulada por Alan Turing en 1950 (Computing Machinery and Intelligence): para considerar que una computadora piensa, su conversación con un interlocutor humano debe ser indistinguible de la de un humano común y corriente. A este santo grial de la inteligencia se le denomina test de Turing. Permítaseme aquí abrir un paréntesis para describir los experimentos tipo Mago de Oz (indispensables para demostrar la hipótesis de Turing) porque siempre me han parecido muy evocadores. El experimento del Mago de Oz consiste en plantar a un usuario frente a una computadora y ponerlo a utilizar un programa cualquiera, por ejemplo un programa de diálogo en lenguaje natural (así le decimos los informáticos a la lengua ésta, que tú y yo hablamos, para diferenciarla de los lenguajes artificiales de programación). El usuario probablemente piense que está dialogando con un programa, pero la parte Mago de Oz del asunto consiste precisamente en que detrás de la cortina hay un humano disfrazado de programa computacional operando el asunto. Estos experimentos se utilizan sobre todo en estudios sobre interacción hombre-máquina, pero si algún día las computadoras aspiraran a esa forma inteligencia humana que Turing les presta, sin duda lo demostrarán vía un experimento de tipo Mago de Oz. Experimentos aparte, a mí la cuestión del Mago de Oz me parece un tanto cuanto poética porque, si bien no creo que las computadoras aspiren a una inteligencia humana que les permita dialogar con nosotros en el corto plazo, el hecho de que escondan su identidad detrás de una cortina es ya un principio de humanidad.

Regresemos pues, al tema. Cité a Dijkstra y a Blanca Li en oposición a Turing para insistir en que por el momento las computadoras son una herramienta como cualquier otra, con la particularidad de que su capacidad de cálculo nos permite delegar en ellas cierta inteligencia cuantitativa. No intelectual, no emocional, vagamente cualitativa pero sobre todo cuantitativa, numérica, capaz de procesar grandes cantidades de datos. El cálculo es a la computadora lo que la natación al submarino: una función atribuida y sujeta a errores, más cercana a la llave Stillson que al cerebro humano. Dicho lo cual, podemos ahora sí presentar nuestro proyecto de construcción de una máquina de reescribir, advirtiendo siempre que el objetivo de tal máquina no es de ningún modo remplazar al autor por una máquina sensible, talentosa e inteligente (pues tal máquina por ahora no existe) sino construir una llave Stillson literaria, prima hermana del dicionario, pariente cercana del procesador de texto, hija adoptiva del corrector ortográfico, que baile tan bien con los humanos y se asocie tan bien a ellos que al fin y al cabo sea capaz de producir obras literarias de reciclaje tan densas y a la vez aéreas como las coreografías de Blanca Li.

Eugenio Tiselli hizo ya algo parecido con su Mareadora: un programita que come frases del internet, las marea en Php (lenguaje de programación que impulsa, por ejemplo, la Wikipedia) y escupe poemas. Y como en tiempos del Ouvroir de littérature potentielle (alias Oulipo) no había Php, pues se usaban restricciones matemáticas formuladas de manera analógica (es decir, con lápiz y papel). Y si me apuran, podemos elongar el tropo para ligarlo hasta los surrealistas, quienes en su afán de renunciar a la razón para soltar al animal freudiano matizaron su escritura con el adjetivo automática, acaso porque en ciertos ámbitos crueles donde los referentes humanos se disuelven (por ejemplo: las trincheras de la primera guerra) (otro ejemplo: la cadena de producción de un macdonalds) la máquina o su posibilidad proveen cierta sensación, así sea imaginaria, de estabilidad tranquilizadora.

“No quería componer otro Quijote (lo cual es fácil) sino «el» Quijote.”

Así describe Borges la imposible intención de Pierre Menard en aquel cuento epónimo sobre el hombre que logró reescribir de cero dos capítulos del Quijote. A partir de esta idea de reescritura y de una dosis no despreciable de vino tinto, unos amigos y yo escribimos hace unos años el Manifiesto de la literatura huiqui, en donde proponemos un nuevo derecho de lector: el poder de alterar, corregir, reescribir lo que uno está leyendo. El antiguo soporte de la literatura no permitía tal caso de uso, y qué bueno porque seguro en tiempos de Gutemberg el hecho de cambiarle el final al Génesis hubiera llevado al usuario a la excomunión, por no hablar de otras prácticas católicas como la pira o la tortura. Sin embargo el advenimiento del wiki y la propiedad colectiva, gratuita y abierta de la Wikipedia (informáticamente impulsada por Mediawiki, motor wiki programado en Php, y socialmente por el colectivo de huikritores voluntarios) permiten de algún modo imaginar una propiedad colectiva del texto que, sin buscarlo intencionalmente, acaso materialice aquella cacareada muerte del autor con que Barthes y Foucault agitaban al gallinero literario en 1968.

El caso de uso canónico de la literatura huiqui no especifica consigna alguna sobre cómo reescribir Macbeth, el Génesis o Madame Bovary (por no hablar textos menos gloriosos, como los discursos políticos). Uno puede reescribir el texto fuente desde cero, o samplearlo en spanglish como hace Tryno Maldonado con el Poema de los dones, o tan sólo tomarlo de pretexto introductorio para otro texto sobre otro tema, como Alberto Chimal con Los funerales de la Mamá Grande. Nuestra nueva máquina agrega una restricción borgoulipiana (si se me permíte el epíteto) extra: reescribir un pseudo texto utilizando las mismas palabras con la misma frecuencia léxica del texto fuente. ¿Qué quiere decir esto? Pues que si el usuario desea reescribir el Quijote, el léxico del nuevo texto (llamémoslo pseudo.Quijote) deberá ser escrito con las mismas palabras que utilizó Cervantes. Pongo un ejemplo: no podremos escribir la palabra teclado puesto que (como bien señaló Borges) no habia teclados en los tiempos de Cervantes y por lo tanto la palabra teclado no ocurre en el Quijote original. El corolario a dicha restricción consiste en respetar la frecuencia léxica de cada palabra contenida en el Quijote original. Otro ejemplo: en el pseudo.Quijote la palabra niña sólo podrá ser utilizada en doce ocasiones, puesto que Cervantes sólo la escribió doce veces en el Quijote. Los oulipianos saben bien que la frustración es prima hermana de la restricción, pero justamente fueron ellos los que descubrieron que superada esta frustración sigue una etapa fértil en donde la restricción da de sí. Es aquí cuando el reescritor del Quijote se puede dar vuelo escribiendo 2145 veces la palabra Sancho, pues es éste el número de ocurrencias de tan entrañable personaje en el Quijote original. Conforme esto escribo pienso que a Avellaneda le habría sido muy útil nuestra herramienta para escribir su Quijote apócrifo, y de pronto, por magias del arte informática, su nombre pasa a engrosar el conjunto de lexías que dan título a nuestro proyecto: Pierre Menard de Avellaneda.

La especificación de nuestra máquina de reescribir está casi lista, excepto por una última función: la asistencia a la escritura. Los huikritores quisiéramos que la interfaz de usuario nos ayude literal (si no literaria)mente a reescribir. Es decir, que conforme vamos tecleando el pseudotexto, la máquina nos impida escribir palabras que no formen parte del léxico del texto original, y que a su vez mantenga un contador de frecuencia léxica para cada una de las palabras del pseudotexto de forma y manera que cada que yo teclee la palabra niña, la cuenta asociada a esta palabra disminuya, y que cuando la ocurrencia de niñas en mi pseudo.Quijote alcance la cifra 12, Pierre Menard de Avellaneda me señale que ya no me quedan niñas disponibles, habrá entonces que usar algún sinónimo (infanta: 27 ocurrencias disponibles en el Quijote). Además de estas funciones, que hacen las veces de candados para la restricción borgoulipiana, el huikritor solicita la función de proponer sintagmas evocadores del texto original conforme se está escribiendo el pseudotexto. Es decir, que en el decurso de la redacción, la interfaz le proponga al huikritor secuencias de palabras aprendidas del texto fuente, pero ojo: no frases literales del Quijote, sino sintagmas que lo evoquen, se le asemejen, huelan al Quijote (o a cualquier otro texto fuente). Para tal efecto utilizaremos métodos provenientes de la Lingüística Computacional, y en particular un modelo de lenguaje basado en:

Cadenas de Markov

La historia de las cadenas de Markov no es en lo absoluto ajena a la literatura. En 1906, el profesor jubilado Andrei Markov iba en el tranvía de San Petersburgo leyendo Eugenio Onegin, convencido de que su camino en las matemáticas había llegado a su fin, cuando de pronto percibió la tensión de una presencia ajena al texto detrás del texto: los versos de la novela de Pushkin se disolvieron ante sus ojos, perdiendo de pronto su sentido narrativo y poético para transformarse en secuencias de caracteres del alfabeto cirílico en donde la probabilidad de ocurrencia de cada letra no estaba aislada de las demás (como en un tiro de dados o un volado) sino condicionalmente encadenada a una leontina de probabilidades contenidas en la probabilidad de ocurrencia de la letra inmediata anterior. Tras seis años interrogando la combinatoria alfabética de Pushkin, el mago de Oz de la estadística corrió la cortina de la poesía y le entregó a Markov un modelo formal para la cadenita de perlas estadística con las que iba a revolucionar la teoría de probabilidades del siglo XX, y cuyas aplicaciones hoy en día saltan gráciles de la genética a la economía pasando por el algoritmo de búsqueda de Google.

A partir de los años setenta, la cadena de Markov emprenden un movimiento pendular de regreso al campo literario. Surgen entonces generadores markovianos de pseudotexto automático a partir de un texto original, como Dissociated Press (que reorganizaba las palabras de los cables de Associated Press y hoy forma parte del procesador de texto abierto Emacs) o Travesty (programado en Pascal a principios de los años ochenta). El modelo de lenguaje para producir los sintagmas pseudo quijotescos de Pierre Menard de Avellaneda está basado en un análisis de cadenas de Markov. Si bien Pierre Menard de Avellaneda es una aplicación lúdica, su modelo podría ser aplicado a otras tareas de Lingüística Computacional donde la generación de texto es necesaria, como el resumen automático de textos. En la experimentación a partir de este modelo participan investigadores del laboratorio LIPN (Universidad de Paris 13) y del IIMAS (UNAM).

Lo que ya no da tiempo de decir (pero sí de hacer)

En algún artículo Rafael Lemus sugirió que la literatura de mercado ya no necesitaba a los críticos y pronto, a fuerza de libros escritos por políticos, futbolistas y demás fauna famosa, también prescindiría de los escritores. A partir de Pierre Menard de Avellaneda podemos dialogar entonces con otros artefactos que exploran las fracturas de la literatura sin autor. Por ejemplo, el la literatura no creativa de Kenneth Goldsmith, quien postula que la subjetividad está agotada y dada la configuración actual del mundo, el único rol del escritor consiste en copiarpegar fragmentos de la inmensidad del archivo: transcribir pirateando o piratear transcribiendo los cien mil millones de sonetos que ya tenemos. O el Manifiesto sobre la poesía maquinal de Eugenio Tiselli, para quien las máquinas representan el último depósito moral de un mundo cuyos referentes éticos han sido carcomidos hasta la ceniza por el necrocapitalismo ambiente de los humanos. O incluso la lectura que Michel Onfray hace de la Vita activa de Hannah Arendt, en donde las máquinas representan lo opuesto: depósitos para lo indecible y lo impensable, algoritmos entrenados para calcular la proporción de trabajadores por despedir (y despedirlos); o ya métodos de deep learning cuyo output es una lista de terroristas el dron toma como input para liquidarlos desde el cielo sin intervención (ni responsabilidad) supuestamente humana. Pero por un lado este texto ya desbordó la restricción paleoulipiana que nuestra editora fijó como meta (12 mil caracteres) y por el otro Pierre Menard de Avellaneda no ha sido aún programado, por lo que es momento de ponerle pausa a esta promesa, prometiendo que el asunto verá la luz en próximas fechas en literaturawiki.org. Entonces, pseudo.quijote en mano, tendremos más elementos para seguir conversando.

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