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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

musulmanía

Noticia de última hora

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Es miércoles, pero yo lo recuerdo como viernes, no sé por qué. Y es en este miércoles, que en mi percepción se traviste de viernes, cuando despierto temprano para calentar el biberón del niño y de paso abrir la tapa de la computadora (que por razones de compatibilidad electrodoméstica se encuentra en ese instante junto al microondas) y revisar el avance de la descarga ilegal de una serie, cuando el cotidiano entra en pausa porque la primera página de Le Monde (abierta también de paso, casi por casualidad o por rutina) muestra la cara de cabroncito del caricaturista Charb. ¿Qué otra cosa va a hacer Charb en la primera plana de Le Monde, si no morirse?

En la madre. Es como si aquí en México se hubieran echado a Rius, Naranjo, Helguera y El Fisgón juntos. Calma. Ya no estamos en Francia. Aquí es México, casa de mis suegros, San Miguel Ajusco. Mi aquí y ahora consiste en sacar el biberón del microondas, subir a dárselo al niño y quedarme con los ojos abiertos repitiendo: en la madre. Y luego decirle a Ada que hay malas noticias de París, con las frases llenas de intrincados eufemismos para que bebé Darío no se saque el biberón de la boca y pregunte: ¿de qué están platicando?

..

Esta vez sí es viernes. La tarde ronda indecisa entre las cuatro y las cinco. Ya no recuerdo por qué estoy solo, recostado en el sillón de la casa; acaso Darío esté en el Ajusco con sus abuelos mientras Ada disipe su energía científica arando algún cultivo celular al microscopio en su laboratorio. Mi dispositivo de electro_entretenimiento monologa en vano desde la mesa de centro; recuerdo haber ahí instalado una aplicación para captar canales de televisión de todo el mundo antes de caer involuntariamente dormido. Ya en los puestos fronterizos de la vigilia, recuerdo a una directora de orquesta conduciendo a su auditorio hacia el sueño desde las ondas del canal cultural franco_alemán Arte. Qué lujo éste, el de la siesta extemporánea: haz de cuenta que el planeta está en paz.

Allá en la realidad vibra un teléfono. Es Ada. ¿Ya viste en París? Mis ojos se frotan los dedos conforme sintonizan el canal de noticias infinitas: 129 muertos en París, anuncia el subtítulo. Paradójicamente, en el recuadro no aparecen ambulancias ni policías, sino la casaca azul de Patrice Evra rodeada de futbolistas alemanes, habilitando un esférico que un par de explosiones en las postrimerías del Stade de France han puesto a rodar en vano. Regreso un momento a Arte, el concierto prosigue su curso en diferido: el pasado reciente de todos esos espectadores (la expresión embebida en melodía) me llena de envidia: devuélvanme mi siesta.

Ya en modo estrés post_corte_informativo, corro al navegador para escribir dentro del cajón de búsquedas: ATENTADO PARTIDO FRANCIA ALEMANIA (así, en mayúsculas, como gritándole al Google), pero al parecer el motor de búsqueda también transmite en diferido: su primer resultado es una repetición en cámara lenta de aquella asquerosa falta que el portero alemán Schumacher cometiera contra el líbero francés Battiston en la semifinal del mundial de 1982.

Por la noche alcanzaré a Ada en su laboratorio. Mientras ella termina de inyectar ratones, yo enviaré mensajes de sobrevivencia al conjunto entrañable y finito de nuestros amigos. Miguel respondió por telegram, Raquel escribió en féisbuc, Vania y Ligia tuitean encerradas en una cena que durará toda la noche porque los terroristas andan sueltos en République. ¿Qué hubiéramos estado haciendo si siguiéramos allá? Uno saliendo del taller literario, el otro en casa con Darío. Uno comiendo sopas turcas en Faubourg Saint Denis, el otro recibiendo ese reflejo ansioso de los que velan a oscuros frente a las noticias, sacerdotes de que su objeto directo de amor bebe en el bar Sully, a menos de un kilómetro del Bataclán. En consecuencia, la polaridad de la preocupacion se invierte: hace unos meses, cuando emprendimos la mudanza de París a México, eran los amigos parisinos quienes se inquietaban de nuestro bienestar en un país rehén del narco_estado. Ahora es al revés: Ciudad Juárez decidió mudarse a París.

Darío ya no toma biberón: tiene cuatro años: ya es niño grande. Tras dos años en México, hemos regresado a París de vacaciones para asomarnos al pasado anterior de nuestra vida: La casa donde Darío aprendió a comer, hablar y caminar está providencialmente libre para renta durante el verano. Nuestro viejo barrio de Saint-Ouen persiste en parecerse a sí mismo: la loca que paseaba a su perro en brazos sigue pasando frente a la ventana a la misma hora, el micro_traficante ofrece su amplia variedad de productos en la esquina de siempre, el panadero argelino (ya casado y con hijos) le sigue regalando chupachups a Darío por la mañana, cuando salimos a comprar los tres pain chocolat del desayuno. Eso sí, la iglesia del Sagrado Corazón de Montmartre ya no se ve tan nítida desde la ventana del baño: han construido un edificio_estorbo y ahora sólo sobresale una punta blanca amputada de toda cúpula: si te descuidas, la podrías confundir con un minarete.

Hubo tres atentados, tres, durante el mes que invertimos lustrando de nostalgia las esquinas de París. En el primero, un tipo sin adiestramiento militar ni viaje a Siria de por medio se metió en la casa de una pareja de policías, acuchilló al papá y degolló a la mamá frente a su hijo de apenas tres años, para después subir el video de su gesta al féisbuc y reivindicar tal abominación a nombre del Estado Islámico. En el segundo, un ex cónyuge golpeador de nacionalidad tunecina (también sin rastro de radicalización religiosa en su pasado) renta un camión y atropella a 85 personas (diez niños incluidos) que presenciaban los fuegos artificiales del 14 de julio en el malecón de Niza. Y para rematar, un par de adolescentes entra un domingo cualquiera a una iglesia de un pueblito cercano a Rouen para degollar al cura, asesinar al diácono y morir bajo los tiros del escuadrón antiterrorista.

Cuando vivíamos en Saint-Ouen, yo solía entrar a la panadería del argelino saludando al prójimo con un un sonoro assalaam alaykum. La frase era objeto de una mofa amigable entre panadero y clientes, que respondían como se debe, en buen árabe, ciertamente condescendientes ante el pronunciado acento chilango con que el saludo había sido proferido. Dos años y cinco atentados después, entré a la misma panadería como si el tiempo no transcurriera, con mi saludo insignia por delante, pero ahora la respuesta fue silencio y malestar: saludar en árabe ha dejado de ser un chiste.

….

En enero del 2015, unos días después de los atentados de Charlie Hebdo, el editor de una revista mexicana me escribió solicitando un texto urgente, entre crónica, narración y ensayo, que contara las tensiones propias de esa franja de Francia sociológicamente musulmana. Tardé demasiados tiempo en escribirlo y cuando al fin se lo envié, el editor reviró que los atentados del Bataclán habían envejecido prematuramente mi dicho: había que volver a empezar. Me visitó entonces un tropo de imprevisto: el del Sísifo ensayista frente a una computadora con dos ventanas abiertas: a la derecha las noticias infinitas en streaming, a la izquierda un un ensayo político_biográfico_literario sobre el terrorismo cuyo contenido se disuelve conforme se van escuchando las explosiones en el Stade de France. Sísifo pide entonces prestada la cara de menso con la que Patrice Evra ve rodar un balón bobo: ¿quién insiste en vendernos este sonido? ¿hasta cuándo los idiotas la furia nos condenarán a volver a empezar?

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Una respuesta a “musulmanía

  1. pepenalda 13 diciembre, 2017 en 06:58

    Hey jh solo pase para decir …
    Que te leas al juan hdx lyna pg no la encuentro en tabaco para el puma habla de la forma de reclutarse para cpia …

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