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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Ciudad Juárez: ¿El nacimiento de un genocidio de mercado?

Veintiocho mil personas han perdido la vida en México por actos violentos vinculados al tráfico de drogas en los últimos cuatro años. El epicentro de esta guerra se ubica en la norteña Ciudad Juárez, frontera con Texas, tristemente célebre por el feminicidio nunca resuelto que ahí ocurre desde 1993, y donde la guerra que las organizaciones narcotraficantes libran entre sí y contra el gobierno mexicano se cobró 2600 víctimas en el solo año de 2009.
El 16 de septiembre pasado, día en que México conmemoró el bicentenario de la guerra de independencia, Luis Carlos Santiago Orozco, 21 años, pasante de fotoperiodismo para El Diario de Ciudad Juárez, fue asesinado de nueve tiros en el estacionamiento de un centro comercial cercano a las oficinas del periódico. Luis Carlos es el segundo reportero del Diario asesinado en menos de dos años, y el más reciente en la lista de los 60 reporteros asesinados en México desde el 2003. Al día siguiente de su asesinato, el Diario publicó una columna editorial inédita en el horizonte periodístico mexicano. Intitulada ¿QUÉ QUIEREN DE NOSOTROS?, la editorial no se dirige a los lectores ni a las autoridades, sino que interpela directamente a los narcotraficantes. En ella, el periódico reconoce que, dada la impotencia e inacción de las autoridades oficiales, los narcotraficantes son ahora las autoridades de facto de la ciudad. "Es por ello que, frente a esta realidad inobjetable, nos dirigimos a ustedes para preguntarles qué es lo que pretenden que publiquemos o dejemos de publicar". Un fragmento de esta editorial fue traducida al francés en el número 1038 del Courrier International, bajo el título MM. les narcos, ne tirez plus sur la presse! A reserva de que el título en francés traiciona la versión original del texto, la pequeña ironía de segundo grado que sugiere el signo de admiración desvirtúa su contenido: su afán superficial hace pensar más en algún diálogo de Sergio Leone que en la terrible realidad que se vive hoy en día Ciudad Juárez.
El acto enunciativo de interpelar directamente a los narcotraficantes sintomatiza la desaparición real del Estado en Ciudad Juárez. Los asistentes al funeral de Luis Carlos portaban camisetas negras con la leyenda: ¿A QUIÉN EXIGIMOS JUSTICIA? En efecto, en Juárez no quedan ya autoridades capaces de rendir cuentas en materia de seguridad y justicia: el Estado se ha derretido. El vacío se llena con pantomimas burocráticas, espejismos kafkianos y actos de gobierno de opereta, como la conferencia de prensa en donde un funcionario federal que ostenta el rimbombante cargo de "Secretario Técnico del Consejo de Seguridad Nacional" se apresura a declarar que el crimen de Luis Carlos no tuvo nada que ver con su actividad periodística y se debió a motivos personales, o como el de la ministra estatal de Educación y Cultura, cuando culpa al Diario por el clima de "terrorismo psicológico" que vive la ciudad. En la tragicomedia de un Estado en peligro de extinción, los primeros sospechosos son las víctimas.
En Juárez, el monopolio de la violencia y el control territorial no pertenecen ya al Estado, sino a los narcotraficantes, nuevas autoridades de facto a quien el periódico es el primero en reconocer de manera pública. Paradójicamente, estas nuevas autoridades nunca han mostrado interés alguno en gobernar. Los narcotraficantes no tienen reivindicaciones políticas ni ideológicas más allá de la utilidad financiera de sus empresas. Fuera de la ley pero dentro de la economía, sus objetivos son perfectamente solubles en el capitalismo ambiente. Se estima que la actividad económica del narcotráfico representa 9% del PIB, y la industria narcotraficante es el 5o empleador del país, por encima de la industria petrolera. Joaquín Guzmán Loera (alias "El Chapo"), exitoso narcotraficante mexicano, aparece ya en la la multimillonaria lista de la revista Forbes, justo un lugar arriba de la nieta del inventor de la sopa Campbell’s. A diferencia de las empresas Campbell’s, la comunicación empresarial de los narcotraficantes no pasa por la televisión sino por las metralletas. Al día siguiente del asesinato de Luis Carlos, apareció un anuncio colgado de un puente con un mensaje en donde los traficantes amenazaban a ciertos comandantes de policía corruptos: o respetan nuestros acuerdos, o nos regresan el dinero, o van a acabar como el periodista. Y dos días después, en la esquina de las calles Arroyo de las Víboras y 16 de septiembre, apareció un hombre destazado y decapitado: el cuerpo hecho pedazos dentro de un coche, la cabeza sobre el toldo. Versiones extraoficiales dicen que la cabeza reposaba sobre un ejemplar del Diario de Ciudad Juárez con la noticia del asesinato de Luis Carlos.
La guerra contra el narcotráfico ha banalizado la crueldad en México. El proyecto colectivo Menos Días Aquí, que a diario registra en una página web y en Twitter (@menosdias) las muertes por violencia en México, contó 373 asesinatos ligados al narcotráfico en todo el país, tan solo la semana del 12 al 20 de septiembre, la misma en que Luis Carlos fue asesinado. Entre las víctimas había 7 decapitados, 4 calcinados, 10 atados de pies y manos, 11 encobijados (cadáveres que aparecen envueltos en una cobija), 4 menores de 14 años, 6 hombres ejecutados frente a su mujer y sus hijos, 3 familias enteras acribilladas y 2 colgados de un puente en la noche de la conmemoración del grito de independencia (15/sep), desnudos, ataviados con sombreros y ponchos tradicionales, con mensajes amenazantes escritos sobre la piel. Frente al teatro del absurdo de un Estado impotente, los narcotraficantes imponen un teatro de horror urbano, en donde el contenido de los mensajes se cifra en la morfología del crimen. En su libro Salida de emergencia, Fabrizo Mejía Madrid da algunas claves: "un cadáver calcinado significa que el ‘calor’ le está llegando al jefe, un cadáver encobijado significa ‘ya no quiero tu protección’, un decapitado significa que se metió en territorio enemigo sin permiso". En su ensayo La alfombra roja del terror narco, Juan Villoro llama a estas muertes "crímenes con diseño de autor". El título de este ensayo se refiere a la instalación que la artista plástica Rosa María Robles expuso en una galería de arte de Culiacán: una alfombra roja hecha con ocho cobijas ensangrentadas que los narcotraficantes habían previamente usado para envolver a sus víctimas. Cuarenta años después de la warholiana lata de Campbell’s, el abrelatas de Rosa María Robles exhibe su contenido: sopa de sangre con cocaína.
La editorial del Diario también acusa al presidente Calderón de haber desencadenado la guerra contra el narcotráfico por motivos políticos, "sin una estrategia adecuada y sin conocer las dimensiones del enemigo, con el único fin de conseguir la legitimación que no obtuvo en las urnas" (Calderón ganó las elecciones del 2006 por un margen mínimo, y el candidato de oposición nunca aceptó la derrota). También le reprocha la interpretación personal que hace de los símbolos patrios en una carta que el mandatario envió por correo postal a 20 millones de hogares mexicanos con motivo del bicentenario (el paquete contenía también una bandera de tela). En su carta, Calderón reinterpreta de manera retórica el significado de los símbolos patrios, atribuyendo al color blanco el valor "de la paz que hemos conquistado". El Diario agrega que "tal afirmación es una burla para los juarenses que se ahogan en un baño de sangre y que de paz es de lo que menos saben en estos tiempos", y concluye que los 45 millones de dólares que costó la onerosa celebración del bicentenario de la independencia hubieran sido mejor utilizados en reforzar "las pálidas estrategia de seguridad en Ciudad Juárez".
Las críticas del Diario son certeras, pero Calderón no es el único responsable de la situación. Entre 1990 y 2000 México vivió una liberalización brutal de su economía. La agenda económica ultraliberal fue aplicada al pie de la letra, sin oposición ni consideraciones éticas de ningún tipo: exenciones de impuestos, reforma de pensiones, reducción del aparato gubernamental, reducción de la inversión en educación superior pública, restricciones en gastos de salud, reformas a la ley laboral, desregulación ambiental, fin de las barreras arancelarias. Todas estas reformas, que en democracias parlamentarias enfrentan oposición, debate y exigencias de transparencia, en México se llevaron a cabo con la opacidad y la corrupción propias de un régimen de partido único. En 1990 había un sólo mexicano en la lista de multimillonarios de Forbes: en el año 2000 había 24, y para 2010 el mexicano Carlos Slim ya es el hombre más rico del mundo. En una sola década, México firmó tratados de libre comercio con 33 países (hoy ya son 41), salvó a su industria bancaria de una crisis financiera con fondos públicos y pasó de 19 a 25 millones de personas bajo la línea de la pobreza extrema. El país llegó al año 2000 con el ascensor social roto y una fenomenal destrucción de sus fuerzas productivas.
Las víctimas de esta drôle de guerre no caen por motivos políticos, religiosos o ideológicos, sino por la radicalización de una lógica económica en bancarrota moral, donde el fin justifica los medios y el ser humano no es más que una pieza intercambiable, un fusible menor en una cadena de producción y acumulación extrema de la riqueza. Los narcotraficantes, en su mayoría hombres jóvenes con poca educación y provenientes de esferas económicas no muy privilegiadas, no sólo democratizan el "sueño mexicano" de aprovechar la impunidad, la corrupción y el naufragio del bien común para enriquecerse hasta la ignominia, también nos muestran cómo sería un mundo en donde las premisas más radicales del ultraliberalismo son interpretadas literalmente, un mundo en donde los mandos medios de una empresa asesinan en la vía pública a los empleados de la competencia para abrir nuevas rutas comerciales, un mundo en donde la posibilidad de un genocidio de mercado es real. Carlos Slim y el Chapo Guzmán comparten algo más que una página de la revista Forbes: la brutalidad de una lógica económica perfectamente inhumana, que en su versión "virtuosa" produce al hombre más rico del mundo, y en su versión perversa al criminal más buscado de México. ¿En qué pensaba Roberto Bolaño cuando en 2666, su novela póstuma, escribió que el secreto del mundo se esconde en Ciudad Juárez? Acaso en una variante de aquel grabado de Goya: el sueño del capital produce monstruos.

4 Respuestas a “Ciudad Juárez: ¿El nacimiento de un genocidio de mercado?

  1. Mediopelo 13 octubre, 2010 en 08:59

    Enhorabuena por el post. Das en la clave. El drama de México preludia el escenario futuro del mundo si no enderezamos el rumbo.

  2. A.P. 13 octubre, 2010 en 16:33

    Mtro. Harmodio,
    Veo que ha estado haciendo su tarea con esmero y aplicación. Tengo que prestarle el último libro de Charles Bowden, MURDER CITY, que se empeña en pensar lo impensable: Ciudad Juárez, laboratorio del futuro. El futuro se gesta, dice Bowden, en las zonas (opacas) de nuestra visión periférica. Esas son las zonas de avanzada. México (y el mundo) tenderán a juarizarse. Para allá van las cosas; Juárez tan sólo descubrió cómo se va a vivir en el futuro. Écheme un buscapiés para que le pase el libro. (Y otro que tengo, el ‘Charles Bowden reader’, que también tiene un par de ensayos que —heraldos negros que nos manda la muerte- le acompañarán en sus insomnios.) Un abrazo. A.P.

  3. paso a paso 16 octubre, 2010 en 05:11

    siguiendo en reflexiones paralelas,
    andiamo

  4. harmodio 17 octubre, 2010 en 14:04

    Estimado A.P. Tengo ese libro, me lo regaló Oswaldo Zavala, pero aún no lo he leído. Lo empezaré desde ya a vuestra salud. Abrazo recíproco. (Y un saludo al buen paso.a.paso)

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