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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Sobre El último explorador, de Alberto Chimal

Mi nombre es Horacio Kustos. Soy un viajero doblemente empedernido, pues mi creador me ha dotado con la capacidad de viajar en el tiempo y el espacio, que en el fondo son una misma sustancia, del mismo modo en que el polo sur de una esfera se transforma en una línea recta cuando se le representa en un mapa geográfico equirrectangular con división política, como esos que comprábamos en las papelerías de nuestra infancia. Acaso mi nombre sea el único atributo estable de mi persona. Bueno, también hay otro: mi irredenta verborrea. He vivido tanto en la horizontal del espacio como en la vertical del tiempo que tengo miles de anécdotas por contar: por eso acatarro con mis aventuras a cuanto cristiano, musulmán, budista o agnóstico se atraviesa en mi camino. Por lo demás, mi identidad es tan compleja como la de cualquier persona que en una tarde de viernes se apersona en el Instituto Cervantes de París para asistir a la presentación de una novela de Alberto Chimal, expromesa de las letras mexicanas.

 

Es en este punto cuando me duplico. Porque yo, Horacio Kustos, tengo la capacidad de dupli, tripli y hasta cuadriplicarme. Un Horacio Kustos se queda aquí, con ustedes, explicándoles por el canal auditivo izquierdo por qué he decorado el sustantivo promesa con el prefijo ex, significando así que con este libro Alberto Chimal deja de ser una promesa, mientras que, simultáneamente, aprovechando que tanto ustedes como yo contamos con dos canales auditivos simultáneos, les confieso mis dudas acerca de la infinita capacidad de multiplicación de mi persona: miles de Horacios Kustos se han quedado colgados en puntos diversos del tiempo.espacio por donde he pasado, de forma y manera que en alguno de esos sitios es posible encontrar aquí y ahora un restaurante en donde todos los clientes, empleados y paseantes son el mismo Horacio Kustos. Pásele, Albert Einsein, siéntase relativamente ahí.

 

Mi verborrea me lo permite todo. Cuídense, porque es contagiosa y transitiva. Se han dado casos de personas (generalmente directores de periódicos allegados al narco) que al contacto conmigo se intransitivan tanto que acaban adquiriendo atributos que me son propios: la compulsión locuaz, la disociación de los sentidos y hasta las aptitudes premonitorias. Dividan una vez más sus canales autditivos en otra digresión paralela que por un lado insista en que la fantasía, la fabulación imaginativa y la ruptura de los referentes reales son una respuesta válida y valerosa ante la realidad, especialmente aquella que nos orilla al horror y a la desesperanza mientras que por el otro establezca que la fantasía empieza con la primera palabra: el acto de enunciación, que parte las aguas del mundo entre lo visto y lo dicho, lo real y su sustantivo, las palabras y las cosas, es ya un umbral por donde se pueden tergiversar las reglas de coherencia (antes/después, arriba/abajo, causa/efecto) que sobreprotegen la cohesión racional de esa realidad a veces angelical, otras veces horrible aunque las más de las veces híbrida, insustantivable e inadjetivable, fantásticamente amoral.

 

Ya me fui por la verborrea, como en aquella ocasión en Pushkar, durante la feria del camello, cuando dos jinetes se hundieron en el oceano contenido dentro de las jorobas de los dromedarios que cabalgaban. Pero regresemos aquí, al hilo coherente del presente. Vine a decirles que el libro que Alberto Chimal, expromesa de las letras mexicanas, ha escrito sobre mí, es acaso el mejor de sus libros, al menos de los que le he leído. Dada mi apretada agenda turística cada vez me queda menos tiempo para la lectura. El tiempo se me va en redactar los informes de mis viajes para luego acatarrar a mis vecinos con mis anécdotas, excepcionalmente secuestrando a alguno de ellos para llevármelo por ahí gracias al ingenio que esconden todas las máquinas frotables (antes lámparas de genio), especialmente esta, la que me sirve para tener todo el tiempo del mundo, puesto que puedo penetrar en él, y que consiste en dos tuerquitas unidas por una rosca sinfín y una onomatopeya (¡puf!) por donde desaparecemos yo y esta tan guapa muchacha que atiende la papelería en donde suelo comprar estos mis mapas con división política, en donde el punto del polo esconde su secreto y se abre libre y rectilíneo.

 

Me sigo yendo por la tangente, como en aquel baño de lodo en Goa, cuando aparecieron unas avispas agoreras que en vez de picar la piel picaban el orgullo. Decía que sólo he leído tres libros de Chimal: Gente del mundo, Los esclavos y este Último explorador. En los dos anteriores, Chimal podría aún ser considerado una promesa de las letras mexicanas. Con este tal apelativo ya no es posible. Chimal está cumpliendo la promesa por medio no sólo de mí y mis atributos tan peculiares, sino también con esa combinación única de lo más cotidiano y lo más fantástico, en donde la imaginación rivaliza con la geometría, la fantasía con la abstracción, la retórica con la trigonometría, para crear un contexto de cultivo apropiado para una lírica sobria, elegante y eficaz, única en su género pues surge a la vez de un humor inocente y una maquinación literario.aritmética endiablada.

 

Supongo que no me estoy dando a entender. Me ocurre muy seguido. En mi cabeza se mezclan las lenguas vivas con las muertas, así como las notas al pie que los diversos personajes que han cruzado por este texto que soy han ido dejando en su trayecto: nota del editor, nota del traductor, nota de la encargada de la papelería, nota de Horacio Kustos, nota de un pingüino futuro, posthumano, perdido en la línea recta del antiguo punto Ártico en un lejano futuro en donde los humanos ya se han extinguido, pero donde el fantasma del capitán Scott, decimonónico explorador congelado, se aprovecha de un andamiaje literario que le permite venir a gritar ¡Hombres, hombres! ¡Dignidad! ¿Acaso no sóis súbditos de Inglaterra?

 

Son esas pasarelas, pacientemente construidas con un ladrillo de elipsis y otro de trigonometría léxica, el todo unido por un cemento parodia.homenaje a la ciencia ficción, los que hacen que El último explorador planee por vados en donde tantas otros intentos literarios se han hundido. El universo de El último explorador es coherente, chistoso, escalofriante y también difícil, precisamente porque en él las reglas de cohesión de la realidad han sido subvertidas en planos de proyección que les permiten parecer delirantes, decentes y perfectamente comprensibles, todo a la vez. El resultado produce una sustancia única, envidia de todo ese pelotón de escritores que persisten en hacerse viejos prometiendo maravillas para las letras mexicanas sin cumplir equis ni jota, atrapados como están en la jaula de su verosímil. El resultado de los viajes de Kustos produce eso que hace de un autor un gran autor: estilo, forma única, un universo propio y frases bellas y abstractas y poéticas, bien nacidas, bien crecidas, como un sorpresivo girasol en el corazón de Robocop.

 

Dispensarán ustedes la cursilería de mis metáforas. Yo sólo escribo reportes reales, nada de ficción. A ustedes les podrán parecer inverosimiles mis aventuras por demasiado fantásticas. No hagan caso a esa voz racionalista. Déjense llevar por mis relatos empiristas, cierren los ojos y sumérganse lo que no existe, pero que bajo ciertas condiciones de presión y temperatura podría existir: no hay punto más privilegiado de contemplación y crítica de toda esta pajarera parainfernal e hiperverosímil a la que llamamos realidad.

 

Texto leído en la presentación de El último explorador, libro de relatos de Alberto Chimal, presentado en el Instituto Cervantes de París ayer, viernes 22 de septiembre del 2012.

2 Respuestas a “Sobre El último explorador, de Alberto Chimal

  1. Brenda 17 octubre, 2012 en 20:43

    Bendito el internet, gracias a él puedo al menos intentar decirte la admiración y respeto que he sentido por tu verborrea :b

    Harmodio: acabo de recibir la gracia de tu virgen del volkswagen y ahora me uno a la enajenación de sus letras. Resulta que un muchachón me la leyó justo antes de coger y pues… le funcionó a la perfección… Sobre todo porque días atrás habíamos tenido una discusión sobre lo horrible que es hablar del acto sexual usando palabras comunes como “coger, sexo, pene, senos”, o bien, agregando otros sustantivos dignos de una pajera narración erótica. Tu texto realmente tiene la desautomatización del coger… Y pues, como suele suceder en esta fantástica realidad, ahora fue gracias a las letras bien jugadas de ese fantástico relato tuyo, que una cosa llevó a la otra. Vale, digamos que al final, yo tuve una flor de corazones y él un póker de espadas… ¿Mande? asdfasffas😛 Saludos desde Chihuahua!

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