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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

sobre el soñador, de camilo bogoya

Textito leído en la presentación del cuentario El Soñador
(1er lugar del premio TEUC 2007, Universidad Central de Bogotá)

« Leer es soñar con los ojos abiertos », nos dice el soñador en la página 39 del libro que hoy nos convoca. En su vertiente más radical, esta premisa debería ser leída como un título alternativo para el libro de Camilo Bogoya: intitulado no tanto o no sólo El Soñador sino, secretamente, El Lector.

Porque nosotros, lectores de Camilo, también leemos a la sombra, como los de Borges, Cortázar o Milorad Pavic. Nos refugiarnos a la sombra de un libro como quien se guarece a la sombra de un árbol: por nuestro anonimato, por nuestra condición colectiva y sola, por la silenciosa noche que en que llevamos a cabo nuestro acto, los lectores soñamos (o los soñadores leemos) siempre a la sombra de. Y quienes nos hemos enfermado de lectura, quienes no podemos vivir sin una línea frente a la frente (la línea infinita de la literatura), no solamente leemos a la o bajo la sombra, sino que nos hemos fundido en ella: somos, como diría Cabrera Infante, (abre cita) Una sola sombra sonora en mi cantar de los cantares. (cierra cita).

En el cuento que da título al cuentario, hay un hombre cuya vida se ve saboteada por un personaje apodado El Soñador, que lo suplanta mientras éste duerme, le faja a la mujer, le malaconseja a la hija, le critica las pinturas y le alborota a los estudiantes. La relación reflexiva entre el narrador y el soñador imita las reglas que rigen la de los hombres con su sombra respectiva: tu sombra no tiene rostro pero conserva tu forma, tu sombra te sigue al paso, sus movimientos se coordinan a la perfección con los tuyos pero en un plano diferente, plano imposible: entre tú y ella se levanta el muro infranqueable de la dimensionalidad. ¿En qué dimensión estamos? ¿Vigilia o sueño?

El Soñador sugiere que los lectores somos sombras de escritores: el escritor no conoce las facciones del lector, pero percibe sus contornos; al momento de escribir, el lector representa ese otro imposible, el anverso de un espejo de papel, una silueta observadora, percibidora: todo ojos y oídos, pendiente de la trama, atento como canción de Police: every step you take, every move you make. El escritor podrá gritar o callar, mentir o confesar, naturalizar o artificializar, elevar su tensión arterial dramática por el anfiteatro azul del cielo: el sentido de la lectura, la clave del significado, el vellocinio semántico la pertenece a ese otro frente a ti: tu sombra inasible: tu/ú lector.

(Es necesario abrir aquí un paréntesis para estudiar el índice del cuentario que hoy nos convoca: saltan peces y nombres propios: Satoko, Alí Nadar, Lao Li Ya, un confín llamado Las Indias: la geografía esférica del mundo concentrada en ciento treinta y cinco páginas: el Aleph desde donde se contempla (se lee, se sueña) la amplitud del mundo no es un artilugio raro y borgiano, sino algo más cotidiano: ese aparell biomecánico conformado por un lector, un sofá, una lámpara y un libro, cierra paréntesis: no, espera, antes hay que echarle un ojo a la nota biográfica de la contraportada: Camilo Bogoya, Bogotá, 1978, ha publicado poemas, relatos, fábulas y utopías: ¿Utopías? Cuando mis oídos arropan el nombre de Camilo coocurriendo con la palabra utopía, pienso en un artesano, acaso un relojero que recrea el universo en la herrería de su escritorio, ahora sí, cierra paréntesis).

Pero tras cerrarlo persiste la duda: ¿utopías, fábulas, relatos? Este detalle biográfico revela la resistencia del autor a someterse a los géneros canónicos: si bien en este libro Bogoya paga la deuda que todo escritor latinoamericano contrae con Borges, Cortázar y Quiroga por el sólo hecho de nacer donde ha nacido y leer lo que ha leído, en su lectura se confirma que su querencia natural es la microficción, la forma fragmentaria, y que sus futuras novelas (como la espléndida Bogópolis) estarán más cerca del mosaico bizantino que del fresco, más pixel distorsionado por el Photoshop que caballete: ya el pintor que cuenta el cuento del Soñador sabrá dispensarme esta comparación con las artes plásticas, cierra paréntesis. Hablemos ahora de los parientes.

He dicho que Camilo entra al ruedo pagándole tributo a su familia literaria, principalmente a Borges. Usted, lectores travestidos de auditores a la sombra de este Instituto Cervantes (a la sombra del Quijote), saben por experiencia que los vínculos familiares son fundamentalmente generomezquinos, buenimalos, gigantenanos, es decir: humanos. La familia nos forma y nos contra.forma, nos dice y nos contradice, nos impulsa y nos lastra: nos deter.in.de.termina. Y entre Borges y Bogoya existen todas las complicidades y todas las tensiones propias de la relación padre.hijo, o maestro.discípulo si se prefiere. Es la sombra tutelar de Borges la que impulsa viento en popa el cuento intitulado Un caso memorable, produciendo uno de los textos más sorprendentes del cuentario. En él, un asesino confeso se entrega a las autoridades con la arrepentida contrición de quien sabe que ha matado, pero que lamentablemente (abro aquí un paréntesis para dar paso a un escalofrío) no recuerda el cuándo, el cómo, el dónde: sabe que asesinó, pero ha olvidado el crimen. La sombra de Borges guía aquí la mano de Camilo para delinear el inverso aditivo de Funes el memorioso, es decir, Funes el olvidadizo, argentino aquel, colombiano éste; aquel sesudamente neurótico, éste irreverentemente liviano: la sombra bailarina de la memoria, el asesino en traje de pescador, en cuyo anzuelo cae un cadáver a la orilla de una laguna ciega de agua de escritor ciego: una sola sombra lectora en su cantar de los cantares: el cadaver de su yerno, el resquicio de un recuerdo (he matado), el autor intelectual del asesinato en el acto y efecto de olvidar el móvil de su crimen: en estos tiempos en que tan barato se nos vende el kilo de violencia, qué mejor inicio para una noveleta policiaca (género caro a Borges) que un asesino confeso y desmemoriado, hurgando el pajar del olvido en busca del crimen que perpetró.

Pero Borges, como buen padre (o madre, o abuela benefactora) contiene su reverso, su ángulo oscuro, su inverso aditivo: nuestra identidad se conforma también en oposición a ellos. Y una vez asimilado el parentesco, pagada la deuda, levantado el vuelo, Camilo podrá escribir libre del subjuntivo borgiano, de los epítetos, de los « acaso », de los « ni entonces ni después», así como de cierto tono sentencioso en donde por momentos su prosa duda: retrato del artista adolescente lamentando el tener que abandonar la prosa protectora paterna en donde se formó para aventurarse en aguas más profundas: aguas distintas: aguas (lecturas, sueños, sombras) más suyas.

Permítaseme concluir con una metáfora a la manera de Kafka, es decir, insectiformes: supongamos que todo lector esconde una larva de escritor en ciernes. Supongamos también que terminado el tiempo de la crisálida, el lector se deshace del exoesqueleto que lo contenía, lo resguardaba, lo alimentaba, lo protegía, para romper la frontera del papel, para abandonar la sombra, para deja el anonimato y salir al sol a enunciar (o denunciar) el axioma fundacional de la narrativa: YO CUENTO.

El Soñador es la fotografía de ese instante irrepetible en que la sombra sonora de Camilo Bogoya se arma de valor, se planta en el anfiteatro luminoso de la prosa y entona la primera nota de su cantar de los cantares. Que su aliento lo lleve lejos, que su canto dure muchos años, que su canción se distinga de otros cantos. Nosotros, sus primeros lectores, formaremos parte atenta de esa sombra colectiva que lo sueña mientras él escribe.

2 Respuestas a “sobre el soñador, de camilo bogoya

  1. Toronaga 30 mayo, 2008 en 13:24

    Lo bueno de los blogs es que uno descubre textos interesantes como este…
    Muy bueno…

  2. paso a paso 6 junio, 2008 en 20:46

    Lei hasta los parientes.

    Chiiido.

    Muchas ganas de leer el cuetario.
    Sombras, ojos y soles. Olas, mares y llantos. Nubes, aigre y cielos,
    cuantas formas de nombrar un relato.

    por cierto:

    … de deudas ia estoy hasta la madre…🙂

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