malversando.blog

Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Fantabulosos sutras de los ojos que da pánico soñar

Prólogo a Such is life in Banana Republic, de Omar Feliciano

Andaba yo el otro día por el Ajusco un 16 de septiembre, día festivo y fiesta patria por antonomasia, cuando vi pasar un desfile. Me acababan de explicar que el pueblo de San Miguel Ajusco es un lugar sujeto a leyes particulares, gobernado por los usos y costumbres de comuneros hereditarios cuya ascendencia se pierde en la noche de los tiempos prehispánicos, lugar en donde no se paga predial, los terrenos se compravenden sin escrituras y los automovilistas pueden perfectamente circular sin cinturón de seguridad. El desfile nacional lo encabezaban los prohombres del pueblo montados en esas literales metáforas de la virilidad comúnmente denominadas caballos. Tras los jinetes ataviados de charro seguían los carros alegóricos con cumbia, las bandas de guerra de estudiantes de secundaria, los numerosos equipos de fútbol llanero, los tres viejitos recalcitrantes que todavía apoyan al Atlante y en general casi cualquier borracho con deseos de oropel social. Entonces, cuando el cortejo parecía concluir, apareció una veleidosa nube de vestidas, no más de diez, barrocas y descocadas lanzando besos al aire personal.

Pensé entonces en el Objeto Textual No Identificado que Omar Feliciano me había enviado por mail y en la encomiable misión de prologuista que me había encomendado. Y mientras las vestidas desfilaban como postdatas sociales desde la periferia de este fin del mundo chiquito que es el Ajusco, mientras sus besos de bilé barbado volaban sobre la concurrencia levantando insultos y piropos por igual, yo admiré la seguridad con que habitaban su condición, además de la osadía de sublimar el burdo alarde de patriotismo en una microceremonia del orgullo gay. Entonces decidí empezar el prólogo con esta escena porque acaso cada una de esas modestas vestidas del Ajusco traiga en la intimidad de su consciencia deseante una noveleta osada y desfachatada como esta que Omar Feliciano, alias Franka Polari, nos acaba de entregar.

Estas palabras regresan a condensarse en tu prístino corpus deseante

Creo que el centro de masas de este OTNI anglicanamente intitulado Such is life in Banana Republic no es una frase, sino una imagen: la del Santo Niño Marica, creada por Medusczka y curada por Feliciano para ser colgada entre los pasajes de su texto.museo. La imagen muestra a una encantadora niña Dios jotita, con vestidito, melenita y chamarrita de cuero en estoperoles. Para mi gusto esa imagen condensa el doble carácter de relato mitológico y cotidiano, épica y crónica, del (abre cita) universo formado por lentejuelas multiculores encarnadas las unas dentro de las otras donde un Buda Country atraviesa la creación cabalgando un caballo y floreándoles la reata a sus devotos (cierra cita) que Omar Feliciano se ha dado por tarea de retratar. Tenemos aquí entonces los tres elementos estructurales del texto de doña Franka Polari: 1) un relato mitológico cuyo propósito de fondo es remojar los mitos orientales y occidentales en pop ranchero, dinamitarlos con panfleto y caricatura para levantar con los restos de su derribo unos Upanishads jotos, reivindicadores del derecho a todas las formas torcidas de procurarse la felicidad; 2) una crónica cotidiana y cachonda de (abre comillas) la experiencia de un joto radical en los márgenes del capitalismo contemporáneo (cierra comillas); y 3) una curaduría ilustrada de 29 obras visuales que avalan y hermanan la perspectiva estética del autor.

                                 Santo Niño Marica (Medusczka, 2013)

“Franka llevaba un pene de hule que presentó al juez de paz”

Luego entonces, el tema de este Objeto Textual No Identificado es un Objeto Sexual Perfectamente Identificado, que para efectos prácticos podríamos sintetizar como un triángulo cuyos vértices están compuestos por la tripleta <falo, ano, feminidad>. El tercer elemento del trío podría parecer sorprendente: no lo es: en este universo de lentejuelas recursivas, la feminidad es gramaticalmente omnipresente: nombres propios, adjetivos, pronombres, sustantivos: al grito de ¡Clara de hueva! el estilo de Omar afemina lo que toca y su hambre de feminidad es tal que, si la norma lo permitiera, hasta las preposiciones y las conjunciones se travestirían. Y entonces, desde la página veintiocho, el sexto rostro de la Tribaldísima Trinidad abre cita y agrega: La red de pescar existe por el pez, una vez que tienes al pez, te puedes olvidar de la trampa […] Las palabras existen por el sentido, una vez que tienes el sentido, te puedes olvidar de las palabras. Es decir, que esa querencia formal femenina se corresponde con un fondo en donde lo femenino es habitado con idolatría islámica: mientras el machismo abandona radicalmente lo femenino para dominarlo mejor, la jotería emprende el movimiento opuesto: invertir a fondo la polaridad sexual hasta ser mas mujeres que Marilyn, Pituka y Paulina juntas. Donde el machismo evacua la feminidad vía la violencia y la dominación, la jotería la habita radicalmente en un carnaval pacífico de idolatría y exageración.

“For the bona draga, for the omee-palomee, for all the queer paralanguages”

¿En qué lengua está escrito Such is Life in Banana Republic? Con un título inglés y una prosa en español de México abundantemente enriquecida con frases en polari y singlish, el texto de Omar Feliciano se construye una lengua mestiza que, más allá del lugar común literario por el cual (abren las comillas con que se citan las frases mil veces escuchadas) “el lenguaje es un personaje”, recrea el efecto de un lunfardo mestizo más propicio para contar la crónica de las periferias, los márgenes, los terrenos sociales poco iluminados en donde la decencia tiene miedo de entrar, o dicho de otra manera, en donde es preferible que entren primero las policías, sean éstas judiciales o morales. Paradójicamente, el polari tiene ahora ecos preciosistas (Bona Omee-Palomee Release-Moi!), lejos de aquella primera función lingüística que consistía en encriptar mensajes de ligue preservando simultáneamente la libertad y el pellejo de los homosexuales británicos en teatros y puertos del reino.

Cabe también la pregunta: ¿para qué solicitar dialectos arcanos ahora, ya entrado el siglo que trajo la normalización de la homosexualidad e incluso su sacralización en el altar monógamo de la familia? ¿Qué caso tiene actualizar el polari hoy, cuando los peligros del teatro y del puerto gay son menos evidentes que en la Inglaterra victoriana? Permítasele al prologuista proponer una hipótesis: el singlish-polari aderezado con español en desuso (un barbilindo gomoso muy mamacito) tiene la función opuesta de aquella lengua encriptada de hace dos siglos: aquella quería ocultar, ésta busca mostrar; aquella necesitaba mimetizar deseos supuestamente contrarios a la norma bajo el disfraz de la normalidad viril, ésta se traviste de pluma y lentejuela para afirmar su periferia y mejor gritarnos al oído su axioma dionisiaco: busca, persigue, inventa, proclama, respeta, combina, acepta las infinitas formas de tu placer.

“La tercera murió de vida, dio a luz a la muerte e inventó las palabras”

Regresando del desfile del 16 de septiembre, al calor de una chimenea del Ajusco, terminé de leer el libro que Omar me había enviado, celebrando que de libro ya le quedara muy poco, puesto que su cuerpo físico es un PDF y su cuerpo búdico.editorial está estampado con un sello copyleft que le da derecho a refocilarse gratuitamente entre las manos de sus lectores. Tras lo cual me pregunté: ¿qué tipo de prólogo voy entonces a escribir? Están los hagiógrafos que inmortalizan al libro desde antes del incípit; están los ultra.analíticos que desmenuzan a posteriori un contenido que el lector desconoce a priori; y están también los académicos que saturan el asunto de citas y teorías contrarias al estado de vigilia. O, peor aún, los prologuistas ególatras que prefieren glosar sobre sí mismos antes que comentar el objeto de tan literaria encomienda. Ahora que releo lo escrito noto que mi prólogo embona en todas las categorías anteriores. Acaso la única manera de salvarlo de ahí sea hablando de lector a lector, con la honestidad y la sencillez de las recomendaciones de sobremesa.

Leí Such is life in banana republic y quedé agradablemente impresionado por la osadía de su estructura, la heterodoxia de sus materiales y el sorprendente mestizajes entre mística, erótica, guarrería, y contrapunto visual. Me dije entonces que sería difícil mantener un ritmo tan intenso a lo largo de todo el texto y creo que así fue: las cuarenta y cinco primeras páginas gozan de una intensidad muy particular que en la segunda mitad del libro acaso se extrañe un poco, pero así son los gajes del novel autor que está aprendiendo a templar su prosa y domesticar sus talentos. Omar Feliciano se ha atrevido sin embargo ni empacho a construir un texto fuerte, original, honesto y raro. Pasen pues los lectores a ver la primera frase del primer canto. ¡Los fantabulosos sutras de quienes toman al orgasmo por su imperativo categórico de cabecera están por comenzar!

paniconografía

Abrupta y brutal, la travestida interrumpe el sepia de la retromnesia, mira a la cámara en primera persona y, desde la legitimidad de su peluca rubia, explica: los guionistas le están a usted mintiendo: esto no ocurre en el pasado sino en el futuro, no es flashback sino flashforward (o post-retromnesia, si prefiere). No se confunda: aquí tiene usted dos lugares y dos tiempos cuyo vínculo común es la fotografía, más precisamente una imagen: el retrato de Dorita Garay. Dos tiempos que corresponden a dos procesos: creación y destrucción. La creación transcurre aquí, en la habitación semivacía del torturador, misma que en cuanto éste apague las luces se transformará en cámara oscura. Sin embargo lo que a usted le va a importar aquí no va a ser la tortura (que ya está demasiado vista) sino la fotografía que será tomada durante la tortura con esta torre instrumental rudimentaria que yo manipulo y que pareciera venir de un siglo anterior más inocente. Voy a aprovechar esta oportunidad, continúa la fotógrafa, para contarle a usted un poco más acerca de este objeto: se denomina paniconógrafo. Sirve para producir retratos in vivo de las personas en sufrimiento, en este caso el retrato real de Dorita en el momento de mayor sufrimiento de su existencia. En toda existencia hay siempre un instante así: un punto cero en donde la quimera de la personalidad se derrumba y el cuerpo se rompe y la consciencia deja de oponer resistencia y se abandona al acantilado de la caída hasta desconectar todo vínculo sensorial y abandonar todo deseo y renunciar a todo recuerdo y reificarse radicalmente hasta convertirse ya no en un animal ni en cosa, sino apenas en algo, algo alienado, objeto sin sujeto, materia inerte cuya única vibración vital es este interminable instante de tiempo detenido al que solemos mal llamar dolor.

Fragmento del Retrato de Dorita Garay (S01E02.panoconografía)

Enrodrigando el barbecho novelístico por la mañana

“La novela es trabajo agrícola, barbecho, sudor cotidiano” me dijo un día Rafael Gumucio en un restaurante de Santiago donde vendían cerveza y tortas de carne, quizá hamburguesas. Después de dos años de no pararme en mi parcela novelística, la encuentro llena de hierba, enredadera y plantas carnívoras correspondientes a esa especie que va carcomiendo el deseo vital de llevar la historia, la forma, el esfuerzo hasta el clímax probable de la cosecha.

Dos años después regreso y me encuentro con la granja abandonada y tres novelas inconclusas. ¿Por dónde empezar? La estrategia de las muñecas rusas aconseja empezar por la última que trabajé, el Retrato de Dorita Garay. ¿Pero para qué regresar a la literatura? ¡Hay tantas otras cosas por hacer en el mundo! Criar al chiquillo, pensar cómo diablos se sale de las fosas de Ayotzinapa, visitar a los amigos, tirarse al féisbuc, emborracharse en el Sully. ¿Para qué volver a la subjetividad del barbecho?

Porque el barbecho, abandonado, olvidado, carcomido por los yerbajos, no dará para comer pero da para vivir: la rutina cognitiva de ponerse cada mañana frente a las palabras para abañarlas, acodarlas, afrailarlas, argabillarlas, agostarlas, terciarlas, escotorrarlas, escardarlas, descogollarlas, desmamonarlas, callearlas y atetillarlas da flores, frutos y deja cuerpo y mente listos para la claridad del presente continuo.

¿Y el demás mundo? El mundo se esconde tras el significado de las palabras. Como dice Madame Franka Polari: “Las palabras existen por el sentido, una vez que tienes el sentido, te puedes olvidar de las palabras“. El barbecho literario matutino es una puerta de acceso (una de tantas) a eso que llamas el demás mundo.

¿Y la historia? La historia es la de una muchacha a la que torturan en un mundo en donde la crueldad ha sido integrada a la gran línea de producción de la riqueza. Algo falso, algo que no existe pero empieza a existir, un triangulo amoroso más o menos común y corriente que en un descuido, en un momento de extravío moral, nos hace desviar el camino y como en la Iliada de pronto ya nos causó una guerra: imagínate que estas viendo una serie de Vietnam y de pronto empiezas a discutir con tu mujer, cualquier pendejada, por qué no lavas bien los tomates, por qué no doblas bien la ropa, y cuando ya te diste cuenta la discusión degeneró en trinchera, Napalm y niñas desnudas huyendo del horror con la mitad del cuerpo calcinado.

Algo así: un orden televisivo que se apodera del bienestar pequeñoburgués de nuestra casa calientita desde donde presenciamos el horror protegidos por la gran escafandra del mercado, ante quien cualquier fuerza se doblega.

En fin, todo esto para decir que ya estoy de nuevo intentando alzando la pluma, pero antes hay que artigar la historia, estiercolar la prosa y entrecavar ligeramente la nueva intención para poder enrodrigar la trama.

Salud.

¿Cuántas veces más vas a intentar resucitar esto?

Hay que resucitar todo esto. La cantera de las letras, la ruina de la literatura en construcción, las dos horas de silencio necesarias para que las palabras se posen en el vacío de la creación. Las circunstancias no lo van a facilitar. Un mundo en apocalipsis cotidiano, una vida dividida entre dos países, una vida sin casa propia. Hay que aprender a escribir sin espacio y sin tiempo. Hay que aprender a escribir en la prisa del instante interrumpido y en la incomodidad de un escritorio reducido.

Hoy por la mañana en el radio hablaban de James Joyce. ¿Cuántas carreras literarias ha arruinado el gran granuja irlandés? ¿Cuántos hemos creído a pie juntillas que el valor de un texto literario es proporcional a su oscuridad? ¿Cuántos lo hemos adorado en la cúspide del altar experimental? ¿Cuántos hemos caído en la trampa de vestir a la mona vacía de formas originalísimas y experimentos incomprensibles para disimular nuestro profundo nada.qué.decir?

Y justo ayer por la noche, a la distancia, mantenía yo con ella una discusión por mensajes cortos en donde ella señalaba que yo prefería el jolgorio de la vida social al silencio espartano (toro por los cuernos) de la escritura. No en tono de reproche (los mensajes cortos apenas y tienen tono) sino de constatación observable. Sales más de lo que escribes ahora que tienes tiempo. Cuando la familia está reunida, cuando la fuerza vital del chiquillo nos consume gozosamente el día y nos llena de una fatiga plena de sentido, ahí sí sabemos por qué no escribimos: porque estamos impulsando a la vida, criando a un torbellino de dos años y medio, proveyéndolo de lo necesario para mantener su impulso vital. Pero ahora que por motivos laborales un océano nos separa, ahora que vivo en un cuarto de monje de ciencia y que mis días consisten en trabajo y poco más, ahora sí que podría hacer espacio y tiempo para sentarme aquí y retomar la pluma, la prosa, ese otro impulso tan parecido en su biofilia al de la paternidad, el impulso creativo.

La pregunta es esa: ¿a qué hora crear, dónde crear, qué sentido tiene crear en este planeta.agregación.de.tsunamis en donde todo ya ha sido creado y no queda espacio para una subjetividad original más ni tiempo para sentarse en calma a conformar un tejido estético fino.

Después de Joyce, el radio se pone a hablar de Duchamp, de la hueva, del rechazo al trabajo, y del gesto genial del huevón que no tiene ganas de trabajar como pendejo y mejor le da la vuelta a un mingitorio para cambiar sin esfuerzo la historia del arte y de paso crear un nuevo género.

Salud.

metrobús Perineo Sur

Estamos en la ludoteca del museo de las ciencias de la universidad. Lucio exige una ludoteca como las que había en aquel otro país donde vivíamos, con dos pisos, dos empleados de tiempo completo, miles de juguetes y una política social vieja de cincuenta años. Pero aquí, en este nuevo país a donde recién nos mudamos ¿dónde hay una ludoteca?

La del museo de las ciencias no está mal. No es lo de allá, pero Lucio parece contentarse con que el nombre del lugar coincida y no parece fijarse demasiado ni en calidades ni en cantidades. La vida es juego por el momento, juego infantil infinito y la insistencia de ir a la ludoteca acaso sea más un consuelo simbólico para sobrevivir a la mudanza (los bebés no se mudan, ¿o sí?) que una necesidad real. Desde su lengua adquirida hace apenas unos meses pareciera que el hecho de que ambos lugares sean designados por la misma palabra es más importante que las transatlánticas diferencias que los separan.

Estamos, pues, en la ludoteca con Lucio sumido en una fantasía vehicular lúdica (poco importa que los juguetes aquí sean de madera y allá de plástico acabado) cuando fatalmente me percato que he olvidado los pañales. Brrrruuuuum. Son casi las tres de la tarde, Lucio debería ya estar comiendo o durmiendo la siesta pero entre su obsesión lúdica y las dudas logísticas paternas nos dan las tres de la tarde en el segundo piso de la ludoteca y con un solo pañal en la pañalera.

Lucio todavía no sabe decir que está cansado. Su fatiga se manifiesta primero en forma de psicodrama, con llanto, hartazgo y una necesidad imposible de satisfacer. A las tres con quince de la tarde, a partir de una imposibilidad de lanzarse por la resbaladilla (a la que él llama tobogán), truena el llanto, corre la desesperanza y su cachetona faringe de apenas dos años llama, castálidamente inundada en lágrimas: mamá. Pero mamá no es posible por el momento, mamá trabaja, está en una junta importantísima, y papá trae una pañalera henchida de toda la logística del día pero defectuosa en su nombre mismo por contar apenas con un sólo pañal.

Manos a la obra entonces. ¿Qué prefieres, Lucio: sopa o leche? Leche y bibi, pareja léxica que en nuestra nuececita familiar significa siesta. Es decir, que quiere primero hacer siesta y después comer. Si nosotros siguiéramos la escuela del país aquel en donde nació Lucio y al que abandonamos no sin dudas hace muy poco, lo forzaríamos a comer a cierta hora, a dormier a cierta otra, el todo arreglado como una coreografía vital de metrónomo que culmina en el ceremonial nocturno de mandar al niño a dormir a las ocho en punto de la noche.

Pero nosotros no somos transatlánticos de allá, sino caóticos, calurosos y ligeros como los de acá (y los clichés me perdonen). Así que preferimos preguntarle, tomar en cuenta su opinión y su gana, con ciertos límites es cierto, tampoco se trata de dormirlo diario a la media noche. Además desayunó como se desayuna acá, fuerte, consistente y tarde, así que acepto su deseo: le preparo un biberón, mismo que acompaño con su objeto transicional de peluche apodado Bibi y vámonos,a la carreola a dormir.

Pero la vida y la logística pueril me han enseñado que si pones a un bebé a dormir con el pañal fatigado de toda la mañana, su siesta no será larga porque el pañal ya está saturado de orina o cosas peores y entonces su pelvis tendrá frío y las nuevas deyecciones no encontrarán capacidad de absorción y desbordarán en chorros prístinos por sobre las piernas mojando el pantalón, humedeciendo la carriola y sobre todo enfriando la siesta del bebé hasta despertarlo. Así que, manos urgentes a la obra, agotamos nuestra última recarga de pañal en la siesta seca del niño para que emprenda el sueño en condiciones de temperatura y humedad ideales. Dicho y hecho.

Una vez bebé dormido, se plantea la cuestión: ¿dónde comprar pañales dentro de esta inmensa y confusa ciudad universitaria? El único camino que conozco, el que hemos recorrido con Lucio en su primera bicicleta sin pedales, y que conecta el centro cultural con la parada de metrobús. Y ocurre que el azar, que piensa en todo, nos ha proveído por casualidad con una tarjeta que permite abordar los metrobuses. Y ocurre también que mi vago conocimiento de la ciudad universitaria se limita a la avenida Insurgentes, en donde hay un supermercado que seguro tiene pañales. ¿Será posible abordarlo con carriola y bebé durmiendo? ¿Habrá escaleras? ¿Cuántas? ¿Qué tan serias?

Pero el papá no tiene alternativa, así que con las dos manos junto valor y empujo la carriola por el camino ya conocido, hasta la parada del metrobús. Primer azoro ante los torniquetes: ¿habrá que cargar la carriola como en el metro viejo de un siglo de aquel país donde vivíamos? Nada de eso: el policía que vela sobre los torniquetes abre una puerta mágica para sillas de ruedas, bastones de ciego y carriolas. Dos autobuses pasan saturados. Los autobuses cuentan con una división sexual: en la parte de enfrente van las mujeres y los niños, en la de atrás el resto. ¿En cuál se suben los minotauro modernos como yo, mitad padres, mitad carriolas con bebé durmiendo? El tercer autobús trae la respuesta: viene vacío. Un prurito sexual me hace subir en la parte que me corresponde y no en la que le correspondería a Lucio, quien por venir sumido en plena siesta infantil acaso vea temporalmente reducidas sus cualidades ciudadanas.

Nos bajamos en Perisur. El centro comercial (inmenso) tiene nombre de perineo, pensamiento que a pesar de ser perfectamente impropio en alguien que tiene a bajo su responsabilidad una siesta infantil, me llena de entusiasmo: ¿habría tantos consumidores si en vez de Perisur se llamara Perineo? Supongo que sí: el Mercado tiene apetitos rabelesianos que todo lo degluten para transformarlo por digestión capitalista en perfecto objeto de consumo.

Economía aparte, la telaraña de puentes peatonales que unen la estación del metrobús con el centro comercial parecen diseñados por Escher: una pesadilla de descansos y escaleras. A diferencia del país en donde vivíamos, aquí la gente es más amable, servicial (y cruel): las escaleras dan así menos miedo puesto que siempre es posible acudir a alguien con voluntad y tríceps. No será necesario, pues nuestra nueva ciudad nos reserva una mayúscula sorpresa: un elevador, si bien rudimentario, nos espera en la cúspide de la pirámide de Escher para llevarnos al nivel inferior ya no del mar, sino del centro comercial donde venden los pañales.

Asunto resuelto, con superávit de gozo y jolgorio por estar de nuevo aquí. La ida y la vuelta fueron realizadas sin sufrir el tormento dorsal que las escaleras infringen a los minotauros hombre-carriola. Único bemol feminista: la señalización del ascensor restringe el acceso a tripulantes de sillas de ruedas, ciegos con bastón, mujeres embarazadas y mujeres con carriola. ¿Qué país es este, en donde las muejeres monopolizan el monopolio de la carriola?

Gozo, sí, con sus dosis nacional de crueldad: sobre el puente peatonal, un niño vende cacahuates japoneses. Le compro un paquete de ocho pesos. En el país del que venimos los niños no trabajan, pienso. Este niño de aquí no sólo trabaja esperando clientes que le compren cacahuates japoneses: también (más sorpresa) lee un libro.
–¿Qué lees?
El niño me muestra el título. Odisea del espacio sin dimensiones. Autor gringo. Azoro. Lucio prosigue su siesta. Subo al metrobús comiendo cacahuates y pensando: debería regresar la semana que entra por más cacahuates y dejarle algo de Julio Verne.

Sobre melancolía atlantista

Imagen

Un periodista me cuestiona por meil sobre mi pasión atlantista. En esta hora difícil para el Atlante, comparto con la web mis respuestas.

1) Cual es la imagen del club en Mexico ? Como se habla de el en el pais, en la cultura ? En que sentido Atlante es differente de los otros clubes del DF ?
Atlante es uno de los equipos más antiguos del D.F (acaba de cumplir 98 años). Estaba particularmente asociado a la cultura popular. Se le apodaba “el equipo del pueblo”, o “los prietitos”, epíteto que en el español de México se refiere a la piel oscura, condición que dentro de nuestro racisclasismo nacional se asocia a lo popular. El Atlante representaría entonces el mérito de lo popular, el improbable triunfo de las clases bajas. En México no tiene mucha afición, somos pocos pero muy fieles. Con respecto a otros equipos del D.F. no tiene ni la identidad universitaria de la UNAM ni la enorme afición del América ni la buena organización del Cruz Azul. El Atlante es una especie de huérfano pobre y malquerido entre el futbol del D.F., ahora en el exilio, permantentemente expoliado por padrastros sin corazón (sus sucesivos dueños).

2) Que tipo de afición tiene este club ? Esta aficcion ha cambiado mucho en la historia ?
Su afición es aflicción y sin duda alguna popular. Sus porras más notable son Tito Tepito y Corazón y Huevos. De pronto te salen intelectuales atlantistas, como Guillermo Arriaga o exjugadores del Atlante a quienes de pronto les aparece la vena intelectual, como al exportero Félix Fernández.

3)  Por que amas este club ? Cual es tu historia con el Atlante ? Qué significa esta institucion para ti ?
La familia vecina de mi casa en mi natal Izcalli Ecatepec le iba al Atlante. El papá de mi amigo Enrique nos llevó por primera vez al estadio y fue ahí en donde empecé a ser atlantista. Supongo que la primera afición siempre tiene un afecto de fondo, el mío fue esta familia de vecinos que me llevaron por primera vez al estadio: el papá profería gritos ricos en palabrotas y leperadas y al salir del estadio pedía disculpas por haber “echado las carnes”. Recuerdo una liguilla (finales de los 80?) en la que en la ida le ganamos al Cruz Azul en el Azteca 4-1 pero en el regreso el Cruz Azul nos metió 4-0 y nos dejó fuera. Yo iba con la familia de mi vecino. Regresamos a Ecatepec llorando, con la bandera del potro en alto. Poco desúés, en 1993, fuimos campeones con Lavolpe como técnico de un equipazo que contaba con el Piojo Herrera (hoy seleccionador nacional), el Profe Cruz (entrenador que nos hizo campeones en 2008) y demás. Para mi el Atlante significa la casa de mis vecinos, el barrio en donde me crié, quizá una familia que me fascinaba por ser tan distinta a la mía…

4) Cuales son los momentos claves de la historia del club ? Es verdad que fue comprado por el IMSS en los 70′ ?
Yo ignoro gran parte de la historia del club. Recuerdo eso sí que jugaban en el estadio Insurgentes, hoy del Cruz Azul. Era un estadio viejo, de barrio, muy apropiado para la identidad del club. Si hubiéramos tenido una directiva responsable, coherente y organizada, como la del Cruz Azul, ahí seguiríamos, pero como te digo el Atlante es una especie de Cosette del futbol mexicano, pasa de mano en manol, la pena es inmensa, la gloria ínfima, baja a segunda, y como los buenos huérfanos vive en la doble condición de ver su existencia permanentemente amenazada al tiempo que desarrolla extraordinarias habilidades de supervivencia. Y sí, el IMSS lo compró en los años 70 (creo que por entonces llegó a una final contra Tigres: fue la primera final que vi como nuevo Atlantista en casa de mis vecinos: creo que Cabinho falló un penalty, no lo recuerdo claramente, ahora creo recordar que perdimos en pénaltis con el portero de Tigres, Pilar Reyes, deteniéndolo todo: a la mejor fue en la primera tristeza de aquella derrota que se forjó mi ego atlantista: para ser atlantista se necesita una gran tolerancia a la melancolía).

5) Por que ha cambiado tantas veces de estadio en su historia ?
¿Por qué los huérfanos viven en tantas casas? Porque nadie los quiere. Porque buscan una familia. Así es el Atlante. Una especie de huérfano de otro siglo buscando en una afición que ya no existe un amor que ya no necesita. (El otro lado de la respuesta: por la retahíla de gángster y mafiosos que se lo han apoderado)

6) Cuales son las raices de su rivalidad con Nexaca ?
Como te digo, conozco poco y mal la historia del Atlante. Sin embargo yo temo que al Atlante le sucedalo que al Necaxa: que sea vendido, pierda su nombre y su casaca, que desaparezca, que el übercapitalismo ambiente lo borre del tiempo y de la historia y nos deje a sus aficionados con la pasión pendiendo de una ilusión esfumanda. ¿De qué vive el corazón de los aficionados del Necaxa? Habría que preguntarle a Juan Villoro.

7) Por que se fue a Cancun en 2007 ? Cual fue tu reaccion y la de la aficcion ? Fue una buena decision ? La aficcion ha declinado y protestado?

El Atlante se fue a Cancún porque la colmena de gángster que lo gobierna así lo decidió, en colusión con el gobernador que entonces regentaba el estado de Quintana Roo. A mí el movimiento no me pareción entonces tan descabellado, incluso asistí a un partido en Cancún en 2007 y disfruté enormemente el campeonato del 2008. Sin embargo faltaba algo, el aire beisbolero del Caribe no es propicio para el futbol, y si alguna probabilidad había de que la mecha de la afición prendiera, esta fue reiteradamente extinta por las pésimas decisiones de la directiva actual (Grupo Pegaso, Burillo, Couchonal y demás banqueros balzacianos), principal responsable de la crisis que hora vive el equipo. Desde París yo seguía las protestas a distancia: primero en el foro http://www.atlantista.com y después en el grupo Radicales Atlante de féisbuc.

sobre la lengua en construcción de bebé.darío [2/∞]

Darío tiene diecinueve meses. Ya habla. Su lengua no es perfecta ni correcta ni fonéticamente pulida, pero logra con decoro el alto honor de la comunicación verbal. A lo largo de este recorrido de adquisición, hay palabras talismán que le han servido para escalar trabajosamente los peldaños acústicos, sinntácticos y semánticos de esta escalera común (escalera.estadio) a la que llamamos lenguaje. Empiezo ahora un recuento breve, incompleto y desmemoriado de esas palabras, sabedor que el intervalo del verbo empiezo es abierto y que tal recuento no tendrá fin.

coche
Si hay palabras talismán para bebé Darío, la primera es coche. Su lengua se sube en ella desde tempranas horas de la mañana para conducir por el imaginario automotriz con fascinación. Bebé Darío despierta entre las siete y las ocho de la mañana, empuña los barrotes de su cuna, levanta su cuerpo adormilado y pide mamá, leche, papá, Bibi. Consumido el biberón al calor del espacio abierto entre mamá y papá en la cama matrimonial, levanta otra vez la cabeza como en un segundo ensayo de despertar, esta vez no para pedir placeres orales sino semántico.mecánicos: coche, coche, coche. Papá o mamá se levantan entonces, caminan hasta la cueva del tesoro de los juguetes y traen a los tres primeros y coches que su aturdimiento sonámbulo les haya permitido distinguir. Entonces bebé Darío abre una autopista, crea casetas imaginarias sin conocer la palabra caseta, viaja hasta confines imposibles para cualquier objeto que repose sobre cuatro ruedas, confines donde las palabras se confunden con los gruñidos y en donde el sol es una onomatopeya estelar que le infunde energía al mundo a través del sonoro rayo de su ¡BRRRRRUUUUUUMMMMMM!

donne
En esas horas matutinas de invierno, confusas a fuerza de fronteras mal negociadas entre el sueño y la vigilia, bebé Darío nos entrega el primer biberón de la mañana con un triunfal: donne, que en francés significa dar, o dame en imperativo, o dáselo ipso facto en el tono autoritario de las educadoras de su guardería de Saint-Ouen, disciplinadas y disciplinadoras francoparlantes. Cualquier objeto le cabe a donne, especialmente aquellos cuyo margen de utilidad lúdica se ha agotado, la pelota, el coche aburrido, el babero en mitad de la comida. Donne da lo que bebé Darío ya no quiere, porque el don generoso, ese con el que ofrece su comida o su muñeco de peluche favorito, ocurre en silencio, con una sonrisa confiada y un movimiento oferente capaz de derritir las más aguerridas defensas emotivas y de conmover al receptor de turno.

quita

Quita, pronunciado en un español perfecto, expresa otro movimiento de impaciencia, generalmente ligado a la ropa, tema siempre delicado pues si algo destesta bebé Darío en este mundo nuevo suyo es el trato de objeto o percha que sus padres le inflingen a la hora de vestirlo/desvestirlo, cubrirlo/destaparlo, cambiarlo/limpiarlo, etcétera/etcétera. Quita quiere quitarse la bufanda a pesar del viento, el gorro a pesar del frío, el suéter a pesar de que no hay calefacción, pero también su uso se extiende a las personas, quita papa cuando papá está embebido en su teclado, quita mama cuando mamá se toma un respirio para navegar en su teléfono: quita entonces es un sinónimo de ven, hazme caso, ocúpate de mi, ven a jugar conmigo.

Bibi
El primer y más íntimo nombre propio de bebé Darío. Su primera creación literaria, acaso, aunque a él esto del valor estético lo tenga francamente sin cuidado por ahora. Bibi es eso que los psicólogos llaman “objeto transicional”: la indispensable mascota que lo asegura, especialmente a la hora de dormir la siesta o la noche entera; el peluche que lo consuela cuando se cae y grita su nombre entre lágrimas de dolor recién dolido. Bibi es una rata de peluche que le compramos cuando aún no había nacido. Una rata simpática, llena de colores y protuberancias textiles.dulces. Los mayores sustos de nuestra recién carrera de padres se han materializado cuando nos damos cuenta que hemos perdido a Bibi: el espectro de las noches sin sueño, las caídas sin consuelo y las siestas truncas se aparece y corremos a recorrer el camino literal de regreso hasta hallar, siempre milagrosamente, a este nuevo miembro de la familia cuya principal virtud, además de ahuyentar los primeros miedos de bebé Darío, es la de reaparecer después de haberse perdido. Lo hemos perdido en un Oxo de México D.F., en donde un amable empleado nos lo guardó y esperó a que nuestra desmemoria activara la alarma; lo perdimos de noche en un parque oscuro frente a la sala de conciertos de Bercy: la apariencia desorientada del parque nocturno no impidió que lo encontráramos abandonado en las mismas escaleras por donde habíamos bajado; lo perdimos camino a casa de Ligia, en un suburbio a cuan más alejado del centro, era el día de navidad, Darío lo dejó caer en algún semáforo en donde una vez más milagrosamente nadie lo tomó por suyo. Entre Bibi y Darío hay un vínculo sobrenatural fuerte: Darío lo deja caer con discreción: el vínculo somoso nosotros, que cuando nos percatamos de su ausencia desandamos la realidad y el tiempo hasta dar con la ratita, casi una hija postiza, quien generosa siempre nos hace el milagro de seguir ahí.

A una agonía

Poema de mi amigo Ramsés Sandoval, mismo que he debido ir a rescatar hasta el web archive  porque Ramsés ha (tristemente) bajado la cortina del blog en donde publicaba sus poemas.

El cielo se te cae, viejo mortero,
en los gruñidos que a tus lustros ya es tan pura
voz que quien ciego desde siempre resucita
hecho cenizas y dice azul o meteorito
durante el hálito que quede entre jirones.

Ya no es el segundero esta montaña
en tierra del minutero cielo, acaso aroma:
daga de filo bajo bajo olvido coralino:
ha vuelto llaga como una profecía,
en el último saco postal amordazada.

Hora es de cosechar trenos y gemidos,
los silencios, los ecos nonatos, hiel de lirio.
Hay que tañer la voz hasta abrir coágulos:
no más ver la era de canallas, sin inercia
aniquilado, anhelo o rabia:
comprendes que termina
y has comprendido todo.

Y a tu silencio postrero empotre emblemas
de aquel año en cuya muerte refugiaste
a un alma confundida como un simio,
que al pensar lo venidero anida un puño,
qué si no el mausoleo de un vuelve mudo
o el cállate que sisean las hachas quietas.

Diciembre de 2011.
DR (RSR)

Santos óleos materialistas

Soñaste con el día de tu muerte. Estabas en la vieja casa de tu abuela, en Mexicali, una casa de adobe, un solo piso, un espacio rectangular largo, como un gran corredor fértil donde habían incubado tus tíos, tus primos, toda esa tribu fronteriza en donde eras feliz. Pero no estaba tu abuela ni tus tíos ni tus primos, sólo tú postrado en la cama en donde te ibas a morir. Y tu madre. Tú no tenías aspecto moribundo, eras el que ahora eres, tu cuerpo estaba intacto, nada parecía aquejarlo. El último día de tu vida tampoco tenía nada de extraordinario, era un día común y corriente, con el dolor de espalda baja, las obligaciones, los quehaceres, las esperanzas y las sorpresas. El eterno hilo del presente. Tu mamá te decía que te tenían que poner los santos óleos antes de morirte. Tú no querías pero tu mamá ya había llamado a unos cuantos curas. No era extraño encontrar curas en la casa de tu abuelita, una viejita piadosa, que iba diario a misa de siete de la mañana a cantar canciones sobre barcas abandonadas en la arena de mares espirituales. La voz se le quebraba a tu abuelita cuando llegaba al “he dejado mi barca junto a tí”. Viejita piadosa. Ayudaba a los pobres, tenía un catálogo de pobres y otro catálogo paralelo de pudientes piadosos a quienes les podía sacar dinero para sus pobres. Alguna vez la llegaste a acompañar a repartir pollos para sus pobres de navidad en los ejidos miserables de los suburbios de Mexicali. Pobre desierto. Casas de fortuna fabricadas con puro material de deshecho. Mar de polvo. Camas aquejadas de todos los males. Viejos y niños mocosos. El aroma del pollo calientito entre el olor a rancio.barato.enfermo de la pobreza. El chofer de la parroquia se llamaba Adán. Que buen nombre para un chofer. Adán era alto, una palmera, y rubio o mejor sería decir rubicundo, rubio permanentemente sonrosado, rubio rojo. La otra pasión de tu abuela, además de ayudar a sus pobres, era ayudar a los seminaristas. A esto le llamaba las vocaciones. Ahí no la acompañabas. Puro aspirante a cura, jóvenes sombríos: sotana y dudas.

Pero en el sueño no estaba tu abuela ni ese universo de caridad y piedad que la rodeaba. Sólo su casa de adobe y piso emparejado, su refrigerador gringo comprado en Caléxico, su sala con una copia de un bucólico paisaje de Millet que nada tenía que ver con el árido y rústico horizonte del más feo Mexicali. Y tú te ibas a morir a los cuarenta y tantos. Así, como sin nada, con un chingo de cosas que hacer, entre ellas morirte. Y tu mamá te traía sacerdotes para que te propinaran los santos óleos y tú le decías que ya no eras católico pero ella no te escuchaba, no podía, nunca lo había hecho. Ya no soy católico, mamá, ya dejé esa madre, insistías pero ella respondía con nos multiplicados: no, no, no e invitaba a pasar al cura, un joven moreno, saludable, de rasgos redondos, vagamente indios. El cura entraba, tú estabas vestido con ropa de calle pero acostado en una cama parecida a la de tu abuela, una cama individual, simbólicamente protegida por la imagen del Sagrado Corazón que no era sólo un corazón, sino un cristo con cara de Errol Flynn (son las referencias de tu abuela) y el pecho abierto de donde emergía una especie de maqueta de corazón para estudiantes de anatomía o jugadores de juegos de video con resplandores de espada láser. Ahí estabas acostado y ahí te traía tu mamá a sus curas. Tú le repetías que gracias por los santos óleos pero tú ya no creías en eso, tú estabas seguro que ibas hacia la nada, la ceniza, la descomposición molecular: una integral materialista que tiende a regresar al mundo. Nada. Tu mamá y el cura blandían un botellín de aceites esenciales con pretensiones de pasaporte ultraterreno. Te encabronabas. Le reprochabas a tu madre el no haberte escuchado nunca. Ella multiplicaba su negación por tres reduciendo al mínimo el silencio o la coma o los dos puntos o ese aire mal respirado con el que separaba su mansalva: no-no-no y blandía el frasco goteando y las gotas te caían en la frente y el cura hacía una cruz y tú te limpiabas en un invisible afán materialista.

El niño que quería que perdonaran a los nazis [1/∞]::ombligo

Oficialmente, papá Árbol de Pan dice que mamá Jazzy se vio muy enferma cuando bebé Yoyó nació. Verse enfermo, ese es el término que siempre usa. Como si la consciencia de la mirada estuviera divorciada del cuerpo y pudiera presenciar su sufrimiento desde una aurora de protección.

En la historia oficial, mamá Jazzy se ve muy enferma porque los doctores que atienden su parto están ebrios y dejan una parte del instrumental médico dentro de su vientre. La cosa se infecta y mamá Jazzy emite más adelante eclosiones verdes pútridas del vientre, que la postran cuatro meses en terapia intensiva sin apenas poder acercarse a bebé Yoyó. Papá Árbol de Pan cuenta esta historia mirando al horizonte o al destino, casi buscando ese párrafo en donde él mismo amenaza al doctor de las solapas porque quiere a ambos, su mujer y su hijo, vivos. La historia oficial no especifica en cambio cuáles eran los riesgos que aquejaban al bebito: en esta historia oficial sólo hay un rol de enfermo y ya está ocupado por mamá Jazzy. Los roles son los siguientes: enferma, héroe y culpable. Por extraño que esto parezca, la historia oficial le reserva el rol de culpable al bebito.

Yo por mi parte no sé si creer en la historia oficial. Yo era un recién nacido idéntico a los millones de bebés que a diario llegan al planeta desde que la tierra es tierra y el oxígeno una sustancia respirable. Un bebito dependiente, ¿qué bebito no lo es?, necesitado de todo ese arsenal de cuidados, cariños y apapachos a los que son tan afectos los bebitos. No creo haber sido culpable de nada hasta el momento, ni de la borrachera del cirujano ni del ectoplasma verde que brotó del vientre de mamá ni de los cuatro meses que pasamos sin frecuentarnos, ella en el cuarto de cuidados intensivos, yo en el cunero. Yo apenas si sabía cómo tener acceso a los sentidos. Yo apenas si podía respirar.

La historia oficial dice que bebé Jazzy pasó cuatro meses en el cunero, mismo que describe como una granja de camitas pueriles yuxtapuestas como los manípulos romanos en los cómics, cuadriláteros equidistantes, ordenados, un bebé por cuna, las enfermeras vestidas de un blanco impecable, cofia, falda, camisa de manga corta, maternalmente afanadas en esa milpa de niños que no son suyos. Por cierto, la historia oficial agrega que estas enfermeras querían mucho a bebé Yoyó pues era el único no recién nacido entre recién nacidos. Cuatro meses en un cunero da tiempo para adquirir malos hábitos, como robarle las cobijas a los efectivamente recién nacidos.

Cuatro meses confinado en el cunero, robando cobijas y cautivando enfermeras con un improvisado carisma de no tan recién nacido, carisma de vida o muerte para el bebito sin mamá que depende del cuerpo de auxiliares médicos para sobrevivir, dice la historia oficial. No me queda memoria del lugar, pero sí de una foto que algún día me enseñaron con la que supuestamente era mi enfermera favorita (o viceversa). Tengo los ojos extraviados.

¿En qué estábamos? En el cunero, sí, y en que mamá Jazzy se recupera trabajosamente de la cesárea fallida y en que papá Árbol de Pan amenaza de las solapas a un doctor para obligarlo a salvar a su mujer y a su hijo. ¿Pero qué tenía su hijo? La historia oficial no lo cuenta. Se sabe sólo que bebé Yoyó recibió una transfusión de sangre por el ombligo y que por eso lo tiene ancho, con forma de ojiva, carente de esa gracia espiral de los ombligos que no sufrieron traumatismo alguno.

Un ombligo cosido con hilo, como si el corte del cordón umbilical no hubiera sido un buen augurio para iniciar la vida sino un castigo.

Bebé Yoyó no va a recordar por supuesto nada. No le gustará su ombligo cuando crezca, ni por su tamaño ni por las costuras de fondo, pero al menos celebrará que siga ahí, cerrado como un labio cosido a media palabra viva. Celebrará también que al final de los cuatro meses de convalecencia postparto mamá Jazzy y papá Árbol de pan abandonen el hospital, al menos físicamente. A Bebé Yoyó le habría gustado dejar en el hospital los roles a los que la historia oficial los había confinado, por ejemplo que mamá Jazzy hubiera dejado la máscara de enferma para salir a abrazar la salud ya fuera del hospital, en vez de pasarse el resto de su vida adulta representando el rol del enfermo imaginario. Pero los roles eran rígidos y la historia oficial una sola.

Reitero: la herida comienza en el ombligo. En esos puntos de aguja quirúrjica que cierran un cordón umbilical anómalo. Quizá el cirujano cortó el cordón y cosió el ombligo antes de tiempo. A los bebés normales (inocentes, diría yo) se les cose poco o nada y la herida se cierra sola tras unas semanas de desinfección cotidiana. Con los bebes anómalos (culpables, diría yo) las cosas son distintas: hay deudas, faltantes, cuentas pendientes que hubo que amputar para poder cerrar el trauma del cordón y mandar a padre, madre e hijo a seguirse cobrando en planos menos materiales.

Papá Árbol de Pan y mamá Jazzy necesitaban concebir un bebé extremadamente ruin (por ejemplo, un nazi) para poder depositar en él varios fardos sedimentarios de culpa acumulada, proveniente incluso desde un más allá genealógico, invisible desde sus respectivas actas de nacimiento manuscritas. Esto lo pienso yo, por fuera de la historia oficial porque ésta sólo dice que a bébé Yoyó le hicieron una transfusión de sangre (papá Árbol de Pan fue el donador, ¿quién mejor donador que un héroe?) por el ombligo y que por eso se lo debieron coser así. Segunda anomalía: el cordón umbilical es una vía privada madre-hijo, reservada para tránsitos alimenticios y en su defecto edípicos: la sangre de papá Árbol de Pan no tenía nada que hacer ahí, ¿o sí?