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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

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Montevideo, 26/oct/10 (16h09)

Fácil, gozosa, soleada, indecisa entre el mar y el río, amable, fresca de brisa: así vivo la primera hora en Montevideo. // En la avenida 18 de julio me detengo por un café. Maravilla: lo sirven acompañado de un vasito de jugo de naranja natural (post.data: que chingue a su madre Europa). // Los sobrecitos de café marca AZUCARLITO rezan: “La dulzura puede cambiar al mundo”. // Breve ennumeración de los hechos: llegué a Sao Paulo hecho una mierda dormida, nadie me pidió visa la famosa visa que en París valía cielo mar y tierra: no es necesaria para conectar con otro vuelo internacional. Desayuné un par de empanadas deliciosas, perdí mi póster, lo encontré, me aburrí, me desesperé, terminé SI de Thomas Bernhardt (¡maestro!), tomé un exasperante avión para Montevideo, el aeropuerto Carrasco es nuevo, funcional bonito: la mierda es que mi maleta no llegó. Los franceses nos hospedaron en un hotel francés sin ningún atractivo, huí de mis compañeritos de conferencia para sumergirme en la ciudad, me perdí en la rambla marítima de La Cumparsita, llegué a un asadero delicioso y gentil llamado Paradero Sur, calle Paraguay. Me tumbé medio kilo de carne, varias capas de chimichurri, medio litro de vino, una ensalada y una felicitación de Pantagruel. Por casualidad caí en El VIAJERO HOSTEL, hoyo de mochileros, edificio viejo, mucho encanto y bajo precio: aquí me voy a mudar. Doy mis datos para la reservación: la recepcionista me dice que tengo nombre de telenovela. // Letreros vistos:
MATRIMONIOS IN EXTREMIS
BIBLIOTECA JOAQUÍN DE SALTERAIN (CERDOS Y AVES)

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Aeropuerto de Sao Paulo, 26/oct/10

Apenas aterrizando, los brasileños le aplauden al piloto o a la suerte o a la vida sin ninguna vergüenza de clase. El mismo acto en México es inmediatamente condenado y etiquetado en el preciso organigrama de la socieda de castas. // Magnífico mestizaje el de este pueblo. Todos se parecen a algún futbolista que conozco. // La gente se habla, se entreayuda, conversa espontáneamente, improvisa la convivencia: no hay miedo al contacto. Adiós Europa. // Letreros vistos: BOMBONIERE E CONVENIENCIAS. // Las empanadas del aeropuerto, muy buenas. Una de carne, otra de Quiejo. Tres horas por matar en el aeropuerto. Traduzco un pasaje edípico de La promesa del alba, de Romain Gary:

Era seguro, pero yo no lo sabía. No fue hasta los cuarenta que comencé a comprender. No es bueno ser tan amado, tan joven, tan pronto. Adquiere uno malos hábitos. Uno se cree que ya ha llegado. Uno se cree que eso existe allá afuera, que eso se puede volver a hallar. Uno cuenta con eso. Uno observa, se ilusiona, espera. Con el amor materno, la vida te hace una promesa que no cumple nunca. Luego uno se ve obligado a comer frío hasta el final de sus días. Después de eso, el que una mujer te tome entre sus brazos y te estreche contra su corazón son nada más condolencias. Uno regresa siempre a ladrar en la tumba de su madre como un perro abandonado. Nunca más, nunca más, nunca más. Que los brazos más adorables estrechen tu cuello, que los labios más dulces te hablen de amor: tú ya estás al corriente. Pasaste por la fuente muy temprano y te la bebiste toda. Te puedes tirar por doquier cuando la sed regresa: ya no hay pozo, sólo espejismos. Al despuntar el alba, tú ya habías hecho un estrecho estudio del amor: te has documentado. Por doquiera que vayas llevarás en ti el veneno de las comparaciones y te la pasarás esperando eso que recibiste ya.

Hinxton.Cambridge, 25/oct/10

Un científico ciego opera su computadora concentrado, embebido en su par de audífonos. Las lunas llenas de sus ojos parecen escrutar el monitor. // Desperté temprano después de una noche de buen sueño en la posada John Barylcorn. Me dormí viendo en la tele los dos magníficos goles que el Chicharito Hernández le markó al Stroke. // El Eurostar aterriza ahora en la estación de Saint Pancreas, donde hay una enorme estatua de bronce con una pareja despidiéndose: el monumento al adiós. // Cita con mi amiga Q en Londres, embarazada de 8 meses, agripada y algo desconcertada. Vamos a comer a un magnífico Public Local cerca de la embajada de México. Por la noche, remar y remar para llegar a Duxford salvando las obras olímpicas en el tren de Londres. Llegué ya de noche a Whittlesford y no había transporte. Entré en el Red Lion Hotel y Pub para pedir un taxi, pero todos estaban ocupados. Gracias a Todor, joven búlgaro que trabaja en el local por llevarme en su coche hasta Duxford. Que gente tan amable. // El desayuno en John Barylcorn: huevito, aluvias rojas agridulces, tocino grueso, salado, rebosante de sabor y unos champiñones que sabían a tierra buena. Y el té inglés, concreto, sustancial.

guía del parís decadente, capítulo 1: bares

Bar Delyss, 4, rue des Deux gares 75010 la callecita perdida entre Gare du Nord y Gare de l’est y los dueños kabiles y las llamaradas del vodka de un tonton flingueur y ese martes cualquiera en donde llegas sin ganas de vivir y acabas bailando sobre la mesa.

La Sully, 16, rue du Faubourg Saint-Denis 75010 (Strasbourg Saint-Denis) en cohabitación perfecta con una calle tomada por los comercios turcos, los puestos de frutas, las bicicletas y esos filósofos urbanos que no van a ningún lado, cuyos pasos describen circunferencias metafísicas al filo de un vaso de cerveza. El Sully, sede de los dos meseros más amables de París, ve pasar el tren del faubourgo, indeciso entre las sopas de tripa turca y los sánduiches de hígado kurdo que lo flanquean.

Olympic Café, 20, rue Léon. 75018 (Goutte d’or) desde aquí se ve Montmartre, desde aquí se ven todos esos turistas que ni se imaginan Senegal tan cerquita, los tapetes para el rezo a media calle, los niños mocosos, la ropa húmeda por la ventana y las tiendas de pescado seco africano. Pescado seco: qué producto tan intrigante: no conformes con privar al pez del agua, lo deshidratan en una inmovilidad intacta: ¿se puede acaso ser más cruel? El Olympic lo es porque está enfrente del teatro donde convive con las sanguinarias heroínas griegas: por la noche hay conciertos en el subsuelo, la cerveza es barata, el ambiente extranjero: por eso está lleno de parisinos.

One Way Café, 50 rue Jules Vallès, Saint-Ouen (Porte de Clignancourt), los lunes de jam-session, el humo de antes de la prohibición del tabaco intramuros, los músicos absortos en sus metales, sus clarinetes, sus percusiones, el público rudo, a veces de motocicleta, tatuaje y cuero, a veces de moñito y calcetín combinado, dependiendo de la tesitura del blues: en el mercado de las pulgas, con sus crepas, sus anticuarios y sus raperos, el one way café es el único bar que se revela sin causa.

Le Lucernaire, 53 rue Notre Dame des Champs, 75006. En esta ciudad donde el espacio es tan escaso, las afinidades se funden: bares y teatros se ganan juntos la vida, el uno dandole la espalda falsa al otro para, a través de una puerta, pasarse la clientela: por eso las pintas a medio precio en la hora feliz del Lucernaire contienen por igual bachilleres que dramaturgos, poetas subvencionados que adolescentes con trastornos alimenticios, rock ácido que tragedia griega. Bajo la placa que señala el lugar donde Saint-Beuve le manejaba la mujer a Victor Hugo, el Lucernaire es uno de los últimos signos vitales de un barrio a punto de transforme enteramente en un museo.
La Chope du Chateau Rouge, 40 rue de Clignancourt, 75018, cuscús gratis los viernes y espejos llenos de recuerdos.

viernes, la.escalera.méxico.df (11:50)

Soy chilango. Este es mi clima. De pie, la tortilla de maíz se deshace entre mis dientes ávidos: es un día soleado. Para los chilangos el sol no es ningún evento extraordinario: nadie corre a organizar picnics en previsión del invierno, nadie se abalanza a aprovechar el calor antes de las nevadas. Además, aquí el sol nunca cae de frente, entre el sol y el chilango suele interponerse el paraguas protector de los contaminantes, que tiene la virtud de nublar a medias los días soleados, determinar el gris de los días nublados y producir ocasos inolvidables. / Los chilangos tienen tres juegos de vestir: templado, medio lluvioso (lo cual en general implica una chamarra ligera sobre el atuendo templado) y traje.sastre/corbata. La corbata, el traje sastre, son una religión para los chilangos. La corbata canta la canción de la utilidad: soy mi trabajo, vivo ocupado, temporalmente a salvo (el tiempo que dure esta corbata, el tiempo entre hoy y el día en que me liquiden) de la desocupación, del tiempo libre, del ambulantaje: sirvo, le sirvo a alguien. / Para los chilangos, servir es importante. Generosos, la mayoría de los chilangos son amables, hacen favores, cuando no tienes coche te llevan a tu casa. Y en el trabajo sirven demasiado, para algo que los ocupa al menos catorce horas diarias: los chilangos trabajan mucho, todo el día, y cuando no trabajan viven al volante de un coche, la extensión natural de la corbata. El chilango tiene una relación orgánica, íntima con su trabajo: las relaciones laborales a la chilanga incluyen siempre un componente de heroísmo, de estamos dispuestos a todo: mi trabajo es mi trinchera: cueste lo que cueste, licenciado, yo se lo tengo antes del viernes. / Pero en el fondo el chilango sabe torear esa semana de setenta y cinco horas laborales (más las pasadas en el tráfico), le tiene tomada la medida para hacerla menos agotadora: el chilango se las arregla para mantener un buen ambiente de trabajo, irse de cantinas con los colegas, atizar amoríos semanales con la secretaria y llegado el viernes de quincena, matar la jornada a medio día con una comida que se prolonga en extensiones de tequila y chela hasta que cae la noche y entonces los genes de supervivencia que le permiten a los chilangos conducir en estado de ebriedad se activan y aguzan sus sentidos y templan el pulso y los llevan con bien hasta sus casas. Salvo excepciones. Como antes de ayer, en que nos detuvo la siguiente patrulla:

–Sus papeles.

–¿Hubo infracción, mi comandante?

–No, nada más es una verificación de rutina para ver que el caballero no está tomado.

–Mire oficial, la verdad es que me eché mis alcoholes, ¿vamos a arreglarnos, no?

((secretamente, pacto entre chilangos, un billete de doscientos cruza la ventana del automóvil))

–Haga un esfuerzo, joven.

–No traigo más oficial.

–Échele ganas.

(((segundo billete de doscientos, más secreto aún que el primero: el oficial voltea a ambos lados antes de recibirlo))

–Órale pues, váyase con cuidado.

–¿No me va a escoltar en la patrulla?

–¿Hasta dónde va?

–A Tultitlán.

–Noooo joven, está muy lejos.

–¿Entonces deme una clave?

–¿Una clave? Deje ver… Equis cero cero Cronos veintiuno.

–La anoto: X00Cronos21

–Ya con eso.

–Que le vaya bien, váyase con cuidado.

((con el azoro de quien distingue comportamientos extranjeros en parientes cercanos, el chilango expatriado pregunta al conductor para qué es ese código. El conductor responde: por si nos detienen otras patrullas, para que sepan que ya pagamos. Al llegar a la casa, me duermo habiendo deseado que nos detuvieran de nuevo para verificar esa clave que tan amablemente nos vendió el guardián de la ley y el orden. ))

miércoles, el.cairo (9/12/1997/17:17)

Me cai que el grado de felicidad de un individuo está estrechamente relacionado con su porcentaje de satisfacción gastronómica. Qué chingón se siente escribir con la panza llena. Cuando tengo hambre soy como los perros: desconozco. El mal humor hambriento se manifiesta en una crisis melancolico.existencial por ahí de las cuatro de la tarde, hora en que mientras el Cairo duerme la siesta yo me digo: ¿por qué bergas vine al Cairo en Ramadán? / El día de ayer fue una lucha contra la novela con muy magros resultados. Me pasé el día en el cafetín sin lograr sacarme una palabra. Por la noche, después de la ruptura del ayuno, me invitaron a dos fiestas (Mohamed, Rose) pero preferí acostarme temprano, sólo para revolcarme en el insomnio. El Ramadán es un letargo diurno que por la noche se enfiesta: los cuetes no me dejaban dormir, así que salí a comer y a caminar. Me tumbé un sánduich de falafel con vísceras de pollo, dos naranjas y un té (si con eso no duermo, yo no sé con qué). / La novela no avanza porque estoy atorado con el personaje del sordomudo. Al regresar de la cena y el paseo me encontré un café en donde una mesa entera de sordomudos platicaba amenamente. Me senté con ellos. Es increíble la cantidad de cosas de las que hablamos. Era un grupo de siete u ocho, cuatro de ellos jugaban cartas, los demás fumaban shisha. Sin palabras, con el sudor de los gestos de sus manos, me contaron que trabajaban en el aeropuerto, para la compañía TWA. Yo los conté que soy mexicano, trabajo con computadoras, pago siete libras la noche por una cama en el dormitorio común del Sun Hotel y las mujeres egipcias me parecen guapas. Mientras los observaba, tuve el mal gusto de sacar mi libreta de notas para hacer apuntes sobre el personaje del sordomudo, que en la sesión de escritura de mañana espero camine mejor. / Todavía no decido donde pasaré navidades. ¿Belén? Demasiado católico. ¿Palestina? Demasiado militante. ¿Tel Aviv? Demasiado fresa. ¿Un kibutz? Demasiado trabajo. / Por la tarde fui a la embajada de México, donde me recibió una señora que lleva 22 años en el servicio exterior y que ni por eso pierde ese aire de ama de casa mexicana. La biblioteca de nuestra embajada en el Cairo es un caos. Hay libros que ni siquiera se han abierto: la tentación de chingármelos es mucha: ya llevo seis meses fuera de México y tanta literatura nacional me tienta. / El problema de pasar tres meses en la India es que uno se acostumbra a pedorrearse en público sin que sea mala educación y las costumbres intestinales son muy necias: ¿quién le explica a la mía que ya cambiamos de país? Me acabo de soplar uno cuya pestilencia ameritaba una comisión supervisora de Naciones Unidas. / En la embajada leí la revista Proceso y me embargó la nostalgia. Me emocionó sobremanera leer el paso cotidiano de la vida en México: las cosas no esperan mi regreso (cálmate, centro del universo) para transformarse. También me morí de envidia leyendo sobre escritores que a mi edad ya publican. Al salir de la embajada vagué un rato por la Universidad del Cairo y encontré una computadora con teclado latino en donde al fin pude pasar en limpio los dos últimos capítulos de la novela. / Tengo sueño. A ver si me puedo dormir. Chingá, me hubiera ido a la fiesta.