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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Archivos en la Categoría: rumbo.al.rugby

o versa.vice

Hay dos tiempos: hospital de día y hospital de noche. Son tiempos sucesivos: primero se va al hospital de día, cuando la rodilla está casi recuperada, cuando se ha recuperado ya un mínimo de movilidad, cuando ya es posible dormir en casa, preprarse un té, ser o parecer útil. Después, conforme la fecha del accidente se acerca, es decir tras la empeoría (antónimo de mejoría, o tras la empeora, antónimo de mejora), se duerme en el hospital, se consume morfina, se molesta a las enfermeras para que interrumpan su madrugada con bolsas de hielo. El hielo, esa droga de las rodillas. O la morfina.

El hospital de noche. Corredores vacíos por donde los cojos penan como almas en muletas. Los cojos que llegan al hospital de noche no saben que hay enfermeras con la locomoción intacta, a las que se les pueden pedir bolsas de hielo. Los cojos del hospital de noche llegan con la esperanza motriz intacta, como los amputados que insisten en sentir miembros invisibles. Durante un tiempo, los cojos creen que aún se pueden mover.

Primero el hospital de noche, después el hospital de día. O viceversa, da igual. Depende de donde se sitúen el accidente, la operación y la mejoría. En la realidad, un orden verosímil sería accidente, operación, convalecencia, mejoría. Ya está, ya tienes la novela, o la telenovela, o la película o la anécdota. Aquí no. Aquí nos gusta complicarnos la vida. Yo leyéndola, tu escribiéndola. Aquí nos disfrazamos de nuestro negativo: yo leo, tú escribes; yo me curo, convalezco, me opero, me acidente. Yo soy el paciente. Tú el cirujano. El que sabe eres tú. El que es sabido: yo.

El hospial de día es aburrido. Una ambulancia pasa por ti en la mañana, te deja en la clínica, haces ejercicios todo el día, comes, vas a la hidroterapia (favor de significar una piscina), más ejercicios, ambulancia de regreso. Antes de eso te curaste y te olvidaste de la clínica. En cambio después: después sigue el hospital de noche, la gravedad, el dolor, la morfina.

¡La morfina! Eso mejor lo cuento ayer. Por hoy es todo. O versa versavice.

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movimiento armónico simple

Los fisioterapeutas son gente buena. Gente joven. Gente de blanco. Gente ágil, en plena posesión de sus facultades corporales, gente generosa encargada de una labor que no pasa por el lenguaje: entrenar a un músculo, readiestrar a una rodilla, proustianamente despertar el inconsciente óseo de un miembro para que recuerde una coreografía olvidada, la danza del movimiento cotidiano, la vida antes del accidente.
El accidente, nuestro (tú, mi) punto final.
Un lector, un escritor, un accidente en medio. El accidente de que te esté leyendo. La improbable casualidad de que me estés escribiendo. La ruptura. La realidad conlleva ruptura. Una lesión nos espera al salir de este texto. El fatal accidente de siempre: el trabajo, la calle, las necesidades, el hambre, el candor y el terror de los vínculos.
Los fisioterapeutas, decía. Jóvenes de blanco, por lo general guapos, llenos de energía. Muchachas que saben moverse y te. Te mueven al moverse. Muchachas reinas del movimiento. El movimiento armónico simple es demasiado para un cojo. Los fisioterapeutas nos ayudan a sobrellevar el demasiado.
Mi fisioterapeuta no tiene nombre, pero tiene mucho caracter. Intentando evitar de nuevo el decimonónico retrato literario, no diré (dirás) que es alto, delgado y de cabello negro, sino que sobrepondré/mos las cualidades morales encima, tapando a las físicas.
Entonces diré que tengo, tuve, ¿tengo? un fisioterapeuta de cabello muy simpático, estatura tónica, complexión desenfadada y ojos amistosos. ¿Su edad? Ya la he sugerido: edad blanca, bata y pantalón blanco en plena posesión de ese derroche degenerativo que es la juventud.
Si la vida fuera una gran clínica con el canal diagonal del tiempo detenido, con un mismo barco arenero estacionado en sus aguas para siempre, aferrado al mismo instante, transcurriríamos por ella acompañados de un entrenador, no un fisio ni un psico ni un ergo, sino un viviterapeuta, alguien encargado de guiarnos en la selva de arena de la realidad, de enseñarnos el buen movimiento, el movimiento generoso, amistoso, amoroso y no el movimiento avaro ni el violento ni el que cierra la puerta para siempre. Un experto en cultivar el movimiento constructivo, en evitar, administrar, dosificar, racionar el movimiento destructivo: un simple armonizador vital del movimiento.
Tal persona no existe en la vida y sí en la clínica. Tal persona es el fisio, educador de músculos, intérprete de danzas óseas, oídor de ligamentos, alguien que merecería venir al mundo envuelto en metáforas felices, tal es el gozo del paciente al recuperar el movimiento.
Este movimiento narrativo queda en suspenso hasta mañana. O pasado. O hasta cuando el siguiente barco de arena vuelva a flotar por las aguas del canal diagonal.

Parábola Número 4

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
–en la costa un barco–, sin que el partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa.

Parábola #4: Antonio Machado

El arte, juguete largo sin importancia. Y la artesanía larga, y la narrativa larga, y larga la vida de las cosas, de los árboles, de las tortugas, también del hombre.

Un hombre llora en un puente sobre un canal diagonal, entre la clínica y el estadio. El puente es un dilema, el llanto largo y las opciones son dos: clínica o estadio, placenta o combate, inmovilidad o acción. Bajo el puente pasan barcos cargados de arena, ni los barcos ni la arena pertenecen al dilema, por más que la arena sea el fundamento de la construcción y ésta una suerte de acción.

En movimiento retroactivo, el hombre camina como los cangrejos, con los ojos espaldados, con las espaldas oculares, todo un campo de visión abierto en los omóplatos, sí, y su caminar adquiere la contradictoria prestancia del oxímoron. Ojos omóplatos oximorones.

De espaldas a todo el mundo, el hombre entra a la clínica, y su entrada, al ser de espaldas, no puede considerarse un regreso, sino sólo una primera vez invertida: el hombre pasa por primera vez por todos esos momentos que ya vivió. Un paso de lenguaje: estas letras son, retroactivamente hablando, una primera vez.

(Paréntesis tipográfico: hay palabras biacentuadas, como período o periodo, como quiromancia o quiromancía, como ícono o icono. Y escritores heterógrafos, como Juan Ramón Jiménez, que cambiaba la g por la j, o el portugués que escribió La Máquina de Hacer Españoles, de cuyo nombre no puedo o no quiero porque sin duda no logro acordarme: sé que se apellida mae, y que insiste en escribirse con minúscula por igual: ni su nombre propio ni sus textos aspiran a la mayúscula: su tarea es minúscula). Ya fuera del paréntesis os digo: en matemáticas, como no se escribe como, sino :: ¿Mucho mejor, no? Cierra paréntesis.

El hombre de espaldas retroactivas saluda (se despide) de las recepcionistas, dos encantadoras muchachas recepcionistas, dos sonrisas integradas de simpatía, cortesía, algarabía: dos sonrisas femeninas bienvenidas. Comentario sexista al margen: qué pocos hombres hay en la recepción, qué poca recepción es una recepción sin hombres: los hombres no son aptos para dar la bienvenida, acto generoso, acto yin, acto hospitalario por antonomasia.

Es una clínica de tres pisos. En la clínica conviven jóvenes y viejos. Los viejos que ya no aspiran a la esperanza sino únicamente a la sobrevivencia digna (y a veces ni a eso) están en el primer piso, los jovenes, los adultos operacionales y los viejos que no han agotado el indicativo tanque de futuro que se asocia con la esperanza también están en el segundo piso (son los menos, todo hay que decirlo). También hay señoras gordas en el segundo piso.

En el tercer piso está el gimnasio de medio día. En el subsuelo hay una piscina terapéutica. En la planta baja está el restaurante. No hay cafetería. Tampoco internet. El espectáculo se limita a una sala de televisión con pantalla de plasma. Hace algunos años eso hubiera pasado por un cine. Dentro de unos años eso, esto y todo lo demás, habrá pasado.

El estadio no lo voy a describir porque todo el mundo lo conoce. El estadio plateado aquel donde tantos han salido campeones.

Creo que es todo por hoy

si bien la verdad

(PELIGRO: Texto sin correcciones. Riesgo de faltas de ortografía, teclas traicioneras y demás insectos.)

Retiro lo dicho. Dije que el ahora importaba más que el aquí. Dije que el eterno móvil del ahora tenía preminencia sobre el espacio todo, que el espacio no era más que la escena del paso del tiempo. Eso no es cierto. Como tampoco es cierto hacer énfasis en la cosa echando hacia adelante el viejo “no era más que la”, pura pirotecnia retórica, puro acompañamiento lírico: pólvora para argumentos.

El espacio está aquí, y ahora, y casi siempre. Es decir, casi siempre hay espacio. Dígame usted, escritor que se lee tan serio, ¿cuándo ha estado usted en un lugar donde no exista espacio? Digo exista y no haya, porque haya es muy fácil, de haber espacio lo hubiera habido y lo habrá, siempre lo habrá, y perdóneme aquí usted, querido escritor, pero ya no estoy entendiendo nada de lo que usted, cantinflacanianamente, escribe.

Reformulo: si bien las historias se cuentan según las dos coordenadas universales, el espacio y el tiempo; si bien esta historia intenta ir hacia atrás, desde la salud hacia la enfermedad, desde la curación total hasta el momento del accidente; si bien este orden contradice el natural de los hechos que se suceden; si bien la contradicción significa que esos hechos no están sucediendo conforme los leo; si bien yo leo los hechos en orden desordenado, es decir que cuando yo los estoy leyendo los hechos ya sucedieron o van a suceder o nunca han sucedido; si bien es difícil elegir entre las tres anteriores posibilidades; si bien la escritura intenta acomodar tiempos y espacios dentro de un nuevo espacio; si bien la lengua y su orden gramatical no representan ningún nuevo espacio; si bien el espacio es en apariencia y en extensión más limitado que el tiempo; si bien el tiempo de narrar y el de ser narrado se diferencian por su falta de concentración; si bien la lengua es capaz de abarcar con absoluta desfachatez todo el espacio y todo el tiempo desde su modesto tamaño; si bien todo esto es cierto, la historia no deja de ser falsa. Una mentira, pues. Al final hay eso, una mentira que sin lenguaje no existiría, y un lenguaje que sin capacidad de abstracción y de psicomoción tampoco se daría esas ínfulas de universalidad, de omnicapacidad, de ultrapotencia.

Dicho de otro modo: voy a ver a los cojos en el lugar de siempre: la clínica. Yo ya estoy sano, yo no padezco de la locomoción, pero el lugar me crispa. El puente, el canal diagonal, la clínica, los aparatos de rehabilitación de la clínica: esos lugares me contienen, esas bicicletas estáticas me hacen llorar como no lo hace ningún tiempo.

¿Y qué significa que yo llore, yo, un pobre lector que se rompió una rodilla? ¿O tú, un pobre escritor que escribe en flor de loto sobre la hierba, sentado bajo los postes de un campo de rugby, solo y de noche, la noche de los accidentes que no se han contado, la noche triste en que los ligamentos de la rodilla y del tobillo sueltan las amarras inversas de esta historia?

No estamos progresando. Tampoco regresando, y mira que ese era el objetivo. No estamos, en resumen, contando. Falta contar. Cuéntame pues.

Háblame, Cangrejo Oximorón, de la configuración única de cojos en la clínica. Háblame de los ejercicios sin fin, las máquinas de tortura benigna para que el cuerpo recupere su forma, del ejército de jóvenes de blanco encargados de vigilar el buen progreso de la mecánica anatómica, la recuperación de la marcha, la memorización del equilibro, el acto y efecto del esfuerzo. Háblame, cangrejo, de ese lugar donde fuiste feliz, donde te curaron la tenaza con que contabas para que la contaras, para que la vinieras a atenuar aquí con tus palabras.tenazas. Cuéntame, por ejemplo, un ejercicio. El último, por ejemplo. O por ejemplo el primero.

Escupir relato dentro de la puta vagina vieja del texto para que se moje y se levante y ande



Un puente. Un canal diagonal. Un estadio plateado con forma de plata y forma de elipse. El régimen narrativo. Un cangrejo con el acento desacomodado: Oximorón/oxímoron. Un y/o narrativo partido por la mitad: yo/tú leo/escribo. Una rodilla partida por la mitad en un acidente que sucedió hace varios meses y hacia donde el cangrejo Oxímoron, recién lavado, peinado y acentuado, dirige el relato que teje entre sus diagonales tenazas.

Estoy retomando. Esto se había interrumpido. Retomar es difícil. Entrar en un texto viejo: la vieja vagina del texto. Difícil orientarse, especialmente cuando se es un macho recalcitrante y cangrejo: Oxímoron, el macho más hembra de la bahía.

Setecientos cincuenta palabras con destino hacia atrás: estás cruzando el puente sobre el canal diagonal. No hay barcos flotando en el canal. Cuando veas los barcos desde el puente recordarás cómo se veían desde la ventana de la clínica: barcos transportadores de tierra, arena, sustancias minerales, demasiado ríspidas para ser transportadas por tierra: nada es lo suficientemente pesado para el mar.

No lo estamos logrando. La vagina seca del texto nos rechaza a los dos: a tu yo escritor, a mi tú lector. No nos estamos compenetrando.

Para compenetrarnos, nada mejor que un poquito de lubricante narrativo. Érase una vez un jugador de rugby con la rodilla rota. Un cirujano. Un fisioterapeuta. Una enfermera. Otros pacientes. Un estadio elíptico. Un canal diagonal. Ahí lo tienes. ¿Qué puedes hacer con eso?

Cursilerías. Ayer te dieron de alta. Cruzaste el puente diagonal con tus pertenencias, tres meses de enseres cotidianos, el cargamento higiénico de rastrillos, desodorantes, jabones, ropa de recambio, toalla: el ser humano es un caracol higiénico.

Escupe, puta vagina vieja. Escupe este relato húmedo con que mi lengua te fecunda. Erúctalo, suéltalo, entrégalo a su lector como un falso recién nacido, como si lo acabaras de concebir, doler y parir, vieja vagina mentirosa, vagina lingüística de siempre, palabras de siempre.

Toma el cangrejo, métetelo, penétratelo, lacera tu vientre de literatura puta, rejega, indiferente para parir una historia al revés: una historia de atrás para adelante, donde las causas proceden de las consecuencias, donde el enfermo sale del hospital, donde el cirujano te taclea en una cancha de rugby y te rompe el ligamento cruzado anterior.

750 palabras han transcurrido y la vagina no se moja, el cangrejo no camina, la historia no avanza ni retrocede: ha de ser porque es lunes. O porque duele, dolerá, dolió.

Dolió cruzar el puente con tus pertenencias. Dolió decir adiós como duele siempre: adiós, no nos volveremos a leer ni a escribir ni a decir, adiós vagina vieja llena de lectores que no han nacido, adiós panteón de escritores en ciernes cuyas voluminosas obras se perdieron en el olvido, adiós pacientes.

Me dieron de alta de la clínica. Crucé el puente diagonal. Lloré en la cima del puente, sobre la arena de barcos cuya triste tarea es desplazar la tierra. Lloré porque la clínica es una placenta de salud, por las enfermeras donadoras, generadoras, cuidadoras, encariñadoras, y por los doctores protectores, curadores, aseguradores; por los fisioterapeutas que te acompañan para enseñarte a percibir el bien y el mal en tu propio cuerpo, por la comida que siempre está lista, por la pérdida de una casa temporal que te dispensa de la rasposa práctica de vivir.

Este texto sigue seco. El accidente está todavía lejos. Ni el escritor ni el lector se atreven a cruzar el puente que separa la clínica de la realidad. Por eso ambos bajan corriendo las escaleras del puente como si quisieran estorbarse mútuamente, enredar sus piernas recién operadas y tropezar juntos para lesionarse de nuevo, ser operados, internados, curados de nuevo. El siamés lectoescritor regresa a la clínica y dice ni madres, no me voy, refuto al que me dio de alta: de aquí no nos vamos sin haber contado hasta la última inyección de morfina: están todos secuestrados por el relato: de aquí nadie sale hasta que alcancemos el instante del accidente.

oda al cojo ~= auto.oda

Pero hay que contar. Esto es un cuento. O una cuenta. La cuenta.

Afortunado el español en donde contar y contar coinciden. Ambas son ennumeraciones: una en número, la otra en lengua, las dos secuencias, sucesiones ordenadas: la aritmética de la sintáxis.

Contar para atrás. Contar el régimen híbrido: hospital de día, casa de noche, la libertad condicional del cojo. Cojo yo. Cojo unimembre.

Los cojos somos otro cosmos, diría aquel (¿fue aquel?). Los cojos vamos a trompicones, sin contar nada, tropezándonos con digresiones distractoras, desviaciones, vías alternas: hay tráfico en la narrativa: prometiendo contar sin contar: cuenta, canta, canta al cojo.

Oda al cojo. Tanto cojo en la literatura. El capitán Ahab, el capitán Garfio, el cojo de Servidumbre humana, o el otro, el Cojote de la Mancha… no, pérate, ese era manco.

El régimen diurno consiste en: ocho de la mañana, una ambulancia llena de cojos pasa por uno más: yo. El cojo cojea fuera de su casa, las muletas o el bastón se le enredan como espaguetis o peor aún, como malas metáforas sobre espaguetis entre las piernas, pero ahí va el cojo, con sus pasos demediados, con su balanceo místico, con su arritmia esquelética, ladéandose, dándose golpes contra el aire que lo devuelve a su cojera: cojo enfermo de asimetría.

Y entra pues el cojo en la ambulancia. Aquí el cangrejo Oxímorón me regañaría: estamos contando de atrás para adelante, la secuenca va al revés: no estamos contando, estamos odnatnoc.

Od/nat/noc, pues. Salí del hospital, luego me internaron en régimen de hospital de día, después estuve internado las 24 horas, tres semanas duró la convalescencia, y luego, felizmente, me operaron. El accidente que causó la operación ocurrió justo después de la operación. Y de ahí pal real.

Od/nat/noc. Oda natal nocilla. Que nocilla ni qué la chingad. Me cagan los nocillas. Me cagan todos los escritores de éxito. Por las noches, especialmente las noches de premios perdidos, me consuelo pensando que mi éxito es inversamente proporcional a mi talento.

Corrección: el escritor fracasado eres tú: yo soy el que está leyendo. Yo te estoy leyendo. Déjate de tanta palabrería y sigue od/nat/noctando.

Decía: pasa la ambulancia. Hay un en ella un cojo de cincuenta y tantos: prótesis de rodilla. También una coja de Kosovo. Coja Kosovar: qué maravilla. El Cangrejo Oxímorón y la Coja Kosovar se van a casar con un fisioterapeuta de sacristán.

El cojo aborda la ambulancia (es un exceso llamarla ambulancia: un coche cualquiera lleno de signos que vagamente insinúan una condición hospitalaria: esto viaja lleno de enfermos: tenga cuidado).

Y sale la ambulancia, rauda y veloz. Aunque, ahora que lo veo de cerca… ¿por qué Y? Por qué no mejor: antes de salir de mi casa abordo la ambulancia, cojeo porque me voy a tener un accidente dentro de tres meses, dos horas antes (o el día de ayer, da igual), la ambulancia llega a la clínica que está junto al canal diagonal.

¿Así o más complicado?

Besos para ti, escritor. Quién fuera lector. O cojo. Hasta mañana

el cangrejo Oximorón

(Se advierte que este texto probablemente tenga faltas de ortografía porque no ha sido corregido aún) (Su autor es perfectamente irresponsable)

Una clínica, decia. Un canal diagonal. Barcos cargados de arena que pasan por el canal. El estadio grande, plateado, elíptico. Así se veía desde la ventana del cuarto en donde convalecía.

No lo estamos logrando. Ni tú en la lectura ni yo en la escritura. Estamos cansados, traemos el día en la espalda, duelen las vértebras dorsales, quién sabe dónde estés tú cuando esto escribas, quién sabe dónde esté yo cuando esto lea: sabrá Dios, o el real, o aquel. El hecho es que no lo estamos logrando. Respira. Vuelve a empezar.

Sabemos hacia donde nos dirigimos: el pasado: el instante del accidente, el momento en que tomo la bola, miro a mi izquierda y. No. Todavía no.

Sabemos también que estamos en el presente de este punto que avanza hacia atrás como el cangrejo Oximorón. Hasta ganas me dan de mandarlo todo, hospital, accidente, rodilla, rugby, al diablo para contar la historia del cangrejo Oximorón. Sí, lo voy, lo vamos a hacer.

Hagámoslo. Hagamos al cangrejo Oxímorón. Un cangrejo que, en honor a su reputación semántica, camina hacia atrás, no en el espacio, sino en el tiempo. Un cangrejo que atenaza un instante entre sus pinzas y a partir de él desmadeja la bola de estambre de tiempo que lo precede. El cangrejo Oximorón dice: hoy, ahorita ahorita: hoy me dieron de alta. Y de ahí pal real, hacia atrás, la clínica, el estadio, el canal diagonal, las larguísimas sesiones de reeducación, la máquina de plegar rodillas.

El cangrejo Oximorón tiene dos pinzas con las qué causar rupturas, desgarros, desmenuzamientos. Las pinzas de Oximorón son diagonales: aquí una pinza \ ; acá otra pinza /. Una característica del Oximorón es que es fácil dibujarlo: ni siquiera hay que salirse de esta eterna línea hacia que es un texto. Les presento al cangrejo Oximorón: \ /

Evidentemente es una representación icónica del cangrejo. Tú dibujas únicamente las pinzas, en mi cabeza se forma un cangrejo. La parte por el todo. Esa figura retórica tiene un nombre de cuya forma no logro acordarme. ¿Meto? ¿Nimia? Metonimia. Creo que ese es el nombre \ / ~= metonimia de cangrejo. La parte. El todo. ¿Dónde está el todo?

La historia del cangrejo Oximorón casi no es historia de tan simple, de tan básica, sintética como un chiste. Un chiste que no hace reír. El cangrejo se llama así, Oximorón, porque su movimiento es contradictorio. El cangrejo camina hacia atrás en el tiempo, pero para hacerlo, para pronunciar su secuencia inversa (salí del hospital, luego me operaron, después tuve un accidente) necesita decir, contar, narrar y esos tres verbos nacen orientados hacia adelante, te cuento de izquierda a derecha (lenguas semíticas abstenerse o invertirse), empiezo a contar aquí, sigo acá y termino hasta acá, donde el punto este. ¿Viste?

Un cangrejo que necesita contar para adelante para poder caminar hacia atrás. Por eso se llama Oximorón. Se hubiera también podido llamar Contradicción, pero ese no es nombre de cangrejo. Tampoco de figura retórica. Y como todo botanista sabe, los cangrejos son las figuras retóricas de la roca. O del mar. Sabrá Dios. ¿Y el real?

El real es este espacio del que no me puedo deshacer, el metro donde te voy leyendo para que me sigas escribiendo, el día pesado a cuestas en la espalda, el cangrejo Oximorón estacionado porque sus tenazas diagonales como canal no se avocan aún a su trabajo forzado: desmenuzar el tiempo: ayer me dieron de alta de la clínica: me puse triste, quería seguir enfermo, deseaba que la vida fuera una reeducación infinita, rectilínea, feliz de presas isquiotibiales, pelotas hinchadas de aire a prueba de equilibrio y caminatas en medio protegido. Por eso me puse triste: porque en la vida real pal real es campo abierto, no hay barandales donde apoyar la marcha ni un fisioterapeuta que vaya junto a ti corrigiendo el movimiento al tiempo que te indica el camino.

Instantes después de que me diaran de alta (u horas antes, da igual) fui al que fue mi cuarto: el lugar donde dormía en la clínica. Habitación 230, en una esquina del corredor. Por ahí llegaban las enfermeras con morfina, con bolsas de hielo, con compresas de consuelo. Era una vida clara y serena: las decisiones se habían tomado ellas solas de antemano. Si el dolor no te despierta de madrugada, lo hace una enfermera a las 8h30: trae el desayuno. Frugal, rutinario, repetitivo: té negro con leche, dos rebanadas de pan, mermelada, mantequilla, jugo de naranja. El compañero de habitación (un cojo con el brazo enyesado, o un hindú con tres fracturas, una por cada piso de la caída, da igual) se despierta, se despereza, se dan o no se dan los buenos días, depende del ánimo, de la noche, del dolor.

Sabían a gloria esas tostadas de pan con mermelada. No eran tostadas, estaban crudas, pero la puntualidad, la generosidad, la certeza de saber que esas rebanadas eran una institución perpetua las elevaban al cielo de las tostadas del hotel con más estrellas de la constelación.

Bosteza el cangrejo Oximorón. Lo aburre la nostalgia. ¿750 palabras? Creo que nos pasamos. ¿Ya te dormiste?

@~ en t0

Hic et nunc. Aquí y ahora en latín. De una a otra lengua, el aquí se pierde. No importa: importa el ahora. Eso soy aquí: cazador de ahoras. El ahora inmediato, el tiempo cero (Té Cero, diría aquel… ¿quién es aquel? ¿qué hace, a qué se dedica, por qué hace tanto tiempo que no sé nada de él?), el ahora móvil que es este punto de lectura, de escritura, lectura, escritura, aspira, inspira, inhala, exhala, conserva, consume. El eterno móvil del ahora. Móvil como causa y como fenómeno: el móvil del asesintato: este ahora móvil, inasible al que me enfrento.

Dos posibilidades: soy escritor (puesto que escribo) y/o soy lector, puesto que leo. Y/O = yo ~= la disyuntiva del yo, el yo partido por la mitad, el blanco móvil del ahora, el que inhala no es el mismo que el que exhala: y/a cam/bió. / = ruptura respiratoria, movimiento perpetuo, el desgarre en el tejido temporal, indispensable para su paso, la ruptura del paso del tiempo en una diagonal disyuntiva: y/o, ayer/ahora, inspiro/expiro, leo/escribo.

Escribo para dejar constancia del día. 750 caracteres es la consigna. Empiezo a escribir ahorita ahorita sobre lo que ahorita ahorita me viene a la mente y a partir de ahí hay que reconstruirlo todo, como en el lenguaje, donde nada existe antes de la primera palabra, nada excepto el sistema. Pero eso es muy complicado. Paso a lo concreto: lo fácil: lo inmediato: / .

Escribo no de atrás para adelante, sino al revés: desde este Té Cero (T0, diría aquel… ¿qué fue de aquel?) hacia atrás, es decir, de aquí pal real: el real es el pasado, lo real porque pasó: te juro que me pasó. Estaba jugando un deporte ajeno, me caí, me rompí la rodilla, me operaron, pasé tres meses en una clínica: no es choro, te lo estoy jurando.

Te cuento. Pero te cuento desde aquí, desde Té Cero (es decir aquí, hic, salud) pal real (Té menos infinito: allá, otro nunc, el nunc del accidente: llevo el balón, un tipo se me cuelga y entonces… pero no, mejor te lo cuento después. )

Te cuento que hoy me dieron de alta de la clínica. Mi rodilla acaba de sanar, o parece que está sanando, o parece que ya no necesita tantos doctores, tantas medicinas, tantos cuidados para sanar. Hoy me dieron de alta de la clínica y sentí tristeza, nostalgia de la enfermería, saudade de hospital. Estar enfermo es relativamente bonito: tu único horizonte es la salud (hay otro horizonte, pero no quieres saber cuál es: vida/mejor me callo). En el hospital, en la enfermedad, eres el centro de los cuidados, hay una ruptura (/) entre lo sano/enfermo, tú estás del lado cojo, del lado que no puede caminar, del lado.dolor: ellos te cuidan, te dan medicinas, te esculcan las radiografías y te dan órdenes de salud. La vida es fácil: tú obedeces a cambio de la salud.

Aquí, ahora, en el mundo real de los relativamente sanos, de los que ignoran que traen un tesoro en la rodilla, de los ni por aquí me pasa mi ligamento cruzado, los horizontes son otros: tener trabajo, comprar una casa, criar al niño, casarse con la muchacha, ganar la guerra, tomar el autobús. Aquí, ahora, la baraja de los horizontes es infinita (ser un escritor de éxito, conseguir un trabajo estable, embarazar o convencer o abandonar al novio/amante o a la amante/novia): una baraja de posibilidades reales que se realizan (esa es la realidad: la que siempre se realiza).

Basta del aquí, vamos pal real: la clínica, el lugar de donde vengo, la consecuencia del accidente, la antesala de la salud. La clínica se ubica frente a al estadio (¡ah, refrescante dato, como hueles a realidad!). ¿Nombraré el estadio? No lo sé. Por el momento que sea un estadio con una clínica enfrente, y entre ellos un canal, diagonal como una /. El canal diagonal lleva agua, el estadio lleva aficionados, la clínica lleva enfermos. Ahí empieza esta historia que se escribe poquito a poco, de 750 palabras en setecientos cincuenta @~ (¿por qué no hay una cadena de caracteres que equivalga a palabra? ¿Un glifo azteca tan acertado, cierto, icónico como el glifo azteca para pintar una palabra? Inventémoslo:

palabra = @~

Mañana le sigo con la @~. Hasta mañana.

oda enyesada al rugby (parte 2)

Una oda enyesada es una composición poética del género lírico envuelta por una capa de sulfato de calcio hidratado, blanco por lo común, tenaz y blando. Para poner en práctica (es decir, en texto) una oda enyesada, es necesario que el bardo se encuentre quieto pero no de cualquier quietud, sino quieto de quietud dócil, paciente, administrada por vía oral tres veces al día: quieto de convalecencia.

Cuenta la leyenda que el rugby nace un día cualquiera del siglo XIX, durante un partido de futbol, cuando el joven William Webb Ellis se insubordina contra las reglas, toma el balón con las manos y se echa a correr como ratero consumando así la separación. Las causales son varias: primero geométricas (ovoide contra esfera), luego físicas (fuerza contra habilidad), al final éticas (honestidad contra marrullería). Ésta última enorgullece por igual a jugadores y aficionados al rugby, que ante el chiquero moral del futbol se jactan de practicar un deporte de damas y caballeros, donde no se engaña, donde nadie cuestiona el juicio de los árbitros y donde el respeto al contrario tiene consecuencias concretas: al final del partido ambos bandos departen cordialmente la cerveza tibia y la comida. A esto se le llama “el tercer tiempo”.

En mi natal Ecatepec yo jugaba futbol llanero. Era defensa central. Jugaba todos los domingos. Dejé el futbol por la literatura: el primer taller literario al que asistí ocurría en domingo, día de guardar para la iglesia futbolera. Hubo que elegir y preferí la literatura. Futbol y literatura son actividades igualmente marrulleras: el novelista necesita engañar, simular, mentir tanto como el futbolista. El lector es un árbitro al fin.

Creo que esto no es una oda. Más bien es una elegía: composición poética del género lírico donde se lamenta un acontecimiento digno de ser llorado: sulfato de calcio hidratado con lágrimas deportivas. Elegía enyesada, pues. ¿Qué se llora? Un tránsito fallido. El futbo.novelista con la cabeza hundida en rugby buscando elevación moral y muscular. El amante metido en rugby buscando dilatar unos cuantos milímetros el diámetro de las pupilas de su mujer. El hombre metido en rugby buscando a otros hombres con quienes ejercer violencia entre caballeros. Y el borracho bañado de sudor y cerveza imaginaria, esperando ansio.gozosamente el tercer tiempo. Y en el parpadeo de una tacleada los ligamentos se rompen y hay que operar. Eso se llora.

continuará…

oda enyesada al rugby (parte 1)

Empecé a jugar rugby hace tres o cuatro meses. Ni siquiera conocía las reglas. Los pocos partidos que había visto por televisión me habían aburrido tediosamente. Aburrirse tediosamente es redundante, como redundantes me parecían esas montañas de héroes de calendario nadando sobre otros héroes a la caza de un balón invisible enterrado bajo un mar de músculos.

Hasta una tarde en que mi jefe del trabajo envió un correo colectivo cuyo objeto rezaba: ¿AMA USTED EL LODO? El correo contenía una invitación para formar parte de un equipo de rugby: los Old coyotes, que juegan en una liga de jugadores veteranos donde el espíritu de competición es secundario: lo que cuenta es el placer del juego. En mi mente el rugby apareció inofensivo como un partido de badmington entre jubilados.

Acepté por dos razones. La primera: congraciarme con mi jefe del trabajo. La segunda: despertar la admiración de mi mujer. Aquí es necesario abrir un paréntesis para mostrar el calendario que el seleccionado nacional publica año con año; en él, los mejores jugadores de rugby del país aparecen semidesnudos en posiciones altamente eróticas. Alguna vez estuve en una fiesta de cumpleaños donde un amigo homosexual recibió ese calendario envuelto para regalo. El calendario fue estudiado milimétricamente por los asistentes. Las pupilas de mi mujer se dilataron con un diámetro inusitado. En mi imaginación, tres meses de entrenamientos de rugby transformarían mi raquítico esqueleto en un arrecife de virilidad: un banco de fibra muscular donde las pupilas de mi mujer encallarían diametralmente. Me estoy poniendo lírico. Debe ser el yeso.

continuará…