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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

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el potro y el cebiche

Por Félix Fernande, ex.portero y hoy cronista del Atlante

 

Cuando apoyamos a un equipo grande, en cada derrota intensificamos nuestro amor por él; cuando somos fanáticos de un equipo que rara vez se corona, en la victoria comprobamos nuestro gran apego… pero cuando adoramos al Atlante, lo amamos cuando gana, porque no sabemos la fecha de su siguiente victoria… y también lo amamos en la derrota, porque ahí recordamos que con estos colores igualmente nació el sufrimiento.

Esta vez amamos al Atlante porque ganó, sí, pero porque su victoria no tiene explicación alguna, como casi ninguno de sus éxitos. De hecho, si buscamos explicar este tercer título, no llegaríamos muy lejos y encontraríamos más factores en contra que a favor. Es mucho mejor gozar este campeonato que a nadie hace daño y, por el contrario, en mucho ayuda a esta institución que va por el centenario, en mucho ayuda al futbol mexicano y en mucho ayuda a esta inédita y futbolera plaza de Cancún.

Después de tanta embriaguez, tanto baile, festejo, grito, canto, porra… después de tanta euforia llegó el primer momento de reflexión a solas. Habían pasado ya 18 horas desde que volvimos a ser campeones y 18 horas 10 minutos desde que Ovalle activó la locura con ese soberbio gol. Abrí los ojos y vi, descansando en una silla, esa playera blanca con mangas azules, tan cotizada la noche anterior y que conmemora el tercer campeonato: ATLANTE CAMPEÓN, APERTURA 2007. Por supuesto, incluye las tres estrellas sobre el escudo. No podía retirar la vista de esa prenda por varios minutos, mientras pasaban imágenes en mi mente de todo lo que vivimos esos días; me repetía: “¿Otra vez Atlante campeón?”… y me respondía: “¡Sí, otra vez Atlante campeón!”.

Lo primero que hizo el “Güero” Burillo al ingresar al vestidor del Atlante, fue dirigirse a Clemente Ovalle, anotador del gol decisivo que nos dio el tercer título, para despojarlo de su zapato izquierdo; solicitó un marcador y le pidió al ex rayado que lo firmara, para lucirlo enmarcado en su oficina principal. Ahí, en ese sencillo vestuario, comenzó a liberarse un festejo añejado 14 años, que culminó un torneo de presentación en esta ciudad de Cancún, que no tuvo duda en vestirse de azul y rojo y que se declara “biaficionada”; es decir, que reconoce abiertamente su afición por el Atlante, pero sin abandonar su preferencia por los colores de su equipo original. Resultó muy extraño ver tanta gente vestida con nuestra playera por las calles, tantas banderas ondeando en los establecimientos comerciales y tantos anuncios en apoyo a este, su nuevo equipo.

Fue una gran idea desfilar por las calles de la ciudad en un autobús de dos pisos, descubierto, que proporcionó ADO. La gente que nos siguió se embarraba en el camión, literalmente; algunos mostraban prendas históricas, gritaban, agradecían al equipo, solicitaban un autógrafo, corrían, se atropellaban, caían y se levantaban. No es sólo la afición de Cancún quien se hizo presente; llegaron de muchos lugares, incluso del extranjero. En Cancún no hay “Ángel” para festejar, allá se celebra en “El Cebiche”, una glorieta con una fuente compuesta por hipocampos, caracoles y estrellas de mar.

Pereyra, quien disputaba el primer lugar dentro de los gritones, optaba por tirar la cerveza encima de la gente, misma que abría la boca e intentaba beber algo. El “Gaby” fue quien dirigió los cánticos, quien los creó; regaló su playera, pero ni siquiera se quitó el vendaje de los tobillos… y qué decir de Giancarlo Maldonado, quien pasó media fiesta con espinilleras… Vilar no soltaba el trofeo, lo resguardaba, lo abrazaba: al final de cuentas, una buena parte es suya. Mustafá se fascinaba regalando camisetas y gorras; total, había veinte cajas. En verdad era divertido ver cómo la gente se lanzaba por una camiseta, sin importar que cayera dentro de unos espesos matorrales o en el techo de un camión.

La afición y la prensa unificaron aquella generación con esta, las compararon y las ovacionaron. El Atlante me hizo parte de su Final, como si fuera uno más en el equipo, por lo que sólo tengo palabras de agradecimiento para todo el plantel y directiva. Desde el jueves, día del primer partido, hasta mi partida de Cancún, solo recibí atenciones: Me obligaron a cambiar el “ellos” por el “nosotros”.

A diferencia de los Pumas, estos Potros decidieron no cambiar las formas ni siquiera para la Final; es decir, mientras los universitarios limitaron mucho las entrevistas y el contacto con su gente, la escuadra azulgrana dejó abiertas las puertas del entrenamiento, permitió el ingreso de los aficionados en su hotel, comió en el restaurante y hasta nos hizo espacio dentro del autobús que trasladó al plantel hacia el estadio. En un inmenso gesto hacia mi persona, Giancarlo aceptó, pocas horas antes del juego, una entrevista en vivo para el show que conduzco, algo muy inusual.

Era sencillo identificar en Cancún entre aficionados locales y foráneos; entre atlantistas nuevos y viejos; entre quienes acuden por apariencia social y quienes se han involucrado con el Atlante… entre quienes festejaron con el corazón y quienes aprovecharon el festejo sólo para emborracharse. Pero sobre todo es muy raro ver tanta gente por las calles vistiendo nuestra playera, tantos locales comerciales con banderas azulgranas ondeando y tantos simpatizantes de los Potros de Hierro; más aún en una ciudad tan ajena a nuestros orígenes, tan antagonista… quizá por eso algún aficionado puma gritó: “¡Pinches atlantistas! ¡Cancún no es Caleta!”.

Una vez que el equipo inició la tradicional vuelta olímpica, comencé a caminar, despacio, a varios metros de distancia, sobre la pista de atletismo. Sin duda ese fue el momento más emotivo que viví; con los ojos inundados pensaba en la dura historia de este equipo que tanto queremos, en los años que orgullosamente porté su escudo; en los episodios difíciles y también en los exitosos. Me saludaba con la gente y, al llegar al lugar que se encontraban las porras oficiales, me llamaron, me pidieron que les saludara directamente. Llegué hasta la barda y la trepé, me abracé con ellos y me pusieron una camiseta de campeón hecha por ellos. Un poco después un integrante de la famosa “Tito Tepito” se coló entre la seguridad y corrió hasta las afueras del vestidor para pedirme a nombre de su porra que fuera a saludarles. Repetí la operación y trepé la barda; eran casi todos rostros conocidos; los abrazos fueron intensos y efusivos. Apenas bajé la barda, Vilar hizo lo mismo: accedió a salir del festejo para celebrar con esta gran porra, sólo que el mejor portero en la historia del Atlante, pidió que le recibieran en brazos y se lanzó de frente, como si volara desde el escenario. Los porristas lo recibieron, lo cargaron y se lo llevaron en hombros. Una escena maravillosa.

Luego de tres horas de recorrido a bordo del “Turibús caribeño”, llegamos al hotel, donde había una gran recepción para cientos de personas; todo un festejo que se prolongó varias horas y en el que destacaban aficionados y amigos atlantistas añejos, de los que ya habían visto al Atlante coronarse. Dentro de ellos me conmovieron dos: un señor en silla de ruedas que presenció el primer campeonato ganado por los Potros, en 1947 y un aficionado que portaba una camiseta de “Atlante campeón 1992-93”, que yo le regalé aquel día. Convivimos y recordamos de manera muy agradable, fusionados entre jerarquías, edades, estatus y sexos; éramos todos atlantistas; todos teníamos algo que contar, alguien a quien saludar, agradecer, reconocer… no había manera de permanecer ahí pasivo. Giancarlo se despojaba de las espinilleras y el “Gaby” ni recordaba que traía los tobillos vendados, mientras el trofeo circulaba de mano en mano.

Fue nuestra noche, nuestro festejo, porque así nos hicieron sentir mientras convivimos con este plantel extraordinario, que una vez más ha sido congruente con la historia del Atlante, al ganar cuando nadie lo esperaba. Historia en la que no tiene mucho caso buscar explicaciones cuando llega la victoria, porque encontraríamos bastantes más factores en contra que a favor. Por eso es preferible gozar este triunfo que a nadie lastima; por el contrario, beneficia mucho más de lo que perjudica al futbol mexicano y, por supuesto, a nuestro querido Atlante, que ya necesitaba festejar… ¿Atlante campeón?… ¡Sí, otra vez el Atlante es campeón!

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¡¡¡¡¡¡atlante, sí!!!!!!!!!!!

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somos atlantistas

Por Félix Fernández, ex.portero del Atlante

 

 

Somos atlantistas porque, como muy pocos, contamos con un certificado de autenticidad original desde hace 91 años; porque somos pioneros en los campeonatos oficiales del futbol mexicano; porque permanecimos vivos a la llegada del profesionalismo, a pesar de la pobreza; porque somos patrimonio de la cultura popular chilanga y nacional; porque cuando descendimos, ascendimos en la cancha; porque mantenemos nuestros colores, nuestro escudo y nuestra tradición.

Somos atlantistas porque soportamos la desventaja histórica que nos acompaña, el poco favoritismo, la inferioridad numérica; pero tenemos el corazón azulgrana porque consideramos que, como nosotros, pocos; y por lo tanto, si a unos les da vergüenza, a nosotros nos enorgullece.

Somos atlantistas porque, al final de cuentas, el atlantismo es una congruente representación del mexicano: tanto el que migra en busca de mejores condiciones de vida, como el que se burla de sí mismo… tanto el que vive en la opulencia y se une a la moda, como el que busca en la próxima jornada esa victoria que la vida le niega el resto de la semana… tanto el folklórico como el conservador. Porque representamos la crisis y la bonanza cíclicas.

Somos atlantistas porque preferimos transitar por el camino sinuoso; porque nos gusta facilitar lo complicado y complicar lo más sencillo… porque nos adaptamos rápido, porque si valoramos tanto la victoria, es debido a que hemos experimentado tanto la derrota; porque guardamos el festejo para ocasiones verdaderamente notables y lo hacemos de manera muy ruidosa.

Somos atlantistas porque somos ingeniosos, inquietos e inconformes; pero, paradójicamente, también porque somos alegres, aguantadores y discretos. Tenemos la piel azulgrana por convivir entre tanta incertidumbre; por estar abiertos a la sorpresa, dispuestos al festejo y a la tragedia por igual. Nosotros aguantamos estoicamente una nueva derrota, pero, eso sí, festejamos incontrolablemente estas victorias que provocan respeto.

Al ser atlantistas, tenemos este espacio de identidad que nos acoge; el que únicamente solicita un pequeño depósito de nuestra pasión, a cambio del sentido emocional que nos caracteriza a los fieles y plurales seguidores.

Somos atlantistas porque sobrevivimos más de noventa años en condiciones poco favorables; porque nos reinventamos con base en la perseverancia más que a la terquedad; a la dignidad más que al orgullo y al populismo más que al nacionalismo.

En síntesis: somos y seremos orgullosos atlantistas… ¡¡POR NUESTROS D’ESTOS…!!

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catorce años esperando esto

deliquio

(Del latín deliquĭum). Éxtasis, arrobamiento.