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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Archivos en la Categoría: letras

Realismeando contra el muro horizontal del espacio :: Piscinas Verticales, de Gabriela Torres Olivares

El libro me lo regaló Haydée en mi cumpleaños. Lo compró en la librería Educal del CECUT de Tijuana, durante un viaje que hicimos por Tijuana Mexicali y Ensenada a fin de año. Lo empecé a leer en Tijuana y Mexicali, proseguí leyendo en Coyoacán y lo termine de leer, bajo una nevada radical, en Villetaneuse. Es el primero de una lista de casi 50 libros escritos por mujeres que voy a leer en el transcurso de 2018.

Las primeras palabras que componen título y autor (lo primero que uno lee de un libro y a veces también lo último) son curiosas: a excepción del nombre nombre propio de la autora, Gabriela, lo demás [piscinas, verticales, torres, olivares] designa lugares, lo cual representa en sí una avant-goût del del rol de personaje principal que el espacio ejerce en este libro.

No recuerdo exactamente en dónde estaba cuando leí las primeras páginas, hecho que podría interpretarse en sí como un mal presagio para el resto de la lectura. Y tampoco hay marcas de hallazgo alguno en mi lectura hasta la página 31. Mis marcas de hallazgo son burdas: doblo la esquina superior de la página cuándo quiero indicar que leí ahí algo que me gusta, sorprende o impresiona. Dice mi amigo el Gallo que yo no leo los libros: me los meto por el (abre comillas) toliro. Tengo lectura maltratadora: los ejemplares sufren entre mis manos.

El libro de Gabriela sí sufrió bien. Le doblé al menos 30 esquinas. Y si bien antes de la página 31 la prosa no me convencía del todo, en dicha página algo ocurrió: ahí se abrió la escotilla por donde entré dentro del espacio estético.discursivo de libro.

Recuerdo que al principio, la prosa de Gabriela me recordó la ambición del nouveau roman. Nunca he leído novelas del nouveau roman, pero sé por segundas o terceras fuentes que una de sus intenciones consistía en prescindir del personaje en beneficio de los objetos.

Releo la página 31 y me encuentro de nuevo con esa prosa poético.ensayistico.espacio.conceptual suya. Al final de la novela, la prosa recuerda a los octasílabos ritmicobsesivos de Daniel Sada. Pero no ahora, en dónde apenas está haciendo las primeras migas con su lector (lo lector).

No se me pregunte por la trama ni la intriga, mucho menos por la verosimilitud. Todo eso es música de fondo para aquello que Valère Novarina llamaría el drama del espacio y sus logaedros (vaya usted a saber qué haya querido decir con eso). El orden del verosímil se ha invertido aquí: en primer plano, el espacio los paisajes los sonidos ambientales, mientras que al fondo se encuentra lo que realismea: una bióloga que vende plantas en el mercado e intenta escribir el guión de un documental; una escritora con cáncer en una clínica onco.homeopática fronteriza (en donde sólo la están transando en vez de curarla, aunque acaso la transa sea una variante de la sanación); y sobre todo ese überlugar permanente, inmanente y omnipresente de la frontera, entendida como una fractura antiespacial, arrítmica, asemiótica, alingüística.

Pero todo lo anterior suena a elogio ultra mamón, siendo leído por un escritor viejo deseoso de enviarle (o cogerle) el elevador literario a una escritora joven, desde la mesa de una aburridisíma presentación.de.novedad.editorial, en donde lo único que circula es el cebollazo, el ego, el elogio vago, mal dicho y mal preparado. Nada qué ver con el cotidiano cuerpo a cuerpo de una lectura: el libro entre los dedos, el tren, la espera, los lugares, las preocupaciones, el olor que nos rodea, o incluso la afortunada coincidencia de que justo en la página 115 (en donde la prosa inventa el verbo realismear, entendido como ingenuo y reductivo en su trance por vivir según las reglas del sobrevalorado realismo) haya empezado a nevar, tanto en la prosa como en el contexto de mi lectura. La trama de esa página transcurre en un lugar imposible e increíble (antirreal) dónde San Petersburgo y Nueva York se superponen, mientras que mi lectura ocurría en una pollería halal de Viletaneuse, aledaña la lavandería en dónde lavo la ropa ciertos domingos por la noche, bajo una de las peores nevadas que han asolado estos rumbos en los últimos 30 años.

El que nieve en la página mientras nieva también en la realidad no es por supuesto un acierto del libro. Solo una afortunada coincidencia que vuelve inolvidable mi lectura (lo leído por lo lector) y por tanto mi impresión sensorial del libro.

Piscinas verticales, de Gabriela Torres Olivares. Fondo editorial tierra adentro. 2017.

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2018: el año en que sólo leeré escritoras

colegio_nacional_macho

Foto: Eduardo Huchín Sosa con sticker amablemente proporcionado por Haydée Lugo

Me tomó años, décadas (casi siglos) percatarme de que ser lector consiste, en esencia, en leer a puros hombres. Con la esperanza de disolver esa meninge machista familiar y social con la que fui educado en las más exquisitas academias patriarcales, este año emprendo el propósito de leer sólo autoras. Antes de enumerar aquí mi lista, va la foto de un instante ocurrido ayer al mediodía: voy de la mano de mi hijo en el metro@CDMX, estación Zapata, trasbordo entre las líneas 3 y 12. En los muros del trasbordo hay un homenaje a la caricatura mexicana: mi hijo se detiene frente a uno de los pasajes en donde los moneros se autorretrataron en caricaturas. El mural es muy bonito, deberá contener aproximadamente 60 u 80 caricaturas de moneros… casi todas ellos hombres. Había yo pasado ya varias veces por ahí sin reparar en la unanimidad sexual del mural. Supongo que así pasamos por esos contextos cuasi.exclusivamente masculinos sin reparar en su anormal esperpento: normal que en los partidos de fútbol televisados haya puros hombres, normal que en el curso de informática sólo haya hombres, normal que del taller mecánico al Colegio Nacional sean sólo hombres. Así empieza el continuo que termina normalizando las diferencias de salario, la disparidad en las tareas domésticas y el acoso sexual.

Dicho lo cual, va la lista:

  1. Piscinas Verticales, de Gabriela Torres Olivares

(permítaseme aquí otra digresión: este ya lo empecé a leer: voy en la página 50. No sé si sea el síndrome del macho en remisión, pero en efecto desde las primeras líneas siento ya una ligereza, un cuidado en la composición donde la pretensión marca cuando.sea.grande.voy.a.salir.en.HOLA.como.vargas.llosa ó cuando.me.muera.tendré.un.funeral.como.el.de.víctor.hugo están perfectamente ausentes)

2. Temporada de Huracanes, de Fernanda Melchor
3. The Handmaid’s Tale, de Margaret Atwood
4. Todo o nada, de Brenda Lozano
5. El mal de la taiga, de Cristina Rivera Garza
6. Antígona González, de Sara Uribe
7. Comme une rivière bleue, de Michèle Audin
8. El clan de los insomnes, de Vivian Abenshushan
9. El libro vacío, de Josefina Vicens
10. Diario de las especies, de Claudia Apablaza
11. Les mots de la tribu, de Natalia Ginzburg
12. A l’enfant que je n’aurai pas, de Linda Lê
13. Transit, de Anna Seghers
14. Les Origines du totalitarisme, de Hannah Arendt
15. La Crise de la culture, de Hannah Arendt
16. Bitácora de mujeres extrañas, de Esther M. García
17. Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi
18. La vegetariana, de Han Kang
19. Chanson douce, de Leïla Slimani
20. Trois femmes puissantes, de Marie NDiaye
21. Mejor desaparece, de Carmen Boullosa
22. Lengua madre, de María Teresa Andruetto
23. Los pasajeros del Anna C, de Laura Alcoba
24. Poesía + novela = poesía, de Florence Olivier
25. Una: la historia de Piiter y Py, de Lolita Bosch
26. Campos de amapola antes de esto, de Lolita Bosch
27. Campeón gabacho, de Aura Xilonen
28. Mujer que sabe latín, de Rosario Castellanos
29. Casas vacías, de Brenda Navarro
30. Genji monogatari. Murasaki Shikibu
31. The Lonely Hunter, de Carson McCullers
32. L’ombre, Marie de Gournay
33. Conjunto vacío, de Verónica Gerber
34. The Left Hand of Darkness, de Ursula K Le Guin
35. The Dispossessed, de Ursula K Le Guin
36. Siete casas vacías, de Samantha Schweblin
37. Los ingrávidos, de Valeria Luiselli
38. Manifiesto animalista, de Corine Pelluchon
39. ¿Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas?, de Melanie Joy
40. To the lighthouse, de Virginia Woolf
41. Un cuarto propio, de Virginia Woolf
42. Una habitación desordenada, de Vivian Abenshushan
43. Art, de Yasmina Reza
44. Heureux les heureux, de Yasmina Reza
45. La Politique du voile, de Joan Scott (Amsterdam, 2017).
46. El nervio óptico, de María Gainza
47. Saga de los confines, de Liliana Bodoc
48. Amadora, de Dominique Simonnot.
49. L’Ère du soupçon, de Nathalie Sarraute
50. Lo que sea de Herta Muller
51. La guerre n’a pas un visage de femme, de Svetlana Aleksievitch
52. Lo que sea de Christine Angot
53. El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers
54. Isla de bobos, Ana García Bergua
55. Después del invierno, de Guadalupe Nettel
56. Chicas muertas, de Selva Almada
57. ​The God of Small Things, de Arundhati Roy

musulmanía

Noticia de última hora

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Es miércoles, pero yo lo recuerdo como viernes, no sé por qué. Y es en este miércoles, que en mi percepción se traviste de viernes, cuando despierto temprano para calentar el biberón del niño y de paso abrir la tapa de la computadora (que por razones de compatibilidad electrodoméstica se encuentra en ese instante junto al microondas) y revisar el avance de la descarga ilegal de una serie, cuando el cotidiano entra en pausa porque la primera página de Le Monde (abierta también de paso, casi por casualidad o por rutina) muestra la cara de cabroncito del caricaturista Charb. ¿Qué otra cosa va a hacer Charb en la primera plana de Le Monde, si no morirse?

En la madre. Es como si aquí en México se hubieran echado a Rius, Naranjo, Helguera y El Fisgón juntos. Calma. Ya no estamos en Francia. Aquí es México, casa de mis suegros, San Miguel Ajusco. Mi aquí y ahora consiste en sacar el biberón del microondas, subir a dárselo al niño y quedarme con los ojos abiertos repitiendo: en la madre. Y luego decirle a Ada que hay malas noticias de París, con las frases llenas de intrincados eufemismos para que bebé Darío no se saque el biberón de la boca y pregunte: ¿de qué están platicando?

..

Esta vez sí es viernes. La tarde ronda indecisa entre las cuatro y las cinco. Ya no recuerdo por qué estoy solo, recostado en el sillón de la casa; acaso Darío esté en el Ajusco con sus abuelos mientras Ada disipe su energía científica arando algún cultivo celular al microscopio en su laboratorio. Mi dispositivo de electro_entretenimiento monologa en vano desde la mesa de centro; recuerdo haber ahí instalado una aplicación para captar canales de televisión de todo el mundo antes de caer involuntariamente dormido. Ya en los puestos fronterizos de la vigilia, recuerdo a una directora de orquesta conduciendo a su auditorio hacia el sueño desde las ondas del canal cultural franco_alemán Arte. Qué lujo éste, el de la siesta extemporánea: haz de cuenta que el planeta está en paz.

Allá en la realidad vibra un teléfono. Es Ada. ¿Ya viste en París? Mis ojos se frotan los dedos conforme sintonizan el canal de noticias infinitas: 129 muertos en París, anuncia el subtítulo. Paradójicamente, en el recuadro no aparecen ambulancias ni policías, sino la casaca azul de Patrice Evra rodeada de futbolistas alemanes, habilitando un esférico que un par de explosiones en las postrimerías del Stade de France han puesto a rodar en vano. Regreso un momento a Arte, el concierto prosigue su curso en diferido: el pasado reciente de todos esos espectadores (la expresión embebida en melodía) me llena de envidia: devuélvanme mi siesta.

Ya en modo estrés post_corte_informativo, corro al navegador para escribir dentro del cajón de búsquedas: ATENTADO PARTIDO FRANCIA ALEMANIA (así, en mayúsculas, como gritándole al Google), pero al parecer el motor de búsqueda también transmite en diferido: su primer resultado es una repetición en cámara lenta de aquella asquerosa falta que el portero alemán Schumacher cometiera contra el líbero francés Battiston en la semifinal del mundial de 1982.

Por la noche alcanzaré a Ada en su laboratorio. Mientras ella termina de inyectar ratones, yo enviaré mensajes de sobrevivencia al conjunto entrañable y finito de nuestros amigos. Miguel respondió por telegram, Raquel escribió en féisbuc, Vania y Ligia tuitean encerradas en una cena que durará toda la noche porque los terroristas andan sueltos en République. ¿Qué hubiéramos estado haciendo si siguiéramos allá? Uno saliendo del taller literario, el otro en casa con Darío. Uno comiendo sopas turcas en Faubourg Saint Denis, el otro recibiendo ese reflejo ansioso de los que velan a oscuros frente a las noticias, sacerdotes de que su objeto directo de amor bebe en el bar Sully, a menos de un kilómetro del Bataclán. En consecuencia, la polaridad de la preocupacion se invierte: hace unos meses, cuando emprendimos la mudanza de París a México, eran los amigos parisinos quienes se inquietaban de nuestro bienestar en un país rehén del narco_estado. Ahora es al revés: Ciudad Juárez decidió mudarse a París.

Darío ya no toma biberón: tiene cuatro años: ya es niño grande. Tras dos años en México, hemos regresado a París de vacaciones para asomarnos al pasado anterior de nuestra vida: La casa donde Darío aprendió a comer, hablar y caminar está providencialmente libre para renta durante el verano. Nuestro viejo barrio de Saint-Ouen persiste en parecerse a sí mismo: la loca que paseaba a su perro en brazos sigue pasando frente a la ventana a la misma hora, el micro_traficante ofrece su amplia variedad de productos en la esquina de siempre, el panadero argelino (ya casado y con hijos) le sigue regalando chupachups a Darío por la mañana, cuando salimos a comprar los tres pain chocolat del desayuno. Eso sí, la iglesia del Sagrado Corazón de Montmartre ya no se ve tan nítida desde la ventana del baño: han construido un edificio_estorbo y ahora sólo sobresale una punta blanca amputada de toda cúpula: si te descuidas, la podrías confundir con un minarete.

Hubo tres atentados, tres, durante el mes que invertimos lustrando de nostalgia las esquinas de París. En el primero, un tipo sin adiestramiento militar ni viaje a Siria de por medio se metió en la casa de una pareja de policías, acuchilló al papá y degolló a la mamá frente a su hijo de apenas tres años, para después subir el video de su gesta al féisbuc y reivindicar tal abominación a nombre del Estado Islámico. En el segundo, un ex cónyuge golpeador de nacionalidad tunecina (también sin rastro de radicalización religiosa en su pasado) renta un camión y atropella a 85 personas (diez niños incluidos) que presenciaban los fuegos artificiales del 14 de julio en el malecón de Niza. Y para rematar, un par de adolescentes entra un domingo cualquiera a una iglesia de un pueblito cercano a Rouen para degollar al cura, asesinar al diácono y morir bajo los tiros del escuadrón antiterrorista.

Cuando vivíamos en Saint-Ouen, yo solía entrar a la panadería del argelino saludando al prójimo con un un sonoro assalaam alaykum. La frase era objeto de una mofa amigable entre panadero y clientes, que respondían como se debe, en buen árabe, ciertamente condescendientes ante el pronunciado acento chilango con que el saludo había sido proferido. Dos años y cinco atentados después, entré a la misma panadería como si el tiempo no transcurriera, con mi saludo insignia por delante, pero ahora la respuesta fue silencio y malestar: saludar en árabe ha dejado de ser un chiste.

….

En enero del 2015, unos días después de los atentados de Charlie Hebdo, el editor de una revista mexicana me escribió solicitando un texto urgente, entre crónica, narración y ensayo, que contara las tensiones propias de esa franja de Francia sociológicamente musulmana. Tardé demasiados tiempo en escribirlo y cuando al fin se lo envié, el editor reviró que los atentados del Bataclán habían envejecido prematuramente mi dicho: había que volver a empezar. Me visitó entonces un tropo de imprevisto: el del Sísifo ensayista frente a una computadora con dos ventanas abiertas: a la derecha las noticias infinitas en streaming, a la izquierda un un ensayo político_biográfico_literario sobre el terrorismo cuyo contenido se disuelve conforme se van escuchando las explosiones en el Stade de France. Sísifo pide entonces prestada la cara de menso con la que Patrice Evra ve rodar un balón bobo: ¿quién insiste en vendernos este sonido? ¿hasta cuándo los idiotas la furia nos condenarán a volver a empezar?

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Goytisolo

Para contar por qué le digo coamante a mi coamante necesito contar cómo conocí al novelista Goytisolo. Conocí a Juan Goytisolo en la Maison de l’Amérique Latine, en un brindis que celebraba la publicación de un poemario. Goytisolo se refugiaba del humo del cigarro en un rincón, junto al novelista Ríos y cinco o seis personas más. Mi amigo M quería un autógrafo del novelista Fuentes, pero éste se encontraba sitiado por una muralla de admiradores. Mejor vamos con Goytisolo, propuse: está más despejado. Juan Goytisolo tiene la tertulia generosa, toma y daca la palabra con atención y respeto, sin importar la calidad de sus co.enunciadores, en este caso dos aficionados a la escritura sin oficio ni beneficio. Al final, Goytisolo le dice al grupo: si alguno de ustedes pasa algún día por Marraquech, que vaya a la plaza de Xemáa El Fná y pregunte por Juan. Al diciembre siguiente, coamante y yo ya estábamos en el puerto de Sète, a punto de abordar una embarcación con destino a Tánger para, después de variopintas aventuras, llegar finalmente a Marraquech, más precisamente a Xemáa El Fná. Pregunten por Juan, sí, pero ¿a quién? ¿Al encantador de serpientes, al contador de historias, al místico ambulante, al vendedor de kebabs, al exprimidor de jugos, al domador de insectos, al merolico, al ratero, al policía, al mesero, a la gitana que pinta las manos de jena, al del puesto de periódico? Exacto, al vendedor de periódico. ¿Juan? Vayan al Café de France. Ahí un mesero nos da las indicaciones. Coamante me sigue, no muy convencida, por el laberinto de calles medievales. Nos detenemos frente a una puerta baja, misteriosa, puerta de tiempo más que de espacio. Toco. Abre un bigotón. Buenos días, soy (¿soy?) un escritor mexicano, busco a Juan Goytisolo. El bigotón se pierde. La puerta queda entreabierta. Tengo taquicardia, que la súbita presencia de Goytisolo en pantuflas casi vuelve infarto. Bue, bue, buenos días ma, ma, maestro, soy ¿soy? Juan enfoca los párpados sin reconocerme. Vengan a tal hora, al Café de Francia. Gra, gra, gracias. Y así, con la respiración entrecortada, regreso a las actividades propias del turista. Una hora antes de la cita, entro a un café internet para ver qué encuentro sobre Goytisolo porque sólo he leído Señas de Identidad y el Conde don Julián. Ahí, en http://www.juan.goytisolo.org, hallo un artículo suyo en donde habla de lo triste que es la expresión compañero sentimental, tan de moda en la prensa escrita, y lo bueno que sería resucitar la forma medieval coamante. Llegada la hora de la cita, nos dirigimos al Café de France. Juan nos ofrece dos sillas, su atención, un té. Yo le presento a mi coamante y Goytisolo se entusiasma, pregunta quién me enseñó esa palabra. Taquicardia (no digas la verdad: miente, finge cultura). Me, me, me la enseñó mi, mi, mi maestra de li, li, literatura medieval (¡cuál maestra, cuál literatura medieval si tú eres ingeniero!) y la taquicardia me va a durar toda la noche, pero se va a ir diluyendo con los días, porque regresaremos encantados al día siguiente a escucharlo, a conocer a otros adictos de esa misma terraza y esa misma hora, la hora en que Juan se vuelve un contador más de Xemáa El Fná, domador de lenguas, merolico irreductible, vendedor de patrias, bardo gitano de todos lados. Y además nos invita el té. Y nos regala libros, no libro.mío.cualquiera para admirador.cualquiera, sino ese libro que necesitas, ese que viene a cuento por lo que platicamos ayer: libro.para.que.entiendas. De regreso a París, tomo por asalto la biblioteca del Instituto Cervantes para volcarme en su obra y descubrir maravillas: Coto Vedado, En los Reinos de Taifa, Makbara. Le mando una fax lleno de signos de admiración intelectual. Responde por correo postal. Su respuesta cierra con una evocación de Las Mil y Una Noches en donde, con esos caracteres verticalmente apretados de su puño y letra, le advierte al par de coamantes: ámense bien, hasta que puedan.

Extracto de Musofobia (en libre acceso acá)

#0 ELEGÍA IDEOLÓGICA PARA JUAN GABRIEL

#1 la dictadura perfecta llueve hoy féretros populares y militares para su Lorca_light
#2 nuestra viril patria guadalupana, esa que otrora pita putos masiosares contra portero enemigo, recita hoy las coplas de la jotería feliz
#3 y en la universidad feminicida regresamos a clase tarareando aquella ranchera con que el Elvis de Ciudad Juárez nos arrulló
#4 “dime cuando tú, dime cuando tú, dime cuánto tú vas a volver, ja ja”
#5 cántanos, ¡oh muso!, la gesta de tus cancioncitas de liviandad homosexual bailando en las narices de Televisa, Dios y el pri_patriarcado
#6 arias de Juan Gabriel, goles de Zidane: detengan el tiempo en la noche antes del atentado, en el comercial previo al primer feminicidio
#7 sólo ustedes para reconciliar con rimas bobo_pegajosas al terrorista con su infiel decapitado, al militar con su estudiante calcinado
#8 al narco con su yonki_enganchado, al capitalista con su explotado, al feminicida con su objeto de trabajo
#9 si algún día rebuteamos México en borrón y cuenta nueva, que la águila_serpiente ceda su lugar a un pollo orgánico de libre pastoreo
#10 y cuando el mexicanos_al_grito_de_guerra rinda al fin cuentas en las mazmorras de los cantos genocidas
#11 que el zonzo mas gracioso pero al fin unánime_inocente noa_noa sea nuestro nuevo himno

A una agonía

Poema de mi amigo Ramsés Sandoval, mismo que he debido ir a rescatar hasta el web archive  porque Ramsés ha (tristemente) bajado la cortina del blog en donde publicaba sus poemas.

El cielo se te cae, viejo mortero,
en los gruñidos que a tus lustros ya es tan pura
voz que quien ciego desde siempre resucita
hecho cenizas y dice azul o meteorito
durante el hálito que quede entre jirones.

Ya no es el segundero esta montaña
en tierra del minutero cielo, acaso aroma:
daga de filo bajo bajo olvido coralino:
ha vuelto llaga como una profecía,
en el último saco postal amordazada.

Hora es de cosechar trenos y gemidos,
los silencios, los ecos nonatos, hiel de lirio.
Hay que tañer la voz hasta abrir coágulos:
no más ver la era de canallas, sin inercia
aniquilado, anhelo o rabia:
comprendes que termina
y has comprendido todo.

Y a tu silencio postrero empotre emblemas
de aquel año en cuya muerte refugiaste
a un alma confundida como un simio,
que al pensar lo venidero anida un puño,
qué si no el mausoleo de un vuelve mudo
o el cállate que sisean las hachas quietas.

Diciembre de 2011.
DR (RSR)

El niño que quería que perdonaran a los nazis [1/∞]::ombligo

Oficialmente, papá Árbol de Pan dice que mamá Jazzy se vio muy enferma cuando bebé Yoyó nació. Verse enfermo, ese es el término que siempre usa. Como si la consciencia de la mirada estuviera divorciada del cuerpo y pudiera presenciar su sufrimiento desde una aurora de protección.

En la historia oficial, mamá Jazzy se ve muy enferma porque los doctores que atienden su parto están ebrios y dejan una parte del instrumental médico dentro de su vientre. La cosa se infecta y mamá Jazzy emite más adelante eclosiones verdes pútridas del vientre, que la postran cuatro meses en terapia intensiva sin apenas poder acercarse a bebé Yoyó. Papá Árbol de Pan cuenta esta historia mirando al horizonte o al destino, casi buscando ese párrafo en donde él mismo amenaza al doctor de las solapas porque quiere a ambos, su mujer y su hijo, vivos. La historia oficial no especifica en cambio cuáles eran los riesgos que aquejaban al bebito: en esta historia oficial sólo hay un rol de enfermo y ya está ocupado por mamá Jazzy. Los roles son los siguientes: enferma, héroe y culpable. Por extraño que esto parezca, la historia oficial le reserva el rol de culpable al bebito.

Yo por mi parte no sé si creer en la historia oficial. Yo era un recién nacido idéntico a los millones de bebés que a diario llegan al planeta desde que la tierra es tierra y el oxígeno una sustancia respirable. Un bebito dependiente, ¿qué bebito no lo es?, necesitado de todo ese arsenal de cuidados, cariños y apapachos a los que son tan afectos los bebitos. No creo haber sido culpable de nada hasta el momento, ni de la borrachera del cirujano ni del ectoplasma verde que brotó del vientre de mamá ni de los cuatro meses que pasamos sin frecuentarnos, ella en el cuarto de cuidados intensivos, yo en el cunero. Yo apenas si sabía cómo tener acceso a los sentidos. Yo apenas si podía respirar.

La historia oficial dice que bebé Jazzy pasó cuatro meses en el cunero, mismo que describe como una granja de camitas pueriles yuxtapuestas como los manípulos romanos en los cómics, cuadriláteros equidistantes, ordenados, un bebé por cuna, las enfermeras vestidas de un blanco impecable, cofia, falda, camisa de manga corta, maternalmente afanadas en esa milpa de niños que no son suyos. Por cierto, la historia oficial agrega que estas enfermeras querían mucho a bebé Yoyó pues era el único no recién nacido entre recién nacidos. Cuatro meses en un cunero da tiempo para adquirir malos hábitos, como robarle las cobijas a los efectivamente recién nacidos.

Cuatro meses confinado en el cunero, robando cobijas y cautivando enfermeras con un improvisado carisma de no tan recién nacido, carisma de vida o muerte para el bebito sin mamá que depende del cuerpo de auxiliares médicos para sobrevivir, dice la historia oficial. No me queda memoria del lugar, pero sí de una foto que algún día me enseñaron con la que supuestamente era mi enfermera favorita (o viceversa). Tengo los ojos extraviados.

¿En qué estábamos? En el cunero, sí, y en que mamá Jazzy se recupera trabajosamente de la cesárea fallida y en que papá Árbol de Pan amenaza de las solapas a un doctor para obligarlo a salvar a su mujer y a su hijo. ¿Pero qué tenía su hijo? La historia oficial no lo cuenta. Se sabe sólo que bebé Yoyó recibió una transfusión de sangre por el ombligo y que por eso lo tiene ancho, con forma de ojiva, carente de esa gracia espiral de los ombligos que no sufrieron traumatismo alguno.

Un ombligo cosido con hilo, como si el corte del cordón umbilical no hubiera sido un buen augurio para iniciar la vida sino un castigo.

Bebé Yoyó no va a recordar por supuesto nada. No le gustará su ombligo cuando crezca, ni por su tamaño ni por las costuras de fondo, pero al menos celebrará que siga ahí, cerrado como un labio cosido a media palabra viva. Celebrará también que al final de los cuatro meses de convalecencia postparto mamá Jazzy y papá Árbol de pan abandonen el hospital, al menos físicamente. A Bebé Yoyó le habría gustado dejar en el hospital los roles a los que la historia oficial los había confinado, por ejemplo que mamá Jazzy hubiera dejado la máscara de enferma para salir a abrazar la salud ya fuera del hospital, en vez de pasarse el resto de su vida adulta representando el rol del enfermo imaginario. Pero los roles eran rígidos y la historia oficial una sola.

Reitero: la herida comienza en el ombligo. En esos puntos de aguja quirúrjica que cierran un cordón umbilical anómalo. Quizá el cirujano cortó el cordón y cosió el ombligo antes de tiempo. A los bebés normales (inocentes, diría yo) se les cose poco o nada y la herida se cierra sola tras unas semanas de desinfección cotidiana. Con los bebes anómalos (culpables, diría yo) las cosas son distintas: hay deudas, faltantes, cuentas pendientes que hubo que amputar para poder cerrar el trauma del cordón y mandar a padre, madre e hijo a seguirse cobrando en planos menos materiales.

Papá Árbol de Pan y mamá Jazzy necesitaban concebir un bebé extremadamente ruin (por ejemplo, un nazi) para poder depositar en él varios fardos sedimentarios de culpa acumulada, proveniente incluso desde un más allá genealógico, invisible desde sus respectivas actas de nacimiento manuscritas. Esto lo pienso yo, por fuera de la historia oficial porque ésta sólo dice que a bébé Yoyó le hicieron una transfusión de sangre (papá Árbol de Pan fue el donador, ¿quién mejor donador que un héroe?) por el ombligo y que por eso se lo debieron coser así. Segunda anomalía: el cordón umbilical es una vía privada madre-hijo, reservada para tránsitos alimenticios y en su defecto edípicos: la sangre de papá Árbol de Pan no tenía nada que hacer ahí, ¿o sí?

monólogo matutino (algo críptico) leyendo a Daniel Sada

Daniel Sada y sus octosílabos. Estoy leyendo Porque parece mentira la verdad nunca se sabe. Llevo seis meses leyendo ese libro y apenas voy a la mitad. Son seiscientas páginas de octosílabos. Con excepciones. Empieza con heptasílabos y endecasílabos pero luego los octosílabos se vuelven mayoritariamente abundantes de una abundancia superlativa y dominadora. Sin pesadez, empero. Con una creatividad léxica (pongan aquí un adjetivo que conlleve sorpresa, lucidez, sagacidad, velocidad de acceso a la totalidad del patrimonio léxico hispano norteño, por ejemplo:) temeraria.

Leo a Daniel Sada en una ruta que conlleva dos autobuses y un tren. Primero en el autobús 255 que une Saint-Ouen con la estación de trenes de Saint Denis. La portada del libro  (una edición de Tusquets) trae una foto de Robert Capa: La primera víctima del día de las elecciones. Esa foto contiene potencialmente todas las posibles variantes antropomórficas de un rostro mexicano. Acaso la novela de Daniel (la übernovela de Daniel) contenga también potencialmente todas las frases (posibles, potentes) un mexicano podría pronunciar, especialmente un mexicano afectado o agredido o lastimado o pasado bajo la aplanadora del cacicazgo cotidiano al que malllamamos política. Pero en dulce, en corrido, en octosílabo cantadito con palabras y alientos que provienen del romance serfardí o la primera poesía mozárabe. Todo ese lento trabajo arqueológico de la etimología puesto al servicio de la historia de un fraude electoral en un estado del norte en todas sus mortalidades: la violencia jerárquica, la burocracia corrupta rayana criminal, la periferia de mudos, la oposición ética.romántica y la gran familia mexicana, como no, con sus fidelidades y sus calenturas entremetidas en un canto épico.

Leer Por que parece mentira la verdad nunca se sabe es sumergir la cabeza (los oídos, los ojos) en un torbellino local con ritmo de lavomatic.molino.de.viento en frases que hacen crac crac no con onomatopeyas sino con palabras raras provenientes de lejos, logaedros que algún árabe lanzó a caballo desde su boca barbada de fiel de Alá y que por alguna herencia (por mor) azar  viral.vital llegó hasta nosotros pasado por Castillaragón, la colonia, el náhuatl y norte bárbaro.

No estoy siendo muy claro: no hay manera de serlo en una mañana de protoinvierno, en un tren que une Saint-Denis con Épinay-Villetaneuse, leyendo un libro mexicano en un andén poliétnico donde todas las nacionalidades, cada una con la cabeza llena de su propia maraña etimológica, esperan el mismo tren que los lleve a una miseria amistosa, protectora: de anónimos periféricos quizá menos mudos que los de Sada pero igualmente parte baja de la pirámide social. Son esos ojos lejanos de pordoquier quienes al compartir mi vagón se posan ahora sobre la foto de Capa sin interés, acaso con curiosidad exótica y entonces Capa y Sada hacen buena pareja para decir, en un instante de visual o en seiscientas páginas verbales, una misma frase que no es una frase sino un lugar: el norte de México, la luz del norte de México, las urnas incendiadas en el norte de México, los casquillos bien invertidos del norte de México, el logaedro de la lengua bronca como leche sin hervir o como comparación harta de comos.

Las espirales rítmicas de Sada conminan a pensar en octosílabos, también con palabras viejas que suenen originales y canten bonito y tengan el humor del amor y el amor de la huída y una propensión introductoria a empezar los enunciados por un legal adverbio de cantidad: Otrosí.

El tren llega a Épinay. Las puertas del vagón se abren y los cinco continentes salen al andén, entran al túnel, toman el autobús y van adormilados, tempraneros, expirando bocanadas de invierno en punta de humo, a trabajar en lo que se pueda o lo que se deba, a preocuparse por la integridad sentimental o la guardería del chiquillo o la visibilidad frente al ser-o-no amado. Minucillas cotidianas, diminutivas como las chancludillas de Sada en su congal imaginario El Firmamento; traemos tanta y tan antigua etimología pegada con medioambiente y genética a nuestra pared neuronal que nuestros lugares comúnes podrían de pronto descomunalizarse para de pronto llamarse con topónimos sadianos: Remadrín, Pencas Mudas, San Chema, Capila, Mágico.

Un café y un vaso de cartón de invierno para leer al sol de Daniel Sada en un camino que transmite potencia. Potencia de energía y de posibilidad infinita: así como esos rostros de mexicanos de medio siglo pasado en la cámara de Capa pueden contener todas las posibles o probables variaciones morfológicas de lo que sería la carota de México setenta años después, las frases arcaizantes de Por que parece mentira saben contener todos los posibles futuros mexicanos ya dichos ahí con el ingenio, humor, humildad, engaño, requiebro, generosidad,  amabilidad, sumisión traicionera y un largo etcétera de atributos mexicanamente nacionales que, como las palabras en la red etimológica de nuestra cognosis colectiva, avanzan también en un tren soleado hacia su trabajo cotidiano: mutar, cambiar, mantenerse, conservar, permanecer, respirar y sobrevivir hasta lo imposible.

@rafadro no more:: respect

Querido Rafa Saavedra (acá @rafadro), dos puntos:

¿Y si no escribimos en la frontera entre la emoción y el estilo, con qué escribimos, pues, bro?

Hoy por la mañana recibí un lamentable mensaje en donde una amiga me informaba de tu fallecimiento por infarto. La mala nueva me llenó de tristeza, una tristeza ciertamente inédita porque a pesar de que nunca te conocí personalmente, con frecuencia intercambiábamos comentarios breves por tuíter y esa nueva manera de relacionarnos crea afectos inesperados y ganas de llorarte como si de un amigo entrañable se tratara (y aquí es donde el subjuntivo se arrepiente de sí mismo y brutalmente se hace un lado para darte tu lugar en indicativo): porque en efecto de eso te tratas: de un amigo entrañable con el que me citaba de aquella entrópica manera, sin acuerdo ni predisposición previa, por el mero azar de estar ambos embebidos en tecnología, no en el mismo lugar espacial pero sí en el mismo espacio temporal de este presente radical tuitero, bloguero, feisbuquero: aquí y ahora tú y yo together a pesar de la geografía, la genealogía y el social status.

Que profundo me estoy poniendo, pal. Tu bloody culpa. ¿Por qué te tuviste que ir así, tan abrupta y subrepticia y elegantemente, entre todos esos amaneceres premonitorios que colgaste en féisbuc y esas frases poderosas, libres, del que intuye con lenguaje que está a punto de abrirse en open source el corazón para el quirófano?

Escuché por primera vez tu nombre mentado en labios (en blog, sería más preciso) de Heriberto Yépez, que hablaba de ti como de un gurú de la condición fronteriza. Habiendo yo nacido en Mexicali y habiendo vivido un año en Tijuana, los modos y las maneras en que ustedes se desmarcaban de la Meca chilanga para centralmente escribir la periferia fronteriza norteamericana me intrigaban y fascinaban por igual. Así fue como te descubrí  en magnífico paleobloguero: empezaste a bloguear en 2001 y escribías no en espánglish, sino en un español resentido por la violenta clave americana, un español fascinado y a la vez castigado por la lengua domninante, bravucón cuando amenaza con irse al otro lado para siempre, cariñoso cuando regresa entre requiebros para confesar que siempre no se fue porque su querencia es justamente esa doble condición de puente agrietado o grieta-túnel bilingüe de ida y vuelta.

Y encima tu música. Leer tus textos en Bukonica fue descubrir una prosa con alma de playlist: sintetizador mata corrector ortográfico: historias intolerantes a esas tramas argumentales tan propias del papel, pero por el contrario perfectamente compatibles con la distracción constante del cristal líquido: parrafadas hiperestésicas de adolescente hipersensible cuyas amenazas tiene forma y manera de hipervínculo queriendo (hu)irse a la chingada del confinamiento semántico al que el hilo del discurso lo somete para ir a liberar su hedonismo en la orgía formal del sonido.

Pero no estamos aquí para hacer teoría crítica, bitch. Estamos aquí para lamentarte desde el libre albedrío de la emoción más cursi, o poniéndotelo en instagram para que me entiendas: queremos calcar el movimiento pendular que te llevaba de la orilla de la noche más excesiva, bilingüe y nihilista hasta ese relajo dionisiaco en donde ojeroso, alcoholizado y euforizado, alcanzabas a llegar a tiempo a Playas de Tijuana para bañar tu incipiente optimismo en el amanecer.

Porque desde tu ojo niurro (y no es albur, bro, sino metáfora de cinco y diez) las playas de Tijuana eran cachondas Muertes en Venecia previas al balbuceo en modo Apocalipsis Now de la cruda y el necesario descanso para reponer fuerzas, recargar la batería de litio y sumergirse de nuevo en la noche tijuanense con las antenas del lifecasting bien abiertas y unas crónicas cubistas cuyas esquirlas salían disparadas/declinadas en tuit, blog, féis y podcast.

Era tu prosa de paso por este presente que todavía ayer, obnubilados por música, la fiesta y la tecnología, asegurábamos eterno. ¿Y ahora qué hacemos? Favearte y likearte rabiosamente esta última y elegante secuencia de tu despedida en línea, las palabras sentidas y exactas pasadas por la mano, la pluma, el papel (antiquísimos soportes) para luego ser fotografiadas, instagrameadas, tuiteadas y feisbuquadas en vivo y en directo a moco tendido hacia nuestro lado: el de los virtuales vacíos.

Un infarto a los 44, what the fuck? ¿O tenías 46?

Elegía, compadre, elegy, élégie. ¿Compadres o zombies? nos dabas a elegir en un memorable tuit. Nos vas a hacer falta, @rafadro. Pero ese vacío atmosférico que tu presencia deja en la noche tijuanense y tuitera será, te lo aseguro, fértil. Míranos: llenos de ganas de leer y escribir hacia ti.

No descanses en paz, bro. Mejor reviéntate en el ritmo total y permanente de la más beyondera materia nocturna.

In memoriam Rafa Saavedra, from Tijuana West Coast. Cronista snobground. Fanzinero-revistero de luxe. CDJ en alza. Escritor sin tiempo. Radio show producer. Fotógrafo de escenas y nimiedades. Bloguero posteverything.

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consideraciones sobre escritura open source

Resumen ejecutivo: escribir open source quiere resignificar la actividad de creación literaria en función de los métodos de creación informática del open source. ¿Qué es el open source? Visto en modo idealista, el open source consiste en programas computacionales cuyo código fuente es abierto, es decir, que cualquier paisano tiene acceso a él, se lo puede apropiar, lo puede modificar, recombinar, transformar, distribuir siempre y cuando el código fuente permanezca abierto y se dé el debido crédito a sus autores.

¿Qué significaría entonces una creación literaria open source? Primero, un proceso de creación ayudado por las herramientas informáticas del open source, donde las versiones previas, o la genética del texto si nos ponemos teóricos, sería visible desde el primero hasta el último instante de la creación. O si se quiere, levantarle la falda a aquel renombrado iceberg de Hemingway usando para tal efecto las navajas suizas propias de los desarrolladores de sistemas informáticos open source: control de versiones, desarrollo colectivo, reporte de errores y así.

Segundo: una escritura colectiva. El autor funcionaría entonces como una especie de maestro de obra (o productor), rompiendo así la idea del escritor romántico embebido en su máquina de escribir, impulsado por su sempiterna botella de whisky y la sombra de esas musas decimonónicas  a quienes el procesador de texto y sus infinitas posibilidades de edición parecen haber espantado desde hace ya algunos decenios. Esta relación uno a uno entre creación literaria e individualidad creadora es tan pertinaz que ni siquiera el manifiesto de la literatura huiqui (versión 3.1) la cuestionó. ¿Por qué, a diferencia de los artículos científicos, los textos literarios siguen siendo asociados a un solo nombre, y no a una pluralidad de autores? Las series de televisión en cambio ya superaron el asunto del creador único. ¿Quién es el autor de Homeland, Fringe, The Wire o Hatufim? Sus nombres no nos vienen inmediatamente a la memoria, hay que buscar, hurgar en google/wikipedia para encontrarlos. Nada que ver con la relación de equivalencia nominal entre Cien años de soledad y García Márquez. Me dirán que esta idea de la muerte del autor ya es vieja. Pero aquí no se trata de la muerte del autor, sino de esa amistosa disolución de su nombre en una página de Wikipedia.

Esa será la siguiente tarea de la Literatura Huiqui: mudarse a wikimedia (la aplicación que impulsa y da soporte a la Wikipedia) y olvidarse de que cada autor produzca un texto suyo para mejor trabajar en el barbecho de un texto colectivo, de obra lenta, producto de esas interminables discusiones y negociaciones que subyacen a los artículos más polémicos de la wikipedia. ¿Habrá un lugarcito ahí para la estética?

Y finalmente: tercero: el código abierto, es decir la renuncia a la comercialización directa de la materia de creación. Los escritores open source publicarían luego entonces su obra bajo una licencia Creative Commons 0 misma que permite la copia, distribución e incluso el uso comercial de la obra siempre y cuando se de crédito a sus autores. De forma y manera que el más modesto editor del Ecuador, si le viene en gana, puede publicar la obra sin siquiera prevenir a los autores. Compárese este método de distribución a lo que tenemos ahora: un enorme pelotón de escritores en ciernes peleándose un puñado de premios, dos pesos de marketing, medio kilo de reconocimiento de la universalmente enquistada élite que conforma el campo editorial y una nombradía que extiende por unos cuantos meses la tierra prometida de esos 15 minutos de fama que nos prometió Warhol. El agente del agente del agente.

Para lo cual, por supuesto, hay que salir del analfabetismo informático, saber declinar la obra en huiqui, blog, tuit, féis, epub, mobi, pdf y ese largo y técnicamente embrollado trasunto del etcétera.

En eso andamos.