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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Archivos en la Categoría: #750ciegas

sobre la lengua en construcción de bebé.darío [2/∞]

Darío tiene diecinueve meses. Ya habla. Su lengua no es perfecta ni correcta ni fonéticamente pulida, pero logra con decoro el alto honor de la comunicación verbal. A lo largo de este recorrido de adquisición, hay palabras talismán que le han servido para escalar trabajosamente los peldaños acústicos, sinntácticos y semánticos de esta escalera común (escalera.estadio) a la que llamamos lenguaje. Empiezo ahora un recuento breve, incompleto y desmemoriado de esas palabras, sabedor que el intervalo del verbo empiezo es abierto y que tal recuento no tendrá fin.

coche
Si hay palabras talismán para bebé Darío, la primera es coche. Su lengua se sube en ella desde tempranas horas de la mañana para conducir por el imaginario automotriz con fascinación. Bebé Darío despierta entre las siete y las ocho de la mañana, empuña los barrotes de su cuna, levanta su cuerpo adormilado y pide mamá, leche, papá, Bibi. Consumido el biberón al calor del espacio abierto entre mamá y papá en la cama matrimonial, levanta otra vez la cabeza como en un segundo ensayo de despertar, esta vez no para pedir placeres orales sino semántico.mecánicos: coche, coche, coche. Papá o mamá se levantan entonces, caminan hasta la cueva del tesoro de los juguetes y traen a los tres primeros y coches que su aturdimiento sonámbulo les haya permitido distinguir. Entonces bebé Darío abre una autopista, crea casetas imaginarias sin conocer la palabra caseta, viaja hasta confines imposibles para cualquier objeto que repose sobre cuatro ruedas, confines donde las palabras se confunden con los gruñidos y en donde el sol es una onomatopeya estelar que le infunde energía al mundo a través del sonoro rayo de su ¡BRRRRRUUUUUUMMMMMM!

donne
En esas horas matutinas de invierno, confusas a fuerza de fronteras mal negociadas entre el sueño y la vigilia, bebé Darío nos entrega el primer biberón de la mañana con un triunfal: donne, que en francés significa dar, o dame en imperativo, o dáselo ipso facto en el tono autoritario de las educadoras de su guardería de Saint-Ouen, disciplinadas y disciplinadoras francoparlantes. Cualquier objeto le cabe a donne, especialmente aquellos cuyo margen de utilidad lúdica se ha agotado, la pelota, el coche aburrido, el babero en mitad de la comida. Donne da lo que bebé Darío ya no quiere, porque el don generoso, ese con el que ofrece su comida o su muñeco de peluche favorito, ocurre en silencio, con una sonrisa confiada y un movimiento oferente capaz de derritir las más aguerridas defensas emotivas y de conmover al receptor de turno.

quita

Quita, pronunciado en un español perfecto, expresa otro movimiento de impaciencia, generalmente ligado a la ropa, tema siempre delicado pues si algo destesta bebé Darío en este mundo nuevo suyo es el trato de objeto o percha que sus padres le inflingen a la hora de vestirlo/desvestirlo, cubrirlo/destaparlo, cambiarlo/limpiarlo, etcétera/etcétera. Quita quiere quitarse la bufanda a pesar del viento, el gorro a pesar del frío, el suéter a pesar de que no hay calefacción, pero también su uso se extiende a las personas, quita papa cuando papá está embebido en su teclado, quita mama cuando mamá se toma un respirio para navegar en su teléfono: quita entonces es un sinónimo de ven, hazme caso, ocúpate de mi, ven a jugar conmigo.

Bibi
El primer y más íntimo nombre propio de bebé Darío. Su primera creación literaria, acaso, aunque a él esto del valor estético lo tenga francamente sin cuidado por ahora. Bibi es eso que los psicólogos llaman “objeto transicional”: la indispensable mascota que lo asegura, especialmente a la hora de dormir la siesta o la noche entera; el peluche que lo consuela cuando se cae y grita su nombre entre lágrimas de dolor recién dolido. Bibi es una rata de peluche que le compramos cuando aún no había nacido. Una rata simpática, llena de colores y protuberancias textiles.dulces. Los mayores sustos de nuestra recién carrera de padres se han materializado cuando nos damos cuenta que hemos perdido a Bibi: el espectro de las noches sin sueño, las caídas sin consuelo y las siestas truncas se aparece y corremos a recorrer el camino literal de regreso hasta hallar, siempre milagrosamente, a este nuevo miembro de la familia cuya principal virtud, además de ahuyentar los primeros miedos de bebé Darío, es la de reaparecer después de haberse perdido. Lo hemos perdido en un Oxo de México D.F., en donde un amable empleado nos lo guardó y esperó a que nuestra desmemoria activara la alarma; lo perdimos de noche en un parque oscuro frente a la sala de conciertos de Bercy: la apariencia desorientada del parque nocturno no impidió que lo encontráramos abandonado en las mismas escaleras por donde habíamos bajado; lo perdimos camino a casa de Ligia, en un suburbio a cuan más alejado del centro, era el día de navidad, Darío lo dejó caer en algún semáforo en donde una vez más milagrosamente nadie lo tomó por suyo. Entre Bibi y Darío hay un vínculo sobrenatural fuerte: Darío lo deja caer con discreción: el vínculo somoso nosotros, que cuando nos percatamos de su ausencia desandamos la realidad y el tiempo hasta dar con la ratita, casi una hija postiza, quien generosa siempre nos hace el milagro de seguir ahí.

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Santos óleos materialistas

Soñaste con el día de tu muerte. Estabas en la vieja casa de tu abuela, en Mexicali, una casa de adobe, un solo piso, un espacio rectangular largo, como un gran corredor fértil donde habían incubado tus tíos, tus primos, toda esa tribu fronteriza en donde eras feliz. Pero no estaba tu abuela ni tus tíos ni tus primos, sólo tú postrado en la cama en donde te ibas a morir. Y tu madre. Tú no tenías aspecto moribundo, eras el que ahora eres, tu cuerpo estaba intacto, nada parecía aquejarlo. El último día de tu vida tampoco tenía nada de extraordinario, era un día común y corriente, con el dolor de espalda baja, las obligaciones, los quehaceres, las esperanzas y las sorpresas. El eterno hilo del presente. Tu mamá te decía que te tenían que poner los santos óleos antes de morirte. Tú no querías pero tu mamá ya había llamado a unos cuantos curas. No era extraño encontrar curas en la casa de tu abuelita, una viejita piadosa, que iba diario a misa de siete de la mañana a cantar canciones sobre barcas abandonadas en la arena de mares espirituales. La voz se le quebraba a tu abuelita cuando llegaba al “he dejado mi barca junto a tí”. Viejita piadosa. Ayudaba a los pobres, tenía un catálogo de pobres y otro catálogo paralelo de pudientes piadosos a quienes les podía sacar dinero para sus pobres. Alguna vez la llegaste a acompañar a repartir pollos para sus pobres de navidad en los ejidos miserables de los suburbios de Mexicali. Pobre desierto. Casas de fortuna fabricadas con puro material de deshecho. Mar de polvo. Camas aquejadas de todos los males. Viejos y niños mocosos. El aroma del pollo calientito entre el olor a rancio.barato.enfermo de la pobreza. El chofer de la parroquia se llamaba Adán. Que buen nombre para un chofer. Adán era alto, una palmera, y rubio o mejor sería decir rubicundo, rubio permanentemente sonrosado, rubio rojo. La otra pasión de tu abuela, además de ayudar a sus pobres, era ayudar a los seminaristas. A esto le llamaba las vocaciones. Ahí no la acompañabas. Puro aspirante a cura, jóvenes sombríos: sotana y dudas.

Pero en el sueño no estaba tu abuela ni ese universo de caridad y piedad que la rodeaba. Sólo su casa de adobe y piso emparejado, su refrigerador gringo comprado en Caléxico, su sala con una copia de un bucólico paisaje de Millet que nada tenía que ver con el árido y rústico horizonte del más feo Mexicali. Y tú te ibas a morir a los cuarenta y tantos. Así, como sin nada, con un chingo de cosas que hacer, entre ellas morirte. Y tu mamá te traía sacerdotes para que te propinaran los santos óleos y tú le decías que ya no eras católico pero ella no te escuchaba, no podía, nunca lo había hecho. Ya no soy católico, mamá, ya dejé esa madre, insistías pero ella respondía con nos multiplicados: no, no, no e invitaba a pasar al cura, un joven moreno, saludable, de rasgos redondos, vagamente indios. El cura entraba, tú estabas vestido con ropa de calle pero acostado en una cama parecida a la de tu abuela, una cama individual, simbólicamente protegida por la imagen del Sagrado Corazón que no era sólo un corazón, sino un cristo con cara de Errol Flynn (son las referencias de tu abuela) y el pecho abierto de donde emergía una especie de maqueta de corazón para estudiantes de anatomía o jugadores de juegos de video con resplandores de espada láser. Ahí estabas acostado y ahí te traía tu mamá a sus curas. Tú le repetías que gracias por los santos óleos pero tú ya no creías en eso, tú estabas seguro que ibas hacia la nada, la ceniza, la descomposición molecular: una integral materialista que tiende a regresar al mundo. Nada. Tu mamá y el cura blandían un botellín de aceites esenciales con pretensiones de pasaporte ultraterreno. Te encabronabas. Le reprochabas a tu madre el no haberte escuchado nunca. Ella multiplicaba su negación por tres reduciendo al mínimo el silencio o la coma o los dos puntos o ese aire mal respirado con el que separaba su mansalva: no-no-no y blandía el frasco goteando y las gotas te caían en la frente y el cura hacía una cruz y tú te limpiabas en un invisible afán materialista.

El niño que quería que perdonaran a los nazis [1/∞]::ombligo

Oficialmente, papá Árbol de Pan dice que mamá Jazzy se vio muy enferma cuando bebé Yoyó nació. Verse enfermo, ese es el término que siempre usa. Como si la consciencia de la mirada estuviera divorciada del cuerpo y pudiera presenciar su sufrimiento desde una aurora de protección.

En la historia oficial, mamá Jazzy se ve muy enferma porque los doctores que atienden su parto están ebrios y dejan una parte del instrumental médico dentro de su vientre. La cosa se infecta y mamá Jazzy emite más adelante eclosiones verdes pútridas del vientre, que la postran cuatro meses en terapia intensiva sin apenas poder acercarse a bebé Yoyó. Papá Árbol de Pan cuenta esta historia mirando al horizonte o al destino, casi buscando ese párrafo en donde él mismo amenaza al doctor de las solapas porque quiere a ambos, su mujer y su hijo, vivos. La historia oficial no especifica en cambio cuáles eran los riesgos que aquejaban al bebito: en esta historia oficial sólo hay un rol de enfermo y ya está ocupado por mamá Jazzy. Los roles son los siguientes: enferma, héroe y culpable. Por extraño que esto parezca, la historia oficial le reserva el rol de culpable al bebito.

Yo por mi parte no sé si creer en la historia oficial. Yo era un recién nacido idéntico a los millones de bebés que a diario llegan al planeta desde que la tierra es tierra y el oxígeno una sustancia respirable. Un bebito dependiente, ¿qué bebito no lo es?, necesitado de todo ese arsenal de cuidados, cariños y apapachos a los que son tan afectos los bebitos. No creo haber sido culpable de nada hasta el momento, ni de la borrachera del cirujano ni del ectoplasma verde que brotó del vientre de mamá ni de los cuatro meses que pasamos sin frecuentarnos, ella en el cuarto de cuidados intensivos, yo en el cunero. Yo apenas si sabía cómo tener acceso a los sentidos. Yo apenas si podía respirar.

La historia oficial dice que bebé Jazzy pasó cuatro meses en el cunero, mismo que describe como una granja de camitas pueriles yuxtapuestas como los manípulos romanos en los cómics, cuadriláteros equidistantes, ordenados, un bebé por cuna, las enfermeras vestidas de un blanco impecable, cofia, falda, camisa de manga corta, maternalmente afanadas en esa milpa de niños que no son suyos. Por cierto, la historia oficial agrega que estas enfermeras querían mucho a bebé Yoyó pues era el único no recién nacido entre recién nacidos. Cuatro meses en un cunero da tiempo para adquirir malos hábitos, como robarle las cobijas a los efectivamente recién nacidos.

Cuatro meses confinado en el cunero, robando cobijas y cautivando enfermeras con un improvisado carisma de no tan recién nacido, carisma de vida o muerte para el bebito sin mamá que depende del cuerpo de auxiliares médicos para sobrevivir, dice la historia oficial. No me queda memoria del lugar, pero sí de una foto que algún día me enseñaron con la que supuestamente era mi enfermera favorita (o viceversa). Tengo los ojos extraviados.

¿En qué estábamos? En el cunero, sí, y en que mamá Jazzy se recupera trabajosamente de la cesárea fallida y en que papá Árbol de Pan amenaza de las solapas a un doctor para obligarlo a salvar a su mujer y a su hijo. ¿Pero qué tenía su hijo? La historia oficial no lo cuenta. Se sabe sólo que bebé Yoyó recibió una transfusión de sangre por el ombligo y que por eso lo tiene ancho, con forma de ojiva, carente de esa gracia espiral de los ombligos que no sufrieron traumatismo alguno.

Un ombligo cosido con hilo, como si el corte del cordón umbilical no hubiera sido un buen augurio para iniciar la vida sino un castigo.

Bebé Yoyó no va a recordar por supuesto nada. No le gustará su ombligo cuando crezca, ni por su tamaño ni por las costuras de fondo, pero al menos celebrará que siga ahí, cerrado como un labio cosido a media palabra viva. Celebrará también que al final de los cuatro meses de convalecencia postparto mamá Jazzy y papá Árbol de pan abandonen el hospital, al menos físicamente. A Bebé Yoyó le habría gustado dejar en el hospital los roles a los que la historia oficial los había confinado, por ejemplo que mamá Jazzy hubiera dejado la máscara de enferma para salir a abrazar la salud ya fuera del hospital, en vez de pasarse el resto de su vida adulta representando el rol del enfermo imaginario. Pero los roles eran rígidos y la historia oficial una sola.

Reitero: la herida comienza en el ombligo. En esos puntos de aguja quirúrjica que cierran un cordón umbilical anómalo. Quizá el cirujano cortó el cordón y cosió el ombligo antes de tiempo. A los bebés normales (inocentes, diría yo) se les cose poco o nada y la herida se cierra sola tras unas semanas de desinfección cotidiana. Con los bebes anómalos (culpables, diría yo) las cosas son distintas: hay deudas, faltantes, cuentas pendientes que hubo que amputar para poder cerrar el trauma del cordón y mandar a padre, madre e hijo a seguirse cobrando en planos menos materiales.

Papá Árbol de Pan y mamá Jazzy necesitaban concebir un bebé extremadamente ruin (por ejemplo, un nazi) para poder depositar en él varios fardos sedimentarios de culpa acumulada, proveniente incluso desde un más allá genealógico, invisible desde sus respectivas actas de nacimiento manuscritas. Esto lo pienso yo, por fuera de la historia oficial porque ésta sólo dice que a bébé Yoyó le hicieron una transfusión de sangre (papá Árbol de Pan fue el donador, ¿quién mejor donador que un héroe?) por el ombligo y que por eso se lo debieron coser así. Segunda anomalía: el cordón umbilical es una vía privada madre-hijo, reservada para tránsitos alimenticios y en su defecto edípicos: la sangre de papá Árbol de Pan no tenía nada que hacer ahí, ¿o sí?

monólogo matutino (algo críptico) leyendo a Daniel Sada

Daniel Sada y sus octosílabos. Estoy leyendo Porque parece mentira la verdad nunca se sabe. Llevo seis meses leyendo ese libro y apenas voy a la mitad. Son seiscientas páginas de octosílabos. Con excepciones. Empieza con heptasílabos y endecasílabos pero luego los octosílabos se vuelven mayoritariamente abundantes de una abundancia superlativa y dominadora. Sin pesadez, empero. Con una creatividad léxica (pongan aquí un adjetivo que conlleve sorpresa, lucidez, sagacidad, velocidad de acceso a la totalidad del patrimonio léxico hispano norteño, por ejemplo:) temeraria.

Leo a Daniel Sada en una ruta que conlleva dos autobuses y un tren. Primero en el autobús 255 que une Saint-Ouen con la estación de trenes de Saint Denis. La portada del libro  (una edición de Tusquets) trae una foto de Robert Capa: La primera víctima del día de las elecciones. Esa foto contiene potencialmente todas las posibles variantes antropomórficas de un rostro mexicano. Acaso la novela de Daniel (la übernovela de Daniel) contenga también potencialmente todas las frases (posibles, potentes) un mexicano podría pronunciar, especialmente un mexicano afectado o agredido o lastimado o pasado bajo la aplanadora del cacicazgo cotidiano al que malllamamos política. Pero en dulce, en corrido, en octosílabo cantadito con palabras y alientos que provienen del romance serfardí o la primera poesía mozárabe. Todo ese lento trabajo arqueológico de la etimología puesto al servicio de la historia de un fraude electoral en un estado del norte en todas sus mortalidades: la violencia jerárquica, la burocracia corrupta rayana criminal, la periferia de mudos, la oposición ética.romántica y la gran familia mexicana, como no, con sus fidelidades y sus calenturas entremetidas en un canto épico.

Leer Por que parece mentira la verdad nunca se sabe es sumergir la cabeza (los oídos, los ojos) en un torbellino local con ritmo de lavomatic.molino.de.viento en frases que hacen crac crac no con onomatopeyas sino con palabras raras provenientes de lejos, logaedros que algún árabe lanzó a caballo desde su boca barbada de fiel de Alá y que por alguna herencia (por mor) azar  viral.vital llegó hasta nosotros pasado por Castillaragón, la colonia, el náhuatl y norte bárbaro.

No estoy siendo muy claro: no hay manera de serlo en una mañana de protoinvierno, en un tren que une Saint-Denis con Épinay-Villetaneuse, leyendo un libro mexicano en un andén poliétnico donde todas las nacionalidades, cada una con la cabeza llena de su propia maraña etimológica, esperan el mismo tren que los lleve a una miseria amistosa, protectora: de anónimos periféricos quizá menos mudos que los de Sada pero igualmente parte baja de la pirámide social. Son esos ojos lejanos de pordoquier quienes al compartir mi vagón se posan ahora sobre la foto de Capa sin interés, acaso con curiosidad exótica y entonces Capa y Sada hacen buena pareja para decir, en un instante de visual o en seiscientas páginas verbales, una misma frase que no es una frase sino un lugar: el norte de México, la luz del norte de México, las urnas incendiadas en el norte de México, los casquillos bien invertidos del norte de México, el logaedro de la lengua bronca como leche sin hervir o como comparación harta de comos.

Las espirales rítmicas de Sada conminan a pensar en octosílabos, también con palabras viejas que suenen originales y canten bonito y tengan el humor del amor y el amor de la huída y una propensión introductoria a empezar los enunciados por un legal adverbio de cantidad: Otrosí.

El tren llega a Épinay. Las puertas del vagón se abren y los cinco continentes salen al andén, entran al túnel, toman el autobús y van adormilados, tempraneros, expirando bocanadas de invierno en punta de humo, a trabajar en lo que se pueda o lo que se deba, a preocuparse por la integridad sentimental o la guardería del chiquillo o la visibilidad frente al ser-o-no amado. Minucillas cotidianas, diminutivas como las chancludillas de Sada en su congal imaginario El Firmamento; traemos tanta y tan antigua etimología pegada con medioambiente y genética a nuestra pared neuronal que nuestros lugares comúnes podrían de pronto descomunalizarse para de pronto llamarse con topónimos sadianos: Remadrín, Pencas Mudas, San Chema, Capila, Mágico.

Un café y un vaso de cartón de invierno para leer al sol de Daniel Sada en un camino que transmite potencia. Potencia de energía y de posibilidad infinita: así como esos rostros de mexicanos de medio siglo pasado en la cámara de Capa pueden contener todas las posibles o probables variaciones morfológicas de lo que sería la carota de México setenta años después, las frases arcaizantes de Por que parece mentira saben contener todos los posibles futuros mexicanos ya dichos ahí con el ingenio, humor, humildad, engaño, requiebro, generosidad,  amabilidad, sumisión traicionera y un largo etcétera de atributos mexicanamente nacionales que, como las palabras en la red etimológica de nuestra cognosis colectiva, avanzan también en un tren soleado hacia su trabajo cotidiano: mutar, cambiar, mantenerse, conservar, permanecer, respirar y sobrevivir hasta lo imposible.

sobre la lengua en construcción de bebé.darío

Ya tiene tiempo que tengo ganas de escribir sobre la adquisición del lenguaje de mi hijo Darío, hoy de diecisiete meses. Darío nación en la primavera de 2012 y uno de los aspectos más fascinantes de su crecimiento ha sido la búsqueda de sonidos, su aprendizaje y domesticación hasta llegar a los paleo.sustantivos con que tan bien se defiende hoy en día, mucho más numerosos que los verbos (hoy por hoy sólo cuenta con tres: quita en español, donne en francés (dar, o más precisamente: da) y caminar, este último muy útil cuando se quiere salir de la carriola.

Desde el principio de este, su primer y único principio, a Darío le han fascinado los sonidos, los balbuceos, los fonemas. Tenía apenas 5 o 6 meses cuando emitió el primero a voz en cuello: . Desde endenantes yo solía recitarle el silabario, especialmente cuando necesitábamos captar su atención para que, hipnotizado por la secuencia fonética (ba, be, bi, bo bu, da, de, di, do, du y el etcétera se extiende hasta la zeta) pudéramos cambiarlo o vestirlo o cortarle las uñas sin que se desesperara.

Ahora que lo recuerdo, ese primer es muy emocionante (en su momento no lo fue tanto, pero en retrospectiva y visto el edificio fonético, léxico, sintáctico y semántico que se está construyendo sobre él, lo empieza a parecer).

Después de siguió guí. Con una i muy pronunciada, insistente, larga: guíiiiiiiiiii. Una especie de afirmación de la garganta en si que venía a balancear en sus altos las profundidad submarina del subgutural que la había precedido.

La idea de relatar la adquisición del lenguaje de Darío me vino de una radionovela que escuché en France Culture: Presente simple, en donde Amalia Escrivá cuenta las primeras palabras de su hija y la forma en que este rudimentario rompecabezas del lenguaje infantil permite que una niña lidie con la compleja realidad cotidiana de su familia, la migración y las diferentes lenguas que nombran su mundo.

A veces, en vez de Darío, le decíamos . La primera sílaba que pronunció se volvió así un improvisado bautizo, nombre dulce temporal, apodo cariñoso. Ven con , vamos a cambiar a , ¿ya se durmió ?

Quizá eso lo impulso a arriesgarse a una nueva sílaba guí. No era una queja, maś bien un llamado. Guíiiiiii, estoy aquíiiiiiiii.

¿A los cuántos meses empezó a balbucear directo? No lo recuerdo. Fue una toma de palabra monosílaba e inesperada: ¡bababa! .

Qué volátil es la memoria de los nuevos padres. Valga aquí una pausa cognitiva para mencionar la enorme cantidad de conocimiento nuevo que las madres y los padres recién deben adquirir para poder proveer atención y cuidado al bebito. Baño, biberón, cambio de pañal, papillas, pañales: todo un laberinto logístico, que llega con una avalancha de nuevas habilidades que se deben adquirir en verdadera chinga, si se me permite la expresión, y esta adquisición a veces debe llevarse a cabo al son de la impaciencia de un llanto perentorio: la condición del ser bebito es perfectamente ajena a la paciencia.

Durante el balbuceo descubrió que el bordar sílabas es un bucle infinito: babababababababa. Las consecuencias fonéticas naturales fueron los tan esperados mamá y papá, pero aún no asociados a nosotros, sus padres, sino surgidos como una mera repetición o un efecto acústico aún sin finalidad: mamá y papá tampoco tenían límites y el balbuceo se convertía fácilmente en un maratón silábico bañado en baba.

Entonces descubrió (¿cuántos meses tenía?, ayúdame, Hanna) que en situaciones de desconsuelo o desesperación dos sílabas eran más eficaces que el resto: mamá si la situación se prestaba a cierto margen de espera, y un largo lamento en máaaaaaaaaaa en caso de emergencia.

No sé por qué me estoy acordando del dicho cruel: la letra con sangre entra. El dicho me parece ahora forzado y cruento: antes de la letra hay un laberinto de sonidos que no tienen nada que ver con la sangre, al menos no en su acepción dolorida. Hubiera preferido que el dicho hiciera alusión a esa otra semántica más tibia de la sangre: el vínculo filial de tu familia, tu papá, tus tías, tus primos: ¿cómo estará mi sangre?

Así, los primeros sonidos de Darío surgieron en la pecera de un espejismo acuático de generación espontánea: la sangre calientita y benevolente de tu familia, tu abuelito el maya militar, tu abuela de trenza larga y dichos de colores, y tantos otros mezclados de por vida en tu sangre y tus sonidos. Sangre infinito.filial: gú, guí, má, pá, bababababa.

Su primera palabra llegó a los ¿ocho, nueve meses? En ello Darío fue canónicamente coherente con la línea de la vida: su primera palabra coincidió con su primera necesidad: agua, dicho en español del México bebito: aba en la versión corta, abua en situación más nítida.

¿Qué fue lo que dijo después, te acuerdas Hanna? No tiene todavía dos años y mi memoria de padre nuevo ya es un campo de ruinas carcomido por este presente del cotidiano y también por el enjundioso niñito que ya es Darío hoy: hombrecito en formación, caminador certero, amante de la música, el baile, los balones de todo tamaño; abominador visceral de que lo vistan, lo cambien de pañal, le laven la nariz con suero y en general lo confinen a la inmovilidad temporal para ejercer cualquier clase de higiene textil sobre su cuerpo, con una sola excepción: el baño de todas nuestras tardenoches tempraneras, siete, máximo siete y media (¿qué hacíamos a esa hora, Hanna, antes que Darío viniera a nuestras vidas? ¿en qué fondo de inversión cronológica depositamos tanto tiempo libre antes de reencarnar en padres y venir súbitamente a habitar el planeta Biberón.Pañal.Carriola?).

Creo que su siguiente palabra fue coche (¿confirmas, Hanna?). Vivimos en la planta bja de una casa, la calle no es muy concurrida por tanto los coches rompen siempre cierta calma, aún en las horas pico. Reformulando: el brío del motor de explosión de un coche siempre amenaza la tensión superficial de esta falsa provincia suburbana en donde vivimos, que geográficamente no es para nada provincia pues se encuentra apenas a cuatrocientos metros de la gran capital, pero que por el hecho de estar confinada entre un cementerio y las vías del tren de la Estación del Norte se crea un efecto insular de calma que poco o nada tiene que ver con el bullicio de la capital. Y desde ahí, desde nuestra planta baja, el estruendo de un coche es una hecatombe menor, un estruendo en miniatura o un metrónomo urbano que nos da la hora: por la noche los motores son más raros, su paso se escucha nítido mientras que de día su paso se hace orquesta, zumbido mecánico de fondo. El ruido de los coches al pasar por nuestra planta baja es la canción de cuna de Darío, no es extraño entonces que su segunda o tercera palabra (así como su primera obsesión de juguete) sea un coche.

No es cierto. Me estoy acordando ahora que antes de coche dijo au revoir, sí, su segunda palabra (segunda es una exageración, pues fue por poco simultánea a la primera): un au revoir con la i igualmente larga, en agudo creciente y ahora que lo escribo (conforme la escucho) veo un eco paralelo entre ese au revoir de nota huida y la prolongación del guíiiiiii. Esos primeros aux revoirs de aquel bebito que aún no llegaba a los diez meses eran espAcialidad pura porque, en su agudo montante, la í se iba lejos queriendo significar distancia: mira, alguien se aleja hasta desaparecer por un un rato, un ratito, unas horas, unos meses o para siempre. Esta coreografía de llegadas y despedidas acaso desenraíce de inicio la lengua de este niñito nacido en Francia de padres mexicanos, permanentemente expuesto al salto continental tanto en la realidad de nuestros desplazamientos navideños como en la fantasía de una nostalgia discursiva: nuestras conversaciones gastronómicas, económicas, políticas, deportivas bailan entre dos mundos, México, Francia y ese talento que ojalá no le hayamos heredado para no sentirse en casa en un solo sitio, sino en dos: esta, nuestra casa bienhechora y bicéfala y su techo protector ancho de dos contintentes, por imposible que esto parezca.

el hemisferio izquierdo mutuo de Marina y Ullay (o en busca de la resurrección del blog) #750ciegas

El otro día, hablando con mi cuñado, me contó sobre un ejercicio para dibujar con el hemisferio derecho del cerebro. El ejercicio consiste en concentrar la mirada sobre la palma de la mano mientras con el brazo disponible (es decir el furtivo, el que no implica ni concentra mirada alguna y puede entonces operar a salvo de sus ojos críticos) ir dibujando una de las líneas de la mano.

(La prosa aquí prueba: abre la palma izquierda, pone los ojos en la línea de la resurrección del blog y con la mano ciega la va dibujando sobre una hoja de internet imaginaria que no ve)

Yo por mi parte le conté que cuando me encuentro ante un bloqueo marca página.en.blanco cierro los ojos y dejo que los dedos huyan solos sobre el teclado para dejar fluir la prosa. Al principio (como ahora) cuesta trabajo, la mano derecha (su dedo meñique) cae con insistencia en la tecla para corregir y entonces los ojos se abren y el hemisferio izquierdo (supongo) toma el control crítico de la situación (como ahora) (ciérrame de nuevo esos ojos) (baja la guardia crítica) (o baja a la guarida crítica) (salva el blog).

Es decir, como si el cerebro se empañara empeñado en corregir los errores de dedo o de idea inmediatamente en vez de esperar paciente a que la fuente de las palabras deje brotar su natural, su burdo, sus inocentes erratas mientras por el otro lado hace contacto tácito con ese otro lado en donde las cosas pueden nacer libres de polución crítica (sin.super.yo) para llegar hasta aquí, hasta la punta de estos dedos desde donde la ceguera y el impulso muscular de unas manos adoloridas (ateridas de tantos meses de estacionamiento creativo) bostezan poco a poco (bostezo) desperezando sus esperanzas en el hemisferio intuitivo y en el hecho concreto de sentir el sol otra vez.
El sol.
En octubre.
Nublado.
Ahora se me están perdiendo las teclas y me está además doliendo la mano derechoa.
Debo izquierdi.hemisferalmente corregir mi posición de escritura (mi poción de escritura).
Mi postura, quiero decir.
Postura física.
¿A qué hora murió este blog?

El otro objeto del ejercicio del que le hablé mi cuñado (se llama Pablo Ángel Lugo) es dejar surgir todos los días 750 palabras escritas a ciegas (o #750ciegas), diario.diario, sin los ojos cerrados (lapsus: ¿por qué dije “sin los ojos cerrados” cuando quería decir “con”?)

*Cambio de postura*
*También de posición*
*Desplaza el teclado*
*Intenta no doler*
*Intenta huir de la razón por el túnel de la intuición que pasa por debajo de la razón para sorprenderla de espaldas, reconciliarla y renacerla desde su patio de atrás*

El traspatio de la razón. El túnel carpiano de topo de la intuición. Los topos son ciegos. ¿Escribirán bien? ¿Ya habremos llegado a las #750palabrasciegas?

Not jet.

¿Setecientas cincuenta palabras bastan para revivir un blog que fue asesinado hace cinco años por una novela? ¿O se requieren también hilos narrativos, trama, tensión y todas esas quintaescencias que llevamos tanto tiempo rehuyendo?

Nos informan en este instante desde la Subdelegación Cuentapalabras Visibles que todavía no hemos llegado a las 750. Ni modo: hay que contar. Contar por ejemplo la historia de un hombre o una mujer o ambos mirándose muy concentrados una de sus respectivas palmas manuales (diríase embebidos) mientras con la otra dibujan las líneas crípticas de sus manos abiertas de homínidos, entramado de rayas orgánicas capaces de simbolizar a veces un puñado de futuros, otras la salud presente, otras un arduo pasado de trabajo agrícola o incluso el doloroso historial académico (quiébreme la espalda) de los intelectuales de manos suaves.

Ahí está entonces un hombre sentado mirándose la palma, de espaldas a él hay una mujer haciendo lo mismo, ambos empuñan sendos crayones para dibujar sendas líneas ciegas, él es zurdo (como mi cuñado) y se llama Ullay, ella es derecha y se llama Marina Abramović. Están siendo vistos a través de una grabación superocho de los años setenta, desnudos, dos cuerpos jóvenes y espigados bajo la cortina de hierro de una Yugoslavia socialista; ambos ejecutan el mismo tránsito interior de un hemisferio a otro y mientras la mano ciega de Ullay dibuja las líneas de la vida de Marina, la salud de Marina, los hijos postfuturos de Marina, su expresión o mejor dicho sus expresiones respectivas y faciales se van apaciguando, abandonando así un mundo demostrativo, determinista y calculatorio para sumergirse en otro acuático, amplio, despojado de toda gravedad físico.espiritual. Dos semblantes se relajan, dos ceños se recuestan a descansar de tanto fruncimiento (acudes aquí ahora momentáneamente al hemisferio izquierdo para producir una combinatoria pertinente a partir del verbo fruncir pero no la encuentras::desfruncir, antifruncir, con el ceño contrafruncido, o mejor aún: el ceño fundido, eso es, el ceño fundido en paz).

La cámara se enfoca ahora en ambos dibujos, la transcripción respectiva de las líneas de Ullay y Marina; es una cámara doble, sensible a la contr4adicción del mundo: permite sentir ambos hemisferios simultáneamente si se quiere, en ella podemos ver en blanco y negro, con una granularidad espesa, propia de las tomas de los años setenta, como las líneas de Marina y Ullay divergen, tendiendo a un desencuentro cuyo límite tiende a un infinito que traducido de un hemisferio a otro debe seguramente ser sinónimo de reunión.

Este relato no tiene final pero sí termina; termina cuando ambas líneas se estrechan en su divergencia o cuando los respectivos hemisferios izquierdos de Marina y Ullay se entrelazan en una metáfora con forma de cabello donde repentinamente el cabello o su metáfora les ha crecido a partir de un cuero hemisferial izquierdo o incluso del hemistiquio izquierdo del cuero cabelludo, de donde les brota una mata creativa y negra de líneas pilosas, finas (ambos son yugoslavos jóvenes) hasta conformar un chongo de unión que se deshace en cuanto ambos abren los ojos junto con los hemisferios diestros y se dan cuenta que tienen frío, que las 750 palabras ciegas han transcurrido y que es la hora de salir a la miseria, el viento y el trabajo del mundo en realidad.