malversando.blog

Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

musulmanía

Noticia de última hora

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Es miércoles, pero yo lo recuerdo como viernes, no sé por qué. Y es en este miércoles, que en mi percepción se traviste de viernes, cuando despierto temprano para calentar el biberón del niño y de paso abrir la tapa de la computadora (que por razones de compatibilidad electrodoméstica se encuentra en ese instante junto al microondas) y revisar el avance de la descarga ilegal de una serie, cuando el cotidiano entra en pausa porque la primera página de Le Monde (abierta también de paso, casi por casualidad o por rutina) muestra la cara de cabroncito del caricaturista Charb. ¿Qué otra cosa va a hacer Charb en la primera plana de Le Monde, si no morirse?

En la madre. Es como si aquí en México se hubieran echado a Rius, Naranjo, Helguera y El Fisgón juntos. Calma. Ya no estamos en Francia. Aquí es México, casa de mis suegros, San Miguel Ajusco. Mi aquí y ahora consiste en sacar el biberón del microondas, subir a dárselo al niño y quedarme con los ojos abiertos repitiendo: en la madre. Y luego decirle a Ada que hay malas noticias de París, con las frases llenas de intrincados eufemismos para que bebé Darío no se saque el biberón de la boca y pregunte: ¿de qué están platicando?

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Esta vez sí es viernes. La tarde ronda indecisa entre las cuatro y las cinco. Ya no recuerdo por qué estoy solo, recostado en el sillón de la casa; acaso Darío esté en el Ajusco con sus abuelos mientras Ada disipe su energía científica arando algún cultivo celular al microscopio en su laboratorio. Mi dispositivo de electro_entretenimiento monologa en vano desde la mesa de centro; recuerdo haber ahí instalado una aplicación para captar canales de televisión de todo el mundo antes de caer involuntariamente dormido. Ya en los puestos fronterizos de la vigilia, recuerdo a una directora de orquesta conduciendo a su auditorio hacia el sueño desde las ondas del canal cultural franco_alemán Arte. Qué lujo éste, el de la siesta extemporánea: haz de cuenta que el planeta está en paz.

Allá en la realidad vibra un teléfono. Es Ada. ¿Ya viste en París? Mis ojos se frotan los dedos conforme sintonizan el canal de noticias infinitas: 129 muertos en París, anuncia el subtítulo. Paradójicamente, en el recuadro no aparecen ambulancias ni policías, sino la casaca azul de Patrice Evra rodeada de futbolistas alemanes, habilitando un esférico que un par de explosiones en las postrimerías del Stade de France han puesto a rodar en vano. Regreso un momento a Arte, el concierto prosigue su curso en diferido: el pasado reciente de todos esos espectadores (la expresión embebida en melodía) me llena de envidia: devuélvanme mi siesta.

Ya en modo estrés post_corte_informativo, corro al navegador para escribir dentro del cajón de búsquedas: ATENTADO PARTIDO FRANCIA ALEMANIA (así, en mayúsculas, como gritándole al Google), pero al parecer el motor de búsqueda también transmite en diferido: su primer resultado es una repetición en cámara lenta de aquella asquerosa falta que el portero alemán Schumacher cometiera contra el líbero francés Battiston en la semifinal del mundial de 1982.

Por la noche alcanzaré a Ada en su laboratorio. Mientras ella termina de inyectar ratones, yo enviaré mensajes de sobrevivencia al conjunto entrañable y finito de nuestros amigos. Miguel respondió por telegram, Raquel escribió en féisbuc, Vania y Ligia tuitean encerradas en una cena que durará toda la noche porque los terroristas andan sueltos en République. ¿Qué hubiéramos estado haciendo si siguiéramos allá? Uno saliendo del taller literario, el otro en casa con Darío. Uno comiendo sopas turcas en Faubourg Saint Denis, el otro recibiendo ese reflejo ansioso de los que velan a oscuros frente a las noticias, sacerdotes de que su objeto directo de amor bebe en el bar Sully, a menos de un kilómetro del Bataclán. En consecuencia, la polaridad de la preocupacion se invierte: hace unos meses, cuando emprendimos la mudanza de París a México, eran los amigos parisinos quienes se inquietaban de nuestro bienestar en un país rehén del narco_estado. Ahora es al revés: Ciudad Juárez decidió mudarse a París.

Darío ya no toma biberón: tiene cuatro años: ya es niño grande. Tras dos años en México, hemos regresado a París de vacaciones para asomarnos al pasado anterior de nuestra vida: La casa donde Darío aprendió a comer, hablar y caminar está providencialmente libre para renta durante el verano. Nuestro viejo barrio de Saint-Ouen persiste en parecerse a sí mismo: la loca que paseaba a su perro en brazos sigue pasando frente a la ventana a la misma hora, el micro_traficante ofrece su amplia variedad de productos en la esquina de siempre, el panadero argelino (ya casado y con hijos) le sigue regalando chupachups a Darío por la mañana, cuando salimos a comprar los tres pain chocolat del desayuno. Eso sí, la iglesia del Sagrado Corazón de Montmartre ya no se ve tan nítida desde la ventana del baño: han construido un edificio_estorbo y ahora sólo sobresale una punta blanca amputada de toda cúpula: si te descuidas, la podrías confundir con un minarete.

Hubo tres atentados, tres, durante el mes que invertimos lustrando de nostalgia las esquinas de París. En el primero, un tipo sin adiestramiento militar ni viaje a Siria de por medio se metió en la casa de una pareja de policías, acuchilló al papá y degolló a la mamá frente a su hijo de apenas tres años, para después subir el video de su gesta al féisbuc y reivindicar tal abominación a nombre del Estado Islámico. En el segundo, un ex cónyuge golpeador de nacionalidad tunecina (también sin rastro de radicalización religiosa en su pasado) renta un camión y atropella a 85 personas (diez niños incluidos) que presenciaban los fuegos artificiales del 14 de julio en el malecón de Niza. Y para rematar, un par de adolescentes entra un domingo cualquiera a una iglesia de un pueblito cercano a Rouen para degollar al cura, asesinar al diácono y morir bajo los tiros del escuadrón antiterrorista.

Cuando vivíamos en Saint-Ouen, yo solía entrar a la panadería del argelino saludando al prójimo con un un sonoro assalaam alaykum. La frase era objeto de una mofa amigable entre panadero y clientes, que respondían como se debe, en buen árabe, ciertamente condescendientes ante el pronunciado acento chilango con que el saludo había sido proferido. Dos años y cinco atentados después, entré a la misma panadería como si el tiempo no transcurriera, con mi saludo insignia por delante, pero ahora la respuesta fue silencio y malestar: saludar en árabe ha dejado de ser un chiste.

….

En enero del 2015, unos días después de los atentados de Charlie Hebdo, el editor de una revista mexicana me escribió solicitando un texto urgente, entre crónica, narración y ensayo, que contara las tensiones propias de esa franja de Francia sociológicamente musulmana. Tardé demasiados tiempo en escribirlo y cuando al fin se lo envié, el editor reviró que los atentados del Bataclán habían envejecido prematuramente mi dicho: había que volver a empezar. Me visitó entonces un tropo de imprevisto: el del Sísifo ensayista frente a una computadora con dos ventanas abiertas: a la derecha las noticias infinitas en streaming, a la izquierda un un ensayo político_biográfico_literario sobre el terrorismo cuyo contenido se disuelve conforme se van escuchando las explosiones en el Stade de France. Sísifo pide entonces prestada la cara de menso con la que Patrice Evra ve rodar un balón bobo: ¿quién insiste en vendernos este sonido? ¿hasta cuándo los idiotas la furia nos condenarán a volver a empezar?

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Goytisolo

Para contar por qué le digo coamante a mi coamante necesito contar cómo conocí al novelista Goytisolo. Conocí a Juan Goytisolo en la Maison de l’Amérique Latine, en un brindis que celebraba la publicación de un poemario. Goytisolo se refugiaba del humo del cigarro en un rincón, junto al novelista Ríos y cinco o seis personas más. Mi amigo M quería un autógrafo del novelista Fuentes, pero éste se encontraba sitiado por una muralla de admiradores. Mejor vamos con Goytisolo, propuse: está más despejado. Juan Goytisolo tiene la tertulia generosa, toma y daca la palabra con atención y respeto, sin importar la calidad de sus co.enunciadores, en este caso dos aficionados a la escritura sin oficio ni beneficio. Al final, Goytisolo le dice al grupo: si alguno de ustedes pasa algún día por Marraquech, que vaya a la plaza de Xemáa El Fná y pregunte por Juan. Al diciembre siguiente, coamante y yo ya estábamos en el puerto de Sète, a punto de abordar una embarcación con destino a Tánger para, después de variopintas aventuras, llegar finalmente a Marraquech, más precisamente a Xemáa El Fná. Pregunten por Juan, sí, pero ¿a quién? ¿Al encantador de serpientes, al contador de historias, al místico ambulante, al vendedor de kebabs, al exprimidor de jugos, al domador de insectos, al merolico, al ratero, al policía, al mesero, a la gitana que pinta las manos de jena, al del puesto de periódico? Exacto, al vendedor de periódico. ¿Juan? Vayan al Café de France. Ahí un mesero nos da las indicaciones. Coamante me sigue, no muy convencida, por el laberinto de calles medievales. Nos detenemos frente a una puerta baja, misteriosa, puerta de tiempo más que de espacio. Toco. Abre un bigotón. Buenos días, soy (¿soy?) un escritor mexicano, busco a Juan Goytisolo. El bigotón se pierde. La puerta queda entreabierta. Tengo taquicardia, que la súbita presencia de Goytisolo en pantuflas casi vuelve infarto. Bue, bue, buenos días ma, ma, maestro, soy ¿soy? Juan enfoca los párpados sin reconocerme. Vengan a tal hora, al Café de Francia. Gra, gra, gracias. Y así, con la respiración entrecortada, regreso a las actividades propias del turista. Una hora antes de la cita, entro a un café internet para ver qué encuentro sobre Goytisolo porque sólo he leído Señas de Identidad y el Conde don Julián. Ahí, en http://www.juan.goytisolo.org, hallo un artículo suyo en donde habla de lo triste que es la expresión compañero sentimental, tan de moda en la prensa escrita, y lo bueno que sería resucitar la forma medieval coamante. Llegada la hora de la cita, nos dirigimos al Café de France. Juan nos ofrece dos sillas, su atención, un té. Yo le presento a mi coamante y Goytisolo se entusiasma, pregunta quién me enseñó esa palabra. Taquicardia (no digas la verdad: miente, finge cultura). Me, me, me la enseñó mi, mi, mi maestra de li, li, literatura medieval (¡cuál maestra, cuál literatura medieval si tú eres ingeniero!) y la taquicardia me va a durar toda la noche, pero se va a ir diluyendo con los días, porque regresaremos encantados al día siguiente a escucharlo, a conocer a otros adictos de esa misma terraza y esa misma hora, la hora en que Juan se vuelve un contador más de Xemáa El Fná, domador de lenguas, merolico irreductible, vendedor de patrias, bardo gitano de todos lados. Y además nos invita el té. Y nos regala libros, no libro.mío.cualquiera para admirador.cualquiera, sino ese libro que necesitas, ese que viene a cuento por lo que platicamos ayer: libro.para.que.entiendas. De regreso a París, tomo por asalto la biblioteca del Instituto Cervantes para volcarme en su obra y descubrir maravillas: Coto Vedado, En los Reinos de Taifa, Makbara. Le mando una fax lleno de signos de admiración intelectual. Responde por correo postal. Su respuesta cierra con una evocación de Las Mil y Una Noches en donde, con esos caracteres verticalmente apretados de su puño y letra, le advierte al par de coamantes: ámense bien, hasta que puedan.

Extracto de Musofobia (en libre acceso acá)

Trauma and Silence in Brian McCabe’s “Say Something” | Jessica Aliaga-Lavrijsen – Academia.edu

La propuesta electoral del EZLN: interrogantes y dilemas | Nueva Sociedad

La propuesta electoral del EZLN: interrogantes y dilemas | Nueva Sociedad http://nuso.org/articulo/la-propuesta-electoral-del-ezln-interrogantes-y-dilemas/

martes, passage.molière (23/ago/2005/9:41)

Pues sí. Hay lunes que comienzan con cara de nada, o peor aún, cara de lunes. Y está lloviendo, y hace un frío de agosto, y la ciudad bosteza amodorrada después de un verano que no cumplió una sola de sus promesas. Resumiendo: un lunes. Precisamente por eso, por que uno nunca espera nada de los lunes, es que luego al lunes menos pensado le da por contradecir su naturaleza, y se disfraza de viernes de primavera o de grito de independencia. Y uno lo ve llegar y lo desconoce y le pregunta: ¿eres tú lunes? Ayer, por ejemplo. Parecía que no íbamos a ningún lado. Y de repente, Sanlunes manda un párrafo de eso que resuelven todo un cuento, de esos que cuando le das enter y lo relees te desconoces: ¡ay güey! ¿soy yo… en lunes? Y la conexión inalámbrica del Internet funciona a la primera, cuando tú te esperabas un mes de batallas contra France Télécom. Y las papas al horno rellenas de tocino y tomate, esas que eran sólo para terminar lo que quedaba de la alacena, quedan deliciosas. Y llama Iván para tomar cerveza en Saint-Michel, nada más una, cuestión de sobrevivir el lunes. Pero Sanlunes está que no cree en nadie, Sanlunes manda un hada a la vuelta de la esquina, y el hada me reconoce, me saluda, viene a tomar cerveza con nosotros, a dar consejos en primera persona del singular femenino (no nos creas, porque hombre que pone toda su fe en una es hombre desarmado: no nos creas, y si nos crees, que no nos demos cuenta que nos crees). Y, gracias a un hada, eso que empezó con cara lunes cierra como día festivo: mirando para arriba, con sonrisa de árbol de navidad y ojos de fuego pirotécnico.

#0 ELEGÍA IDEOLÓGICA PARA JUAN GABRIEL

#1 la dictadura perfecta llueve hoy féretros populares y militares para su Lorca_light
#2 nuestra viril patria guadalupana, esa que otrora pita putos masiosares contra portero enemigo, recita hoy las coplas de la jotería feliz
#3 y en la universidad feminicida regresamos a clase tarareando aquella ranchera con que el Elvis de Ciudad Juárez nos arrulló
#4 “dime cuando tú, dime cuando tú, dime cuánto tú vas a volver, ja ja”
#5 cántanos, ¡oh muso!, la gesta de tus cancioncitas de liviandad homosexual bailando en las narices de Televisa, Dios y el pri_patriarcado
#6 arias de Juan Gabriel, goles de Zidane: detengan el tiempo en la noche antes del atentado, en el comercial previo al primer feminicidio
#7 sólo ustedes para reconciliar con rimas bobo_pegajosas al terrorista con su infiel decapitado, al militar con su estudiante calcinado
#8 al narco con su yonki_enganchado, al capitalista con su explotado, al feminicida con su objeto de trabajo
#9 si algún día rebuteamos México en borrón y cuenta nueva, que la águila_serpiente ceda su lugar a un pollo orgánico de libre pastoreo
#10 y cuando el mexicanos_al_grito_de_guerra rinda al fin cuentas en las mazmorras de los cantos genocidas
#11 que el zonzo mas gracioso pero al fin unánime_inocente noa_noa sea nuestro nuevo himno

homo.narco.necro.capitalista: @eltlacuache40

1: Me dispongo a propinar una serie larga y numerada de tuits sobre algo que escuché en el programa de radio de @eltlacuache40

2: esta tarde venía en el taxi, escuchando a pesar de mí un inane programa llamado “vivoreando”, cuyo locutor es el susodicho @eltlacuache40

3: el principio del programa: el auditorio llama para contar intimidades propias y ajenas en contra de algún colega, familiar, conocido…

4: en eso, una muchacha ecuatoriana llamó a @eltlacuache40 para quejarse de que no pudo tomar su avión de regreso a Ecuador

5: la ecuatoriana ya había documentado pero en la sala de abordar no la dejaron subir porque su maleta de mano era demasiado grande

6: la ecuatoriana le contó a @eltlacuache40 el arrogante trato que sufrió de parte de @AeroMexico: no la dejaron abordar

7: ella propuso vaciar a la mitad su equipaje de mano con tal de que @AeroMexico la dejara abordar (al teléfono @eltlacuache40 asentía)

8: ya no tenía un centavo y su novio mexicano ya no estaba en el aeropuerto: debía abordar ese avión de regreso a Ecuador, @eltlacuache40

9: no sólo @aeromexico no la dejó abordar (perdió el avión) sino que rompieron también la maleta que ya había documentado, @eltlacuache40

10: su relato quebraba el corazón

11: al terminar su llamado a @eltlacuache40, ella le envió un mensaje a la azafata que no la dejó abordar: todo se paga en esta vida

12: y para @aeromexico resumió su sentir en un: chinguen a sus madres, aún estoy en México, aún no me puedo ir

13: y colgó

14: tras la llamada, @eltlacuache40 dijo que su programa no era la profeco, y que por favor no lo llamaran para hablar mal de las marcas

15: RT @eltlacuache40: “nosotros vivimos de las marcas, así que si van a hablar de ellas, mejor llamen a @Profeco y no a mi programa”

16: pregunta: ¿qué mal software le instalaron a @eltlacuache40 en vez de la dotación humana de neuronas?

17: @eltlacuache40 es un ejemplo paradigmático del homo.narco.necro.capitalista: soldado sin horizonte ético, nacido para defender su marca
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18: Fin de la transmisión. Que duermas bien en tu paraíso duty.free, @eltlacuache40

Pierre Menard de Avellaneda: una máquina de reescribir

La navidad pasada me regalaron un boleto para ver un espectáculo de danza intitulado Robots, creación de la coreógrafa Blanca Li. En la coreografía intervienen cuatro mujeres, cuatro hombres, ocho autómatas musicales y seis robots modelo Nao. Independientemente de que los robots bailan muy bonito (a veces se caen pero se levantan), las secuencias que recuerdo con más nitidez son aquellas en donde los bailarines humanos imitan a los robots. Una en particular me viene a la memoria ahora: los bailarines humanos están vestidos con el uniforme característico de los empleados de conocida cadena de comida rápida: sus movimientos laborales de rutina se aceleran a tal grado que uno no puede menos que sentir cierta lástima por esos seres de carne y hueso obligados por la ley de la oferta y la demanda a deshumanizar sus cuerpos hasta convertirse literalmente en carne de robot. La máquina no es ya entonces un fantasmagórico remplazo potencial de lo humano sino un instrumento crítico para interrogarnos sobre la deriva productivista, la explotación del hombre por el hombre y todo el mal radical que el macdonalds inflige a sus empleados y al mundo. La escena de danza me recordó también la famosa frase de Dijkstra:

“La cuestión de si una computadora puede o no pensar es tan poco interesante como la de si un submarino puede o no nadar”

Esta postura implica cierto grado de renuncia a la hipótesis postulada por Alan Turing en 1950 (Computing Machinery and Intelligence): para considerar que una computadora piensa, su conversación con un interlocutor humano debe ser indistinguible de la de un humano común y corriente. A este santo grial de la inteligencia se le denomina test de Turing. Permítaseme aquí abrir un paréntesis para describir los experimentos tipo Mago de Oz (indispensables para demostrar la hipótesis de Turing) porque siempre me han parecido muy evocadores. El experimento del Mago de Oz consiste en plantar a un usuario frente a una computadora y ponerlo a utilizar un programa cualquiera, por ejemplo un programa de diálogo en lenguaje natural (así le decimos los informáticos a la lengua ésta, que tú y yo hablamos, para diferenciarla de los lenguajes artificiales de programación). El usuario probablemente piense que está dialogando con un programa, pero la parte Mago de Oz del asunto consiste precisamente en que detrás de la cortina hay un humano disfrazado de programa computacional operando el asunto. Estos experimentos se utilizan sobre todo en estudios sobre interacción hombre-máquina, pero si algún día las computadoras aspiraran a esa forma inteligencia humana que Turing les presta, sin duda lo demostrarán vía un experimento de tipo Mago de Oz. Experimentos aparte, a mí la cuestión del Mago de Oz me parece un tanto cuanto poética porque, si bien no creo que las computadoras aspiren a una inteligencia humana que les permita dialogar con nosotros en el corto plazo, el hecho de que escondan su identidad detrás de una cortina es ya un principio de humanidad.

Regresemos pues, al tema. Cité a Dijkstra y a Blanca Li en oposición a Turing para insistir en que por el momento las computadoras son una herramienta como cualquier otra, con la particularidad de que su capacidad de cálculo nos permite delegar en ellas cierta inteligencia cuantitativa. No intelectual, no emocional, vagamente cualitativa pero sobre todo cuantitativa, numérica, capaz de procesar grandes cantidades de datos. El cálculo es a la computadora lo que la natación al submarino: una función atribuida y sujeta a errores, más cercana a la llave Stillson que al cerebro humano. Dicho lo cual, podemos ahora sí presentar nuestro proyecto de construcción de una máquina de reescribir, advirtiendo siempre que el objetivo de tal máquina no es de ningún modo remplazar al autor por una máquina sensible, talentosa e inteligente (pues tal máquina por ahora no existe) sino construir una llave Stillson literaria, prima hermana del dicionario, pariente cercana del procesador de texto, hija adoptiva del corrector ortográfico, que baile tan bien con los humanos y se asocie tan bien a ellos que al fin y al cabo sea capaz de producir obras literarias de reciclaje tan densas y a la vez aéreas como las coreografías de Blanca Li.

Eugenio Tiselli hizo ya algo parecido con su Mareadora: un programita que come frases del internet, las marea en Php (lenguaje de programación que impulsa, por ejemplo, la Wikipedia) y escupe poemas. Y como en tiempos del Ouvroir de littérature potentielle (alias Oulipo) no había Php, pues se usaban restricciones matemáticas formuladas de manera analógica (es decir, con lápiz y papel). Y si me apuran, podemos elongar el tropo para ligarlo hasta los surrealistas, quienes en su afán de renunciar a la razón para soltar al animal freudiano matizaron su escritura con el adjetivo automática, acaso porque en ciertos ámbitos crueles donde los referentes humanos se disuelven (por ejemplo: las trincheras de la primera guerra) (otro ejemplo: la cadena de producción de un macdonalds) la máquina o su posibilidad proveen cierta sensación, así sea imaginaria, de estabilidad tranquilizadora.

“No quería componer otro Quijote (lo cual es fácil) sino «el» Quijote.”

Así describe Borges la imposible intención de Pierre Menard en aquel cuento epónimo sobre el hombre que logró reescribir de cero dos capítulos del Quijote. A partir de esta idea de reescritura y de una dosis no despreciable de vino tinto, unos amigos y yo escribimos hace unos años el Manifiesto de la literatura huiqui, en donde proponemos un nuevo derecho de lector: el poder de alterar, corregir, reescribir lo que uno está leyendo. El antiguo soporte de la literatura no permitía tal caso de uso, y qué bueno porque seguro en tiempos de Gutemberg el hecho de cambiarle el final al Génesis hubiera llevado al usuario a la excomunión, por no hablar de otras prácticas católicas como la pira o la tortura. Sin embargo el advenimiento del wiki y la propiedad colectiva, gratuita y abierta de la Wikipedia (informáticamente impulsada por Mediawiki, motor wiki programado en Php, y socialmente por el colectivo de huikritores voluntarios) permiten de algún modo imaginar una propiedad colectiva del texto que, sin buscarlo intencionalmente, acaso materialice aquella cacareada muerte del autor con que Barthes y Foucault agitaban al gallinero literario en 1968.

El caso de uso canónico de la literatura huiqui no especifica consigna alguna sobre cómo reescribir Macbeth, el Génesis o Madame Bovary (por no hablar textos menos gloriosos, como los discursos políticos). Uno puede reescribir el texto fuente desde cero, o samplearlo en spanglish como hace Tryno Maldonado con el Poema de los dones, o tan sólo tomarlo de pretexto introductorio para otro texto sobre otro tema, como Alberto Chimal con Los funerales de la Mamá Grande. Nuestra nueva máquina agrega una restricción borgoulipiana (si se me permíte el epíteto) extra: reescribir un pseudo texto utilizando las mismas palabras con la misma frecuencia léxica del texto fuente. ¿Qué quiere decir esto? Pues que si el usuario desea reescribir el Quijote, el léxico del nuevo texto (llamémoslo pseudo.Quijote) deberá ser escrito con las mismas palabras que utilizó Cervantes. Pongo un ejemplo: no podremos escribir la palabra teclado puesto que (como bien señaló Borges) no habia teclados en los tiempos de Cervantes y por lo tanto la palabra teclado no ocurre en el Quijote original. El corolario a dicha restricción consiste en respetar la frecuencia léxica de cada palabra contenida en el Quijote original. Otro ejemplo: en el pseudo.Quijote la palabra niña sólo podrá ser utilizada en doce ocasiones, puesto que Cervantes sólo la escribió doce veces en el Quijote. Los oulipianos saben bien que la frustración es prima hermana de la restricción, pero justamente fueron ellos los que descubrieron que superada esta frustración sigue una etapa fértil en donde la restricción da de sí. Es aquí cuando el reescritor del Quijote se puede dar vuelo escribiendo 2145 veces la palabra Sancho, pues es éste el número de ocurrencias de tan entrañable personaje en el Quijote original. Conforme esto escribo pienso que a Avellaneda le habría sido muy útil nuestra herramienta para escribir su Quijote apócrifo, y de pronto, por magias del arte informática, su nombre pasa a engrosar el conjunto de lexías que dan título a nuestro proyecto: Pierre Menard de Avellaneda.

La especificación de nuestra máquina de reescribir está casi lista, excepto por una última función: la asistencia a la escritura. Los huikritores quisiéramos que la interfaz de usuario nos ayude literal (si no literaria)mente a reescribir. Es decir, que conforme vamos tecleando el pseudotexto, la máquina nos impida escribir palabras que no formen parte del léxico del texto original, y que a su vez mantenga un contador de frecuencia léxica para cada una de las palabras del pseudotexto de forma y manera que cada que yo teclee la palabra niña, la cuenta asociada a esta palabra disminuya, y que cuando la ocurrencia de niñas en mi pseudo.Quijote alcance la cifra 12, Pierre Menard de Avellaneda me señale que ya no me quedan niñas disponibles, habrá entonces que usar algún sinónimo (infanta: 27 ocurrencias disponibles en el Quijote). Además de estas funciones, que hacen las veces de candados para la restricción borgoulipiana, el huikritor solicita la función de proponer sintagmas evocadores del texto original conforme se está escribiendo el pseudotexto. Es decir, que en el decurso de la redacción, la interfaz le proponga al huikritor secuencias de palabras aprendidas del texto fuente, pero ojo: no frases literales del Quijote, sino sintagmas que lo evoquen, se le asemejen, huelan al Quijote (o a cualquier otro texto fuente). Para tal efecto utilizaremos métodos provenientes de la Lingüística Computacional, y en particular un modelo de lenguaje basado en:

Cadenas de Markov

La historia de las cadenas de Markov no es en lo absoluto ajena a la literatura. En 1906, el profesor jubilado Andrei Markov iba en el tranvía de San Petersburgo leyendo Eugenio Onegin, convencido de que su camino en las matemáticas había llegado a su fin, cuando de pronto percibió la tensión de una presencia ajena al texto detrás del texto: los versos de la novela de Pushkin se disolvieron ante sus ojos, perdiendo de pronto su sentido narrativo y poético para transformarse en secuencias de caracteres del alfabeto cirílico en donde la probabilidad de ocurrencia de cada letra no estaba aislada de las demás (como en un tiro de dados o un volado) sino condicionalmente encadenada a una leontina de probabilidades contenidas en la probabilidad de ocurrencia de la letra inmediata anterior. Tras seis años interrogando la combinatoria alfabética de Pushkin, el mago de Oz de la estadística corrió la cortina de la poesía y le entregó a Markov un modelo formal para la cadenita de perlas estadística con las que iba a revolucionar la teoría de probabilidades del siglo XX, y cuyas aplicaciones hoy en día saltan gráciles de la genética a la economía pasando por el algoritmo de búsqueda de Google.

A partir de los años setenta, la cadena de Markov emprenden un movimiento pendular de regreso al campo literario. Surgen entonces generadores markovianos de pseudotexto automático a partir de un texto original, como Dissociated Press (que reorganizaba las palabras de los cables de Associated Press y hoy forma parte del procesador de texto abierto Emacs) o Travesty (programado en Pascal a principios de los años ochenta). El modelo de lenguaje para producir los sintagmas pseudo quijotescos de Pierre Menard de Avellaneda está basado en un análisis de cadenas de Markov. Si bien Pierre Menard de Avellaneda es una aplicación lúdica, su modelo podría ser aplicado a otras tareas de Lingüística Computacional donde la generación de texto es necesaria, como el resumen automático de textos. En la experimentación a partir de este modelo participan investigadores del laboratorio LIPN (Universidad de Paris 13) y del IIMAS (UNAM).

Lo que ya no da tiempo de decir (pero sí de hacer)

En algún artículo Rafael Lemus sugirió que la literatura de mercado ya no necesitaba a los críticos y pronto, a fuerza de libros escritos por políticos, futbolistas y demás fauna famosa, también prescindiría de los escritores. A partir de Pierre Menard de Avellaneda podemos dialogar entonces con otros artefactos que exploran las fracturas de la literatura sin autor. Por ejemplo, el la literatura no creativa de Kenneth Goldsmith, quien postula que la subjetividad está agotada y dada la configuración actual del mundo, el único rol del escritor consiste en copiarpegar fragmentos de la inmensidad del archivo: transcribir pirateando o piratear transcribiendo los cien mil millones de sonetos que ya tenemos. O el Manifiesto sobre la poesía maquinal de Eugenio Tiselli, para quien las máquinas representan el último depósito moral de un mundo cuyos referentes éticos han sido carcomidos hasta la ceniza por el necrocapitalismo ambiente de los humanos. O incluso la lectura que Michel Onfray hace de la Vita activa de Hannah Arendt, en donde las máquinas representan lo opuesto: depósitos para lo indecible y lo impensable, algoritmos entrenados para calcular la proporción de trabajadores por despedir (y despedirlos); o ya métodos de deep learning cuyo output es una lista de terroristas el dron toma como input para liquidarlos desde el cielo sin intervención (ni responsabilidad) supuestamente humana. Pero por un lado este texto ya desbordó la restricción paleoulipiana que nuestra editora fijó como meta (12 mil caracteres) y por el otro Pierre Menard de Avellaneda no ha sido aún programado, por lo que es momento de ponerle pausa a esta promesa, prometiendo que el asunto verá la luz en próximas fechas en literaturawiki.org. Entonces, pseudo.quijote en mano, tendremos más elementos para seguir conversando.

Episodio 9: Paleo Porno

Fragmento del Retrato_de_Dorita_Garay.wilde.harmodio.huiqui, novela en construcción abierta a la edición colaborativa (cualquier lector puede aportar modificaciones).

No importa si se trata de cuento, poesía épica, novela, teatro o serie porno policiaca. Lo que importa es que el relato, en todas sus posibles declinaciones, respete cuatro imperativos:

  1. Imperativo de audiencia: que el relato sea atractivo para el máximo número de espectadores.
  2. Imperativo de utilidad: que la diferencia entre los costos de producción y los ingresos por ventas sea de favorable para la Producción.
  3. Imperativo de entretenimiento: que la historia no sea aburrida ni larga ni difícil ni abstracta.
  4. Imperativo de calidad moral: que la historia no contradiga los valores morales y sociales dominantes de nuestros consumidores.
  5. Imperativo de licenciamiento: la historia se puede declinar en todos los soportes propietarios posibles: película, serie, obra de teatro, novela, cómic, juego de video, bolsas con el rostro de los personajes, álbum de estampas, juego de rol (todos licenciados bajo une estricto esquema de propiedad intelectual).

La lista de cinco imperativos interrumpe brutalmente el relato. ¿Pero con qué derecho el relato se permite continuar mientras hay un personaje encerrado allá en su futuro, en una cámara de tortura? ¿No debería el relato padecer las mismas vicisitudes que esa pobre mujer desnuda frente en una habitación vacía? Con esa misma brutalidad, el Accionista Mayoritario impone nuevos cambios en la trama. Sin preguntar ni tomar en cuenta a nadie, como si fuera la única presencia encarnada en una sociedad de invisibles. El otro, llámese productor, personaje o guionista, sencilla y transparentemente no existe más que como servomecanismo biológico de transmisión y ejecución de órdenes. Una tortura.

El Accionista Mayoritario exige recorrer tres años atrás la historia del embarazo de Dorita porque en principio no es posible que se le siga llamando adolescentes a gente de 18 o 19 años. Ni a los tramoyistas ni a los espectadores les gustan este tipo de cambios, que impiden por un lado que los personajes se fijen en la mente del lector y por el otro que los tramoyistas lleguen a su casa temprano a trabajar (el cintillo informativo agrega: en México no se le pagan horas extras a los tramoyistas porno policiacos). Es necesario entonces introducir aquí una serie de voces en off subtituladas que ubiquen la acción

Ciudad de México, 1987

  • Dora: 14 años
  • Basilio: 15 años
  • Enric: 16 años recién cumplidos.

Pongan los espectadores pausa a la secuencia de la orquesta filarmónica (o hagan retromnesia de la retromnesia de la retromnesia anterior, si no es mucho pedir) para proceder a presenciar el decimosexto aniversario de Enric. No la celebración oficial (papás en restaurante, tardeada en una discoteca decente en cuyo traspatio alguien vende bebidas clandestinas a los menores de 18) sino la privada, que empieza cuando la oficial concluye. Los papás de Enric se van a dormir, la casa es enorme, tiene un recibidor bien insonorizado donde es posible escuchar música a todo volumen con un sonido de nitidez Harman Kardon, mismo en donde Enric cita a su mejor amigo y la mejor amiga de ambos para ver una película porno pensando sorprenderla, a ella, que practica el sexo discretamente desde los 13. Eso sí, ella nunca ha visto porno porque aún faltan veinte años para que la tecnología permita la total evangelización pornográfica del planeta (premisa principal: Aristóteles es un hombre; premisa menor: todos los hombres ven porno; conclusión: Aristóteles ve porno) pero la intuición innata de los Piscis (Dorita es Piscis y uno de los guionistas cree de pe a pa en la infalibilidad de la astrología) ya intuye (bien) que Enric buscará un día ideal en el recibidor (por ejemplo: su cumpleaños), que Basilio llegará con miedo porque aún no sabe en carne propia nada de sexo: lo poco que conoce lo conoce de masturbarse a escondidas con el Amante de Lady Chatterley (preporno pobre) o envolver Justine en papel Manila para que en el microbús nadie note que lee al Marqués de Sade con una sola mano mental. Y sobre todo por haber escuchado las anécdotas de Enric, gran contador de intimidades sexuales cuya autenticidad no están ni por un momento en duda debido al nivel infinitesimal de detalle con que las describe o a que tiene coche (ya no un Nissan Tsuru sino un memorable Renault 5) o que apoda a su pene (lisonjero) Lentoamargo Animal Perea, pero principalmente debido a que el ginecólogo y su encantadora esposa son personas (ya se ha dicho) poco observantes de la cuestión moral, que permiten que las novias de sus hijos de apenas 16 duerman con sus hijos de 16. Mejor aún, la principal gloria de guerra de Enric (acaso no halla mejor palabra que la guerra para describir la lucha de un adolescente por iniciar su carne propia en el negocio del deseo) es haber embarazado a su primera novia, dos años mayor que él, misma clase social, misma escuela privada, ojos claros por supuesto, tal y como lo exige el canon racisclasista.

Ni todas las lecturas ni toda la superioridad intelectual ni todas las obras completas del marqués de Sade con que Basilio ha calcinado sus pestañas nocturnas le llegan al talón de Aquiles de eso que Enric y su Lentoamargo Animal Perea han logrado: coger. En carne propia, en carne ajena, en los moteles, en el recibidor, en el departamento que sus papás acaban de comprar en Cancún. Entremeterse así en los pliegues de alguien y salir airoso con un condón lleno de leche en alto y una sonrisa, doble y cómplice, resucitándose del orgasmo en la cara. ¿Cuántos años nuevos lleva el pobre de Basilio levantando su copa en la cena familiar y repitiéndose el mismo deseo: ¡me juro, me prometo, me reitero que este año sí pierdo la virginidad!

Dora, por el contrario, es más discreta, más inteligente que sus amigos. Ella les hace creer que no se ha cogido a nadie nunca, ella va por la vida como bióloga o concertista de tuba o escritora en ciernes (aún no decidimos) y los invita al taller literario de Giorgio a donde Enric no va por miedo a sus proverbiales, casi patológicas, faltas de ortografía (hágase aquí un paréntesis para explicar que las faltas de ortografía acompañarán a Enric toda su vida, sin importar que en el futuro se vuelva un lector voraz o que se cultive con disciplina de atleta para sobrepasar a Basilio: no es negligencia ni indisciplina, acaso un cable neuronal suelto).

Ahora sí, tenemos a tres adolescente viendo una paleo película porno en el recibidor de una casa aledaña a la Calzada de los Misterios, cerca del camino que lleva a la Basílica de Guadalupe. Colonia Industrial, tres pisos, acaso cuatro, muchos cuartos, otros tantos coches, los papás ya se fueron a dormir y tienen el sueño pesado. Enric manipula un control remoto de un tamaño inusitado para echar a andar el reproductor de cartuchos Beta. En primer plano, un cassette negro, enorme a ojos de los nuevos espectadores, ya acostumbrados a la inmaterialidad de las videotecas de hoy en día, puramente ideales, sin casette ni soporte material que las ampare: imágenes que desembarcan a lo fantasma pirata en los puertos de nuestros discos duros, como transportadas por un espíritu santo inalámbrico.

La imagen de Ginger Lynn, prominente actriz porno de finales de los 80, aparece en la superficie verde del monitor marca Sony, modelo Trinitrón. Se intentará aquí generar un efecto de desfase temporal: lo que en 1987 excitaba a los adolescentes ahora parece inocente, infunde ternurita y por supuesto no porta carga erótica alguna. Entonces nuestro nicho de mercado (adultescentes tardíos, de entre 35 y 45 años) deberá sentirse transportado a aquella época y picar definitivamente el anzuelo comercial que se le está tendiendo.

En el trinitrón espeso de la pantalla aparece un plomero acompañado de música de consultorio dental. Dora se carcajea, ¡qué ridículos! ¿cómo pueden excitarse con eso? Enric y Basilio contienen sendas erecciones duras cual obelisco aplastado por pantalón; no están preparados para la burla y sin capacidad de respuesta emocional se desubican y se empiezan a poner nerviosos. Basilio sonríe en falso y advierte: tengo que ir al baño.

Prosigue aquí una secuencia algo vergonzosa para Basilio, que empieza con un gas incrustado entre el aparato digestivo y el reproductor. Si el presupuesto lo permite, que una toma penetre aquí en los órganos interiores de Basilio, con una voz en off que explique como, por cuestiones relacionadas con la evolución o alguna otra digresión didáctica de interés para los picos de audiencia, la erección bloquea los procesos urinarios y digestivos y los gases quedan encerrados en el estómago mientras dure la erección. Que los guionistas se las arreglen para representar la erección de Basilio por dentro, la raíz del pene en la intimidad, como un haz de músculos y tejido cavernoso. Mecánica anatómica pura. Maquinaria, poleas, engranajes biológicos, autopoiesis porno (el término es meramente informativo: por favor, evítese durante el rodaje).

Huele a orgía. Los labios de Dora, el sudor de Enric, la impaciencia de Basilio, todos signos premonitorios de un escarceo sexual de tres bandas. Sin embargo la preocupación de Basilio, neurótico precoz, es la siguiente, misma en la que piensa mientras abandona el porno y a sus dos amigos en el recibidor y se dirige al baño: ¿qué pasa si ahora Dora nos besa y nos la cogemos? Se me va a notar que no sé coger. Pero eso es lo de menos. ¿Qué pasaría si se me sale un pedo mientras estamos cogiendo? La vergüenza. La ignominia. El fin de la erección apenada, avergonzada, desinflada. Mejor voy al baño, me sacudo los intestinos hasta que salga el pedo y regreso, confiado y listo para perder al fin la virginidad sin que mis amigos se den cuenta.

¿Y si mejor escribiéramos el libreto para un musical? ¡Al diablo la serie: un musical con poco texto y mucha más canción! Tramoyistas: consigan una orquesta y actores que sepan bailar. Ya los guionistas nos las arreglemos para extender la elipsis hasta el pomo de la puerta del baño. Un pestillo se cierra cerca. Basilio respira hondo, piensa en otras cosas, fútbol, la escuela, imágenes vergonzosas que expulsen de la imaginación del haz de músculos que constituye la raíz de su pene (toma internista) la obsesiva presencia del cuerpo suavecito de Dora, sus senos firmes, y qué bueno que esto es un musical y no literatura porque así la naturaleza del género nos evita la vergüenza de yuxtaponer dos palabras ya tan yuxtapuestas como senos y firmes, o mamas y turgentes, o pezones y encendidos.

Suena ahora una canción cuyo estribillo reza: “el arte es el artefacto de puesta en vida o muerte del artista”. Suena después un gas anal, un flato, un pedo, pero no un pedo bufo de chiste de cantina, sino un pedo interior de esos que no no es posible denominar pedos sino meteorismos y cuyo eco resuena en la totalidad de una cavidad torácica techada por tamaño firmamento apocalíptico, y los gases intestinales surcan así la bóveda estomacal serios, perfectamente desprovistos de humor, como amenazas del fin de los tiempos.

La siguiente canción se llama “el arte cubre, protege y alivia”. Sin erección y sin gas, Basilio (o el actor de music hall que lo representa) regresa bailando por el pasillo, bien dispuesto a perder la virginidad. ¿Qué se encuentra? A Dora y Enric enzarzados en un beso. No lo esperan. No lo necesitan. La mano de Enric desaparece entre los botones del escote de Dora. Un manco. El brazo no le duele. Basilio sobra. Basilio cierra la puerta por fuera. Enric apenas tiene tiempo de mirar su huida de reojo. No importa. Importa la especie, la urgencia sexual, la prevalencia genética de los gametos.

Tercera y última canción: “el arte no crea objetos: el arte crea relación”. Son canciones futiles, que surgen en la mente de Basilio en sustitución de la líbido necesaria para acercarse a la pareja que se besa y acariciar a Dora por la espalda, apartar juguetonamente a Enric e incorporarse sin temor al círculo para transormarlo en triángulo sexual inédito. Pero lo único que le llegan a la cabeza son las frases inteligentes de siempre destinadas a impresionar a sus amigos, ahora extemporáneas pues mientras estén trenzados en un beso Dora y Enric son inmunes al lenguaje.

Últimos fragmentos de un largo viaje.2

Por Christiane Singer

[..] Queridos amigos:

Me veo obligada a anular mis seminarios y conferencias. Dentro de poco me operarán y el diagnóstico es grave. Sería yo feliz si recibieran ustedes esta noticia como yo la recibí: con el corazón abierto y sin juicio. Toda existencia es singular; ésta que yo vivo –y que quizá se prolongue– es una vida verdadera y plena hasta derramar el vaso de amor, de amistad, de encuentros, de fervor, de compromiso hacia lo vivo y también de locura. Las pruebas tienen ahí un lugar como todo lo demás y yo acepto sin regatear ésta que ahora se presenta ante mí.

*

[..] Tal como lo prometí (y con alegría)…

Creo que este libro tiene luz propia. ¡La gracia de él que recibí mientras le abría paso!

Cuídalo, te lo ruego. Mi ilusión sería que se publicara lo antes posible. Sería una forma muy fuerta de entrar de aquí en adelante en un espacio NUEVO –poco importa dónde o qué– pero NUEVO.

Christiane Singer a su editor
2 de marzo del 2007

*

[…] Tengo una enfermedad. Es un hecho. Está en mí. Mi trabajo consiste ahora en que la enfermedad no me tenga: en no estar yo dentro de la enfermedad.