El libro de las mariposas

Sin Ella (Escritoras Mexicanas, 2020) :: novela de Margarita Martínez Duarte

ADVERTENCIA: este diario de lectura contiene algunos arruinadores del devenir dramático de la recepción (es decir: espoilers)

Termino de leer Sin Ella en uptown San Miguel Ajusco, una tarde clara y serena de agosto del 2020. Estoy en la que fue la última casa de la abuela (QEPD) de mi KónyuG, santa señora, Dios la guarde en su regazo. Nuestra cría (un niño de 8 años) se relaja viendo una serie en la tablet tras haberme propinado una derrota futbolística (marcador de basketbol: 35-32) en las miniporterías que hay en el jardín. Acabo de encender, no sin cierto esfuerzo, unos cuantos troncos calientitos en la chimenea. KónyuG no está: experimentos in vivo la obligan a ocuparse, a 1000 metros menos de altitud, de unas ratas obesas en la Facultad de Ciencias Naturales de la universidad.

Esto no es una reseña, sino un diario de lectura. Por eso me permito divagar un poco por el bosque del contexto íntimo antes de reportar mi experiencia de lectura. Sin embargo la divagación no es vana, puesto que la filiación (KónyuG, esta casa, su abuela) hace eco de la ruta mitocondrial_filial que une a la protagonista principal de la novela (María) con su madre y su hija Jennifer. Pausa para ponerle otro pedazo de madera a la chimenea.

Busco sin éxito entre mis mensajes del tuíter el intercambio con @laliceaga, «fundadora de @escritorasmx_» según reza su microbiografía, porque me gustaría recordar la fecha aproximada en que inicié la lectura de Sin Ella. Recuerdo que nuestra chilanga metrópoli se encontraba en el vientre más desierto del confinamiento, nosotros pernoctábamos entonces en un lugar menos agreste que el Ajusco, y en uno de aquellos sábados, @laliceaga distribuyó a domicilio algunos ejemplares de Sin Ella. Recuerdo que sonó el timbre, abrí la puerta y vi a @laliceaga ataviada con el uniforme oficial de la pandemia: careta, cubrebocas y 24 horas de confinamiento en zona aislada para desactivar la potencial carga viral del ejemplar de Sin Ella.

Es decir, que sin los nuevos vínculos, sin el nuevo tiempo_espacio confinado que llegó con el Covid, este ejemplar de Sin Ella y yo no nos habríamos leído nunca. Pienso en todo eso ahora que acabo de concluir su lectura. Observo el ejemplar de papel junto a mí y siento las brasas de nostalgia encendiéndose en mi yo lector porque voy a extrañar a sus personajas: María, Jennifer, Anayansi, e incluso acaso también al único personaje de sexo masculino de la novela: el pendejo de Aldo, conocido director de orquesta en desgracia porque, al margen de sus encantos y sus talentos, lo aqueja la pasión triste de acosar sexualmente a las mujeres que cruzan su camino.

Así como hay novelas de aprendizaje («bildungsroman«, diría nuestro vergonzoso ego euro_aspiracional, con todos los discriminantes de clase en la prosodia) en donde las personajas construyen el andamiaje emocional, sentimental, intelectual que las transformará en adultas, recíprocamente Sin Ellas es una novela de despedida, de desconstrucción existencial, o de reducción de la experiencia vital a su esencia mínima: cerramos la cortina del puesto que es la vida, hacemos una graciosa caravana y adiós. ¿Eutanasia narrativa? No. Más bien partida clara, lúcida, limpia: partida en paz. Ante su diagnóstico médico sin esperanzas, María se dedica a poner en orden sus afectos, sus escritos y su relato. ¿Recuerdan a esos Cñores que se mueren y dejan el mundo hecho un cagadero, a su descendencia confrontada y su burocracia irremediablemente enmarañada? María no. María compone su muerte con la pasión precisa de la socióloga escribiendo un testamento académico, o de la madre inaugurando su piel tatuada con la misma mariposa figurativa que su hija, o de la poeta que (como Margarita Martínez Duarte), se lanza al sin miedo y por vez primera al ruedo narrativo de una novela.

Pausa para bañar y darle de cenar a la cría. Va un madero más a la chimenea. El Ajusco se llueve en su agosto frío.

Recuerdo que leí el primer capítulo de Sin Ella asombrado por un sorprendente acabado léxico, gramático y estético. Un incipit de seis páginas en prosa precisa, justa, pulida para abrir la novela en el desasosiego: María en un taxi kamikaze de la Ciudad de México, el diagnóstico fatal recién revelado por los médicos, la consciencia haciéndose pendeja con el vaivén cotidiano, el taxista conduciendo como un huracán ramírez emputado.

«La hora pico que ocurre en su interior se refleja afuera

Esta novelista debe ser poeta, me digo.

«Soy apenas un bulto de carne que está siendo transportado por necios vectores, de un punto a otro

La frase que agarres en esas seis páginas va a ser neta, compleja y terminada. Hagamos el experimento. Tomemos una frase cualquiera al azar:

«Recuerda haber leído que los cipreses podrían extinguirse pronto en España

Ahístás. Seis páginas 👍. Necesito aquí y ahora recrear un contraejemplo de lo que no es una prosa pulida. Ocurre hasta en las grandes novelas. Ahorita, por ejemplo, leo en lectura paralela con KónyuG (ella en papel, yo en electrónico) El hombre que amaba a los perros, del Cñor Padura. Gran novela hasta el momento. Prosa sin miedo de lo inabarcable. Densidad existencial. La ambición narrativa #selapela. Epígrafe de Ajmátova y todo. Y sin embargo. Sin embargo. En la primera página. Primer párrafo. Segunda frase apenas de la novela, nos encontramos con el sintagma EN ESE PRECISO INSTANTE. ¡Cñor Padura, por favor! A mí me dan ganas de lanzar 20 metros lejos de mi perímetro cualquier novela que incluya a ese rey de los sintagmas más manidos y comunes en literatura: «EN ESE PRECISO INSTANTE». Sin vergüenza, sin pena, ahí, en la primera página de lo que hasta el momento pinta para una gran novela (y que seguramente también es un best-seller de editorial Planeta) . A eso yo le llamo prosa sucia. La prosa de Margarita, en cambio y principalmente en esas seis vertiginosas páginas que extienden el incipit, es ofebrería semántica trabajada al detalle. Prosa de poeta, pues. Prosigo mi lectura.

En los capítulos impares, Sin Ella es narrado por una voz omnisciente, solidaria de María. Es esta la voz más entrañable de la novela, pues nos permite contemplar y seguir a María desde la intimidad de un zoom narrativo capaz de absorber en cuasi_primera persona tanto el gozo y como el azoro terminal de quien tuvo un mal diagnóstico pero cuenta con buen tiempo aún: tiempo para despedirse: un lujo, especialmente a la luz de estos meses de Covid, en donde la parentela parte sin despedida ni funeral ni nada. Por estos capítulos impares desfilan también personajes entrañables: Jennifer, la hija de María, emigrada al gabacho; Ana, la amiga, cómplice, colocataria temporal (literalmente: durante el tiempo que le quede de vida a María); Kai la tatuadora, quien les va a imprimir a madre e hija sendas mariposas para la eternidad epitelial, y finalmente, el inefable Aldo.

Estamos entonces ante una novela entrañable sobre la filiación femenina de una mujer que se despide de la vida literalmente acorazada por el cariño de su hija, de sus amigas, de sus colegas, de sus fans académicas (veo a María como una profesora_investigadora universitaria en Ciencias Humanas), por no hablar del eco ético de la presencia memorial de su madre y su abuela. ¿Qué (con perdón) bergas hace entonces un personaje como Aldo en mitad de una novela sobre la fuerza, el coraje y el valor de la filiación feminista?

Aldo es un director de orquesta muy simpático, diríase apuesto, conocido y apreciado en el medio. Aldo tenía su vidita tranquila y segura hasta que su condición de acosador sexual es denunciada y entonces pierde su capital reputacional, su trabajo, buena parte de sus ingresos y además debe lidiar con numerosas demandas legales por lo mismo. La narración aquí es sintética, directa y económica, no se pierde tiempo en dramas psicologizantes ni en describir el sufrimiento de Aldo o de sus víctimas: la prosa es factual, estamos ante hechos ya acaecidos: la realidad es lo que es. Todo esto para decir que Aldo ya aparece así: cancelado por las consecuencias de sus actos. Y así lo llama María para despedirse de él. Sin importarle la oposición explícita de la nube de sororidad que la rodea, la incomprensión de su amiga Ana, la incomprensión al cuadrado de su hija milenial. María llama a Aldo (nota al calce, agrega María: estoy al corriente de tus problemas con la justicia y no me importa [el parafraseo es mío: Margarita lo escribe y lo describe mejor]).

Aquí mi lectura disfruta particularmente del fragmento porque estamos literalmente parados sobre las consecuencias sociales del #MeToo, #MiPrimerAcoso, #BalanceTonPorc, #MeTooEscritoresMexicanos y sin miedo alguno al éxito, la autora se avienta al ruedo de la realidad presente ahorita ahorita. Hubiera sido fácil cubrir de insultos ideológicos y morales al personaje de Aldo, pero lo que leemos en Sin Ella es más complejo: María no sólo necesita despedirse, sino también necesita besar, una última vez, a ese cabrón. Que al final acaba siendo un personaje lindo. Releo mi frase y se me cae la mandíbula en su paráfrasis: el personaje del acosador es lindo. Complejo. Ininterpretable de forma maniquea. Acosó, le valió, lo denunciaron, perdió todo… ¿se dio cuenta, se arrepintió, pidió perdón, se deconstruyó? No sabemos. En un mortal hacia atrás narrativo, Aldo aparece aquí como el galán adolescente de María. Le da un beso. Le vuelve a ofrecer el anillo de compromiso que hace ¿20, 30 años? le ofreció a María. Aldo es tiempo. Aldo es un amigo. Aldo es el testimonio necesario del tiempo. Tiempo machista, pues. Aldo somos todos los pinchis ónvres. Pendejos. Besucones. Sucios. Sin límites. Vanamente calientes. Soportables una tarde tierna. Y hasta ahí.

Quiero contar aquí una experiencia extraña que me ocurrió durante la lectura. Tras haber intensamente apreciado el capítulo en donde Aldo y María se despiden, se anillan, se besan, llegué al capítulo en donde Jennifer y Ana organizan una fiestón (de despedida, obvio) para María. Con tamales, chupe, música (aparato de sonido patrocinado por Aldo) y mucha mota. La prosa cuenta detalles de la organización de la fiesta, y como sabemos que a María le queda poco tiempo, cada gota diegética es preciosa y disfrutable, así sea la posición que ocupará la mesa de los tamales. Sin embargo llega el momento de decidir si la fiesta va a ser separatista o si va a haber invitados de sexo masculino, porque ante el segundo escenario habrá amigas de María que se disculparán y no vendrán a la fiesta. Llega aquí el momento intitulado: pinchis ónvres, kómo somos: mi yo lector estaba seguro de que María optaría por una fiesta con invitados hombres, y en su recepción prospectiva, mi yo lector se adelantaba y aseguraba que Aldo sería invitado, y que bailaría incluso con la «festejada» (entre cancerosas comillas). Y cuando al final del capítulo (espóiler a la vista), María opta por una fiesta separatista con puras mujeres, mi yo lector se decepcionó. Y cuando el superego estético de mi yo lector me sorprendió decepcionado porque no habían invitado al acosador, el golpe estético y psicológico me encantó: leyendo soy, ante todo, un ónvre que no desea que lo excluyan (¿KIÉN OZA EXKLUÍRNOS DE NUESTRO MUHNDO?) y que, a pesar del carácter ética y moralmente cuestionable del personaje, se solidariza inconscientemente con Aldo y «va a la fiesta con él». Ese es el valor de abordar literariamente un tema históricamente vigente: con todo y mi deconstrucción machista, con todo y el estandarte de TRAICIONEMOS AL PATRIARCADO que me pego en la frente en tuíter y en la vida, con todo y mis cuidados igualitarios de la cría, cuando el capítulo de la fiesta llegó, mi yo lector ónvre estaba incómodo: no estoy invitado: ¿qué hago leyendo aquí? Y ese efecto literario no me había ocurrido con ningún otro libro, y considero que es un efecto de muy alto valor.

La lectura llega así al fin con el desenlace esperado, pero también inesperado en virtud de todo lo que acontece en los capítulos de número par. En estos capítulos, que se alternan a los de la voz omnisciente, María narra en primera persona y las protagonistas de esta voz son su abuela y su madre. La función literaria de estos fragmentos es construir, describir, analizar la fuerza de la filiación. En contraste con los capítulos impares, esta voz me parece menos magnética que aquella otra, impar, que sigue de cerca los adioses de María. En el apartado crítico de la lectura, creo que no logré engancharme ni emocional ni dramáticamente con la historia de la madre de María (que, ya sin espóilers de por medio, es indispensable porque determina el final de la novela). La excepción que confirma mi impresión estética es el capítulo segundo, en donde María narra la última cena de su abuela, y este fragmento comparte entrañabilidad y precisión formal con los capítulos impares. Dos puntos: en su lecho de muerte, le preguntan a la abuela de María qué se le antoja y ésta responde: «una costilla asada, tantitos frijoles y una quesadilla«. No sé qué carambola proustiana trae el adjetivo «tantito» pronunciado por una anciana moribunda, pero la secuela es igualmente tierna: la mamá de María va a casa de su exnovio carnicero a la media noche (el exnovio quiso algún día casarse con la madre de María: esta lo rechazó: él se casó e hizo una familia, y aún así le abrió la puerta a su ex a la medianoche y la llevó a su carnicería para conseguir una costilla que satisfaciera la última cena de la susodicha abuela).

Son las 23h42 en el Ajusco, los troncos de la chimenea ya empiezan a flaquear, y es hora de que este lector se vaya a dormir. Por la pandemia, por el adjetivo «tantitos«, o porque acaso el sueño secreto de tod· mortal sea irse de la existencia arreglando afectos, papeles y armando antes una fiestota de despedida con quienes más quieres, se me achipila el corazón de haber terminado el libro de las mariposas (de donde María y su hija Jennifer extraen la imagen que se tatuarán juntas, simétricas). Pero lectores somos y en la línea infinita del lenguaje andamos. ¿Qué recordaré de Sin Ella dentro de 10 años (si el Covid me da licencia)? Apuesto a que la última cena de la abuela, el tatuaje doble en mariposa y la fiesta separatista. En 10 años te watcho, Margarita.

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