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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Realismeando contra el muro horizontal del espacio :: Piscinas Verticales, de Gabriela Torres Olivares

El libro me lo regaló Haydée en mi cumpleaños. Lo compró en la librería Educal del CECUT de Tijuana, durante un viaje que hicimos por Tijuana Mexicali y Ensenada a fin de año. Lo empecé a leer en Tijuana y Mexicali, proseguí leyendo en Coyoacán y lo termine de leer, bajo una nevada radical, en Villetaneuse. Es el primero de una lista de casi 50 libros escritos por mujeres que voy a leer en el transcurso de 2018.

Las primeras palabras que componen título y autor (lo primero que uno lee de un libro y a veces también lo último) son curiosas: a excepción del nombre nombre propio de la autora, Gabriela, lo demás [piscinas, verticales, torres, olivares] designa lugares, lo cual representa en sí una avant-goût del del rol de personaje principal que el espacio ejerce en este libro.

No recuerdo exactamente en dónde estaba cuando leí las primeras páginas, hecho que podría interpretarse en sí como un mal presagio para el resto de la lectura. Y tampoco hay marcas de hallazgo alguno en mi lectura hasta la página 31. Mis marcas de hallazgo son burdas: doblo la esquina superior de la página cuándo quiero indicar que leí ahí algo que me gusta, sorprende o impresiona. Dice mi amigo el Gallo que yo no leo los libros: me los meto por el (abre comillas) toliro. Tengo lectura maltratadora: los ejemplares sufren entre mis manos.

El libro de Gabriela sí sufrió bien. Le doblé al menos 30 esquinas. Y si bien antes de la página 31 la prosa no me convencía del todo, en dicha página algo ocurrió: ahí se abrió la escotilla por donde entré dentro del espacio estético.discursivo de libro.

Recuerdo que al principio, la prosa de Gabriela me recordó la ambición del nouveau roman. Nunca he leído novelas del nouveau roman, pero sé por segundas o terceras fuentes que una de sus intenciones consistía en prescindir del personaje en beneficio de los objetos.

Releo la página 31 y me encuentro de nuevo con esa prosa poético.ensayistico.espacio.conceptual suya. Al final de la novela, la prosa recuerda a los octasílabos ritmicobsesivos de Daniel Sada. Pero no ahora, en dónde apenas está haciendo las primeras migas con su lector (lo lector).

No se me pregunte por la trama ni la intriga, mucho menos por la verosimilitud. Todo eso es música de fondo para aquello que Valère Novarina llamaría el drama del espacio y sus logaedros (vaya usted a saber qué haya querido decir con eso). El orden del verosímil se ha invertido aquí: en primer plano, el espacio los paisajes los sonidos ambientales, mientras que al fondo se encuentra lo que realismea: una bióloga que vende plantas en el mercado e intenta escribir el guión de un documental; una escritora con cáncer en una clínica onco.homeopática fronteriza (en donde sólo la están transando en vez de curarla, aunque acaso la transa sea una variante de la sanación); y sobre todo ese überlugar permanente, inmanente y omnipresente de la frontera, entendida como una fractura antiespacial, arrítmica, asemiótica, alingüística.

Pero todo lo anterior suena a elogio ultra mamón, siendo leído por un escritor viejo deseoso de enviarle (o cogerle) el elevador literario a una escritora joven, desde la mesa de una aburridisíma presentación.de.novedad.editorial, en donde lo único que circula es el cebollazo, el ego, el elogio vago, mal dicho y mal preparado. Nada qué ver con el cotidiano cuerpo a cuerpo de una lectura: el libro entre los dedos, el tren, la espera, los lugares, las preocupaciones, el olor que nos rodea, o incluso la afortunada coincidencia de que justo en la página 115 (en donde la prosa inventa el verbo realismear, entendido como ingenuo y reductivo en su trance por vivir según las reglas del sobrevalorado realismo) haya empezado a nevar, tanto en la prosa como en el contexto de mi lectura. La trama de esa página transcurre en un lugar imposible e increíble (antirreal) dónde San Petersburgo y Nueva York se superponen, mientras que mi lectura ocurría en una pollería halal de Viletaneuse, aledaña la lavandería en dónde lavo la ropa ciertos domingos por la noche, bajo una de las peores nevadas que han asolado estos rumbos en los últimos 30 años.

El que nieve en la página mientras nieva también en la realidad no es por supuesto un acierto del libro. Solo una afortunada coincidencia que vuelve inolvidable mi lectura (lo leído por lo lector) y por tanto mi impresión sensorial del libro.

Piscinas verticales, de Gabriela Torres Olivares. Fondo editorial tierra adentro. 2017.

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