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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Episodio 9: Paleo Porno

Fragmento del Retrato_de_Dorita_Garay.wilde.harmodio.huiqui, novela en construcción abierta a la edición colaborativa (cualquier lector puede aportar modificaciones).

No importa si se trata de cuento, poesía épica, novela, teatro o serie porno policiaca. Lo que importa es que el relato, en todas sus posibles declinaciones, respete cuatro imperativos:

  1. Imperativo de audiencia: que el relato sea atractivo para el máximo número de espectadores.
  2. Imperativo de utilidad: que la diferencia entre los costos de producción y los ingresos por ventas sea de favorable para la Producción.
  3. Imperativo de entretenimiento: que la historia no sea aburrida ni larga ni difícil ni abstracta.
  4. Imperativo de calidad moral: que la historia no contradiga los valores morales y sociales dominantes de nuestros consumidores.
  5. Imperativo de licenciamiento: la historia se puede declinar en todos los soportes propietarios posibles: película, serie, obra de teatro, novela, cómic, juego de video, bolsas con el rostro de los personajes, álbum de estampas, juego de rol (todos licenciados bajo une estricto esquema de propiedad intelectual).

La lista de cinco imperativos interrumpe brutalmente el relato. ¿Pero con qué derecho el relato se permite continuar mientras hay un personaje encerrado allá en su futuro, en una cámara de tortura? ¿No debería el relato padecer las mismas vicisitudes que esa pobre mujer desnuda frente en una habitación vacía? Con esa misma brutalidad, el Accionista Mayoritario impone nuevos cambios en la trama. Sin preguntar ni tomar en cuenta a nadie, como si fuera la única presencia encarnada en una sociedad de invisibles. El otro, llámese productor, personaje o guionista, sencilla y transparentemente no existe más que como servomecanismo biológico de transmisión y ejecución de órdenes. Una tortura.

El Accionista Mayoritario exige recorrer tres años atrás la historia del embarazo de Dorita porque en principio no es posible que se le siga llamando adolescentes a gente de 18 o 19 años. Ni a los tramoyistas ni a los espectadores les gustan este tipo de cambios, que impiden por un lado que los personajes se fijen en la mente del lector y por el otro que los tramoyistas lleguen a su casa temprano a trabajar (el cintillo informativo agrega: en México no se le pagan horas extras a los tramoyistas porno policiacos). Es necesario entonces introducir aquí una serie de voces en off subtituladas que ubiquen la acción

Ciudad de México, 1987

  • Dora: 14 años
  • Basilio: 15 años
  • Enric: 16 años recién cumplidos.

Pongan los espectadores pausa a la secuencia de la orquesta filarmónica (o hagan retromnesia de la retromnesia de la retromnesia anterior, si no es mucho pedir) para proceder a presenciar el decimosexto aniversario de Enric. No la celebración oficial (papás en restaurante, tardeada en una discoteca decente en cuyo traspatio alguien vende bebidas clandestinas a los menores de 18) sino la privada, que empieza cuando la oficial concluye. Los papás de Enric se van a dormir, la casa es enorme, tiene un recibidor bien insonorizado donde es posible escuchar música a todo volumen con un sonido de nitidez Harman Kardon, mismo en donde Enric cita a su mejor amigo y la mejor amiga de ambos para ver una película porno pensando sorprenderla, a ella, que practica el sexo discretamente desde los 13. Eso sí, ella nunca ha visto porno porque aún faltan veinte años para que la tecnología permita la total evangelización pornográfica del planeta (premisa principal: Aristóteles es un hombre; premisa menor: todos los hombres ven porno; conclusión: Aristóteles ve porno) pero la intuición innata de los Piscis (Dorita es Piscis y uno de los guionistas cree de pe a pa en la infalibilidad de la astrología) ya intuye (bien) que Enric buscará un día ideal en el recibidor (por ejemplo: su cumpleaños), que Basilio llegará con miedo porque aún no sabe en carne propia nada de sexo: lo poco que conoce lo conoce de masturbarse a escondidas con el Amante de Lady Chatterley (preporno pobre) o envolver Justine en papel Manila para que en el microbús nadie note que lee al Marqués de Sade con una sola mano mental. Y sobre todo por haber escuchado las anécdotas de Enric, gran contador de intimidades sexuales cuya autenticidad no están ni por un momento en duda debido al nivel infinitesimal de detalle con que las describe o a que tiene coche (ya no un Nissan Tsuru sino un memorable Renault 5) o que apoda a su pene (lisonjero) Lentoamargo Animal Perea, pero principalmente debido a que el ginecólogo y su encantadora esposa son personas (ya se ha dicho) poco observantes de la cuestión moral, que permiten que las novias de sus hijos de apenas 16 duerman con sus hijos de 16. Mejor aún, la principal gloria de guerra de Enric (acaso no halla mejor palabra que la guerra para describir la lucha de un adolescente por iniciar su carne propia en el negocio del deseo) es haber embarazado a su primera novia, dos años mayor que él, misma clase social, misma escuela privada, ojos claros por supuesto, tal y como lo exige el canon racisclasista.

Ni todas las lecturas ni toda la superioridad intelectual ni todas las obras completas del marqués de Sade con que Basilio ha calcinado sus pestañas nocturnas le llegan al talón de Aquiles de eso que Enric y su Lentoamargo Animal Perea han logrado: coger. En carne propia, en carne ajena, en los moteles, en el recibidor, en el departamento que sus papás acaban de comprar en Cancún. Entremeterse así en los pliegues de alguien y salir airoso con un condón lleno de leche en alto y una sonrisa, doble y cómplice, resucitándose del orgasmo en la cara. ¿Cuántos años nuevos lleva el pobre de Basilio levantando su copa en la cena familiar y repitiéndose el mismo deseo: ¡me juro, me prometo, me reitero que este año sí pierdo la virginidad!

Dora, por el contrario, es más discreta, más inteligente que sus amigos. Ella les hace creer que no se ha cogido a nadie nunca, ella va por la vida como bióloga o concertista de tuba o escritora en ciernes (aún no decidimos) y los invita al taller literario de Giorgio a donde Enric no va por miedo a sus proverbiales, casi patológicas, faltas de ortografía (hágase aquí un paréntesis para explicar que las faltas de ortografía acompañarán a Enric toda su vida, sin importar que en el futuro se vuelva un lector voraz o que se cultive con disciplina de atleta para sobrepasar a Basilio: no es negligencia ni indisciplina, acaso un cable neuronal suelto).

Ahora sí, tenemos a tres adolescente viendo una paleo película porno en el recibidor de una casa aledaña a la Calzada de los Misterios, cerca del camino que lleva a la Basílica de Guadalupe. Colonia Industrial, tres pisos, acaso cuatro, muchos cuartos, otros tantos coches, los papás ya se fueron a dormir y tienen el sueño pesado. Enric manipula un control remoto de un tamaño inusitado para echar a andar el reproductor de cartuchos Beta. En primer plano, un cassette negro, enorme a ojos de los nuevos espectadores, ya acostumbrados a la inmaterialidad de las videotecas de hoy en día, puramente ideales, sin casette ni soporte material que las ampare: imágenes que desembarcan a lo fantasma pirata en los puertos de nuestros discos duros, como transportadas por un espíritu santo inalámbrico.

La imagen de Ginger Lynn, prominente actriz porno de finales de los 80, aparece en la superficie verde del monitor marca Sony, modelo Trinitrón. Se intentará aquí generar un efecto de desfase temporal: lo que en 1987 excitaba a los adolescentes ahora parece inocente, infunde ternurita y por supuesto no porta carga erótica alguna. Entonces nuestro nicho de mercado (adultescentes tardíos, de entre 35 y 45 años) deberá sentirse transportado a aquella época y picar definitivamente el anzuelo comercial que se le está tendiendo.

En el trinitrón espeso de la pantalla aparece un plomero acompañado de música de consultorio dental. Dora se carcajea, ¡qué ridículos! ¿cómo pueden excitarse con eso? Enric y Basilio contienen sendas erecciones duras cual obelisco aplastado por pantalón; no están preparados para la burla y sin capacidad de respuesta emocional se desubican y se empiezan a poner nerviosos. Basilio sonríe en falso y advierte: tengo que ir al baño.

Prosigue aquí una secuencia algo vergonzosa para Basilio, que empieza con un gas incrustado entre el aparato digestivo y el reproductor. Si el presupuesto lo permite, que una toma penetre aquí en los órganos interiores de Basilio, con una voz en off que explique como, por cuestiones relacionadas con la evolución o alguna otra digresión didáctica de interés para los picos de audiencia, la erección bloquea los procesos urinarios y digestivos y los gases quedan encerrados en el estómago mientras dure la erección. Que los guionistas se las arreglen para representar la erección de Basilio por dentro, la raíz del pene en la intimidad, como un haz de músculos y tejido cavernoso. Mecánica anatómica pura. Maquinaria, poleas, engranajes biológicos, autopoiesis porno (el término es meramente informativo: por favor, evítese durante el rodaje).

Huele a orgía. Los labios de Dora, el sudor de Enric, la impaciencia de Basilio, todos signos premonitorios de un escarceo sexual de tres bandas. Sin embargo la preocupación de Basilio, neurótico precoz, es la siguiente, misma en la que piensa mientras abandona el porno y a sus dos amigos en el recibidor y se dirige al baño: ¿qué pasa si ahora Dora nos besa y nos la cogemos? Se me va a notar que no sé coger. Pero eso es lo de menos. ¿Qué pasaría si se me sale un pedo mientras estamos cogiendo? La vergüenza. La ignominia. El fin de la erección apenada, avergonzada, desinflada. Mejor voy al baño, me sacudo los intestinos hasta que salga el pedo y regreso, confiado y listo para perder al fin la virginidad sin que mis amigos se den cuenta.

¿Y si mejor escribiéramos el libreto para un musical? ¡Al diablo la serie: un musical con poco texto y mucha más canción! Tramoyistas: consigan una orquesta y actores que sepan bailar. Ya los guionistas nos las arreglemos para extender la elipsis hasta el pomo de la puerta del baño. Un pestillo se cierra cerca. Basilio respira hondo, piensa en otras cosas, fútbol, la escuela, imágenes vergonzosas que expulsen de la imaginación del haz de músculos que constituye la raíz de su pene (toma internista) la obsesiva presencia del cuerpo suavecito de Dora, sus senos firmes, y qué bueno que esto es un musical y no literatura porque así la naturaleza del género nos evita la vergüenza de yuxtaponer dos palabras ya tan yuxtapuestas como senos y firmes, o mamas y turgentes, o pezones y encendidos.

Suena ahora una canción cuyo estribillo reza: “el arte es el artefacto de puesta en vida o muerte del artista”. Suena después un gas anal, un flato, un pedo, pero no un pedo bufo de chiste de cantina, sino un pedo interior de esos que no no es posible denominar pedos sino meteorismos y cuyo eco resuena en la totalidad de una cavidad torácica techada por tamaño firmamento apocalíptico, y los gases intestinales surcan así la bóveda estomacal serios, perfectamente desprovistos de humor, como amenazas del fin de los tiempos.

La siguiente canción se llama “el arte cubre, protege y alivia”. Sin erección y sin gas, Basilio (o el actor de music hall que lo representa) regresa bailando por el pasillo, bien dispuesto a perder la virginidad. ¿Qué se encuentra? A Dora y Enric enzarzados en un beso. No lo esperan. No lo necesitan. La mano de Enric desaparece entre los botones del escote de Dora. Un manco. El brazo no le duele. Basilio sobra. Basilio cierra la puerta por fuera. Enric apenas tiene tiempo de mirar su huida de reojo. No importa. Importa la especie, la urgencia sexual, la prevalencia genética de los gametos.

Tercera y última canción: “el arte no crea objetos: el arte crea relación”. Son canciones futiles, que surgen en la mente de Basilio en sustitución de la líbido necesaria para acercarse a la pareja que se besa y acariciar a Dora por la espalda, apartar juguetonamente a Enric e incorporarse sin temor al círculo para transormarlo en triángulo sexual inédito. Pero lo único que le llegan a la cabeza son las frases inteligentes de siempre destinadas a impresionar a sus amigos, ahora extemporáneas pues mientras estén trenzados en un beso Dora y Enric son inmunes al lenguaje.

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