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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Enrodrigando el barbecho novelístico por la mañana

“La novela es trabajo agrícola, barbecho, sudor cotidiano” me dijo un día Rafael Gumucio en un restaurante de Santiago donde vendían cerveza y tortas de carne, quizá hamburguesas. Después de dos años de no pararme en mi parcela novelística, la encuentro llena de hierba, enredadera y plantas carnívoras correspondientes a esa especie que va carcomiendo el deseo vital de llevar la historia, la forma, el esfuerzo hasta el clímax probable de la cosecha.

Dos años después regreso y me encuentro con la granja abandonada y tres novelas inconclusas. ¿Por dónde empezar? La estrategia de las muñecas rusas aconseja empezar por la última que trabajé, el Retrato de Dorita Garay. ¿Pero para qué regresar a la literatura? ¡Hay tantas otras cosas por hacer en el mundo! Criar al chiquillo, pensar cómo diablos se sale de las fosas de Ayotzinapa, visitar a los amigos, tirarse al féisbuc, emborracharse en el Sully. ¿Para qué volver a la subjetividad del barbecho?

Porque el barbecho, abandonado, olvidado, carcomido por los yerbajos, no dará para comer pero da para vivir: la rutina cognitiva de ponerse cada mañana frente a las palabras para abañarlas, acodarlas, afrailarlas, argabillarlas, agostarlas, terciarlas, escotorrarlas, escardarlas, descogollarlas, desmamonarlas, callearlas y atetillarlas da flores, frutos y deja cuerpo y mente listos para la claridad del presente continuo.

¿Y el demás mundo? El mundo se esconde tras el significado de las palabras. Como dice Madame Franka Polari: “Las palabras existen por el sentido, una vez que tienes el sentido, te puedes olvidar de las palabras“. El barbecho literario matutino es una puerta de acceso (una de tantas) a eso que llamas el demás mundo.

¿Y la historia? La historia es la de una muchacha a la que torturan en un mundo en donde la crueldad ha sido integrada a la gran línea de producción de la riqueza. Algo falso, algo que no existe pero empieza a existir, un triangulo amoroso más o menos común y corriente que en un descuido, en un momento de extravío moral, nos hace desviar el camino y como en la Iliada de pronto ya nos causó una guerra: imagínate que estas viendo una serie de Vietnam y de pronto empiezas a discutir con tu mujer, cualquier pendejada, por qué no lavas bien los tomates, por qué no doblas bien la ropa, y cuando ya te diste cuenta la discusión degeneró en trinchera, Napalm y niñas desnudas huyendo del horror con la mitad del cuerpo calcinado.

Algo así: un orden televisivo que se apodera del bienestar pequeñoburgués de nuestra casa calientita desde donde presenciamos el horror protegidos por la gran escafandra del mercado, ante quien cualquier fuerza se doblega.

En fin, todo esto para decir que ya estoy de nuevo intentando alzando la pluma, pero antes hay que artigar la historia, estiercolar la prosa y entrecavar ligeramente la nueva intención para poder enrodrigar la trama.

Salud.

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