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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

metrobús Perineo Sur

Estamos en la ludoteca del museo de las ciencias de la universidad. Lucio exige una ludoteca como las que había en aquel otro país donde vivíamos, con dos pisos, dos empleados de tiempo completo, miles de juguetes y una política social vieja de cincuenta años. Pero aquí, en este nuevo país a donde recién nos mudamos ¿dónde hay una ludoteca?

La del museo de las ciencias no está mal. No es lo de allá, pero Lucio parece contentarse con que el nombre del lugar coincida y no parece fijarse demasiado ni en calidades ni en cantidades. La vida es juego por el momento, juego infantil infinito y la insistencia de ir a la ludoteca acaso sea más un consuelo simbólico para sobrevivir a la mudanza (los bebés no se mudan, ¿o sí?) que una necesidad real. Desde su lengua adquirida hace apenas unos meses pareciera que el hecho de que ambos lugares sean designados por la misma palabra es más importante que las transatlánticas diferencias que los separan.

Estamos, pues, en la ludoteca con Lucio sumido en una fantasía vehicular lúdica (poco importa que los juguetes aquí sean de madera y allá de plástico acabado) cuando fatalmente me percato que he olvidado los pañales. Brrrruuuuum. Son casi las tres de la tarde, Lucio debería ya estar comiendo o durmiendo la siesta pero entre su obsesión lúdica y las dudas logísticas paternas nos dan las tres de la tarde en el segundo piso de la ludoteca y con un solo pañal en la pañalera.

Lucio todavía no sabe decir que está cansado. Su fatiga se manifiesta primero en forma de psicodrama, con llanto, hartazgo y una necesidad imposible de satisfacer. A las tres con quince de la tarde, a partir de una imposibilidad de lanzarse por la resbaladilla (a la que él llama tobogán), truena el llanto, corre la desesperanza y su cachetona faringe de apenas dos años llama, castálidamente inundada en lágrimas: mamá. Pero mamá no es posible por el momento, mamá trabaja, está en una junta importantísima, y papá trae una pañalera henchida de toda la logística del día pero defectuosa en su nombre mismo por contar apenas con un sólo pañal.

Manos a la obra entonces. ¿Qué prefieres, Lucio: sopa o leche? Leche y bibi, pareja léxica que en nuestra nuececita familiar significa siesta. Es decir, que quiere primero hacer siesta y después comer. Si nosotros siguiéramos la escuela del país aquel en donde nació Lucio y al que abandonamos no sin dudas hace muy poco, lo forzaríamos a comer a cierta hora, a dormier a cierta otra, el todo arreglado como una coreografía vital de metrónomo que culmina en el ceremonial nocturno de mandar al niño a dormir a las ocho en punto de la noche.

Pero nosotros no somos transatlánticos de allá, sino caóticos, calurosos y ligeros como los de acá (y los clichés me perdonen). Así que preferimos preguntarle, tomar en cuenta su opinión y su gana, con ciertos límites es cierto, tampoco se trata de dormirlo diario a la media noche. Además desayunó como se desayuna acá, fuerte, consistente y tarde, así que acepto su deseo: le preparo un biberón, mismo que acompaño con su objeto transicional de peluche apodado Bibi y vámonos,a la carreola a dormir.

Pero la vida y la logística pueril me han enseñado que si pones a un bebé a dormir con el pañal fatigado de toda la mañana, su siesta no será larga porque el pañal ya está saturado de orina o cosas peores y entonces su pelvis tendrá frío y las nuevas deyecciones no encontrarán capacidad de absorción y desbordarán en chorros prístinos por sobre las piernas mojando el pantalón, humedeciendo la carriola y sobre todo enfriando la siesta del bebé hasta despertarlo. Así que, manos urgentes a la obra, agotamos nuestra última recarga de pañal en la siesta seca del niño para que emprenda el sueño en condiciones de temperatura y humedad ideales. Dicho y hecho.

Una vez bebé dormido, se plantea la cuestión: ¿dónde comprar pañales dentro de esta inmensa y confusa ciudad universitaria? El único camino que conozco, el que hemos recorrido con Lucio en su primera bicicleta sin pedales, y que conecta el centro cultural con la parada de metrobús. Y ocurre que el azar, que piensa en todo, nos ha proveído por casualidad con una tarjeta que permite abordar los metrobuses. Y ocurre también que mi vago conocimiento de la ciudad universitaria se limita a la avenida Insurgentes, en donde hay un supermercado que seguro tiene pañales. ¿Será posible abordarlo con carriola y bebé durmiendo? ¿Habrá escaleras? ¿Cuántas? ¿Qué tan serias?

Pero el papá no tiene alternativa, así que con las dos manos junto valor y empujo la carriola por el camino ya conocido, hasta la parada del metrobús. Primer azoro ante los torniquetes: ¿habrá que cargar la carriola como en el metro viejo de un siglo de aquel país donde vivíamos? Nada de eso: el policía que vela sobre los torniquetes abre una puerta mágica para sillas de ruedas, bastones de ciego y carriolas. Dos autobuses pasan saturados. Los autobuses cuentan con una división sexual: en la parte de enfrente van las mujeres y los niños, en la de atrás el resto. ¿En cuál se suben los minotauro modernos como yo, mitad padres, mitad carriolas con bebé durmiendo? El tercer autobús trae la respuesta: viene vacío. Un prurito sexual me hace subir en la parte que me corresponde y no en la que le correspondería a Lucio, quien por venir sumido en plena siesta infantil acaso vea temporalmente reducidas sus cualidades ciudadanas.

Nos bajamos en Perisur. El centro comercial (inmenso) tiene nombre de perineo, pensamiento que a pesar de ser perfectamente impropio en alguien que tiene a bajo su responsabilidad una siesta infantil, me llena de entusiasmo: ¿habría tantos consumidores si en vez de Perisur se llamara Perineo? Supongo que sí: el Mercado tiene apetitos rabelesianos que todo lo degluten para transformarlo por digestión capitalista en perfecto objeto de consumo.

Economía aparte, la telaraña de puentes peatonales que unen la estación del metrobús con el centro comercial parecen diseñados por Escher: una pesadilla de descansos y escaleras. A diferencia del país en donde vivíamos, aquí la gente es más amable, servicial (y cruel): las escaleras dan así menos miedo puesto que siempre es posible acudir a alguien con voluntad y tríceps. No será necesario, pues nuestra nueva ciudad nos reserva una mayúscula sorpresa: un elevador, si bien rudimentario, nos espera en la cúspide de la pirámide de Escher para llevarnos al nivel inferior ya no del mar, sino del centro comercial donde venden los pañales.

Asunto resuelto, con superávit de gozo y jolgorio por estar de nuevo aquí. La ida y la vuelta fueron realizadas sin sufrir el tormento dorsal que las escaleras infringen a los minotauros hombre-carriola. Único bemol feminista: la señalización del ascensor restringe el acceso a tripulantes de sillas de ruedas, ciegos con bastón, mujeres embarazadas y mujeres con carriola. ¿Qué país es este, en donde las muejeres monopolizan el monopolio de la carriola?

Gozo, sí, con sus dosis nacional de crueldad: sobre el puente peatonal, un niño vende cacahuates japoneses. Le compro un paquete de ocho pesos. En el país del que venimos los niños no trabajan, pienso. Este niño de aquí no sólo trabaja esperando clientes que le compren cacahuates japoneses: también (más sorpresa) lee un libro.
–¿Qué lees?
El niño me muestra el título. Odisea del espacio sin dimensiones. Autor gringo. Azoro. Lucio prosigue su siesta. Subo al metrobús comiendo cacahuates y pensando: debería regresar la semana que entra por más cacahuates y dejarle algo de Julio Verne.

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