malversando.blog

Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Santos óleos materialistas

Soñaste con el día de tu muerte. Estabas en la vieja casa de tu abuela, en Mexicali, una casa de adobe, un solo piso, un espacio rectangular largo, como un gran corredor fértil donde habían incubado tus tíos, tus primos, toda esa tribu fronteriza en donde eras feliz. Pero no estaba tu abuela ni tus tíos ni tus primos, sólo tú postrado en la cama en donde te ibas a morir. Y tu madre. Tú no tenías aspecto moribundo, eras el que ahora eres, tu cuerpo estaba intacto, nada parecía aquejarlo. El último día de tu vida tampoco tenía nada de extraordinario, era un día común y corriente, con el dolor de espalda baja, las obligaciones, los quehaceres, las esperanzas y las sorpresas. El eterno hilo del presente. Tu mamá te decía que te tenían que poner los santos óleos antes de morirte. Tú no querías pero tu mamá ya había llamado a unos cuantos curas. No era extraño encontrar curas en la casa de tu abuelita, una viejita piadosa, que iba diario a misa de siete de la mañana a cantar canciones sobre barcas abandonadas en la arena de mares espirituales. La voz se le quebraba a tu abuelita cuando llegaba al “he dejado mi barca junto a tí”. Viejita piadosa. Ayudaba a los pobres, tenía un catálogo de pobres y otro catálogo paralelo de pudientes piadosos a quienes les podía sacar dinero para sus pobres. Alguna vez la llegaste a acompañar a repartir pollos para sus pobres de navidad en los ejidos miserables de los suburbios de Mexicali. Pobre desierto. Casas de fortuna fabricadas con puro material de deshecho. Mar de polvo. Camas aquejadas de todos los males. Viejos y niños mocosos. El aroma del pollo calientito entre el olor a rancio.barato.enfermo de la pobreza. El chofer de la parroquia se llamaba Adán. Que buen nombre para un chofer. Adán era alto, una palmera, y rubio o mejor sería decir rubicundo, rubio permanentemente sonrosado, rubio rojo. La otra pasión de tu abuela, además de ayudar a sus pobres, era ayudar a los seminaristas. A esto le llamaba las vocaciones. Ahí no la acompañabas. Puro aspirante a cura, jóvenes sombríos: sotana y dudas.

Pero en el sueño no estaba tu abuela ni ese universo de caridad y piedad que la rodeaba. Sólo su casa de adobe y piso emparejado, su refrigerador gringo comprado en Caléxico, su sala con una copia de un bucólico paisaje de Millet que nada tenía que ver con el árido y rústico horizonte del más feo Mexicali. Y tú te ibas a morir a los cuarenta y tantos. Así, como sin nada, con un chingo de cosas que hacer, entre ellas morirte. Y tu mamá te traía sacerdotes para que te propinaran los santos óleos y tú le decías que ya no eras católico pero ella no te escuchaba, no podía, nunca lo había hecho. Ya no soy católico, mamá, ya dejé esa madre, insistías pero ella respondía con nos multiplicados: no, no, no e invitaba a pasar al cura, un joven moreno, saludable, de rasgos redondos, vagamente indios. El cura entraba, tú estabas vestido con ropa de calle pero acostado en una cama parecida a la de tu abuela, una cama individual, simbólicamente protegida por la imagen del Sagrado Corazón que no era sólo un corazón, sino un cristo con cara de Errol Flynn (son las referencias de tu abuela) y el pecho abierto de donde emergía una especie de maqueta de corazón para estudiantes de anatomía o jugadores de juegos de video con resplandores de espada láser. Ahí estabas acostado y ahí te traía tu mamá a sus curas. Tú le repetías que gracias por los santos óleos pero tú ya no creías en eso, tú estabas seguro que ibas hacia la nada, la ceniza, la descomposición molecular: una integral materialista que tiende a regresar al mundo. Nada. Tu mamá y el cura blandían un botellín de aceites esenciales con pretensiones de pasaporte ultraterreno. Te encabronabas. Le reprochabas a tu madre el no haberte escuchado nunca. Ella multiplicaba su negación por tres reduciendo al mínimo el silencio o la coma o los dos puntos o ese aire mal respirado con el que separaba su mansalva: no-no-no y blandía el frasco goteando y las gotas te caían en la frente y el cura hacía una cruz y tú te limpiabas en un invisible afán materialista.

2 Respuestas a “Santos óleos materialistas

  1. pepenalda 30 noviembre, 2013 en 23:25

    Si captas jajajajaja, fuera de broma y entrando en materia:

    Santos óleos materialistas.Harmodio.NunezNalda.huki

    Se murio un dia, o fue una noche, solo se que la muerta que todo nos debe que todo esconde y que todo da al quitar respetando las memorias definitorias de Bolaño. Las formas integras envolvieron ese cuerpo que siempre se supo ocupado o al menos lo pensó.creyó y una vez mas el hombre del sueño cumplio con la cara en alto o al menos un dejo de mirada no fuera a ser.

    Un ojo al menos y ya no era mexical tan calexico era Torrion menos lexico.

  2. pepenalda 30 noviembre, 2013 en 23:29

    Santos óleos materialistas.Harmodio.NunezNalda.PasoAPaso.huki

    Se murió un día, o ¿fue una noche?- -Solo se que la muerte, que todo nos debe, que todo esconde y que todo da se presento al igual que dizque ocupado escritor.

    Las formas integrales envolvieron ese cuerpo que siempre se supo ocupado y al menos esa vez, lo pensó y fué.

    Cada quien siguió su curso un vagón un otro. El hombre del sueño de aquiel vagon, de aquella mochila de los pixies murió.

    Y como es menester en cada cuento de hadas, el país cerró.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: