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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

El niño que quería que perdonaran a los nazis [1/∞]::ombligo

Oficialmente, papá Árbol de Pan dice que mamá Jazzy se vio muy enferma cuando bebé Yoyó nació. Verse enfermo, ese es el término que siempre usa. Como si la consciencia de la mirada estuviera divorciada del cuerpo y pudiera presenciar su sufrimiento desde una aurora de protección.

En la historia oficial, mamá Jazzy se ve muy enferma porque los doctores que atienden su parto están ebrios y dejan una parte del instrumental médico dentro de su vientre. La cosa se infecta y mamá Jazzy emite más adelante eclosiones verdes pútridas del vientre, que la postran cuatro meses en terapia intensiva sin apenas poder acercarse a bebé Yoyó. Papá Árbol de Pan cuenta esta historia mirando al horizonte o al destino, casi buscando ese párrafo en donde él mismo amenaza al doctor de las solapas porque quiere a ambos, su mujer y su hijo, vivos. La historia oficial no especifica en cambio cuáles eran los riesgos que aquejaban al bebito: en esta historia oficial sólo hay un rol de enfermo y ya está ocupado por mamá Jazzy. Los roles son los siguientes: enferma, héroe y culpable. Por extraño que esto parezca, la historia oficial le reserva el rol de culpable al bebito.

Yo por mi parte no sé si creer en la historia oficial. Yo era un recién nacido idéntico a los millones de bebés que a diario llegan al planeta desde que la tierra es tierra y el oxígeno una sustancia respirable. Un bebito dependiente, ¿qué bebito no lo es?, necesitado de todo ese arsenal de cuidados, cariños y apapachos a los que son tan afectos los bebitos. No creo haber sido culpable de nada hasta el momento, ni de la borrachera del cirujano ni del ectoplasma verde que brotó del vientre de mamá ni de los cuatro meses que pasamos sin frecuentarnos, ella en el cuarto de cuidados intensivos, yo en el cunero. Yo apenas si sabía cómo tener acceso a los sentidos. Yo apenas si podía respirar.

La historia oficial dice que bebé Jazzy pasó cuatro meses en el cunero, mismo que describe como una granja de camitas pueriles yuxtapuestas como los manípulos romanos en los cómics, cuadriláteros equidistantes, ordenados, un bebé por cuna, las enfermeras vestidas de un blanco impecable, cofia, falda, camisa de manga corta, maternalmente afanadas en esa milpa de niños que no son suyos. Por cierto, la historia oficial agrega que estas enfermeras querían mucho a bebé Yoyó pues era el único no recién nacido entre recién nacidos. Cuatro meses en un cunero da tiempo para adquirir malos hábitos, como robarle las cobijas a los efectivamente recién nacidos.

Cuatro meses confinado en el cunero, robando cobijas y cautivando enfermeras con un improvisado carisma de no tan recién nacido, carisma de vida o muerte para el bebito sin mamá que depende del cuerpo de auxiliares médicos para sobrevivir, dice la historia oficial. No me queda memoria del lugar, pero sí de una foto que algún día me enseñaron con la que supuestamente era mi enfermera favorita (o viceversa). Tengo los ojos extraviados.

¿En qué estábamos? En el cunero, sí, y en que mamá Jazzy se recupera trabajosamente de la cesárea fallida y en que papá Árbol de Pan amenaza de las solapas a un doctor para obligarlo a salvar a su mujer y a su hijo. ¿Pero qué tenía su hijo? La historia oficial no lo cuenta. Se sabe sólo que bebé Yoyó recibió una transfusión de sangre por el ombligo y que por eso lo tiene ancho, con forma de ojiva, carente de esa gracia espiral de los ombligos que no sufrieron traumatismo alguno.

Un ombligo cosido con hilo, como si el corte del cordón umbilical no hubiera sido un buen augurio para iniciar la vida sino un castigo.

Bebé Yoyó no va a recordar por supuesto nada. No le gustará su ombligo cuando crezca, ni por su tamaño ni por las costuras de fondo, pero al menos celebrará que siga ahí, cerrado como un labio cosido a media palabra viva. Celebrará también que al final de los cuatro meses de convalecencia postparto mamá Jazzy y papá Árbol de pan abandonen el hospital, al menos físicamente. A Bebé Yoyó le habría gustado dejar en el hospital los roles a los que la historia oficial los había confinado, por ejemplo que mamá Jazzy hubiera dejado la máscara de enferma para salir a abrazar la salud ya fuera del hospital, en vez de pasarse el resto de su vida adulta representando el rol del enfermo imaginario. Pero los roles eran rígidos y la historia oficial una sola.

Reitero: la herida comienza en el ombligo. En esos puntos de aguja quirúrjica que cierran un cordón umbilical anómalo. Quizá el cirujano cortó el cordón y cosió el ombligo antes de tiempo. A los bebés normales (inocentes, diría yo) se les cose poco o nada y la herida se cierra sola tras unas semanas de desinfección cotidiana. Con los bebes anómalos (culpables, diría yo) las cosas son distintas: hay deudas, faltantes, cuentas pendientes que hubo que amputar para poder cerrar el trauma del cordón y mandar a padre, madre e hijo a seguirse cobrando en planos menos materiales.

Papá Árbol de Pan y mamá Jazzy necesitaban concebir un bebé extremadamente ruin (por ejemplo, un nazi) para poder depositar en él varios fardos sedimentarios de culpa acumulada, proveniente incluso desde un más allá genealógico, invisible desde sus respectivas actas de nacimiento manuscritas. Esto lo pienso yo, por fuera de la historia oficial porque ésta sólo dice que a bébé Yoyó le hicieron una transfusión de sangre (papá Árbol de Pan fue el donador, ¿quién mejor donador que un héroe?) por el ombligo y que por eso se lo debieron coser así. Segunda anomalía: el cordón umbilical es una vía privada madre-hijo, reservada para tránsitos alimenticios y en su defecto edípicos: la sangre de papá Árbol de Pan no tenía nada que hacer ahí, ¿o sí?

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