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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

monólogo matutino (algo críptico) leyendo a Daniel Sada

Daniel Sada y sus octosílabos. Estoy leyendo Porque parece mentira la verdad nunca se sabe. Llevo seis meses leyendo ese libro y apenas voy a la mitad. Son seiscientas páginas de octosílabos. Con excepciones. Empieza con heptasílabos y endecasílabos pero luego los octosílabos se vuelven mayoritariamente abundantes de una abundancia superlativa y dominadora. Sin pesadez, empero. Con una creatividad léxica (pongan aquí un adjetivo que conlleve sorpresa, lucidez, sagacidad, velocidad de acceso a la totalidad del patrimonio léxico hispano norteño, por ejemplo:) temeraria.

Leo a Daniel Sada en una ruta que conlleva dos autobuses y un tren. Primero en el autobús 255 que une Saint-Ouen con la estación de trenes de Saint Denis. La portada del libro  (una edición de Tusquets) trae una foto de Robert Capa: La primera víctima del día de las elecciones. Esa foto contiene potencialmente todas las posibles variantes antropomórficas de un rostro mexicano. Acaso la novela de Daniel (la übernovela de Daniel) contenga también potencialmente todas las frases (posibles, potentes) un mexicano podría pronunciar, especialmente un mexicano afectado o agredido o lastimado o pasado bajo la aplanadora del cacicazgo cotidiano al que malllamamos política. Pero en dulce, en corrido, en octosílabo cantadito con palabras y alientos que provienen del romance serfardí o la primera poesía mozárabe. Todo ese lento trabajo arqueológico de la etimología puesto al servicio de la historia de un fraude electoral en un estado del norte en todas sus mortalidades: la violencia jerárquica, la burocracia corrupta rayana criminal, la periferia de mudos, la oposición ética.romántica y la gran familia mexicana, como no, con sus fidelidades y sus calenturas entremetidas en un canto épico.

Leer Por que parece mentira la verdad nunca se sabe es sumergir la cabeza (los oídos, los ojos) en un torbellino local con ritmo de lavomatic.molino.de.viento en frases que hacen crac crac no con onomatopeyas sino con palabras raras provenientes de lejos, logaedros que algún árabe lanzó a caballo desde su boca barbada de fiel de Alá y que por alguna herencia (por mor) azar  viral.vital llegó hasta nosotros pasado por Castillaragón, la colonia, el náhuatl y norte bárbaro.

No estoy siendo muy claro: no hay manera de serlo en una mañana de protoinvierno, en un tren que une Saint-Denis con Épinay-Villetaneuse, leyendo un libro mexicano en un andén poliétnico donde todas las nacionalidades, cada una con la cabeza llena de su propia maraña etimológica, esperan el mismo tren que los lleve a una miseria amistosa, protectora: de anónimos periféricos quizá menos mudos que los de Sada pero igualmente parte baja de la pirámide social. Son esos ojos lejanos de pordoquier quienes al compartir mi vagón se posan ahora sobre la foto de Capa sin interés, acaso con curiosidad exótica y entonces Capa y Sada hacen buena pareja para decir, en un instante de visual o en seiscientas páginas verbales, una misma frase que no es una frase sino un lugar: el norte de México, la luz del norte de México, las urnas incendiadas en el norte de México, los casquillos bien invertidos del norte de México, el logaedro de la lengua bronca como leche sin hervir o como comparación harta de comos.

Las espirales rítmicas de Sada conminan a pensar en octosílabos, también con palabras viejas que suenen originales y canten bonito y tengan el humor del amor y el amor de la huída y una propensión introductoria a empezar los enunciados por un legal adverbio de cantidad: Otrosí.

El tren llega a Épinay. Las puertas del vagón se abren y los cinco continentes salen al andén, entran al túnel, toman el autobús y van adormilados, tempraneros, expirando bocanadas de invierno en punta de humo, a trabajar en lo que se pueda o lo que se deba, a preocuparse por la integridad sentimental o la guardería del chiquillo o la visibilidad frente al ser-o-no amado. Minucillas cotidianas, diminutivas como las chancludillas de Sada en su congal imaginario El Firmamento; traemos tanta y tan antigua etimología pegada con medioambiente y genética a nuestra pared neuronal que nuestros lugares comúnes podrían de pronto descomunalizarse para de pronto llamarse con topónimos sadianos: Remadrín, Pencas Mudas, San Chema, Capila, Mágico.

Un café y un vaso de cartón de invierno para leer al sol de Daniel Sada en un camino que transmite potencia. Potencia de energía y de posibilidad infinita: así como esos rostros de mexicanos de medio siglo pasado en la cámara de Capa pueden contener todas las posibles o probables variaciones morfológicas de lo que sería la carota de México setenta años después, las frases arcaizantes de Por que parece mentira saben contener todos los posibles futuros mexicanos ya dichos ahí con el ingenio, humor, humildad, engaño, requiebro, generosidad,  amabilidad, sumisión traicionera y un largo etcétera de atributos mexicanamente nacionales que, como las palabras en la red etimológica de nuestra cognosis colectiva, avanzan también en un tren soleado hacia su trabajo cotidiano: mutar, cambiar, mantenerse, conservar, permanecer, respirar y sobrevivir hasta lo imposible.

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