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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

sobre la lengua en construcción de bebé.darío

Ya tiene tiempo que tengo ganas de escribir sobre la adquisición del lenguaje de mi hijo Darío, hoy de diecisiete meses. Darío nación en la primavera de 2012 y uno de los aspectos más fascinantes de su crecimiento ha sido la búsqueda de sonidos, su aprendizaje y domesticación hasta llegar a los paleo.sustantivos con que tan bien se defiende hoy en día, mucho más numerosos que los verbos (hoy por hoy sólo cuenta con tres: quita en español, donne en francés (dar, o más precisamente: da) y caminar, este último muy útil cuando se quiere salir de la carriola.

Desde el principio de este, su primer y único principio, a Darío le han fascinado los sonidos, los balbuceos, los fonemas. Tenía apenas 5 o 6 meses cuando emitió el primero a voz en cuello: . Desde endenantes yo solía recitarle el silabario, especialmente cuando necesitábamos captar su atención para que, hipnotizado por la secuencia fonética (ba, be, bi, bo bu, da, de, di, do, du y el etcétera se extiende hasta la zeta) pudéramos cambiarlo o vestirlo o cortarle las uñas sin que se desesperara.

Ahora que lo recuerdo, ese primer es muy emocionante (en su momento no lo fue tanto, pero en retrospectiva y visto el edificio fonético, léxico, sintáctico y semántico que se está construyendo sobre él, lo empieza a parecer).

Después de siguió guí. Con una i muy pronunciada, insistente, larga: guíiiiiiiiiii. Una especie de afirmación de la garganta en si que venía a balancear en sus altos las profundidad submarina del subgutural que la había precedido.

La idea de relatar la adquisición del lenguaje de Darío me vino de una radionovela que escuché en France Culture: Presente simple, en donde Amalia Escrivá cuenta las primeras palabras de su hija y la forma en que este rudimentario rompecabezas del lenguaje infantil permite que una niña lidie con la compleja realidad cotidiana de su familia, la migración y las diferentes lenguas que nombran su mundo.

A veces, en vez de Darío, le decíamos . La primera sílaba que pronunció se volvió así un improvisado bautizo, nombre dulce temporal, apodo cariñoso. Ven con , vamos a cambiar a , ¿ya se durmió ?

Quizá eso lo impulso a arriesgarse a una nueva sílaba guí. No era una queja, maś bien un llamado. Guíiiiiii, estoy aquíiiiiiiii.

¿A los cuántos meses empezó a balbucear directo? No lo recuerdo. Fue una toma de palabra monosílaba e inesperada: ¡bababa! .

Qué volátil es la memoria de los nuevos padres. Valga aquí una pausa cognitiva para mencionar la enorme cantidad de conocimiento nuevo que las madres y los padres recién deben adquirir para poder proveer atención y cuidado al bebito. Baño, biberón, cambio de pañal, papillas, pañales: todo un laberinto logístico, que llega con una avalancha de nuevas habilidades que se deben adquirir en verdadera chinga, si se me permite la expresión, y esta adquisición a veces debe llevarse a cabo al son de la impaciencia de un llanto perentorio: la condición del ser bebito es perfectamente ajena a la paciencia.

Durante el balbuceo descubrió que el bordar sílabas es un bucle infinito: babababababababa. Las consecuencias fonéticas naturales fueron los tan esperados mamá y papá, pero aún no asociados a nosotros, sus padres, sino surgidos como una mera repetición o un efecto acústico aún sin finalidad: mamá y papá tampoco tenían límites y el balbuceo se convertía fácilmente en un maratón silábico bañado en baba.

Entonces descubrió (¿cuántos meses tenía?, ayúdame, Hanna) que en situaciones de desconsuelo o desesperación dos sílabas eran más eficaces que el resto: mamá si la situación se prestaba a cierto margen de espera, y un largo lamento en máaaaaaaaaaa en caso de emergencia.

No sé por qué me estoy acordando del dicho cruel: la letra con sangre entra. El dicho me parece ahora forzado y cruento: antes de la letra hay un laberinto de sonidos que no tienen nada que ver con la sangre, al menos no en su acepción dolorida. Hubiera preferido que el dicho hiciera alusión a esa otra semántica más tibia de la sangre: el vínculo filial de tu familia, tu papá, tus tías, tus primos: ¿cómo estará mi sangre?

Así, los primeros sonidos de Darío surgieron en la pecera de un espejismo acuático de generación espontánea: la sangre calientita y benevolente de tu familia, tu abuelito el maya militar, tu abuela de trenza larga y dichos de colores, y tantos otros mezclados de por vida en tu sangre y tus sonidos. Sangre infinito.filial: gú, guí, má, pá, bababababa.

Su primera palabra llegó a los ¿ocho, nueve meses? En ello Darío fue canónicamente coherente con la línea de la vida: su primera palabra coincidió con su primera necesidad: agua, dicho en español del México bebito: aba en la versión corta, abua en situación más nítida.

¿Qué fue lo que dijo después, te acuerdas Hanna? No tiene todavía dos años y mi memoria de padre nuevo ya es un campo de ruinas carcomido por este presente del cotidiano y también por el enjundioso niñito que ya es Darío hoy: hombrecito en formación, caminador certero, amante de la música, el baile, los balones de todo tamaño; abominador visceral de que lo vistan, lo cambien de pañal, le laven la nariz con suero y en general lo confinen a la inmovilidad temporal para ejercer cualquier clase de higiene textil sobre su cuerpo, con una sola excepción: el baño de todas nuestras tardenoches tempraneras, siete, máximo siete y media (¿qué hacíamos a esa hora, Hanna, antes que Darío viniera a nuestras vidas? ¿en qué fondo de inversión cronológica depositamos tanto tiempo libre antes de reencarnar en padres y venir súbitamente a habitar el planeta Biberón.Pañal.Carriola?).

Creo que su siguiente palabra fue coche (¿confirmas, Hanna?). Vivimos en la planta bja de una casa, la calle no es muy concurrida por tanto los coches rompen siempre cierta calma, aún en las horas pico. Reformulando: el brío del motor de explosión de un coche siempre amenaza la tensión superficial de esta falsa provincia suburbana en donde vivimos, que geográficamente no es para nada provincia pues se encuentra apenas a cuatrocientos metros de la gran capital, pero que por el hecho de estar confinada entre un cementerio y las vías del tren de la Estación del Norte se crea un efecto insular de calma que poco o nada tiene que ver con el bullicio de la capital. Y desde ahí, desde nuestra planta baja, el estruendo de un coche es una hecatombe menor, un estruendo en miniatura o un metrónomo urbano que nos da la hora: por la noche los motores son más raros, su paso se escucha nítido mientras que de día su paso se hace orquesta, zumbido mecánico de fondo. El ruido de los coches al pasar por nuestra planta baja es la canción de cuna de Darío, no es extraño entonces que su segunda o tercera palabra (así como su primera obsesión de juguete) sea un coche.

No es cierto. Me estoy acordando ahora que antes de coche dijo au revoir, sí, su segunda palabra (segunda es una exageración, pues fue por poco simultánea a la primera): un au revoir con la i igualmente larga, en agudo creciente y ahora que lo escribo (conforme la escucho) veo un eco paralelo entre ese au revoir de nota huida y la prolongación del guíiiiiii. Esos primeros aux revoirs de aquel bebito que aún no llegaba a los diez meses eran espAcialidad pura porque, en su agudo montante, la í se iba lejos queriendo significar distancia: mira, alguien se aleja hasta desaparecer por un un rato, un ratito, unas horas, unos meses o para siempre. Esta coreografía de llegadas y despedidas acaso desenraíce de inicio la lengua de este niñito nacido en Francia de padres mexicanos, permanentemente expuesto al salto continental tanto en la realidad de nuestros desplazamientos navideños como en la fantasía de una nostalgia discursiva: nuestras conversaciones gastronómicas, económicas, políticas, deportivas bailan entre dos mundos, México, Francia y ese talento que ojalá no le hayamos heredado para no sentirse en casa en un solo sitio, sino en dos: esta, nuestra casa bienhechora y bicéfala y su techo protector ancho de dos contintentes, por imposible que esto parezca.

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