malversando.blog

Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

dorita.garay.racis.clacista

Tras la pausa comercial (¿ya hablaron con Armani?), regresamos a la cafebrería El Parnaso, que por aquel entonces se encontraba en una esquina equidistante de la fuente de los lobos y la iglesia de Coyoacán. Tras los anuncios comerciales (gafas, autos, fragancias de caballero) seguimos con Basilio, cuyo físico recuerda al de Enric, pero en frágil, poquito menos alto, porquito más fofo. Si en el bagaje cultural de los telespectadores cupiera la figura de Samuel Beckett, flaco correoso, pelos de escopeta existencial, arrugas prematuras, ese podría perfectamente ser Enric, mientras que Basilio encajaría más en algún Joyce en tiempos de hambre, mucho antes de la ceguera: el Joyce del cabello enmarañado y la barba premonitoria. James Aloysius Wannabe Joyce.

Pero Joyce y Beckett tienen sin cuidado a los telespectadores, por tanto tendremos que regresar al dominio de lo objetivo: el retrato balzaciano: Basilio, dos puntos : físico frágil, piel menos morena que la de Enric, pero para nada blanca, ojos color avellana que se aclaran al contacto del sol ultracontaminado de la ciudad de México a tal punto que rayan en esos ojos verdes que todo moreno mexicano desearía tener para escapar al purgatorio del biotipo racial mestizo. A diferencia de Enric, Basilio no tiene coche ni verga enorme ni convicciones voluminosas. ¿De qué alfileres sostener entonces el amor propio de un post.adolescente chilango.suburbano de 19 años? Los rubios de ojos azules por lo menos pueden jugar la carta colonial: no tiene coche pero es güero, no tiene coche pero tiene ojos verdes, no tiene coche pero nos va a mejorar la raza. Que los guionistas dejen bien claro que esa ideología racial.colonialista es patrimonio exclusivo de Basilio, por nada del mundo se vaya a confundir ese discurso con la moral que vehicula la serie: nada espanta más a los patrocinadores que las confusiones raciales. Constrúyase entonces un personaje de rico venido a menos, tercera generación. Alguien que se sirve de los ocasos como un reflector donde acomodar su perfil en el ángulo exacto para que la incidencia del sol en sus ojos los encienda de esa efímera tonalidad cromática mal.llamada verde.fuga, cuya principal característica consiste en salvar, así sea de manera efímera, a los morenitos de su clase racial.social: mírame bien, ¿verdad que sí tengo los ojos verdes?

Sin embargo, para el telespectador promedio, todo eso suena demasiado complicad. Mejor empezar por explicarle que los chilangos son los habitantes de la ciudad de México, también llamada D.F., y además sugerirle la pirámide de las castas raciales que encumbra a los rubios blancos de ojos claros en el canon de la belleza y deja a los morenos en la base de la pirámide, esa que vive convencida de su fealdad. Quizá (¿qué presupuesto tenemos para efectos especiales?) podríamos agregar por computadora una etiqueta que haga el resumen racis.clasista de cada personaje, para así resumir que la ideología de época exigía que los jóvenes se valuaran entre ellos, y que tal avalúo consistía en un algoritmo complejo, mezcla de lo racial, lo fonético (¿qué colonia, qué clase, qué educación, qué ingresos, qué color de ojos deja entrever su habla?) y lo literalmente material. ¿Qué coche me dijiste que tienes?

En tal contexto, los ojos verde.avellana de Basilio son el sucedáneo humilde de los ojos negros de Enric envueltos en el patrimonio de unos lentes marca Armani (¿por qué seguimos promocionando Armani? ¿Ya nos depositaron?).

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