malversando.blog

Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Archivos mensuales: marzo 2012

término meramente metafórico: evítese durante el rodaje

En el trinitrón espeso de la pantalla aparece entonces un plomero acompañado de música de consultorio dental. Dora comienza a reírse, ¡qué ridículo es el porno! ¿cómo se pueden excitar con eso? Enric y Basilio contienen bajo sus respectivos pantalones sendas erecciones duras cual obelisco, no están preparados para la burla, al contrario, no tienen gran capacidad de respuesta emocional, se desubican, se ponen nerviosos, Basilio los observa sonriente y piensa: tengo que ir al baño.

Sigue aquí una secuencia vergonzosa para Basilio, que empieza con un gas incrustado entre el aparato digestivo y el reproductor. Si el presupuesto lo permite, entre aquí una toma de los órganos interiores de Basilio, con una voz en off que explique como, por cuestiones relacionadas con la evolución o alguna otra digresión didáctica de interés para los telespectadores, la erección bloquea los procesos urinarios y digestivos y los gases quedan encerrados en el estómago mientras dure la erección. Que los guionistas se las arreglen para representar la erección de Basilio desde adentro, la raíz del pene en la intimidad, como un haz de músculos y tejido cavernoso. Mecánica anatómica pura. Máquinaria, poleas, engranajes biológicos, autopoiesis porno (el término es meramente metafórico: por favor: evítese durante el rodaje).

Huele a orgía. Los labios de Dora, el sudor de Enric, la impaciencia de Basilio, todos signos premonitorios de un escarceo sexual de tres bandas. Sin embargo la preocupación de Basilio, neurótico precoz, es la siguiente, misma en la que piensa mientras abandona el porno y a sus dos amigos en el recibidor y se dirige al baño: ¿qué pasa si ahora Dora nos besa y nos la cogemos? Se me va a notar que no sé coger. Pero eso es lo de menos. ¿Qué pasaría si se me sale un pedo mientras estamos cogiendo? La vergüenza. La ignominia. El fin de la erección apenada, avergonzada, desinflada. Mejor voy al baño, me sacudo los intestinos hasta que salga el pedo y regreso, confiado y listo para perder al fin la virginidad sin que mis amigos se den cuenta.

Eso o algo así piensa Basilio. Que los guionistas se las arreglen. Elipse ahora colgando del picaporte de la puerta del baño. Un pestillo se cierra en primer plano. Basilio respira hondo, piensa en otras cosas, fútbol, la escuela, imágenes vergonzosas que se lleven del haz de músculos que es la raíz de su pene (toma internista) el cuerpo suavecito de Dora, sus senos firmes, y qué bueno que esto es televisión y no literatura, qué bueno que la imagen de unos senos firmes evita la pena de yuxtaponer dos palabras ya tan yuxtapuestas como senos y firmes, o senos y carnosos, o pezones y encendidos.

Mejor el ruido de un pedo, pero no un pedo bufo de chiste de cantina, sino un pedo desde adentro, desde no se llaman pedos sino meteorismo y la cavidad torácica es un firmamento apocalíptico en donde los gases intestinales surcan la bóveda estomacal desprovistos de humor, profundamente serio, como amenazas de fin de los tiempos.

Sin erección y sin gas, Basilio regresa por el pasillo dispuesto a perder la virginidad. ¿Qué se encuentra? A Dora y Enric enzarzados en un beso. No lo esperan. No lo necesitan. La mano de Enric desaparece entre los botones del escote de Dora. Un manco. El brazo no le duele. Basilio sobra. Basilio cierra la puerta por fuera. Enric apenas tiene tiempo de mirar su huída de reojo. No importa. Importa la especie, la urgencia sexual, la prevalencia genética de los gametos.

¿Les gustará así a los patrocinadores?

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dorita.garay.racis.clacista

Tras la pausa comercial (¿ya hablaron con Armani?), regresamos a la cafebrería El Parnaso, que por aquel entonces se encontraba en una esquina equidistante de la fuente de los lobos y la iglesia de Coyoacán. Tras los anuncios comerciales (gafas, autos, fragancias de caballero) seguimos con Basilio, cuyo físico recuerda al de Enric, pero en frágil, poquito menos alto, porquito más fofo. Si en el bagaje cultural de los telespectadores cupiera la figura de Samuel Beckett, flaco correoso, pelos de escopeta existencial, arrugas prematuras, ese podría perfectamente ser Enric, mientras que Basilio encajaría más en algún Joyce en tiempos de hambre, mucho antes de la ceguera: el Joyce del cabello enmarañado y la barba premonitoria. James Aloysius Wannabe Joyce.

Pero Joyce y Beckett tienen sin cuidado a los telespectadores, por tanto tendremos que regresar al dominio de lo objetivo: el retrato balzaciano: Basilio, dos puntos : físico frágil, piel menos morena que la de Enric, pero para nada blanca, ojos color avellana que se aclaran al contacto del sol ultracontaminado de la ciudad de México a tal punto que rayan en esos ojos verdes que todo moreno mexicano desearía tener para escapar al purgatorio del biotipo racial mestizo. A diferencia de Enric, Basilio no tiene coche ni verga enorme ni convicciones voluminosas. ¿De qué alfileres sostener entonces el amor propio de un post.adolescente chilango.suburbano de 19 años? Los rubios de ojos azules por lo menos pueden jugar la carta colonial: no tiene coche pero es güero, no tiene coche pero tiene ojos verdes, no tiene coche pero nos va a mejorar la raza. Que los guionistas dejen bien claro que esa ideología racial.colonialista es patrimonio exclusivo de Basilio, por nada del mundo se vaya a confundir ese discurso con la moral que vehicula la serie: nada espanta más a los patrocinadores que las confusiones raciales. Constrúyase entonces un personaje de rico venido a menos, tercera generación. Alguien que se sirve de los ocasos como un reflector donde acomodar su perfil en el ángulo exacto para que la incidencia del sol en sus ojos los encienda de esa efímera tonalidad cromática mal.llamada verde.fuga, cuya principal característica consiste en salvar, así sea de manera efímera, a los morenitos de su clase racial.social: mírame bien, ¿verdad que sí tengo los ojos verdes?

Sin embargo, para el telespectador promedio, todo eso suena demasiado complicad. Mejor empezar por explicarle que los chilangos son los habitantes de la ciudad de México, también llamada D.F., y además sugerirle la pirámide de las castas raciales que encumbra a los rubios blancos de ojos claros en el canon de la belleza y deja a los morenos en la base de la pirámide, esa que vive convencida de su fealdad. Quizá (¿qué presupuesto tenemos para efectos especiales?) podríamos agregar por computadora una etiqueta que haga el resumen racis.clasista de cada personaje, para así resumir que la ideología de época exigía que los jóvenes se valuaran entre ellos, y que tal avalúo consistía en un algoritmo complejo, mezcla de lo racial, lo fonético (¿qué colonia, qué clase, qué educación, qué ingresos, qué color de ojos deja entrever su habla?) y lo literalmente material. ¿Qué coche me dijiste que tienes?

En tal contexto, los ojos verde.avellana de Basilio son el sucedáneo humilde de los ojos negros de Enric envueltos en el patrimonio de unos lentes marca Armani (¿por qué seguimos promocionando Armani? ¿Ya nos depositaron?).

contador.en.cero

La comedia digital. El poder de regresar a las letras a las cinco treinta de la mañana, con las ojeras puestas y la piedra sacrificial del cuerpo a punto de tinta china: se escribe con el cuerpo
(¿Nietzsche?), no con el cerebro ni su subyacente reptil emociocional. Regresar al blog, al presente, a la detestación de la ficción que lo invade todo como una plaga de óxido: el discurso político, los anuncios comerciales (ayer decía Celine que de los periódicos sólo hay que leer las necrológicas y la publicidad, o dicho de otro modo: sus deseos y sus muertos), el currículum vitae, las relaciones de dos, de tres, de más. El poder de decir, de romper el vidrio de lo
prelingüístico, lo alingüístico, lo antilingüístico y así
sucesivamente con los prefijos que usted quiera. El poder de regresar tras haber visitado la cumbre de la mitad de la vida, regresar (al blog, a las letras, al canto egótico de la máquina deseante): quiero sí.