malversando.blog

Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Archivos mensuales: febrero 2012

El poder de contarle las palabras al poder

Sobre el método AdQat de análisis del discurso

Ya lo decía Foucault: el discurso no es un medio de adquirir poder, sino el objeto mismo del poder. O dicho de otro modo, esos hombres de corbata, esas mujeres de traje sastre que llenarán los periódicos y los noticieros de este 2012 de frases, arengas y promesas con tal de que votemos por ellos no se están peleando por una banda en el pecho ni por un cargo, sino por esto que es tuyo y mío: las palabras, las frases, la enunciación colectiva cuya sumatoria social constituye el discurso dominante, eso que nos reúne, eso sobre lo cual no nos tenemos qué poner de acuerdo porque ya está dicho. El combate contra el crimen, la austeridad ante la crisis, la infalibilidad de la democracia, el callado consenso. En resumen, la imposibilidad de que el mundo sea de otro modo. Es así porque así es: así lo dicta el discurso.

 

El método AdQat sopesa, analizar, cuantifica los elementos estructurales del discurso político y en ese acto le quita parte de su poder. Porque el primer apartado del método consiste en desvincular a la persona de su pronunciamiento: los discursos son despojados de cualquier referencia a su autor al momento de ser evaluados para que el aura histórica, política o mediática del autor no nuble el juicio del evaluador. Aquí cabe una vez más Foucault: el autor, más que una persona pronunciando un texto, es un principio agregador de su sentido, el foco de su coherencia, el garante de su unidad. Luego entonces, despojar a un discurso del copete, la cirugía plástica, el bigotito serio o la sindical faldita que lo pronuncia es propinar un primer, modesto golpe de estado contra ese tirano sintáctico que adquirieron los políticos en su primera infancia, cuando recién aprendían a hablar: el orden del discurso con el que te convenzo.

 

La esperanza es válida: analizar la estructura del discurso del poder, deconstruir sus materiales, probar sus estructuras es en sí mismo un acto de toma de poder, que acaso contribuya a su circulación, a su redistribución equitativa, a su domesticación ciudadana. El resultado tangible de este análisis AdQat es una calificación, un número que sintetiza los diversos elementos del método: calidad de la argumentación, tono emocional, sustento de lo dicho. La calificación tiene la virtud de ser sintética y vendedora; más de un político debe haber llamado ya a AdQat exigiendo mejorar su nota. Sin embargo, la calificación acaso esconda el verdadero valor del “patrón cognitivo”. ¿Qué otra diferencia nos puede ofrecer el análisis del discurso, más allá de las dos décimas que separan a Carlos Salinas de Javier Sicilia?

 

Esta editorial defiende la idea de que los métodos de la Lingüística Computacional son el complemento perfecto para el análisis del discurso tal y como lo plantea AdQat. Los evaluadores que califican los discursos se apoyan ya en una herramienta informática a la medida: el Cuentapalabras. ¿Y si en un futuro AdQat nos ofreciera una comparación de patrones cognitivos recurrentes entre 100 discursos de Sicilia y 100 discursos de Salinas? ¿Y si además del patrón cognitivo, AdQat calculara los patrones gramaticales para saber cuál de los dos es más adepto a la primera persona o al modo imperativo? ¿O un patrón semántico por el cuál saber dónde predomina el léxico bélico, dónde el religioso, dónde el financiero?

Las posibilidades ciudadanas del análisis del discurso político son enormes, y estas se potenciarían si la tarea de los evaluadores humanos de AdQat se complementara con técnicas de la Lingüística Computacional, como el análisis de emociones, la minería de textos o la exploración semántica. Decía Sartre que somos lo que hacemos con eso que los demás hacen de nosotros. Eso que los políticos van a hacer de los ciudadanos está siendo dicho ahora. ¿Qué vamos a hacer con ello? Ninguna herramienta, ningún método está de más ante la amenaza.

Anuncios

Sobre Mántica, libro de cuentos de Abdón Flores

Mántica. Editorial Magenta (2012). José Abdón Flores.

Justo antes de empezar a escribir sobre Mántica, el más reciente libro de cuentos de Abdón Flores, me llega una postal de la India enviada por un amigo al que hace años no veo. La postal muestra una estupa blanca, piramidalmente cilíndrica, rematada en punta dorada. Es la estupa budista de Mindrolling. Al reverso de la postal, tanto mi amigo como el pie de foto insisten en que la característica principal de esta estupa es que libera inmediata y definitivamente a quien la mira, por el solo hecho de mirarla. Aquí tendríamos que preguntarle a Buda o a mi amigo o a Walter Benjamin si, en tiempos de la obra de arte infinitamente reproductible a través de la tecnología, la validez del sortilegio liberador no queda anulada por no encontrarme ante la estupa real, sino solo ante su fotografía. Si yo fuera Ovidio Arguedas, el personaje principal del texto que da título al libro que hoy nos convoca, no tendría necesidad de estupas para liberarme porque, primero, no recordaría que hace años no veo a ese amigo que ahora viaja por la India, y segundo, ya estaría cómodamente instalado en el Nirvana del olvido, liberado del tiempo, realizando el ideal budista de haber perdido todo contacto con el deseo y su causa indirecta: el tiempo. Porque Ovidio Arguedas, el protagonista del cuento Mántica, es el inverso aditivo de Funes el Memorioso: un hombre que desde su nacimiento vive en el paraíso sin memoria del Alzheimer, incapaz de recordar y por tanto inmune al tiempo. Dada su total falta de memoria, el único lugar en donde su existencia social es aceptable es, precisamente, un monasterio budista, mismo que abandona veinte años después para presenciar la sorprendente aparición en el firmamento de (abre comillas) eso que nominalmente se conoce como un ovni (cierra comillas) mismo que aparece una tarde en la que (vuelvo a abrir comillas) el viento soplaba del suelo (vuelvo a cerrar comillas). Considero que el efecto especial lingüístico de un viento vertical soplando desde la tierra no tiene nada que envidiarle a Spielberg ni a los Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, ni tampoco a la flotilla de series televisivas, juegos de video y redes sociales con que la novísima tecnología ha asolado al arte literario en la última década. Permítaseme  transcribir aquí uno de mis párrafos preferidos de todo el libro, en donde Abdón demuestra por qué la literatura no tiene nada que temer en en tiempos de la obra de arte infinitamente reproductible, plagiable y retuiteable (dos puntos, abre cita)

¿Qué aspecto del pasado le reportó? (abre paréntesis para aclarar que se está hablando aquí del ovni). ¿Cuál era la intensidad de carga histórica en ese objeto inusitado? ¿Se preocupó Argueda porque el viento estaba invertido? A todas estas preguntas Ludwig responde lacónicamente: no le reportó ningún aspecto. La intensidad histórica emanada por el objeto era nula. Ovidio advirtió por primera vez que existía el viento, de hecho pensó que objeto y viento eran inseparables, pero al desaparecer aquel y permanecer éste, descartó su conjetura. En cambio el viento vertical le trajo la intuición del vuelo y de las aves y de espacios muy amplios –praderas– donde la vida era tranquila y placentera, y predominaba el color verde. Una cosa más dedujo de aquel encuentro: que algo iba a pasar.

Cierra cita. Éste párrafo me gusta porque muestra algo que, por su grado de abstracción, difícilmente sería traducible a una serie o a un juego de video: el momento en que Ovidio, olvidador crónico, descubre esa sucesión de instantes sucedidos a la que llamamos tiempo. Y también porque es una historia que retoma el tema del tiempo y la memoria, que según Alberto Chimal caracterízó en algún momento a la generación de autores nacidos en torno a 1970. En dicho ensayo, intitulado Generación Z, Chimal describe el azoro de quienes, como Abdón o como yo, comenzamos a escribir en la década de los 90 con esa Ovidiana sensación de que “algo iba a pasar”. ¿Qué era ese algo? El advenimiento del siglo XXI, con sus terroristas, su fin de la historia, sus prisa tecnológica y su inmaterialidad, que se posó como un ovni sobre los escritores del tiempo y la memoria, quienes por aquel entonces rondábamos los treinta años, y arrasó con nosotros. Dice Chimal que, sin haber escrito ninguna obra maestra, a principios del siglo XXI la mayoría de los escritores del tiempo y la memoria dejaron de escribir y que ésta es precisamente la derrota narrativa de nuestra generación: la auto-extinción en masa de la mayoría de sus autores. Dice Chimal que somos la generación Z porque nos quedan dos alternativas no morirnos, resistir, o bien sí morirnos: dejar de existir como los escritores que éramos y volver como los zombies, después de un periodo de silencio. Generación 70-79: sabed que somos larvas literarias viejas a la espera de una resurrección zombie.

Hoy es el turno de Abdón Flores. Regresa con Mántica para demostrar la conjetura de Chimal: la escritura vence a la muerte, al silencio y a toda esa profusión de discursos contemporáneos que parecieran acallar el viejo canal de creación de los Ovidios: el olvidadizo del ovni o el memorioso de las Metamorfósis. Rompe Abdón el silencio literario con cuentos certeros como Cetrería, Novios Blancos o Cuando las aguas bajen, en donde el tema del tiempo y la memoria se materializa en crisálidas narrativas donde un personaje sumido en aquel famoso oasis de aburrimiento de Baudelaire saca la cabeza para ver el tiempo en su circularidad total, como desde la punta de una estupa o el balcón de un departamento neoyorquino o la abertura de un buzón por donde acabamos de depositar ese libro sobre halcones que primero siempre quisimos leer, luego poseímos y al final regresamos a la biblioteca sin haber leído. No son cuentos palabreros ni  de falso largo aliento, sino cuentos estrechos, exactos e incómodos, escrito al borde del precipicio. Sus mejores hallazgos literarios nos dejan personajes asomados al acantilado de las posiblidades que nunca se realizan. La niña de Dos para el mal, asomada al balcón, imaginando que empuja a la gente con la vista; la puta de Cuando las aguas bajen, asomada al río onírico de la confianza mutua, o la entrañable narradora de Cetrería mientras observa a ese marido que la abandonará a finales de febrero alejándose en un globo aerostático, para acaso recorrer en reversa el firmamento de los ovnis y regresar narrativamente el tiempo hasta el futuro día en que los hoy matrimoniados se enamoraron y después se conocieron.

La libertad de los zombies es que escribimos el mundo desde el desenfado de quien ya no tiene nada qué perder. Por eso podemos ponerle a nuestros libros títulos tan enigmáticos como Mántica. ¿Semántica, Romántica? No, mántica de mancia adivinatoria, de oráculos, de caracoles de Delfos ante los cuales los personajes de Abdón preguntan, entre la sonrisa y el cinismo: ¿qué era ese algo que tanto amenazaba con pasarnos?