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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Retrato.de.Dorita.Garay.wilde.harmodio.huiqui

Este texto forma parte del proyecto J’aime mon quartier, je ramasse. Su versión más actual (una novelota) está en malversando.com

Dorita está desnuda en una habitación vacía. O casi vacía, salvo por dos sillas, la del Dorita y la del hombre que la tortura. El torturador canta una canción sobre las palpitaciones de un corazón al sol. Es un hombre de sufrido aspecto, espalda encorvada por las privaciones o la obediencia, no muy limpio ni en sus hábitos ni en su manera de hablar, uno de esas personas que hablan atropelladamente, malpasando los labios sobre las palabras y perlando a su interlocutor con gotitas de saliva propias de la prisa por pronunciar. Pero un hombre honrado al fin, alguien que hace lo que le piden a cambio de una suma fija y mensual de dinero. Torturador de 10 de la mañana a 6 de la tarde, con excepcionales horas extras de madrugada. Vacaciones dos veces al año. Aguinaldo. Dorita, su objeto de trabajo, está desnuda, llorando, sufriendo la milla de dolor, cual se debe en los buenos torturados. No se le ha tocado ni con el pétalo de una picana, no se le ha sumergido en agua mineral, no ha habido hasta ahora una sola gota de violencia. Pero Dorita llora porque está desnuda frente a un hombre que no conoce, un burócrata del terror, alguien que en la calle no representaría ninguna amenaza para nadie, pero que aquí, en esta habitación casi vacía, sin ventanas, alejada de cualquier lugar más o menos humano, dice palabras breves, rápidas, perladas de saliva: te vamos a tener que torturar, y esa sola frase sobre una mujer desnuda abre la compuerta del llanto, del sufrimiento anticipado. Un cuerpecito sufriendo en el plano imaginario lo que a continuación le tocará sufrir en en plano real. Sin nada más que decir, el torturador vuelve a tararear su cancioncita. La muchacha solloza. La muchacha es bonita, tan bonita como aquellas torturada de serie porno.policiaca, una de esas series cuyos héroes son policías científicos, guardianes del orden moral, legal del mundo: en esas series nunca torturan feos: los bonitos constituyen mejor carne de tortura que los feos, acaso porque la fealdad es en sí una tortura lenta, indolora pero terrible, los feos nacen con la picana de su fealdad puesta. Dorita no. Ella era espectadora de series policiacas, nunca protagonista; ella era consumidora, no objeto de consumo. Ella daría toda su belleza por estar ahora acostada en el sillón abrazando a su novio bajo una cobija, su cabello color topacio desparramado en la comodidad flojita de la almohada, el sueño profesional venciéndola: mañana hay que trabajar. Pero no. Mañana es día de asueto. Vacación para desaparecidos. Gente que se ausenta del mundo por una o dos semanas, meses, años, para darse una vuelta no por el placer sino por el suplicio infligido por alguien con una mayor capacidad de fuego, logística y dominación. Vacaciones culpables para inocentes. Pero, ¿es inocente Dorita? Nadie es inocente, piensa el torturador sin dejar de tararear su cancioncita. No lo digo yo, regurgita el torturador, lo dice La Biblia. Porque el torturador ha leído La Biblia, no en su totalidad ni de manera lineal, sino por fragmentos, como un mosaico a oídas y leídas: el sermón de los domingos en la iglesia, los predicadores de madrugada en el canal de televisión católica, o la Biblia que sembró en el revistero del baño, bajo la torre de revistas femeninas de su esposa, porque en el fondo alberga la duda de ver si eso de Dios es cierto. El paraíso y todo aquello. Si la leyera con más detenimiento se daría cuenta de la infinitamente superior calidad literaria del Antiguo Testamento sobre el nuevo. En eso los judíos son muy superiores a los cristianos. Lirismo. Tensión dramática. Complejidad de los personajes. El problema es que la escritura del Nuevo Testamento ya se dio por concluida. Pero su lectura es superficial, y de cualquier modo un torturador no tiene la claridad ni la calma para concentrarse seriamente en esas cosas. En fin, piensa el torturador o piensa Dorita, poco importa: están tocando la puerta: ahí viene la acción. El torturador deja de cantar. Dorita deja de llorar. Sabe que hay que dejar de sufrir en lo imaginario porque ahí viene lo real. Teme, pero no todavía. Un instrumento animal siendo afinado para el sufrimiento. La frontera de lo real. Espera. La puerta se abre. El torturador recibe a otro hombre. Un hombre que entra con una cámara fotográfica: un artista. Espera. No es un hombre. Es una mujer. Viene cubierta con la típica sábana negra en donde se sumergen los fotógrafos para hacer sus fotografías: la sábana oscura de los aparatos viejos: una fotógrafa del siglo XIX, conduciendo un enorme aparato de ruedas, una vieja cámara fotográfica con sábana negra y placa de plata. Lo contrario a una tecnología de punta. Debemos aquí detener brevemente la acción para improvisar un antónimo de punta. Algo que no represente el extremo de un arma; algo que no protubere ni hiera: una palabra ancha, instrumental pero rolliza, un vocablo gordo y bueno, demasiado bonachón para venir a punta de lanza o de pistola, demasiado impuntual para la hora punta, calmante inmediato de pelos de punta, generoso en exceso, capaz de desbordar ampliamente la punta de la lengua. Mango. Hora mango. A punta de mango. Con los pelos de mango. Lo contrario de lo puntiagudo: lo mangograve. Lo contrario de un arma: una fruta. Lo contrario de una amenaza: un color. Lo contrario de una herida: un sabor. Podemos regresar al drama. ¿Dónde estábamos? Lo tengo en el mango de la lengua. Ah, sí, con la tortura de punta. Dorita desnuda. Un torturador que tararea. Una habitación vacía, salvo por dos sillas. Tocan a la puerta. Entra una fotógrafa que parece fotógrafo por encontrarse envuelta en esa sábana negra donde antiguamente los fotógrafos se refugiaban para perpetrar su vicio. Entra empujando una torre mecánica con ruedas, una vieja cámara fotográfica, nada que ver con las cámaras digitales, microscópicas de ahora: todo eso son armas de punta. Esto no. Nada que ver. Esto es tecnología viejita, tecnología de mango.

Surge un espacio en blanco.

Los espacios en blanco significan que el tiempo o el espacio están transcurriendo.

Cambio de decorado.

Que entren los tramoyistas.

Que se lleven la página anterior.

Que traigan una trama nueva.

Un contrapunto de trama para el drama arriba mencionado. Un nuevo drama que ocurra en una calle de París.

Cambio de contexto.

Tramoyistas, instalen, durante este largo espacio en blanco, una calle cualquiera de París. Pero sin los lugares comunes. Sin el Sena ni nada de eso. Es más, ni siquiera digan que la calle está en París. Simplemente pongan una calle cualquiera de una ciudad cualquiera. Al rato nos las arreglamos para decir que la calle está en París. A lo mejor ni siquiera es necesario, y así nos ahorramos toda esa clase de cosas absurdas que aparecen en la cabeza de la gente en cuanto uno menciona la palabra París.

Dejen únicamente el farol. No en todas las ciudades hay faroles, pero en París sí y eso está bien.

Terminemos el espacio en blanco con una sombra. La sombra de un matón. Un matón mexicano. Junto al matón, aparece proyectada la cifra que sintetiza su salario. La cifra no forma parte de la realidad, es una proyección. Que aparezca y desaparezca. Una cifra de luz junto a la sombra, representando el sueldo del matón. No gana tanto dinero porque no es un matón de personas, como esos que protagonizan las series porno.policiacas. No. Este es un matón de fotografías. Un especialista en la destrucción de retratos humanos. Un antropo.iconoclasta. Para acabar pronto: un fotomatón. Pero por favor, caracterícenlo con todos los atributos de un matón tradicional: corpulencia, barba rala, lentes oscuros, pelo negro, ojos cafés, manos en los bolsillos, piernas gruesas y actitud corporal propia de quien ha liberalizado todas y cada una de sus barreras éticas para ser capaz de acabar con la vida de una persona a cambio de dinero. La única diferencia radica en que éste no asesina humanos, sino fotografías, pero por ahora esa diferencia no es significativa. Queremos que, al verlo, el espectador sienta el mismo miedo que siente al ver los matones de las series policiacas. Ese miedo tranquilizador: el mundo está lleno de gente así, pero a mí no me va a pasar nada: yo estoy al calor de mi sofá, mi marido y mi televisión.

La escena es muy breve. Casi un flashback. ¿Cómo demonios se puede decir flashback sin tener que contorsionar la lengua española con una pronunciación inglesa? Detengamos aquí la acción para buscar una palabra que nos permita atraer al español la palabra flashback en algo que contenga luz y memoria, resplandor y pasado, una palabra.instante capaz de abrir un pasaje en el decurso dramático del relato y transportarnos a otro tiempo, mezcla de regresión, evocación y el antónimo memorioso de la amnesia. Por ejemplo: retromnesia.

En las series porno.policiacas, la retromnesia es pasada por un filtro de color: azul, blancoinegro o sepia. Así se sabe que es pasado, que el personaje era un niño, un joven, alguien distinto, alguien perfectamente ignorante de que algún día su vida daría un giro trágico, digno de serie porno.policiaca.

Las series porno.policiacas son series donde se aprovecha el canon de la serie policiaca (¿ya agarraron al asesino?) para hacer alarde de violencia, exhibir sin moderación el cuerpo y sus intestinos y poner en escena una crueldad necrófila cuyo resultado es un clima de opresión sádica en donde el único oasis posible es una pausa comercial.

Decíamos que la escena ocurre en París, bajo un farol en cuyo muro se proyecta la sombra de un matón, o mejor aún, el matón mismo de espaldas contra la pared, fumándose un cigarro a la luz del farol, con la mirada dirigida insistentemente hacia la longitud de la calle, que por supuesto nosotros no alcanzamos a ver, y por donde presumiblemente aparecerá la víctima que espera. Resumiendo: un matón de noche, un matón esperando a su víctima bajo un farol.

Escúchese aquí un grillo. La garganta del grillo posee la enorme virtud dramática de amueblar la espera. Los característicos intervalos regulares de su cri-cri son sinónimo de que no está pasando nada y augurio de que todo está por pasar. No importa que no haya grillos en París. Esos detalles se arreglarán después.

La acción ocurre muy rápido. La nueva víctima aparece. No es Dorita. Es una víctima distinta, también calcada de las series porno.policiacas: por supuesto inocente, de preferencia mujer, guapa de una belleza que no es de largometraje ni de anuncio publicitario. Guapa, pues, de una belleza perfectamente normal, belleza de estudiante, abogada o secretaria, podría tratarse de cualquiera de nosotros, casi se podría decir que su belleza emana de su natural congenialidad.

La víctima mete la llave en la cerradura de una puerta que no habíamos visto, pero que el talento giratorio de la tramoya nos revela justo ahora, en el preciso instante (huelga el adjetivo: no hay instante que no sea preciso) en que el matón impide el cierre de la puerta, fuerza la entrada, extrae un arma de punta desde el fondo de su abrigo (tampoco habíamos visto el abrigo) y se abre el paso hasta el departamento de la víctima, que como buena víctima no hace nada para salvarse, muy por el contrario, precipita con sus actos el desenlace de su destino. La punta del arma brilla en la calma de la noche. Ya no se escuchan los grillos. Sólo el subibaja aterrorizado de la respiración de la víctima. Faringe rápida. Pulmones infla.desinflándose precipitadamente. Animales ante el miedo.

La víctima se llama Andrea, pero eso en sí no importa. Lo que importa es el acto de nombrarla, es decir de encarnar el miedo en carne y hueso, valga la redundancia, dando así lugar a un cuerpo, el cuerpo indispensable para que la trama transmita su miedo a los espectadores quienes, más que ponerse en el lugar de la víctima, se ponen a la víctima, su sensibilidad, su miedo, sus ganas de huir encima: todos, como Andrea, tenemos un cuerpo abajo del nombre, una manera de ganarnos la vida (Andrea es diseñadora), una edad (28 años) y un lugar en donde guarecernos de la noche (Andrea vive en la única calle con grillos de París). Parco de palabras, la punta del arma en ristre, el fotomatón ejerce su trabajo: intimidación, pateado de estantes y libreros, destrucción de la pantalla de plasma del televisor, creación de caos de vajillas rotas: no le importa que lo escuchen los vecinos: su trabajo es que Andrea (y todos aquellos que en ese momento se encuentren puestos en el lugar de Andrea) aprenda quién tiene la sartén por el mango grave, quién manda aquí. Y en China. Y en París. ¿Me entendiste?

Andrea, por su parte, es una víctima ejemplar: se cubre la cabeza con los brazos, teme encorvada debajo de una mesa, llora, pregunta ¿qué quieres de mí?. Terminada la fase de derribo intimidatorio, el fotomatón enciende el segundo cigarrillo de la noche, se sienta en el sillón y, con palabras parcas, enumera las alternativas: o bajas inmediatamente esa foto de internet, o inmediatamente te doy de baja a ti. ¿Cuál foto? pregunta Andrea, que es diseñadora y manipula centenares de fotos al día. ¿Cuál foto?, vuelve a preguntar, pero esta vez las palabras salen de su boca dentro de una burbuja de baba y llanto, acaso hasta algo de arrepentimiento, como en una metáfora interrogativa: ¿todo esto por culpa de una foto, una puta, pinche, puñetera foto?

La foto de doña Dora, responde con una bocanada de humo el fotomatón; la que pusiste ayer en internet. Los labios del fotomatón pronuncian una dirección a trompicones, como si la escupieran o la enumeraran. Pero el fotomatón es un hombre maduro: necesita gafas para leer la dirección que está a punto de pronunciar:

http://loskeepers.tumblr.com/dorita.garay.png

Andrea se tapa los ojos con las manos. Hace memoria, pero el miedo baraja sólo imágenes en blanco. No sé quien es la tal Dora. Dorita, fuma el matón, Dorita Garay, la señora de lentes, ojos grandes, suéter de cuello tortura y broche bonito con forma de sol. ¿Ya te acordaste? Ahora sé buena, sal de esa mesa (sal de abajo de la mesa, hubiera preferido decir, pero al ser más precisa, la fórmula era más larga y hasta cierto punto menos amenazadora), enciende tu máquina y eliminémosla para siempre de Internet. Después me tienes que dar el original para que lo destruya. Y tengo que destruir también todos tus discos duros, no vaya ser que hayas guardado alguna copia por ahí. Esa foto se tiene que acabar. Esa foto no puede seguir creciendo.

Grillos. Silencio. Tramoyistas. Telón. Fin de la retromnesia.

Con la finalidad de potenciar el potencial de venta de este relato, necesitamos aquí un fragmento que permita a los espectadores comprender el por qué de una retromnesia tan abrupta, justo cuando esperábamos con tanta ansiedad el desarrollo de la tortura de Dorita. Francamente preferíamos al torturador que al fotomatón (del primero sabemos que es un hombre casado, decente cuando no tortura, lector ocasional de la Biblia y hombre de pocas palabras, sin embargo dado a salpicar de saliva a su interlocutor durante sus concisos discursos; del segundo ¿qué sabemos, además de esa palabra tan extraña con que se le designa?). Además, una víctima desnuda será siempre más atractiva que una víctima vestida. A Andrea apenas y la vemos. En cambio a Dorita queremos darle protección, consuelo, una cobija para que se tape, un té para que se caliente. A Dorita la seguimos hasta el desenlace. Ante Andrea y toda esa complicación de los grillos en París, nos dan ganas de cambiar de canal.

Además el narrador, o la cámara, o el director nos mintieron. La retromnesia ocurre en el futuro: no es flashback, es flashforward. Progremnesia. Mentira. A nosotros, cuando nos mienten, cambiamos de canal.

Afortunadamente, cuando tenemos ya el dedo presto sobre el gatillo del control remoto, la fotógrafa o el fotógrafo saca la cabeza de su cámara oscura e interpela a los espectadores justo antes de ese disparo invisible con que los grandes controladores cambian hartos de canal. La intervención del fotógrafo es clara y contundente. No se confundan, dice él o ella, tenemos dos lugares y dos tiempos cuyo vínculo común es la fotografía, más precisamente una imagen: el retrato de Dorita. Dos tiempos que corresponden a dos procesos: creación y destrucción. La creación transcurre en la habitación semivacía del torturador, misma que en cuanto éste apague las luces llamaremos cámara oscura. Sin embargo, a diferencia de las series porno.policiacas, lo que aquí nos importa no es la tortura (que ya están demasiado vistas) sino la fotografía que será tomada durante la tortura con esta torre instrumental rudimentaria que parece sacada de un siglo anterior más inocente. Voy a aprovechar la digresión, continúa la fotógrafa, para contarles un poco más acerca de este objeto: se denomina paniconógrafo. Sirve para producir retratos vivos de las personas, en este caso un retrato fiel de Dorita en el instante de mayor sufrimiento de su vida. El nicho de mercado de este relato no es compatible con el salpicadero de sangre de las series porno.policiacas, sino con la historia del retrato (aunque lo apropiado sería llamarlo: la paniconografía) de Dorita, y que terminará muchos años después, en París, en casa de Andrea, con su destrucción definitiva a manos del fotomatón. Así que no se vayan. La paniconografía de Dorita Garay continuará después de estos anuncios de nuestros patrocinadores.

[continuará…]

4 Respuestas a “Retrato.de.Dorita.Garay.wilde.harmodio.huiqui

  1. Alex Escalante 6 octubre, 2011 en 07:36

    Qué chido está, mi buen Harmodio!

  2. hernandezgomez 5 febrero, 2012 en 03:44

    Muy bueno, Harmodio. Sólo que ya abandonaste el blog, lo cual es una mala noticia. Desde que leí Musofobia lo visito con regularidad. No soy quién para decirlo, pero sería bueno que le echaras un ojo y contestaras de vez en cuando algunos comentarios. Saludos.

  3. harmodio 18 febrero, 2012 en 12:47

    Es que me comió el tuíter. Pero aquí ando de nuevo. Saludos.

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