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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Adelfa.Danzón.mejía_patiño.harmodio.huiqui (2)

Novela huiqui por entregas, huiquificando una novela original e inédita de un gentilhombre veracruzano, el señor Javier Mejía Patiño, según las prescripciones del Manifiesto por una literatura huiqui.

Adelfa la observa con miedo desde un rincón. La vieja saca un manojo hirviente de la olla y sale al traspatio. Regresa con las manos vacías. Sus ojos caen sobre Adelfa. ¿Qué haces aquí? ¡Lárgate a buscar las botellas! De regreso me compras también un cuarto de cera de abeja. Doña Macrina echa un par de monedas al suelo. Adelfa las recoge con movimientos precavidos y sale corriendo de la habitación. ¡Y que no se te olviden los tapones de corcho! No se me olvidan, abuelita, dice mientras corre hacia el centro del pueblo. La curandera mete dos dedos en el cocido; atrapa un puño de humo y hierba, le sopla, lo seca, lo enrolla con cuidado en una hoja de papel de arroz y acerca un extremo del rollo a la boca, el otro a una brasa encendida, el rollo se vuelve cigarro que los labios secos de la vieja succionan con avidez. Macrina le da una fumada larga, aspirando al máximo, hinchando los pulmones, aguantando el aire. Los labios de doña Macrina se vuelven sólidos, largos, puntiagudos: surge un pico. El cigarro cae al suelo. En el ojo de doña Marcrina surgen nuevo párpados inesperados, párpados con estructura de ave, sus carnes colgantes de vieja curandera se convierten en plumas provisionales, el peso se reduce, el pico no fuma, su peso es tan leve que rivaliza con el de un rollo de hierba con forma de cigarro incandescente siendo atraído por la gravedad en dirección del suelo.

El chupamirto no, sus alas veloces lo mantienen fijo en el aire, luego lo posan sobre la olla de barro, que sus tres párpados consideran con desconfianza, el humo húmedo humedece sus alas: el chupamirto huye por la ventana. El chupamirto penetra la niebla sólida de la laguna, su vuelo se detiene sobre las ramas de un flamboyán. Quien la viera a la vieja, tan ligera, tan inofensiva en su faceta de chupamirto. No dura mucho el efecto de la fumada, hay que apurarse, hay que penetrar las flores rojas con el pico para extraer eso que le hace falta a su menjurje: néctar de flor de flamboyán pasado por pico de chupamirto.

Adelfa regresa cargada de botellas. El ruido de vidrio despierta a su abuela Macrina. La vieja se limpia el néctar de la boca. Sus labios agrietados se abocan en un semblante de curandera malencarada. ¡A trabajar, escuincla, que yo estoy cansada, no he acabado de dormir mi siesta! Me vas a apartar diez botellas, ¿trajiste los corchos?, sí abuelita, pues me las vas entonces a apartar, las vas a llenar con tres deditos de cera, ¿trajiste la cera?, sí abuelita, pues le vas a poner tres deditos así de cera, y yo voy a ir llenándolas de menjurje.
El acto de introducir un chorrito de cocido dentro de la botella sin desparramar una sola gota acapara toda la atención de la vieja. Doña Macrina aprieta la lengua entre los labios, el líquido hirviente derrite la cera, un olor rancio llena el espacio de la habitación. Ahora ponle los corchos. No puedo, abuelita, los corchos están muy duros. ¡Arréglatelas! Ya estás grande, ya tienes edad de meter un corcho. Con pasos pesados, la vieja se tambalea hasta su catre, se tiende, sigue durmiendo.

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