malversando.blog

Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Archivos mensuales: abril 2010

movimiento armónico simple

Los fisioterapeutas son gente buena. Gente joven. Gente de blanco. Gente ágil, en plena posesión de sus facultades corporales, gente generosa encargada de una labor que no pasa por el lenguaje: entrenar a un músculo, readiestrar a una rodilla, proustianamente despertar el inconsciente óseo de un miembro para que recuerde una coreografía olvidada, la danza del movimiento cotidiano, la vida antes del accidente.
El accidente, nuestro (tú, mi) punto final.
Un lector, un escritor, un accidente en medio. El accidente de que te esté leyendo. La improbable casualidad de que me estés escribiendo. La ruptura. La realidad conlleva ruptura. Una lesión nos espera al salir de este texto. El fatal accidente de siempre: el trabajo, la calle, las necesidades, el hambre, el candor y el terror de los vínculos.
Los fisioterapeutas, decía. Jóvenes de blanco, por lo general guapos, llenos de energía. Muchachas que saben moverse y te. Te mueven al moverse. Muchachas reinas del movimiento. El movimiento armónico simple es demasiado para un cojo. Los fisioterapeutas nos ayudan a sobrellevar el demasiado.
Mi fisioterapeuta no tiene nombre, pero tiene mucho caracter. Intentando evitar de nuevo el decimonónico retrato literario, no diré (dirás) que es alto, delgado y de cabello negro, sino que sobrepondré/mos las cualidades morales encima, tapando a las físicas.
Entonces diré que tengo, tuve, ¿tengo? un fisioterapeuta de cabello muy simpático, estatura tónica, complexión desenfadada y ojos amistosos. ¿Su edad? Ya la he sugerido: edad blanca, bata y pantalón blanco en plena posesión de ese derroche degenerativo que es la juventud.
Si la vida fuera una gran clínica con el canal diagonal del tiempo detenido, con un mismo barco arenero estacionado en sus aguas para siempre, aferrado al mismo instante, transcurriríamos por ella acompañados de un entrenador, no un fisio ni un psico ni un ergo, sino un viviterapeuta, alguien encargado de guiarnos en la selva de arena de la realidad, de enseñarnos el buen movimiento, el movimiento generoso, amistoso, amoroso y no el movimiento avaro ni el violento ni el que cierra la puerta para siempre. Un experto en cultivar el movimiento constructivo, en evitar, administrar, dosificar, racionar el movimiento destructivo: un simple armonizador vital del movimiento.
Tal persona no existe en la vida y sí en la clínica. Tal persona es el fisio, educador de músculos, intérprete de danzas óseas, oídor de ligamentos, alguien que merecería venir al mundo envuelto en metáforas felices, tal es el gozo del paciente al recuperar el movimiento.
Este movimiento narrativo queda en suspenso hasta mañana. O pasado. O hasta cuando el siguiente barco de arena vuelva a flotar por las aguas del canal diagonal.
Anuncios

Parábola Número 4

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
–en la costa un barco–, sin que el partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa.

Parábola #4: Antonio Machado

El arte, juguete largo sin importancia. Y la artesanía larga, y la narrativa larga, y larga la vida de las cosas, de los árboles, de las tortugas, también del hombre.

Un hombre llora en un puente sobre un canal diagonal, entre la clínica y el estadio. El puente es un dilema, el llanto largo y las opciones son dos: clínica o estadio, placenta o combate, inmovilidad o acción. Bajo el puente pasan barcos cargados de arena, ni los barcos ni la arena pertenecen al dilema, por más que la arena sea el fundamento de la construcción y ésta una suerte de acción.

En movimiento retroactivo, el hombre camina como los cangrejos, con los ojos espaldados, con las espaldas oculares, todo un campo de visión abierto en los omóplatos, sí, y su caminar adquiere la contradictoria prestancia del oxímoron. Ojos omóplatos oximorones.

De espaldas a todo el mundo, el hombre entra a la clínica, y su entrada, al ser de espaldas, no puede considerarse un regreso, sino sólo una primera vez invertida: el hombre pasa por primera vez por todos esos momentos que ya vivió. Un paso de lenguaje: estas letras son, retroactivamente hablando, una primera vez.

(Paréntesis tipográfico: hay palabras biacentuadas, como período o periodo, como quiromancia o quiromancía, como ícono o icono. Y escritores heterógrafos, como Juan Ramón Jiménez, que cambiaba la g por la j, o el portugués que escribió La Máquina de Hacer Españoles, de cuyo nombre no puedo o no quiero porque sin duda no logro acordarme: sé que se apellida mae, y que insiste en escribirse con minúscula por igual: ni su nombre propio ni sus textos aspiran a la mayúscula: su tarea es minúscula). Ya fuera del paréntesis os digo: en matemáticas, como no se escribe como, sino :: ¿Mucho mejor, no? Cierra paréntesis.

El hombre de espaldas retroactivas saluda (se despide) de las recepcionistas, dos encantadoras muchachas recepcionistas, dos sonrisas integradas de simpatía, cortesía, algarabía: dos sonrisas femeninas bienvenidas. Comentario sexista al margen: qué pocos hombres hay en la recepción, qué poca recepción es una recepción sin hombres: los hombres no son aptos para dar la bienvenida, acto generoso, acto yin, acto hospitalario por antonomasia.

Es una clínica de tres pisos. En la clínica conviven jóvenes y viejos. Los viejos que ya no aspiran a la esperanza sino únicamente a la sobrevivencia digna (y a veces ni a eso) están en el primer piso, los jovenes, los adultos operacionales y los viejos que no han agotado el indicativo tanque de futuro que se asocia con la esperanza también están en el segundo piso (son los menos, todo hay que decirlo). También hay señoras gordas en el segundo piso.

En el tercer piso está el gimnasio de medio día. En el subsuelo hay una piscina terapéutica. En la planta baja está el restaurante. No hay cafetería. Tampoco internet. El espectáculo se limita a una sala de televisión con pantalla de plasma. Hace algunos años eso hubiera pasado por un cine. Dentro de unos años eso, esto y todo lo demás, habrá pasado.

El estadio no lo voy a describir porque todo el mundo lo conoce. El estadio plateado aquel donde tantos han salido campeones.

Creo que es todo por hoy

si bien la verdad

(PELIGRO: Texto sin correcciones. Riesgo de faltas de ortografía, teclas traicioneras y demás insectos.)

Retiro lo dicho. Dije que el ahora importaba más que el aquí. Dije que el eterno móvil del ahora tenía preminencia sobre el espacio todo, que el espacio no era más que la escena del paso del tiempo. Eso no es cierto. Como tampoco es cierto hacer énfasis en la cosa echando hacia adelante el viejo “no era más que la”, pura pirotecnia retórica, puro acompañamiento lírico: pólvora para argumentos.

El espacio está aquí, y ahora, y casi siempre. Es decir, casi siempre hay espacio. Dígame usted, escritor que se lee tan serio, ¿cuándo ha estado usted en un lugar donde no exista espacio? Digo exista y no haya, porque haya es muy fácil, de haber espacio lo hubiera habido y lo habrá, siempre lo habrá, y perdóneme aquí usted, querido escritor, pero ya no estoy entendiendo nada de lo que usted, cantinflacanianamente, escribe.

Reformulo: si bien las historias se cuentan según las dos coordenadas universales, el espacio y el tiempo; si bien esta historia intenta ir hacia atrás, desde la salud hacia la enfermedad, desde la curación total hasta el momento del accidente; si bien este orden contradice el natural de los hechos que se suceden; si bien la contradicción significa que esos hechos no están sucediendo conforme los leo; si bien yo leo los hechos en orden desordenado, es decir que cuando yo los estoy leyendo los hechos ya sucedieron o van a suceder o nunca han sucedido; si bien es difícil elegir entre las tres anteriores posibilidades; si bien la escritura intenta acomodar tiempos y espacios dentro de un nuevo espacio; si bien la lengua y su orden gramatical no representan ningún nuevo espacio; si bien el espacio es en apariencia y en extensión más limitado que el tiempo; si bien el tiempo de narrar y el de ser narrado se diferencian por su falta de concentración; si bien la lengua es capaz de abarcar con absoluta desfachatez todo el espacio y todo el tiempo desde su modesto tamaño; si bien todo esto es cierto, la historia no deja de ser falsa. Una mentira, pues. Al final hay eso, una mentira que sin lenguaje no existiría, y un lenguaje que sin capacidad de abstracción y de psicomoción tampoco se daría esas ínfulas de universalidad, de omnicapacidad, de ultrapotencia.

Dicho de otro modo: voy a ver a los cojos en el lugar de siempre: la clínica. Yo ya estoy sano, yo no padezco de la locomoción, pero el lugar me crispa. El puente, el canal diagonal, la clínica, los aparatos de rehabilitación de la clínica: esos lugares me contienen, esas bicicletas estáticas me hacen llorar como no lo hace ningún tiempo.

¿Y qué significa que yo llore, yo, un pobre lector que se rompió una rodilla? ¿O tú, un pobre escritor que escribe en flor de loto sobre la hierba, sentado bajo los postes de un campo de rugby, solo y de noche, la noche de los accidentes que no se han contado, la noche triste en que los ligamentos de la rodilla y del tobillo sueltan las amarras inversas de esta historia?

No estamos progresando. Tampoco regresando, y mira que ese era el objetivo. No estamos, en resumen, contando. Falta contar. Cuéntame pues.

Háblame, Cangrejo Oximorón, de la configuración única de cojos en la clínica. Háblame de los ejercicios sin fin, las máquinas de tortura benigna para que el cuerpo recupere su forma, del ejército de jóvenes de blanco encargados de vigilar el buen progreso de la mecánica anatómica, la recuperación de la marcha, la memorización del equilibro, el acto y efecto del esfuerzo. Háblame, cangrejo, de ese lugar donde fuiste feliz, donde te curaron la tenaza con que contabas para que la contaras, para que la vinieras a atenuar aquí con tus palabras.tenazas. Cuéntame, por ejemplo, un ejercicio. El último, por ejemplo. O por ejemplo el primero.

Escupir relato dentro de la puta vagina vieja del texto para que se moje y se levante y ande



Un puente. Un canal diagonal. Un estadio plateado con forma de plata y forma de elipse. El régimen narrativo. Un cangrejo con el acento desacomodado: Oximorón/oxímoron. Un y/o narrativo partido por la mitad: yo/tú leo/escribo. Una rodilla partida por la mitad en un acidente que sucedió hace varios meses y hacia donde el cangrejo Oxímoron, recién lavado, peinado y acentuado, dirige el relato que teje entre sus diagonales tenazas.

Estoy retomando. Esto se había interrumpido. Retomar es difícil. Entrar en un texto viejo: la vieja vagina del texto. Difícil orientarse, especialmente cuando se es un macho recalcitrante y cangrejo: Oxímoron, el macho más hembra de la bahía.

Setecientos cincuenta palabras con destino hacia atrás: estás cruzando el puente sobre el canal diagonal. No hay barcos flotando en el canal. Cuando veas los barcos desde el puente recordarás cómo se veían desde la ventana de la clínica: barcos transportadores de tierra, arena, sustancias minerales, demasiado ríspidas para ser transportadas por tierra: nada es lo suficientemente pesado para el mar.

No lo estamos logrando. La vagina seca del texto nos rechaza a los dos: a tu yo escritor, a mi tú lector. No nos estamos compenetrando.

Para compenetrarnos, nada mejor que un poquito de lubricante narrativo. Érase una vez un jugador de rugby con la rodilla rota. Un cirujano. Un fisioterapeuta. Una enfermera. Otros pacientes. Un estadio elíptico. Un canal diagonal. Ahí lo tienes. ¿Qué puedes hacer con eso?

Cursilerías. Ayer te dieron de alta. Cruzaste el puente diagonal con tus pertenencias, tres meses de enseres cotidianos, el cargamento higiénico de rastrillos, desodorantes, jabones, ropa de recambio, toalla: el ser humano es un caracol higiénico.

Escupe, puta vagina vieja. Escupe este relato húmedo con que mi lengua te fecunda. Erúctalo, suéltalo, entrégalo a su lector como un falso recién nacido, como si lo acabaras de concebir, doler y parir, vieja vagina mentirosa, vagina lingüística de siempre, palabras de siempre.

Toma el cangrejo, métetelo, penétratelo, lacera tu vientre de literatura puta, rejega, indiferente para parir una historia al revés: una historia de atrás para adelante, donde las causas proceden de las consecuencias, donde el enfermo sale del hospital, donde el cirujano te taclea en una cancha de rugby y te rompe el ligamento cruzado anterior.

750 palabras han transcurrido y la vagina no se moja, el cangrejo no camina, la historia no avanza ni retrocede: ha de ser porque es lunes. O porque duele, dolerá, dolió.

Dolió cruzar el puente con tus pertenencias. Dolió decir adiós como duele siempre: adiós, no nos volveremos a leer ni a escribir ni a decir, adiós vagina vieja llena de lectores que no han nacido, adiós panteón de escritores en ciernes cuyas voluminosas obras se perdieron en el olvido, adiós pacientes.

Me dieron de alta de la clínica. Crucé el puente diagonal. Lloré en la cima del puente, sobre la arena de barcos cuya triste tarea es desplazar la tierra. Lloré porque la clínica es una placenta de salud, por las enfermeras donadoras, generadoras, cuidadoras, encariñadoras, y por los doctores protectores, curadores, aseguradores; por los fisioterapeutas que te acompañan para enseñarte a percibir el bien y el mal en tu propio cuerpo, por la comida que siempre está lista, por la pérdida de una casa temporal que te dispensa de la rasposa práctica de vivir.

Este texto sigue seco. El accidente está todavía lejos. Ni el escritor ni el lector se atreven a cruzar el puente que separa la clínica de la realidad. Por eso ambos bajan corriendo las escaleras del puente como si quisieran estorbarse mútuamente, enredar sus piernas recién operadas y tropezar juntos para lesionarse de nuevo, ser operados, internados, curados de nuevo. El siamés lectoescritor regresa a la clínica y dice ni madres, no me voy, refuto al que me dio de alta: de aquí no nos vamos sin haber contado hasta la última inyección de morfina: están todos secuestrados por el relato: de aquí nadie sale hasta que alcancemos el instante del accidente.