malversando.blog

Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

martes, passage.molière (3h17)

Convalecencia: estable. Mañana voy al doctor. A ver si ya me dan fecha de operación. En el inter, ejercito el menor movimiento posible: mi casa es mi cama.

Escritura: me dispongo a concluir la historia del señor de la R. Sinopsis: la historia de una familia de Atzolco. El papá, indocumentado en Estados Unidos. La mamá vende tamales en Izcalli Ecatepec. El hermano es secuestrador. La hermana es imaginaria. Los secuestrados viven en el sótano. El adolescente sueña con una actriz porno con la que se mastruba vía Internet. La actriz porno viene a México. La actriz porno es secuestrada en el Auditorio Nacional y confinada a un sótnao de Atzolco. El adolescente le enseña a hablar español. Ella inicia sexualmente al adolescente. Contra su familia, contra su país, contra su policía municipal, el adolescente se libera y la libera. /  Cuestiones: adquisición paralela de una lengua y un cuerpo. Aprender a hablar/ aprehender el deseo. Otras cuestiones: injusticia social, definiciones, construir una prosa injusta, que juzga sin piedad los valores burgueses de la clase media mexicana mientras pasa por alto el horror del secuestro. Ese es el plan para hoy. Habría que apurarse. Ya son las cuatro de la tarde.

Lectura: Descubro a Gonçalo M. Tavares, escritor angoleño-portugués publicado por Almadía. Jerusalén es una novela perturbadora, un Hombre sin atributos ni colesterol, una atribulada crónica de cuatro nombres propios: el verdugo, la víctima y una pareja de padre.madre por accidente, que en el acto de dar y quitar la vida balancean por casualidad los libros contables del horror y la injusticia. La trama se administra de dos en dos: el investigador y la esquizofrénica, el ex.soldado y la prostituta, la esquizofrénica y el cojo, el investigador y el director del manicomio. Los capítulos casi no tienen título: apenas la enumeración de los principales personajes que en él participan. / Tavares fija su texto sobre el nombre propio, Jerusalén no es una ciudad, sino una evocación tamaño aleph desde donde es posible contemplar en toda su amplitud el abanico del horror humano: del verdugo con horarios de oficina a la víctima en silla de ruedas. / No hay en Jerusalén una estructura cronológica, sino un hilo ensayístico por donde los personajes caminan como en una cuerda floja. La prosa es densa, sustanciosa, no hay en ella paja ni espuma. / Leo a Tavares en dos noches. Lo releo con Hanna en voz alta. Me encanta Tavares. He aquí un fragmento.

Llegaré a una conclusión sin precipitaciones, sin gritos, sin sentimentalismos inútiles. Llegaré hasta allí racionalmente, con ponderación, lógica, secuencia. Nada será creativo, espontáneo o improvisado. Soy médico, tengo instrumentos, he aprendido a pensar de un modo determinado, tengo un plan, ya te lo he dicho: primero, recoger toda la documentación posible a fin de elaborar la gráfica de la distribución del horror a lo largo de los siglos. No sé qué resultados encontraré, pero hay algo que me hace prever una regularidad repartida en curvas que se repiten como un electrocardiograma humano, eso es, como en el recorrido que hace el corazón de una persona normal. Es esa distribución de curvas lo que espero encontrar, la regularidad del corazón de la Historia, como si fuese la otra cara de la regularidad del corazón de un hombre, ambas gráficas con sus picos, con sus caídas, pero por encima de todo con sus repeticiones, con sus previsibilidades, con su normalidad. La historia del horror es la sustancia determinante de la Historia, y toda la Historia posee una normalidad, nada existe sin normalidad. Y del mismo modo que las hojas cuadriculadas de un electrocardiograma permiten ver la  salud o la enfermedad de un hombre, yo veré en la gráfica resultante de mis estudios la salud y la enfermedad, no de un solo hombre, no de un solo individuo, sino de los hombres en su conjunto; del colectivo, de la totalidad del más relevante y abyecto comportamiento humano. Con esa gráfica comprenderé al fin lo que tantos han intentado comprender, ni más ni menos que esto: si la Historia está enferma o sana, si la Historia avanza en el buen o mal sentido, si hay un progreso en el estado clínico, déjame que hable así, si hay o no mejoría en el estado clínico de la Historia o si, por el contrario, el estado del mundo empeora, se degrada, desarrolla infecciones, debilidades. […] Sin embargo albergo un temor, un temor más grande aún que el de comprender que el estado clínico de la Historia empeora día tras día o siglo tras siglo, un temor más grande aún que el de llegar a resultados que demuestren que la intensidad de la relación horror/tiempo no ha hecho más que aumentar. Si la gran esperanza es que el horror, al fin y al cabo, haya disminuido en una progresión gradual y objetiva, de tal modo que se pueda, por ejemplo, prever que en el año 6000 habrá terminado del todo, que desaparecerá de la Historia, si ésa es la gran esperanza, el gran temor no es entonces el del final de esa Historia (como la línea súbitamente horizontal del electrocardiograma del hombre que acaba de morir), sino que la gráfica revele una estabilidad, una estabilidad aterradora, una constancia del horror en el tiempo, un mantenimiento de la normalidad del horror que acabe definitivamente con toda esperanza. La curva visible en los tres primeros siglos después de Cristo repitiéndose cada tres siglos. Es esta repetición de las curvas, es este tedio lo que más temor me genera. Si el horror disminuye se deduce que seremos más felices dentro de cien generaciones, mientras que si el horror va en aumento esta Historia acabará, pues el horror final no dejará nada tras de sí. Y después sí, podrá surgir ora Historia mejor, más ética. Ambas hipótesis nos infunden optimismo. Pero si el horror es constante, entonces sí que no habrá esperanza. Ninguna. Todo seguirá igual.

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