malversando.blog

Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Archivos mensuales: agosto 2009

Noticia de un secuestro, de García Márquez (libro condensado)

Antes de entrar en el automóvil miró por encima del hombro para estar segura de que madie la acechaba

[…]

Colombia no había sido consciente de su importancia en el tráfico mundial de drogas mientras los narcos no irrumpieron en la alta política del país por la puerta de atrás, primero con su creciente poder de corrupción y soborno y después con aspiraciones propias.

[…]

Pero el poder –como el amor — es de doble filo: se ejerce  y se padece.

[…]

Pero el problema de fondo, tanto para el gobierno como para el narcotráfico y las guerrillas, era que mientra Colombia no tuviera un sistema de justicia eficiente era casi imposible articular una política de paz que colocara al estado del lado de los buenos, y dejara del lado de los malos a los delincuentes de cualquier color. Pero nada era simple en esos días, y mucho menos informar sobre nada con objetividad desde ningún lado, ni era fácil educar niños y enseñarles la diferencia entre el bien y el mal.

[…]

Tal vez lo más colombiano de la situación era la asombrosa capacidad de la gente de Medellín para acostumbrarse a todo, lo bueno y lo malo, con un poder de recuperación que quizás sea la fórmula más cruel de la temeridad.

[…]

“Los sobresaltos continuaban pero les dolían menos: la vida se había encargado de enseñarles que la felicidad del amor no se hizo para dormirse en ella sino para joderse juntos”



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Frases finales para terapia lacaniana

Quiero ser uno más

Yo tengo algo que ella no tiene

Submasculino 1

El Santo: yo soy el santo.

Quiero matar a la moribunda para vivir

Mi deseo le pertenece a eLLa

Tengo que pasar el examen

No soy el novio

Una culpa de muerte

Nazario Bañuelos Sánchez

NORTE: la culpa, la muerte

ESTE: la libertad (China es peligrosa)

SUR: la vida, la escritura, amar

OESTE: la obligación, el examen, la carcel

Cada acto mío puede matar a alguien

Amar es obligarse

Cuándo y cómo pierdo mi lugar

¿Dónde está el bebé de Joaquín?

La señora Manzanares

¿El otro o elotro?

Como no tiene deseo, no puede engañar

Hoy la vi

Sujeto Omitido.com

Para que no se enferme ni me grite ni me malquiera

Me encanta irme sin pagar

Siempre me he sometido, nunca me he comprometido

Sueño mucho con tu ex

Ya me cansé de escribir dramas

El hombre que no soportaba el NO

Dejar de poseer, dejar de estar

Empezar a ser

la distracción del verdugo

En su discurso de atribución del premio Nóbel (1961), Ivo Andric cita, como modelo narrativo supremo, “el que se dedica, como la legendaria y elocuente Sherezade, a distraer al verdugo, a hacerlo esperar para suspender la inevitable condena de muerte y prolongar por unas horas la ilusión de la vida y la duración“.

Hacer esperar al verdugo. Suspender por unas horas, o días, o meses nuestra condena de muerte. Sumergirse en la ilusión de vida. Probar con la punta de la lengua unos segundos de eternidad. Para eso sirve la literatura. No es poco. Palabra de Andric.

Gordillo es la übermutter de todos nosotros: palabra de Yépez

¿Cómo podrías describir a Elba Esther Gordillo?

(Responde Yépez): La ciencia psicológica actual nos permite entender que La Maestra permanece en el poder porque encarna el inconsciente femenino de sus aliados; la dependencia de Calderón respecto de ella se debe a que la parte femenina de la psique del presidente queda autorretratada por Gordillo, es su “ánima”, diría Jung; ella representa la figura femenina formada por madres manipuladoras, mermadas de su femineidad, tremendamente inseguras y que castran al varón. Cualquier hombre cuyo ser femenino interno posea este perfil caerá bajo el poder de Elba Esther. Creerá que la necesita, que sin ella no puede “ser”. La Maestra simboliza a la mamá que castra y a la que el mexicano ama.

Tomado de Milenio Semanal

generación de 1914

Fragmento del El puente sobre el Drina, de Ivo Andric

Cada generación se hace sus ilusiones con respecto a la civilización; unos piensan que contribuyen a su esplendor, otros que son testigos de su decadencia. De hecho, la civilización está siempre incendiándose, gestándose y extendiéndose simultáneamente, según el lugar y el ángulo desde donde se le observe. Esta generación, que marinaba problemas filosóficos, sociales y políticos desde la kapia del puente, sólo era más rica en ilusiones; por lo demás era exactamente igual a las que la precedieron. Ella también tenía la sensación de encender el primer fuego de una civilización y de extinguir las últimas brasas de esa otra que se estaba acabando de consumir. Lo único que tenían estos jóvenes de particular era que desde hace mucho ninguna generación había hablado y soñado tanto y tan audazmente acerca de la vida, el placer y la libertad disfrutándo tan poco de la vida, sufriéndola tanto y tan servilmente, pero sobre todo muriéndola tanto como habría de morir esta generación. Pero en esos días del verano de 1913 todo eso apenas transpiraba en algunos signos ciertos aunque aún vagos. Todo aquello parecía un juego excitante y nuevo sobre este puente centenario cuya blancura resplandecía al claro de la luna de julio, puro, joven, de una belleza inmutable y perfecta, y fuerte, más fuerte que todo lo que el tiempo pudiera traer o los hombres imaginar o hacer.

Lascaux, literatura y contagio (1/varios)

Estábamos Miguel, Haydée y yo esperando entrar en las grutas de Lascaux II, donde hay una copia facsimilar de las pinturas rupestres de Lascaux, mismas que tras diecisiete mil años de conservación hermética fueron descubiertas por el hombre, quien las contempló, analizó, estudió y respiró tanto que les contagió un hongo tan tenaz que hubo que cerrarlas para siempre y hacer una copia (huiquificarlas, diría el otro) para que los miles de turistas que pasan por la región de Dordoña en el mes de agosto las puedan contemplar como parte de viajes que incluyen muchos otros actos de entretenimiento, por ejemplo navegación en canoa, paseos en globo aerostático, degustacion de vinos de la region y sesiones de atragantamiento de gansos con la intención cotidiana de provocarles una cirrosis que permita luego atesorar esos deliciosos hígados cirróticos bajo la gastronómica etiqueta de fois gras.

Estábamos, decía, a las puertas de la gruta cuando, para hacer un poco de tiempo (¿alguien tiene acaso la receta para hacer tiempo, de preferencia una que no conduzca a la cirrosis?) comenzamos a preguntarnos si existe alguna condición necesaria y esencial que permita considerar a un texo como literario.

Éramos tres: una bióloga, un literato y un ingeniero. El primer acuerdo fue consierar a la literatura no como una condición permanente sino como un estado pasajero del texto: así como la materia puede adquirir los estados sólido, líquido y gaseoso, los textos pueden adquirir o abandonar la condición (la etiqueta) literaria según los caprichos del tiempo, los usos sociales, el momento histórico, los meandros del tiempo (¿quién hace el tiempo?).

Así pues, nuestra reflexión llegó a un primer acuerdo: la literatura es un estado posible de la materia textual. Es decir, que los textos pueden adquirir y abandonar y readquirir el estado literario. Hay poemas de Amado Nervo que hace cien años eran literatura y hoy ya no lo son, Harry Potter quizá sea literatura hoy en día, pero no sabemos si dentro de cien años lo será: la autoridad de un clásico es precisamente esa: la de un puente que resiste al embate de los ríos generacionales: los hombres pasan pero su condición literaria persiste porque entre una generación y otra ese texto se transmite, como si de una herencia o una infección se tratara.

Aquí la bióloga levanta la mano: volvamos a la pregunta original: ¿existe una condición necesaria y esencial para que un texto sea considerado literatura? ¿Qué tienen en común el Cantar de los Cantares, las Mil y una noches y la Búsqueda del tiempo perdido? Dado que ya falta poco para ingresar en la gruta, el literato propone evadir toda explicación intra-textual, es decir, toda consideración estética, estilística o poética.

¿Qué necesita, pues, un texto para ser literatura? Lo primero que se me ocurre: un lector. Perogrullada: las notas periodísticas, los manuales de instrucciones y los correos electrónicos tienen muchos más lectores que los libros: ¿por qué entonces no son literatura? El literato apunta: porque, a diferencia del lector funcional, el lector literario no solamente busca informarse o aprender: busca otras cosas menos previsibles: emociones, experiencia vital, historias que apropiarse: palabras suyas que no sean suyas.

Suya o no suya, la bióloga piden la palabra. Antes de cederla, el literato apunta un corolario: para ser literatura, un texto necesita al menos un lector que se lo apropie: un lector apasionado o ebrio o cirrótico, capaz de saltarse las fronteras racionales y reivindicar el texto como suyo, memorizarlo como si él lo hubiera escrito y propagarlo en su entorno como una herencia o una infección.

Habla la bióloga: el lector literario se diferencia de los otros lectores por su condición de infectado: el texto es el virus, la infección condena a ese lector a recordar el texto, a rebuscarlo, a releerlo, a transmitirlo en su entorno. El lector.foco.de.infección necesita que ese texto se propague para transmitir las emociones que experimentó al leerlo (contagiar también es compartir). El lector de literatura se apropia del texto, lo hace suyo (“ese libro cambió mi vida”) y en su inercia pasional infecta a su entorno con el título, o la historia o el nombre del autor. El lector ha sido aquejado por un virus, quienes se aproximen a él se exponen a un contagio: contagio necesario sin el cual un texto no podría aspirar nunca a la condición literaria.

El guía nos llama. Se abren las puertas de la gruta. Ponemos la mente en blanco. Luego en negro. La copia de las pinturas rupestres sobre la piedra facsimilar de la gruta nos deja mudos.