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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Archivos mensuales: mayo 2009

ejercicios de español para actriz porno (1)

1.- Describir a una persona cualquiera (nombre, edad, gustos, miedos)
Romero tiene 13 años. Romero estudia el último año de secundaria. Romero vive en Atzolco. A Romero le gusta jugar fútbol. A Romero le gusta ir al café Internet. A Romero le gustan las hamburguesas. A Romero también le gusta fumar marihuana, ver pornografía por Internet y masturbarse. A Romero no le gustan las matemáticas ni el huevo estrellado ni las telenovelas. Tampoco le gusta pelear con su hermano ni lavar sus tenis ni tender su cama ni ayudarle a su mamá en la cocina. Romero tiene miedo de encontrarse encerrado en el sótano de su casa.

2.- Describir el entorno familiar de esa persona.
El papá de Romero se llama Rigoberto, pero la gente le dice “don Rigo”. Don Rigo vive en Estados Unidos desde hace cinco años. Don Rigo trabaja de manera ilegal en Estados Unidos. Don Rigo es indocumentado. Los indocumentados son personas que viven sin papeles en Estados Unidos. Romero extraña mucho a su papá. Don Rigo telefonea a su familia una vez al mes. La voz de don Rigo calma los miedos de Romero. La mamá de Romero se llama Raquel, pero la gente le dice “Raquelito”. Raquelito es el diminutivo de Raquel. El diminutivo es el modo más cariñoso de las palabras. En México se usa mucho el diminutivo. En México la gente es muy cariñosa. Raquelito tiene dos trabajos. De lunes a viernes, Raquelito trabaja de sirvienta. Los fines de semana, Raquelito cocina tamales para vender. Los tamales son un suculento platillo de la cocina mexicana. Raquelito vende tamales de mole verde, mole rojo y dulce. El mole es una salsa deliciosa. Los tamales de Raquelito son exquisitos! Romero tiene dos hermanos: Ramiro y Rana. Ramiro es un hermano real. Rana es una hermana imaginaria. Romero es un adolescente con una gran imaginación. Ramiro es mayor que Romero. Ramiro no estudia. Ramiro trabaja. Ramiro trabaja como secuestrador. Los secuestradores son personas que desaparecen a otras personas a cambio de dinero. El trabajo de Ramiro es muy arriesgado. Ramiro esconde a los secuestrados en el sótano. Si el secuestrado paga el rescate, Ramiro lo libera. El dinero del rescate sirve para alimentar a la familia del secuestrador. El dinero del rescate también sirve para secuestrar a más personas. A Romero y a Rana les da miedo bajar al sótano.

3.- Describir la casa donde vive esa persona
Romero vive en una casa de tres pisos. La ladrillos de la casa de Romero son visibles. Los ladrillos de la casa de Romero son de color gris. Un ladrillo es un bloque. Un ladrillo sirve para construir paredes. Las paredes sirven para construir casas y edificios. Las casas y los edificios están construidos con miles y miles de ladrillos. La casa de Romero todavía no está terminada. El tercer piso no tiene techo. La familia de Romero duerme en el segundo piso. La familia de Romero come, cocina y ve la televisión en el primer piso. Los secuestrados viven en el sótano. Los vecinos no saben que en la casa de Romero hay secuestrados. La casa de Romero no tiene agua corriente. Dos veces por semana pasa una pipa a repartir agua. La pipa es un camión para el transporte de agua. La casa de Romero está en una calle de tierra. Cada año, el presidente municipal promete pavimento para las calles de Atzolco. El pavimento es una sustancia negra con rayas blancas al centro. El presidente municipal es un hombre que nunca cumple sus promesas.

4.- Describir el barrio donde vive nuestra persona
Romero vive en Atzolco Atzolco es una colonia humilde del municipio de Ecatepec. Los mexicanos prefieren la palabra colonia a la palabra barrio. El municipio de Ecatepec está a una hora de la ciudad de México. Atzolco pertenece al municipio de Ecatepec. Izcalli pertenece al municipio de Ecatepec. Izcalli es una colonia acomodada. En las colonias acomodadas hay más dinero que en las colonias humildes. Los habitantes de las colonias acomodadas tienen coche, teléfono celular, Internet; sus hijos estudian en escuelas privadas. En Atzolco no hay agua corriente, pero sí electricidad. En Atzolco no hay café Internet. Para ir al café Internet, Romero bordea el barranco que separa Atzolco de Izcalli. Bordear es caminar por el borde. El borde es el perímetro de algo. Por ejemplo, el borde de la barranca. La barranca es un vacío profundo. Izcalli está después de la barranca. Los habitantes de Atzolco van mucho a Izcalli. Entre semana, Raquelito trabaja de sirvienta en las casas de Izcalli. Los fines de semana, Raquelito vende tamales en una calle de Izcalli. Los fines de semana, Romero reparte los tamales de Raquelito entre las casas acomodadas de Izcalli. Los fines de semana, Romero y Raquelito identifican personas secuestrables en Izcalli. Una persona secuestrable es una persona con dinero. A veces, Ramiro secuestra personas en Izcalli. Los domingos, Romero juega futbol llanero en las canchas de Izcalli. Los equipos de futbol profesional juegan en un campo de zacate. Los equipos de futbol llanero juegan en un un llano de tierra. El zacate un lugar cubierto de hierba verde. El llano es un lugar donde no hay nada. El llano es un lugar donde no hay nada excepto las dos porterías. Sin las porterías no es posible jugar futbol.

5. Describir a nuestra persona en la intimidad. Por ejemplo, desnudo frente al espejo.
En casa de Romero no hay espejo de cuerpo entero. La familia de Romero es humilde. En las casas humildes no hay espejos de cuerpo entero. Romero le pide a Rana un espejo de cuerpo entero. Rana representa el poder de la imaginación de Romero. Rana tiene de todo. Rana busca en su bolsa y saca un espejo de cuerpo entero. Romero pide a Rana que instale el espejo en el cuarto de baño. Romero entra al cuarto de baño baño. Romero cierra la puerta con llave. Rana se queda afuera. Rana protesta.
–¿Por qué no puedo entrar?
–Porque no.
Rana protesta de nuevo.
–Ya cállate.
Rana se calla. Rana se va a jugar por su lado. Romero cierra los ojos. Romero se quita la ropa. Romero se imagina desnudo frente al espejo. El espejo es imaginario. El cuerpo desnudo es real. Un cuerpecito de 13 años, delgado, desgarbado, jorobado por la timidez. Romero tiene la piel morena. Romero tiene la cara picada por el acné. El acné es una enfermedad de la piel. La cara se llena de granos. ¡Qué vergüenza tener acné! El acné no es su única desgracia. Romero también tiene cara de indio azteca. Los indios aztecas son los antiguos habitantes de la ciudad de México Los españoles conquistaron a los indios aztecas en 1521. En las telenovelas mexicanas no hay indios aztecas. En los comerciales de la televisión tampoco hay indios aztecas. ¡Qué feos son los indios aztecas! Romero tiene las piernas flacas. Romero tiene los pies pequeños. Romero tiene pequeño el pene. ¡Qué tristes son los penes pequeños! Romero desea un pene más grande. Romero desea el pene de un actor porno. Romero desea unas piernas de futbolista, un cuerpo de actor porno y un rostro sin acné, como el rostro de los actores de las telenovelas. Romero abre los ojos. El espejo desaparece.

6.- Describir una fantasía sexual de nuestra persona.
México es un país maravilloso. Los mexicanos son gente muy hospitalaria. Las personas hospitalarias tratan bien a los desconocidos. En México hay vestigios maravillosos de civilizaciones antiguas. Un vestigio es un edificio antiguo con forma de pirámide (o alguna otra forma) construido por los indios aztecas (o algún otro tipo de indios). La cocina mexicana es la mejor del mundo. La telenovela termina. Raquelito apaga la televisión. Raquelito va a la cocina a preparar los tamales. Los tamales se hacen con masa de maíz. Se necesitan brazos fuertes para preparar la masa de los tamales. Raquelito amasa la masa con gran vigor. Romero ayuda a Raquelito a amasar la masa. Raquelito y su hijo amasan la masa con gran vigor. Rana también quiere ayudar a Raquelito. Raquelito es buena con Rana. Raquelito, Romero y Rana amasan la masa con gran vigor. El contacto con la masa excita el tacto de Romero.
–Voy al baño.
–Te lavas las manos.
–Sí mamá… ¿te encargo a Rana?
–Sí… Rana: quédate aquí conmigo, tu hermano va al baño, no puedes ir con él.
Romero está enamorado de Deborah. Deborah es el amor de la vida de Romero. Deborah es la mujer más hermosa del mundo. Deborah y Romero se conocieron en el café Internet. Deborah vive en California, en una casa inmensa, con una televisión enorme, y miles de videojuegos, agua corriente y dos albercas con vista al mar y vista a las montañas y un refrigerador enorme lleno de hamburguesas. Deborah Meltrozzo es una actriz porno. A la alberca también se le puede llamar piscina. La piscina es un lugar con una cantidad inimaginable de agua. Lo inimaginable es lo que no se puede imaginar. Casi nada es inimaginable. Deborah abre el pantalón de Romero. El pene de Romero es enorme. Deborah lo introduce en su boca como en Pulp Friction. Deborah lo masturba como en Blanca Nieves y los siete mineros. Deborah lo frota entre sus senos como en Lo que el miembro se llevó. Deborah lo cabalga como en El tercer testículo. Un ruido de pasos sube por la escalera. Rana toca la puerta del baño.
–Apúrate… tengo ganas de hacer del baño.
–Ya casi acabo.

7.- Describir un día en la vida de nuestra persona a) entre semana, y b) el fin de semana.
a) El despertador suena a las seis de la mañana. Romero se baña con una jícara. La jícara es una platito hondo para contener agua La jícara se usan mucho en casas sin agua corriente. Romero camina hasta el borde de la barranca. Romero baja por la barranca hasta la carretera. El autobús para México para en la caseta de cobro. Los habitantes de Atzolco le dicen “México” a la ciudad de México. El autobús hace una hora hasta el metro Indios Verdes. Romero toma el metro para llegar al Colegio de Bachilleres. El Colegio de Bachilleres es una escuela pública. Romero se pinta la clase de matemáticas. Pintarse es no asistir, no ir, ausentarse. Romero fuma marihuana durante de la clase de matemáticas. Romero toma el metro, el autobús y sube la barranca de regreso a Atzolco. Rana lo espera en la casa. Las hermanas imaginarias no necesitan ir a la escuela. Rana lo recibe con mucho miedo.
–Ramiro está en el sótano… quiere que le ayudes.
Romero cruza el patio de atrás. Romero abre la puerta secreta. Romero se detiene en las escaleras que dan al sótano. Una voz de hermano mayor lo llama:
–¿Ya llegaste, cabrón? Ven a ayudarme.
La expresión entre signos de interrogación no es indispensable para la comprensión del texto. Romero traga saliva. La saliva es el líquido que hay dentro de la boca. Se traga saliva cuando se tiene miedo. Romero baja las escaleras una por una. Sus ojos no se acostumbran a la oscuridad del sótano. Ramiro enciende la luz. Junto a Ramiro hay un hombre desnudo en silla de ruedas. El hombre tiene el cabello blanco. Los ojos del hombre están cubiertos por una venda. La venda es un trozo de tela que sirve para proteger los ojos de los secuestrados.
–Este cabrón necesita mear y no cabe en el baño.
Romero y Ramiro levantan al paralítico. Los paralíticos son personas que viven en silla de ruedas. El paralítico pesa mucho. Romero y Ramiro ponen al paralítico sobre un cómodo. El cómodo es un recipiente donde orinan los enfermos. Ramiro sujeta al paralítico de las axilas. El paralítico termina de orinar.
–Sacúdesela para no manchar la silla de ruedas.
–Me da asco.
–¡Qué se la sacudas, te digo!
Romero sacude el pene del paralítico. Las últimas gotas de orina caen dentro del cómodo. Romero y Ramiro sientan al paralítico de regreso en la silla de ruedas. El paralítico pesa mucho.
–¿Me regalan un poco de agua? –pide el paralítico.
–Nada de agua –ordena Ramiro. –Sólo puedes orinar una vez al día.
La mano del paralítico toma a Romero del brazo.
–Por favir joven, déme tantita agua: tengo mucha sed.
A la mano del paralítico le hace falta el dedo meñique. El meñique es el dedo menos importante de la mano. Los secuestradores cortan este dedo cuando la familia del secuestrado no quiere pagar.

[continuará…]

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recordando a Luisa Helen Frey

Tristeza. Falleció Luisa Helen Frey, @miga, lingüista, bloguera y monera. Falleció durante el temblor, al parecer de un infarto. Tenía treinta y pocos y una vitalidad envidiable. Su blog está lleno de perlas: su blog es un lugar hospitalario, calientito, uno se siente ahí como en casa.

La conocí dos veces. La primera, por internet: yo leía su blog, ella leía el mío. Tiempo después vino a París y nos fuimos a tomar unas cervezas al Pantalón, con su querido S. con quien hizo viajes inolvidables, escribió artículos y fue feliz. Estaban Gustavo, Oswaldo, Hanna (Luisa le preguntó: ¿tú eres Hanna?). Hablamos de literatura, de blog, de nuevos géneros literarios. Bebimos, reímos, compartimos unas gotas de vida que le dieron carne y hueso a la amistad bloguera.

Cuando viajé a Portugal, Luisa me recomendó dos cosas: ir a la Quinta da Regaleira (en Sintra) y comer pasteis de nata. La Quinta es un lugar fantástico, delirante, garabujesco: un lugar de donde podrían salir muchas novelas. Cuando escribí Musofobia, sus observaciones lúcidas ayudaron a cerrar La Virgen del Estereograma. Cuando conocí a Hanna y puse mi blog en rosa, Luisa me escribió para, gentilmente, aclararme que la felicidad sexual no se leía: por favor cambia el color de la tipografía.

Luisa estudió el doctorado en Alcalá de Henares. Viajó por Grecia, Portugal, Argentina, para después regresar a México. Estudió el discurso autobiográfico en los blogs, escribió una tesis, enseñó lenguas, amó, dibujó y contó lo que vivía. Muere a destiempo y a deshoras. Muere de manera brutal (en un instante) y a la vez poética (en un temblor: acaso tuvo la fortuna de creer que el mundo se iba con ella).

Este blog, que tanto la quiso, envía condolencias sinceras para S. Condolencias dichas con palabras pobres, que se quisieran más profundas: palabras de otra índole, que nos permitan explicar lo absurdo, lo inesperado, lo incomprensible.

Su blog sigue aquí. Sus garabujos, acá. Luisa está ahora en ese ultramundo eléctrico a donde iremos a parar algún día todos los blogueros. @miga: allá nos seguimos leyendo.

9 mm parabellum: un revólver con forma de novela

9mm parabellum
de Alfredo Noriega
publicado por Estación Sur

El primer acto narrativo de esta novela, es decir: el título, acierta porque designa de manera simultánea a dos objetos aparentemente divergentes. ¿Estamos pues ante un libro o ante un revólver? Las alternativas de la pregunta evocan por igual la vieja disputa cervantina entre las armas y las letras y aquella máxima latina que inspiró al creador del cartucho: si vis pacem para bellum (si quieres la paz prepara la guerra). Si un diseñador de armas acude a una máxima romana para intitular su bala, nada más natural que un novelista acuda al nombre de un arma para intitular su novela.
Hipótesis: 9 mm. parabellum es una novela con forma de revolver. La estructura tripartita de la novela evoca los elementos mínimos necesarios para transformar un objeto inanimado, es decir un revólver, en un objeto narrativo: asesino, víctima, bala. La novela está organizada en tres partes: Imanol, Ester y Anexos. En el “prólogo a la Borges” el autor advierte que la lectura de los anexos no es necesaria. Miente como mienten las pistolas en las ruletas rusas: la bala no es necesaria: lo que cuenta es la posibilidad de la bala.
La novela inicia en un avión que sobrevuela la ciudad de Quito. En él viaja Imanol, un vasco de San Sebastián a quien las preguntas de los oficiales de inmigración ecuatorianos pondrán muy nervioso porque Imanol tiene cola que le pisen, es decir, cola terrorista. Afortunadamente para Imanol, los oficiales no buscan sospechosos, sino sólo completar el magro salario del policía con euros frescos. Pasada la aduana, Imanol se perderá en dos geografías simultáneas: la espacial de la ciudad de Quito “colgada de la montaña como una pulga al lomo de un perro”, y la lingüística del español de Ecuador, en donde Imanol coleccionará expresiones que no entiende, y que delimitan una frontera de incomprensión entre el centro y la periferia, el castellano y el español, yo y el otro.
Para contar la historia de Imanol en Quito, el narrador delega la trama polciaca en eso que conocemos como el sobreentendio y se aboca a sus temas: el extranjero, la ciudad, la lengua. Del señor, a quien tan bien le han hablado de Imanol, sabremos muy poco. Apenas que es un hombre para quien los ideales “lo representan todo”. También, que proveerá a Imanol con dinero y protección. ¿A cambio de qué? El lector no lo sabe, pero se lo podrá imaginar en cuanto Imanol se enamore de una quiteña y súbitamente decida darle a su vida un viraje fundamental y echar marcha atrás, renunciar a sus ideales para perseguir la fuente, la alteridad, lo incomprensible o su sinónimo: el amor. Con el asesinato de Imanol concluye la primera parte.
La asesina se llama Esther, y su nombre es también el título de la mejor parte, del mejor personaje, de la columna vertebral de esta novela. Ella es una mujer armada, y como tal, 9 cm parabellum está en sus manos. Esther no defrauda. La mochila donde Esther guarda sus pertenencias contiene sobre todo libros de poesía, un arma y, a veces, un par de medias. Esther dispara y huye, y los puntos de su huída son inolvidables porque una mujer sola en latinoamérica pasa las de Esther, con la diferencia de que, en esta novela, tanto el hotelero que intenta propasarse como el hijo de papi que le lanza el piropo desde la camioneta último modelo o el taxista que pretende conducirla a ese lugar donde “no le íbamos a hacer ningún daño” se las ven no sólo con el cañón de su pistola, también con el filo ágil de su lengua ecuatoriana.
En un fragmento memorable, Esther descubre los planes del taxista y lo encañona, para luego obligarlo a bajar del taxi, arrodillarse y leer un poema de Borges (el poema de Milton y la rosa), de cuya interpretación pende su vida. Si la interpretación es convincente, Esther lo salva. Si no, hasta ahí llegó su vida. No cualquier narrador saldría airoso de esta situación. No cualquier narrador lograría que un analfabeta funcional saque lo que ese taxista le saca a Borges. Por su solvencia, por su significado, por el palmo de emociones y sentidos donde Alfredo Noriega confina a su lector, esta parte es el eje de la novela, el corazón del revólver, la ruleta argentina. Es aquí donde el lector baja las armas. Es aquí donde el taxista salva la vida.
9 mm. parabellum crea una fábula de armas y letras donde el encañonado es, en efecto, el conductor, es decir el autor. El encañonador es un lector de cuya intepretación pende y depende su vida. Interpretación entendida más en la acepción musical que semántica del término, más como canto que como significado. Si la interpretación logra emoción, logra sentido, el lector llegará hasta la otra orilla (la del punto final) y el autor salvará la vida.
Debido a las propiedades transitivas del asesinato (la bala, como el libro, es un medio de transmisión) la asesina se convierte en víctima, justo su huída la había llevado a la costa de Guayaquil, justo cuando se estaba enamorando de un poeta. Los matones del señor la liquidan frente a una iglesia y termina así la segunda parte.
El anexo cierran el vals de máscaras del asesino y la víctima. En ellos, la esposa de una víctima del terrorismo vasco le escribe al asesino de su marido (presumiblemente Imanol) una serie de cartas donde cuenta cómo exorcizó el dolor. Si la bala transcurre del asesino hacia la víctima, la literatura toma el camino opuesto y no sólo restituye con palabras el lugar de la víctima, sino que le permite interpelar al asesino con un simple gesto narrativo: contar cómo sobreviví.

Alfredo Noriega ha escrito una novela ágil, divertida y conmovedora, pero sobre todo una novela significadora. Noriega sale airoso de los riesgos de su empresa: ni el elemento policiaco se apodera de la trama (por el contrario: aquí siempre siempre se sabe quién es el asesino), ni los giros lingüísticos del español de Ecuador obstaculizan en ingún momento su lectura (por el contrario: son parte insustituíble en la construcción del significado). 9mm parabellum es una novela necesaria: desde esta apartada esquina del cyberespacio se le desea mucha suerte entre las manos de sus seguramente numerosos lectores.

Alfredo Noriega (Quito, 1962) es, entre muchas otras cosas, el autor de la novela De que nada se sabe (Alfaguara, 2002), adaptada para la pantalla grande bajo el título Cuando me toque a mí (Víctor Arregui, 2006).

 

viaje a Andalucía

Me fui de vacaciones. Estuve en Valencia, Sevilla, Granada y Córdoba. En Valencia conocí a los de la editorial Pre-Textos, finísimas personas. El editor me dijo que su literatura latinoamericana preferida era la peruana. De César Vallejo a José Watanabe, la peruana. También vi los edificios increíbles de Calatrava, los edificios acuáticos, irreverentes, ingrávidos de Calatrava. Insisto en que su arquitectura antepone (impone) el ego del arquitecto al paisaje. Concedo que algunos de sus edificios (especialmente sus puentes) son acrobacias que resisten por igual a la gravedad y el tiempo. / Tomé cañas baratas, vasitos de cerveza fresca por un euro. Hizo calor, hubo sol, lamenté vivir donde vivo, en un lugar caro, frío, poblado de gente lejana, fría. / Fuimos a Sevilla. Cruzamos al barrio de Triana. Había un novenario para la virgen del Rocío, había andaluces de cés latinoamericanas y pantalón fajado: hacía calor. En el Alcázar de Sevilla me maravillaron las geometrías islámicas, los patios romanos pasados por árabe, la infinidad de naranjos envueltos en mármol. / Vi la final de la copa del Rey, vi como el Barça masacró al Athletic, vi como vascos y catalanes pitaban el himno. Leí Anatomía de un instante, de Javier Cercas, leí Hendaya de Marcos Eymar, leí Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo, ya terminé la primera, las otras dos las sigo leyendo como si me negara a terminar las vacaciones: me niego, no he deshecho la maleta, las plantas de toda la casa siguen apiñadas en la cocina en modo vacacional: me niego a regresarlas a su lugar: me niego al modo cotidiano. / Vi Córdoba, quise vivir en la judería de Córdoba, en la calma de su facultad de Filosofía, en la sombra bienhechora de sus patios tapizados de plantas colgantes: leí en la guía que los nómadas de la península arábiga viajaban con sus plantas para transportar con ellos al menos una sensación de hogar: hogar vegetal portátil. / Vi Granada, no pude entrar en la Alhambra pero subí al Mirador de San Nicolás, desde donde la Alhambra juega ping-pong cromático con el blanco total de la Sierra Nevada: en Granada pensé en Lorca, en Córdoba pensé en Góngora, en Sevilla no pensé en nadie por estar baboseando con los bonitos nombres de las calles: La Puerta de la Carne, Agua, Judíos, Pan, Vida. / De regreso, asomado a la ventana del avión, intenté diferenciar el blanco de la nieve de los Pirineos y el blanco de las nubes. Es injusto que ambos, nieve y nube, padezcan la palabra blanco. Porque el blanco de las nubes es aéreo, vence calatravianamente a la gravedad: blanco gordo que flota. El blanco de la nieve en cambio se ha él sí sometido a la fuerza de la gravedad: es un blanco tierra o polvo o fluido granular, no el blanco voluminoso, tridimensional y aéreo de las nubes, sino un blanco suave, líquido: blanco de alfombra de nieve.

historias de necios que murieron por “llegar tarde al médico”

Los muertos del sistema, por Marcela Turati
Sustraído de la revista PROCESO, quien seguramente perdonará el atrevimiento de difundir contenidos de utilidad pública.

Hay domicilios que no aparecen en el registro oficial de fallecimientos, pero en los que se guarda luto por personas que murieron por enfermedades respiratorias. Proceso entrevistó a familiares y médicos; recorrió hospitales, y se topó con historias que desnudan las debilidades de un sistema de salud colapsado. Un sistema que en algunos casos terminó por darle a la gente un puntapié al abismo.

La muerte por influenza en México tiene el rostro de un subdirector del ISSSTE que estuvo en lista de espera mientras se liberaba una cama, un neumólogo y unos antivirales. El de un paisano que pasó sus últimas horas en una silla, compartiendo el aire y el hombro con otros enfermos en sala de urgencias. El de una joven arquitecta recluida sin diagnóstico junto a pacientes contagiados. El de un niño de cinco años a quien le negaron la vacuna de la influenza invernal porque la enfermera consideró que ya estaba grandecito…
Ellos están registrados en las bitácoras oficiales –sin análisis de laboratorio de por medio– como “muertos por influenza”. Tienen nombre, apellido, un porvenir cancelado y familias que les lloran y les rezan un novenario.
Comparten entre sí un historial de diagnósticos errados o tardíos, la peregrinación previa entre clínicas (públicas, privadas o “similares”), el purgatorio en salas de espera, la falta de los fármacos que les hubieran salvado la vida.
Sus muertes forman parte de las 264 registradas del 1 al 26 de abril en la Ciudad de México a causa de “insuficiencias respiratorias agudas” o “neumonías atípicas”, lo que no significa que se trate por fuerza de casos de influenza A.
Hasta el 13 de abril, cuando murió en Oaxaca la primera mujer por esa variedad de influenza, habían sido registrados 108 fallecimientos por causas respiratorias en la capital. Los siguientes 13 días perecieron muchos más: 156.
Llama la atención que los primeros 21 días de abril fallecieron de neumonías atípicas nueve personas menores de 40 años sin historial de enfermedades, y que del 22 al 26, en sólo cinco días, fallecieron ocho personas jóvenes y, poco antes, sanas.
La estadística oficial a la que este semanario tuvo acceso se corta el domingo 26, tres días después de que fue reconocida oficialmente la epidemia. La muerte inexplicable tocó lo mismo a una empleada de mostrador de 22 años, en Ixtapaluca; a un ayudante de cocina de 26 años de la delegación Álvaro Obregón; a un empleado y un médico treintañeros, respectivamente de Iztapalapa y del Estado de México; que a una ama de casa de Neza, a una arquitecta de 26 años, y a un niño de nueve, de Tlalpan.
En la delegación Iztapalapa del Distrito Federal vivía 22% de las personas que murieron por “causas respiratorias” entre el 13 y el 26 de abril, 11% en Gustavo A. Madero, 9% en Venustiano Carranza y 7% en Iztacalco, Benito Juárez y Álvaro Obregón.
De los fallecidos, 87 eran hombres y 84 mujeres. El 34% tenían menos de 40 años.

Trato como a cualquiera

El registro fúnebre 265 corresponde a un médico mexiquense de 32 años. La causa de su muerte quedó registrada en las bitácoras oficiales como “neumonía aguda grave: influenza”.
El joven, cuyo nombre se omite, era subdirector del ISSSTE de Texcoco y atendía pacientes como médico general. Estaba casado con la joven de la que se enamoró desde que iniciaron juntos la carrera de medicina. Era hijo de otro médico y tenía dos hermanos.
La segunda semana de abril sintió fiebre y dolor de huesos, y tuvo tos. Como se automedicó y no sintió mejoría, un colega le subió la dosis. Días después arrojaba flemas con sangre. Se hizo estudios que determinaron neumonía. Trató de internarse en el Hospital General de las Américas, pero no lo aceptaron: no había camas disponibles. En un laboratorio particular tuvo que sacarse placas de pulmón y tórax.
El sábado 18 consiguió ingresar a terapia intensiva del Hospital del ISSSTE ubicado en la avenida Politécnico. Ya iba inconsciente.
Los medicamentos que le recetaron no se encontraban en la farmacia del hospital. Sus familiares, uno de ellos médico del ISSSTE, llamaron a los directivos de Toluca para que “liberaran” los medicamentos porque, sostienen, “sí había”.
La familia tuvo que contratar a un neumólogo privado, del hospital ABC, porque el ISSSTE no tenía ninguno disponible. El médico diagnosticó que le estaban dando mal servicio al paciente y dijo que necesitaba aparatos para atenderlo.
Ana Lilia, la hermana del médico –con cubrebocas, desde atrás de la reja de su casa cerrada con llave– recuerda: “Mi papá y mi cuñada hablaron con el director, le dijeron que no era posible que trataran así a un funcionario de nivel subdirector del ISSSTE, que cómo lo trataban como cualquier otro paciente”.
La familia padeció la cruel burocracia hospitalaria. Sin compasión, los médicos les dijeron que iba a morir y la noticia, así, de botepronto, provocó que los nervios de la mamá colapsaran.
“Entró el sábado y hasta el miércoles le dieron el antiviral. Si se lo hubieran dado a tiempo la hubiera librado”, dice la hermana de ojos tristes. Desde adentro de su casa de interés social se escucha el grito de su hijo, aburrido por el encierro.
El médico falleció el 25 de abril a las 10 y media de la mañana. Ese mismo día, en terapia intensiva, se encontraba hospitalizado su hermano, con los mismos síntomas.

No supieron qué tenía

En las fotos, Adriana aparece sonriente, abrazando a sus perros salchicha o esquiando feliz. ¿Qué iba a preocupar a esta veinteañera recién egresada de arquitectura? No un catarro.
“La verdad, mi hija no se cuidaba la gripa, se bañaba en la noche y salía luego con pijamita ralita, dejaba la ventana abierta y aquí en el Ajusco hace mucho frío. Cuando se puso mala tenía la ventana abierta, le dio neumonía, no fue la influenza. No sé si la contagiaron en el hospital, no sé que pasó.”
Lo dice su mamá, Silvia Vaca, quien quiere hablar de su hija para que todos se enteren de que no murió por la epidemia, con el fin de evitar la marginación, de la que ya fue objeto por unos familiares que no quisieron velarla.
Adriana aparece en el registro de muertes por males respiratorios en el Distrito Federal con una acotación: “Neumonía por virus de la influenza”. Su mamá lo niega. Dice que el martes 21 ingresó al hospital privado San José con diagnóstico de neumonía.
Un día después de que el gobierno decretó la emergencia, cuando Adriana ya estaba en terapia intensiva, en el hospital les sugirieron que la cambiaran a otro lugar. “Les urgía que la sacáramos de ahí”, dice la señora Silvia.
Adriana ingresó al Centro Médico de Especialidades, al quinto piso, cama 514, directo al pabellón para pacientes con influenza. Su familia ya no volvió a verla. Murió en menos de 24 horas, el sábado 25 en la mañana.
“Hubo negligencia –acusa–: en el Centro Médico tenían la obligación de hacerle un estudio antes de meterla a donde había influenza. Y en el San José apenas este lunes nos entregaron los estudios que le hicieron para ver si era influenza, y salió negativo. ¿Ya para qué me lo entregan, si ya mi hija murió?”
En la nebulosa del diagnóstico y la desconfianza quedó también la familia de Óscar Corona Pérez, un niño de cinco años que se asoma en la foto de su último cumpleaños, mirando su pastel, en la sala de su casa, junto a la cual reposan sus cenizas.
Hasta la Semana Santa tuvo fiebre. Un doctor particular le diagnosticó gripe y lo medicó, otro le cambió la receta. El jueves 16 se quejaba tanto del dolor de garganta que sus papás lo llevaron a la clínica 11 del IMSS pero no les permitieron dejarlo porque no tenía fiebre. Lo mismo en la clínica 27.
A la mañana siguiente, Óscar entró al hospital La Raza, por Urgencias, vomitaba y se convulsionaba. Le diagnosticaron neumonía, después bronconeumonía, luego que quizá tenía “un virus o una bacterita”.
“Desde que lo subieron yo estaba conforme porque le dieron un cuarto solo para él, pensaba que estaba rebién atendido, hasta que después supe que estaba aislado”, dice Marisela Pérez, su mamá.
Óscar murió el 24. En el hospital les ordenaron incinerarlo, “para que el virus no fuera a salirse”. Su muerte no está registrada en las estadísticas oficiales. En su acta de defunción, sin embargo, se lee como causa de fallecimiento: “Neumonía por influenza”.
“Los doctores me acusaron por negligencia, me dijeron que por qué no lo había vacunado, pero yo sí lo llevé a vacunar en diciembre, pero no le pusieron la vacuna que porque era nomás hasta los dos años”, se defiende ella.

“Se necesitan jabones”

Otros rostros de esta peste moderna son los de los médicos y enfermeras que, a tientas, sin aviso, intuyeron que algo raro había en el ambiente, improvisaron medidas para aislar la avalancha de pacientes con neumonías atípicas y, en algunos casos, dan la pelea para exigir equipamiento especial en sus hospitales.
“Pedimos insumos, gogles, cubrebocas, batas, jabón, porque no tenemos”, dijo la fisioterapeuta Adriana, una de las trabajadoras del Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias (INER) que salió a manifestarse a la calle el lunes 27 a mediodía. Atrás de ella, la enfermera Maru Vargas, con 35 años de servicio, se quejó de que llevaba cubrebocas como única protección, a pesar de que atendía a los enfermos de Urgencias.
“Todos los pacientes se mezclan –detalla–, desde los que tienen crisis asmática, tuberculosis o influenza. Ahí tienen que esperar hasta que se desalojen las camas.”
La influenza antes llamada porcina desnudó ante el mundo las debilidades del sistema de salud mexicano, donde los pacientes tienen que mendigar un turno para una diálisis de riñón, las listas de espera para recibir tratamiento son interminables y cada paciente tiene que llevar sus gasas y bisturís para su operación. Donde los doctores se manifiestan por falta de insumos.
“Los médicos sí estábamos preparados para esta contingencia pero todo se atoró en el sistema organizacional: no se dieron órdenes desde las oficinas centrales, apenas se están armando los espacios en los hospitales, no hay un seguimiento epidemiológico para los infectados y sus familias, no se ha armado al equipo de atención médica de cada hospital, no aparece el equipo esencial que teníamos”, lamenta un médico que trabaja en el IMSS y en el ISSSTE, quien está capacitado para el control de epidemias.
“Lo único que han hecho bien es avisar a la población y ahora estamos en una lucha contra el tiempo”, opina.
Este es el sistema de salud que tienen que enfrentar las personas contagiadas por influenza. El mismo que ganó el concurso del trámite burocrático más inútil y gana en recomendaciones por violación de derechos humanos; en el que se venden los exámenes para residencias médicas; las licitaciones las ganan los amigos de los gobernadores y los compadres ocupan secretarías de salud y direcciones de hospitales.

La nacionalidad de la muerte

¿La influenza respeta la nacionalidad? Si no, ¿por qué los gringos no se mueren? ¿Si Hugo García hubiera enfermado en Estados Unidos se hubiera salvado?
La duda es cruel pero real. Después de 20 años en Boston, Hugo regresó a México, se reencontró con Lourdes, su enamorada desde que eran quinceañeros, y hace cinco meses se casaron.
A mediados de abril, Hugo se sintió mal: catarro, ojos llorosos, gripe, dolor de cabeza. Aunque era un moreno robusto de 39 años, con cuerpo de toro, el viernes 17 no pudo levantarse.
“Seguro tengo esa pinche enfermedad”, dijo aterrado la noche del 23 de abril, cuando vio en la televisión al secretario de Salud, José Ángel Córdova, decretando la emergencia por influenza.
“No la agarraste, tú eres fuerte”, intentó tranquilizarlo Lourdes.
Al día siguiente, a las ocho de la mañana, él ya hacía fila en el Hospital General de las Comunidades Europeas, en Iztapalapa. A las 11:30 le diagnosticaron pulmonía y le dieron el ingreso.
“Lo inyectaron, le pusieron suero, lo tuvieron en una silla porque ya no había lugar en Urgencias, no cabía. Lo sentaron junto a un niño que tenía apendicitis y un señor enfermo de las vías respiratorias”, narra su esposa en la sala donde reza el novenario.
A las cuatro horas de espera consiguió una cama. Lourdes estuvo acompañándolo y estuvieron siempre rodeados por otros pacientes. Aunque el secretario había anunciado la epidemia, en el hospital no hubo escudo sanitario y no lo aislaron:
“Urgencias estaba lleno, si había 30 camas eran pocas, todos estaban apretados. Había chicas que habían dado a luz y nomás los separaban a todos las cortinas”, dice ella.
Los médicos le dijeron a Lourdes que se despidiera de él porque ningún paciente de influenza había sobrevivido. Ella lo abrazó, le dijo que le echara ganas, que iba a recuperase. Pero él falleció el sábado 25.
“Estaba calientito mi esposo, lo abracé, lo besé todo, el doctor me dejó estar con él”, dice toda ella hecha lágrimas.
Hugo no aparece en la lista de las defunciones por neumonías atípicas ocurridas en el Distrito Federal ese sábado, en el que murieron 15 personas, tres de ellas jóvenes y sin historial de enfermedades.
Lourdes recibió el cuerpo del hombre que fue su chambelán de 15 años y con quien dio una fugaz probada a la vida en pareja. Iba a velarlo y enterrarlo en domingo, pero un amigo le aconsejó que lo enterrara de inmediato.
El lunes le detectaron pulmonía a ella y le recetaron un antiviral inexistente en farmacias. Su familia solicitó ayuda a amigos de Puebla, Veracruz, Querétaro y Quintana Roo para pescar el medicamento, pero no hubo. Pensaban que ella también moriría, hasta que un funcionario del gobierno capitalino los orientó para que pidieran el fármaco al Seguro Social.
Ella, su mamá, sus hermanos y sus sobrinos fueron sometidos a exámenes; no les hallaron rastros de influenza.
“No tenemos el bicho”, dice su hermana con la convicción de quien quiere ser escuchada por los vecinos, que tratan a su familia como si estuviera apestada.
“Piensan que tenemos la enfermedad. Nadie nos quiere hablar. El otro día que venía del médico me sentí como esos perros echados a perder, una vecina me cerró la puerta”, dice la abuela.
Hugo sospechaba que lo había contagiado un muchacho de Texas enfermo, que les estornudó en la cara a él y a un amigo en un tianguis. Ambos compartieron agua con él y contrajeron gripe.
Lourdes no alberga el virus pero tiene encapsulado el coraje: “Las autoridades hubieran avisado antes, a lo mejor no con la alarma con la que suspendieron clases, sino más tranquilo, días antes. Con que hubieran dicho que había ese riesgo hubiéramos tomado conciencia”.
La foto de Hugo, bienamado, envuelto en el dibujo de un corazón, está en el altar improvisado en casa de su suegra.
Él se fue suspirando por la vida que llevaba en Boston, como chofer de limusina. Ella recuerda que en el hospital de Iztapalapa, en el tumulto, él comenzó a extrañar Boston. “Me decía que la vida allá era diferente, que allá todos tienen seguridad social, que vas al hospital, te atienden, tienen máquinas y médicos. Estaba enojado. Decía: ‘pinche país, namás vine a morirme. Me arrepiento de haberme quedado’”.




ficciones coercitivas

A Chloé Delaume no le ha ido bien. Su dato biográfico fundacional es ciertamente sanguinoliento: cuando Chloé tenía ocho o nueve años, su papá asesinó a su mamá y luego se suicidó delante de la niña. En Le cri du sablier Chloé cuenta que, tras el disparo, acabó bañada en los sesos de su padre. Asco. 

Le cri du sablier se traducirá al español y será probablemente publicado por Almadía. Pero bueno. 

En una entrevista que vi ayer, Chloé cuenta que a ella la criaron unos tíos que socialmente se hacían pasar por sus padres. Así Chloé podía crecer haciéndose pasar por una niña normal, cero traumas. Y Chloé tenía amiguitos y hasta novios que creían que su tío era su papá y su tía su mamá y que Chloé era una persona normal. 

He aquí una excelente definición de una persona normal: aquella cuyo padre no asesinó a su madre ni se suicidó delante de ella manchándola de sesos.

Pero bueno. Chloé creció así. Y de pronto un día se hartó de que la sociedad la hiciera pasar por una persona normal y escribió un libro en donde gritó su anécdota fundacional junto con la verdad de lo que había pasado. No es un libro testimonial ni una de esas sesiones de psicoterapia pública: el libro está escrito a lo Daniel Sada: en alejandrinos. 

En francés, los alejandrinos son versos de doce sílabas repartidas en dos hemistiquios. En español es diferente, pero no importa. 

Bueno. El caso es que Chloé fue víctima de una ficción coercitiva: su familia decretó que lo del asesinato no había ocurrido y que Chloé era una persona normal de esas que nunca han sido salpicadas por los sesos suicidas de su padre. La trataron no como persona sino como personaje: le impusieron el relato de un pasado por el que ella no había pasado, convirtiéndola así en literatura socialmente correcta: una niña normal. 

En México también nos pasa. Cuando el gobierno dice: “se enferman de influenza por su culpa, porque se automedican, porque no van al médico” nos están aplicando la misma. Nos vuelven personajes, nos carcterizan como necios, cuando no de plano pendejos y ni cómo quitarse el sanbenito del relato que se nos impone. “Tardan en llegar al médico, por eso se mueren”. Lo que no dicen es que hay muchos que sí llegan al médico, pero como el sistema de salud es una porquería, los traen de médico en médico, dándoles aspirina hasta que se mueren. 

Eso decía Chloé ayer en una entrevista: que la literatura es un arma contra las ficciones colectivas. Que la literatura es una manera de deshacerse del yugo de los personajes que nos imponen. 

Otro ejemplo: ahora los mexicanos acá en Francia estamos todos infectados. Nos imponen el personaje del apestado y en el supermercado nos huyen como si trajéramos la lepra. A veces me dan ganas de escribir una novela de 500 páginas para agarrarlos a novelazos y dejarlos llenos de moretones: para que se les quite. Pero bueno. 

La literatura es un arma contra esos escritores que avientan el relato y luego esconden la pluma. Y el relato se queda ahí coleando como un reptil.gallina sin cabeza, hablando de nosotros, escondiendo lo que somos. En el supermercado de la esquina dicen que soy un apestado. Eso que dicen no es cierto. Por eso tengo que hablar, hacer uso de mi bocota o de mi plumota y decir: yo no soy eso. Yo soy otra cosa.