malversando.blog

Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

memorias.salon.du.livre.días.dos.y.tres

Discusión escuchada en los pasillos del Instituto Cervantes, entre Margo Glantz y Elena Poniatowska:

–La embajadora se compró un abrigo de mink (nota del cronista: ¿cómo diáblos se escribe la palabra minc?)
¡Qué lindo!
–Muy largo… hasta acá (la mano de la escritora describe un corte horizontal a la altura de las pantorrillas)
¿Qué lindo?

Quién las reconociera minutos antes, Margo con los ojos encendidos hablando de que correspondencias entre el cuerpo y la novela, la novela del corazón, la del páncreas, la de los dientes. O Elena, respondiendo que el primer deber de un escritor es escribir bien, sin importar la orientación política, social o estilística.

Al día siguiente yo tenía una junta de avance con mi jefe y debí trabajar de madrugada para sacar los programas que me faltaban. Doble competencia, que le llaman y que a veces te hace sentir ni de aquí ni de allá, ni lo uno ni lo otro, ni escritor ni programador ni investigador ni nada. Pero acaso solamente sea la falta de sueño.

Al día siguiente, jueves, no entrevistamos a nadie. Fue la presentación de Almadía y de ahí nos fuimos a la inauguración del Salon du Livre. Martín Solares firmaba ejemplares en el puesto de Burgois. Mario Bellatín brotaba de un rincón del puesto de Gallimard. En el puesto de las ediciones militares nos negaron el alcohol. Yo llevaba tres meses y medio sin beber y ahí puse fin a la promesa, con un buisqui de Gallimard. Ahí, en la barra para los buisquis, me encontré a un amigo cariacontecido porque Carlos Fuentes les había dado plantón en todos los actos de prensa del día. Según me dijeron, de ahí se fueron a la Coupole. Nosotros no, nosotros seguimos a Martín Solares y al hijo de Burgois a un bar de la place Clichy, creo que se llama el Cicerón, muy parisino, con unas tartines de jamón y queso buenísimas. Nos emborrachamos hasta las cinco de la mañana. El pedo sabe a gloria después de tres meses de no practicarlo.

Día 3: viernes. Crudo como la madre de Jesucristo, tengo cita a las 9h30 de la mañana para entrevistar a Homero Aridjis en su residencia diplomática del 16ème. Los muros de la casa están decorados con máscaras mexicanas. Homero recibe de corbata y mientras el camarógrafo y productor instala sus artilugios, platicamos sobre la visita de Sarkozy a México y el enredo de Cassez. En las primeras frases de la entrevista me tropiezo: el apellido de Homero se pronuncia con jota española y no inglesa, Aridjis y no Aridyis… ¿de dónde nos viene a los mexicanos esa oblicación moralo-fonética de pronunciarlo todo en lengua extranjera (para muestra, basten todos esos que sin deberla ni temerla pronuncian Belatín en vez de Bellatín… en fin?).

Homero está vivo. En la entrevista cuenta su viaje al túnel que horada las enaguas de la pirámide del Sol. Y lo vincula con la sensibilidad cotidiana, la atención permanente y precisa del poeta ante lo cotidiano: la poesía se escribe desde aquí: desde ahorita.

Le dejo un ejemplar de Musofobia. Qué manía esta de los escritores jóvenes, sobreprofesionalizados desde chiquitos, buscando antes el reconocimiento y la notoriedad que el talento y el trabajo. Así es el mundo.

En el Cervantes ya espera Mario González Suárez, a quien abrazo con efusión. No me toca entrevistarlo a mí, pero quisiera presenciar su entrevista: no es posible, la logística pide atención a gritos: tengo que salir corriendo. Cuando regreso, están entrevistando a Fadanelli en un rincón de la biblioteca. La entrevista nos deja pasmados: cada frase es sustanciosa, en cada frase hay lengua y hay sustancia: el tipo parece estar escribiendo. ¿Qué dice? No me acuerdo. ¿O sí? Habla del arte, de su aparente falta de fines: el arte no sirve para nada, el arte existe y ya y en esa inutilidad aparente radica su secreto. Y habla del encanto de lo incompleto, del proceso de creación, de la primera página y de la última: la primera buscada pacientemente, la última escrita con prisa por deshacerse de ese animal pegajoso que es la novela.

Es un día muy largo: tras la cruda, tras las entrevistas, sigue el taller literario de todos los viernes, esta vez interrumpido por las cámaras de France 3, que investigan sobre la vida literaria latinoamericana en París. Las cámaras de televisión son un pésimo instrmento para observar la realidad. Las cámaras propagan el principio de incertidumbre, pues distorsionan el objeto que pretenden observar al grado de volverlo irreconocible.

Por la noche aparece Fadanelli en el bar Sully. De ahí nos vamos al Petit Tonneau y termino roncando en la mesa de un bar de République a las 5 de la mañana.

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