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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

almadía

Una lectora merodea por los pasillos de una librería. Es una mujer de edad mediana, anteojos y curiosidad en ristre, cuyo fino olfato ha sido entrenado para husmear la presencia probable de tesoros literarios escondidos entre los anaqueles de esos injertos de biblioteca y prostíbulo que se han vuelto ahora las librerías. Sin embargo, la librería donde ronda ahora nuestra lectora es diferente. Aquí no predomina la urgencia por leer la última novela del premio TAL 2009. Aquí es al contrario: tras las mesas de novedades, hay espacio para respirar el aire paciente del bibliotecario, del bibliófilo, del coleccionista de metáforas con todo el tiempo del mundo y la convicción de que bajo esas pilas de libros encontrará ese ejemplar agotado, inconseguible en la capital.

La librería de a la que se refiere la voz narrativa se encuentra en el centro de Oaxaca. Su nombre es poco invitador: Proveedora Escolar. Al escuchar el nombre, nuestra lectora se imagina filas interminables de padres de familia con los brazos colmados de libros de texto en la víspera del primer día de clases. Cual es la sorpresa de nuestra lectora al penetrar en el recinto de la calle Independencia, donde los clásicos romanos conviven con el Libro Mágico en perfecta armonía, e incluso dejan espacio para los best-sellers, que bien mirado no le hacen daño a nadie e incluso son capaces de tentar a algún padre de familia y comprador anual de libros de texto: nuestra lectora sabe que no hay edad ni calidad que valgan para iniciarse en el vicio de la lectura, ella misma se inició hace años, no con Julio Verne ni con cuentos de Grimm sino, precisamente, con un best-seller.

En la mesa de novedades nuestra lectora distingue un ejemplar que llama su atención tanto por la originalidad de su diseño como por la calidad reconocida de su autor. Lo abre, lo huele, su olfato reconoce el aroma nuevo: páginas recién impresas, carne fresca. Sus ojos caen en el nombre de la editorial, que de inmediato conquista también sus oídos: Almadía, dos palabras transparentes en una sola. Nuestra lectora, a quien le da un poco de vergüenza confesa que escribe, ensaya un par de tropos para describir esa palabra donde la luminosidad metafísica del alma se resuelve simplemente, en sílaba tónica, canto de gallo, acento en la í.

Un elemental principio de realidad obliga a la voz narrativa a interrumpir la bucólica aventura de nuestra lectora para pedir un poquito más de agilidad. Al fin y al cabo esto no es un cuento ni una novela sino la presentación de una casa editorial; en el estrado hay presentadores deseosos de tomar la palabra, entre ellos Guillermo Quijas, autor intelectual de todo esto, a quien habrá que hacerle muchas preguntas para que confiese cómo se transforma una empresa fundada en 1949 por don Ventura López Sánchez, su abuelo, no sólo en una negocio viable, no sólo en una empresa con responsabilidad social, no sólo en una de las casas editoriales más prometedoras del panorama latinoamericano, sino en un arma de paz.

¿Arma de paz? ¿!Cómo así!? se pregunta la tercera persona omnisciente en un impostado acento colombiano. Sí, Almadía y la Proveedora Escolar son un arma blanca, insiste neciamente la voz narrativa: para explicarte por qué, es necesario regresar a la calle Independencia, donde nuestra lectora se embelesa con las primeras líneas de un poemario publicada por Almadía. La tercera persona omnisciente señala un local a unas cuantas cuadras de ahí. Es la armería de la Sedena. En ella también hay padres de familia que se pasean entre anaqueles mucho más graves. En tiempos de don Ventura López Sánchez las armas eran monopolio exclusivo del estado, en tiempos de su nieto las cosas ya no son tan claras. Ante el creciente interés de la población por la compra legal de armas, la Dirección de Comercialización de Armas de la Sedena ha respondido prontamente a la demanda abriendo armerías en varias ciudades de país. En su último balance comercial, la división de armamento reportaba utilidades inusitadas: en el 2008 la Sedena distribuyó legalmente un total de 5500 armas, abre comillas, para uso y protección de domicilio, cierra comillas.

Nuestra lectora, que tiene un ojo al poemario y otro al garabato, retira la mirada del ejemplar para interpelar a la voz narrativa. ¿Cuántas armas, dijo usted? Cinco mil quinientas. ¿Quién las vende? La Secretaría de la Defensa Nacional. ¿Con qué objeto? Uso y protección de domicilio. ¿Y no se supone que la función de la Sedena es precisamente la de protegernos? Pues sí, eso es lo que se supone. ¿Entonces qué chingados hace esa institución reportando utilidades financieras como si fuera una empresa? La voz narrativa confiesa su perplejjidad, la tercera persona omnisciente sale por patas, mientras los pasos indignados de nuestra lectora la llevan volando al estante de los Quijotes. Nuestra lectora respira hondo, abre un ejemplar y busca las graciosas aventuras de la infanta Micomicona abriendo así una cita, dos puntos:

Es el fin y paradero de las letras, y no hablo ahora de las divinas, que tienen por blanco llevar y encaminar las almas al cielo; que a un fin tan sin fin como éste ninguno otro se le puede igualar: hablo de las letras humanas, que es su fin poner en su punto la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo, entender y hacer que las buenas leyes se guarden. Fin, por cierto, generoso y alto, y digno de grande alabanza; pero no de tanta como merece aquel a que las armas atienden, las cuales tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida.

Cierra cita. ¿Me estás oyendo, inútil? El fin de las armas no es que los libros contables de la Sedena brillen de superhábit, tampoco la legitimación de elecciones dudosas, ni la protección de rutas comerciales. El fin de las armas se resume en una proposición que al mexicanos promedio le suena cada día más quijotesca: preservar la paz.

Aquí nuestra lectora hace una pausa en su alegato para tomar aire, o porque las propiedades cinematográficas de silencio acrecentan el dramatismo de su dicho. Una madre de familia abraza a su hijo, quien a su vez se abrza a sus libros de texto con los ojos llenos de azoro. No sea bruta, señora: el hecho de que Cervantes considere a las armas por encima de las letras no es pretexto para que suelte su paquete de libros y salga corriendo hacia la armería de la Sedena. Por supuesto que Cervantes, o el Quijote o Cide Hámete Benegeli o quien diablos haya sido no incluiría a la Sedena en su catálogo de armas, porque la taxonomía balística del Quijote está compuesta por dos tipos, inciso A: las armas honorables; inciso B, las armas sin honor. La señora recula, ya sé, ya sé que ya sé quiere ir, concédame nada más un minuto para una demostrárselo. Nuestra lectora se aclara entonces la garganta, no sin cierta satisfacción por la ronchita de clientes de la librería que se ha formado en torno a ella. Discurso sobre las armas y las letras, dos puntos, abre comillas:

Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina), y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos.

Cierra cita. Ante tamaña arenga, un empleado de la librería, que trabaja de día y estudia de noche, levanta la mano y confiesa que esa prosa es demasiado complicada, que en la televisión lo ha acostumbrado a frases más cortas, que en suma no ha entendido nada.

Entonces nuestra lectora se lanza: Las armas honorables son aquellas que conceden paridad entre enemigos. En el fondo, antes de ser armas, son un mínimo común denominador entre dos hombres que se detestan. Las armas sin honor, en cambio, son una transas tecnológica, transacciones comerciales, industria: son las armas del cobarde, con ellas cualquier pendejo puede fulminar en un tris de gatillo al más famoso caballero andante para luego aprovechar la perfecta inoperancia de nuestro sistema judicial y huir impunemente, y eso en el mejor de los casos, en el peor se queda un ratito más, el tiempo que le toma encobijar o decapitar o pozolear en un tambo de ácido el maltrecho cadáver del caballero andante.

El Quijote pone las armas honorables por encima de las letras porque en la utopía cervantina las letras dictan la ley y las armas conservan la paz. En la distopía del México postpriísta ese orden se ha distorsionado tanto que las armas se han vuelto dictadoras de leyes no escritas, transformando a las víctimas en una escritura dantesca, letra que con sangre entra y encripta su mensaje: así el encobijado significa ya no quiero tu protección, el inmolado significa le está llegando el calor al jefe y el decapitado significa que vamos por las cabezas de tu organización.

La lengua de Cervantes, la de nuestra lectora, la de ustedes aquí presentes sea quizá el último palmo de realidad común entre el padre de familia y el pozolero, entre don Ventura y el judicial, entre esa señora de la limpieza que nunca se ha robado nada y el diputado ___ (sustitula el ___ por su adjetivo favorito) que se lo ha robado todo.

Nuestra lectora, a quien por la inflamación de su prosa casi podríamos llamar nuestra oradora, sale al fin del embeleso. En su arranque lírico.políticoha perdido la noción del tiempo. La librería está vacía, los clientes se han ido, un último empleado acomoda los libros en los estantes. En la soledad de la librería, nuestra lectora tiene una visión. Don Ventura López Sánchez, o su imagen o su avatar, extiende el brazo hacia ella, levanta el índice, señala el ejemplar del Quijote que nuestra lectora tiene entre las manos. Nuestra lectora descubre que es una edición de aniversario del Quijote publicada por la editorial Almadía, que la original cubierta ha sido diseñada por el ingenioso Alejandro Magallanes, que la edición ha sido cuidada literal, obsesivamente por Martín Solares, que incluso ha logrado, en un viaje de cafeína, comunicarse con Cervantes para que reescriba algunos fragmentos y de paso corrija el error del burro. Don Ventura sonríe con la sonrisa de quien sabe que su empresa es lenta pero segura, que impulsar la causa de las letras en un país donde van ganando las armas no es una causa perdida, sólo una causa de más largo plazo. Con el orgullo del deber cumplido, don Ventura lleva de la mano a nuestra lectora por el catálogo de Almadía, en donde las estrellas del hit parade conviven con escritores jóvenes, de los que nacieron encuerados y sin lectores. La riqueza del catálogo y la preciosidad de la edición seducen sin remedio a Nuestra Lectora, quien lamenta haber desperdiciado tanto tiempo en la perorata política en vez de concentrarse en lo suyo, es decir la lectura. Y eso que don Ventura aún no le platica cómo, en sus breves años de vida, la editorial Almadía y la Promotora han dinamizado la vida cultural oaxaqueña, dando a luz un saludable embrión de renacimiento cultural alejado del aire faramalloso y contaminado de la capital mexicana.

¿Qué más se le puede pedir a una editorial?, pregunta don Ventura. La tercera persona se anima entonces y saca de su omnisciencia un pliego petitorio. Se le puede pedir, por ejemplo, que nos acerce a autores centro y sudamericanos; que en un arranque de utilidades se anime a enfrentar a las tres carabelas del colonialismo editorial: Alfaguara, Anagrama y Tusquets; que intente romper el cerco que le impide a escritores argentinos y mexicanos conocer sus respectivas obras sin pasar por España, y ya entrados en gastos se le puede pedir también que evite a las mafias de la distribución haciendo uso del internet y del envío por correo. Ni que fuera tan difícil. En tiempos de Amado Nervo, cuando los libros viajaban en barco, los latinoamericanos se conocían mucho mejor que ahora que viajan por fibra óptica. Y sobre todo, párrafo final del pliego, esta voz narrativa solicita, de la manera más encarecida, que el brazo de Almadía persista en el quijotesco empeño de enfrentar cualquier presente, por dantesco que éste sea, con las armas de Cervantes y don Ventura, las que nos conceden el beneficio de la igualdad por bestia que sea el enemigo, las únicas armas honorables, es decir, las palabras.

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Una respuesta a “almadía

  1. Paul Medrano 22 marzo, 2009 en 07:33

    Sincho!
    Almadía crece, y crece bien. Buenos títulos, buenos autores y según parece, buenas promesas. Larga vida

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