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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

retrato del artista en traje de paris hilton

Mario García Torres en el museo del Jeu de Paume. Suena bien, ¿vamos? El correo dice que la comisaria de la exposición guiará la visita y nos explicará las obras. Suena muy bien. Vamos.

El artista es mexicano, nacido en 1975, razón de más. Un mexicano que triunfa en París. Definitivamente, hay que ir.

El folleto dice que Mario ha intervenido cuatro espacios: dos salas del museo, la librería y un libro. Es decir, que exhibe su obra en tres espacios espaciales y un espacio literario, es decir un libro.

En la primera sala hay un tocadiscos viejo, su construcción debe rondar la fecha de nacimiento de Mario. El vinil gira cantando una cancioncita cuya letra no se entiende bien. El resto de la sala está oscura: esa es la obra. A falta de más, el neófito se acerca a las bocinas para intentar encontrar la obra o algo que se le parezca. Pero no: la letra es ilisible.

La segunda sala también está a oscuras. Un proyector de diapositivas muestra fotos del Japón, y más precisamente fotos de una vieja empresa de subtitulado a la antigua, cuya creación data 1930. El quid del asunto es que las fotos revelan un mundo a punto de desaparecer. Por lo demás, no son fotos extraordinarias: podrían provenir son problemas del facebook.

¿Cuál es la obra, entonces? Nuestro último resquicio de esperanza es la librería del museo: el folleto dice que Mario la ha intervenido. Intervenir una librería, qué interesante, qué misterioso, qué profundo: ¿vamos?

En la librería no hay nada. Nada extraordinario, quiero decir, porque lo ordinario está cuidadosamente en su lugar: los libros, la caja donde pagar los libros y los compradores potenciales de los libros. En resumen: la librería cualquiera de un museo cualquiera. ¿Y la intervención de Mario? Consultamos el folleto. La intervención consiste en escribir cuatro postales e introducirlas en cuatro libros al azar, para que el inesperado comprador de un libro de Andrea Mantegna se encuentre de pronto con la postal autógrafa del artista del momento.

La reacción clásica: enojo, incomprensión, y el inevitable callejón sin salida de los que andamos a pie en el mundo del arte contemporáneo: esto lo hubiera podido hacer mi prima de quince años.

¿Dónde está la obra? A falta de ella escudriñamos el folleto, cuyo texto explicativo interpreta su discurso plástico como una manera originalísma de revisitar la historia del arte, de rechazar las convenciones artísticas y de dar prioridad a la idea sobre la realización. ¿El título de la exposición? Il aurait bien pu le promettre aussi, que en cristiano se traduciría como

Hubiera podido también prometerlo

Desanimado, me acerco a la curadora de la exposición y le pregunto dónde puedo encontrar la letra de la canción que se exhibe (es un decir) en la primera sala. La comisaria me orienta hacia el cuarto espacio de exhibición: una publicación editada por el museo del Jeu de Pomme y que “sólamente” cuesta 14 euros. Tomamos entonces camino en dirección de la librería: la paciencia de Hanna está al limite: para pasar verguenzas mejor nos hubiéramos ido al museo de Orsay.

De regreso en la librería encontramos un infolio verde con el nombre del artista y !al fin! su obra, que consiste en una serie de quince o veinte hojas en blanco con una sola línea manuscrita:

Prometo hacer mi mejor esfuerzo como artista durante los próximos 25 años

Hoja tras hoja, la frase permance constante. Varía la lengua (inglés, español, francés), varía la hoja en blanco (siempre se trata de papel membretado con el logotipo del hotel donde Mario escribe la promesa). Puras promesas. Al final del libro hay un texto donde Mario explica que en un momento crítico de su vida, cuando estuvo a punto de abandonar las artes plásticas, tuvo la idea de escribir esa misma nota en cada hotel por donde pasara y que esa idea salvó su profesión. Desde entonces su carrera ha vuelto a despegar, ha viajado por todo el mundo, ha vendido obras, se ha convertido en un artista de éxito.

Al final del catálogo, Mario agradece a los consumidores de su arte el haberle permitido conocer el mundo y triunfar. En su último párrafo nos promete hacer su mejor esfuerzo como artista durante el resto de su vida.

Mario promete ser un buen artista. Y nos agradece todos estos años de viajes, bienales, galerías y trabajo arduo manuscribiendo postales y papelitos. Es un artista sin obra, un artista cuya obra es un discurso, un tejido de palabras e ideas que elongan la capacidad elástica de la interpretación hasta el infinito para crear una maya (en sánscrito, una ilusión) que enreda a galeristas, curadores y espectadores del arte contemporáneo. Mario nos promete ser un buen artista, nos vende su talento futuro, nos convence de que las posibilidades interpretativas del acto de escribir promesas en postales y guardarlas al azar dentro de los libros son infinitas y de eso vive, con eso se gana no sólo el pan sino el currículum y las palmas de la última bienal de Venecia.

Mario García Torres es el artista en traje de Paris Hilton: famosa porque es famosa porque es famosa. Mario, artista sin obra, o más precisamente: joven promesa del arte, nos vende por catorce euros la promesa de un brillante futuro, y su acto repite y magnifica todas las promesas incumplidas: desde el panadero que embaraza su novia, promete casarse con ella y huye, hasta aquel presidente que hace tantos años prometió acabaro con la corrupción en México. La obra de Mario García Torres es invisible pero tangible: un pedestal para la transa mexicana, una burla/birla con tu dinero en tus narices. Así, Mario García Torres es un artista porque es un artista, porque así lo dice el galerista, porque así lo dictamina el folleto del Jeu de Paume, porque hay un discurso que arropa su vacío, porque hay un currículo donde se enumeran los museos y las galerías que han creído en su burla, que se han dejado transar a la mexicana. No es entonces extraordinario que el país donde no se sabe si las elecciones son ciertas, si el político trafica droga, si el militar vende armas, si el ombudsman se prostituye, el mejor exponente artístico sea un prometedor de futuros maravillosos. Intencional o involuntaria, la inexistente obra/burla de García Torres me parece genial, y como mexicano inocente que soy, creo a pie juntillas en sus promesas.

Una respuesta a “retrato del artista en traje de paris hilton

  1. Paula 30 enero, 2009 en 15:29

    Nunca me han gustado las instalaciones: me he esforzado pero siempre me han parecido el resultado de un pasatiempo poco ejercido y muy bien financiado.
    Con lo que acabo de leer, creo seria un placer partirle la cara al susodicho con un puño americano y regalarle sus primeros Autoportraits.

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