malversando.blog

Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Archivos mensuales: diciembre 2008

re.inicio

Estoy a punto de empezar por enésima vez la escritura del BalSac. Ahora se trata de reescribir la primera parte sin puntos ni comas ni mayúsculas, porque al narrador automático le falta el pulmón, es decir el órgano de la respiración. Escribir en un presente descriptivo y puntual: la voz narrativa es una infección, el narrador una sombra sonora que rodea al personaje infectado por su voz. Escribir sin tiempos compuestos (corazón), sin verbos modales (útero), sin conjunciones subordinantes (lengua, oído, córneas). La voz narrativa se construye conforme los órganos van siendo trasplantados en el cuerpo narrador de BalSac. / Hay dos ejes: 1) el eje de construcción de la voz narrativa (transplante de una serie de órganos: como en los juegos de video, a cada nuevo órgano BalSac va adquiriendo una nueva aptitud verbal: ejemplo: en cuanto cuenta con un pulmón su prosa adquiere comas) y 2) el eje de la propagación de la voz narrativa: BalSac infectar a los personajes con un virus semasiológico para poder narrarlos. Este virus se propaga por vía sexual, de forma y manera que (como en los juegos de video), conforme los personajes se cojen entre ellos, la trama de la novela (y los puntos de vista) se enriquecen. Estos dos ejes no se pueden contar de manera simultánea: o empiezo la novela con la construcción o con la propagación. Lo lógico sería empezarla con la construcción, lo que implicaría iniciar la novela sin puntos ni comas ni tiempos compuestos ni verbos modales ni frases subordinadas: qué duro, qué difícil para el lector, qué complicado para el mercado. Traigo la pose de que escribo por amor al arte pero en el fondo como todos los enfermos de egotismo lo único que busco es reconocimiento y renombre y en el siglo XXI la gran mina de nombradía se llama El Mercado, y El Mercado no aceptaría una novela que empieza sin puntos ni comas ni mayúsculas: creo que estoy siendo demasiado duro conmigo mismo: rebobinemos. Creo que sería muy rudo empezar una novela sin puntos ni comas ni mayúsculas, así que se me acaba de ocurrir una idea para conciliar ambas intenciones: iniciar la novela en la etapa de construcción, es decir, con un prototipo de BalSac que ya narra y describe y hasta emite sus opiniones, e ir propagando esta voz hasta llevarla al cuartel de investigación y desarrollo donde BalSac es construido y ahí hacer que la tal propagación fracase (sea por un error, sea por una catástrofe) y haya que construirlo de nuevo.  Y ahí, una vez seducido el lector por las cincuenta, setenta o cien primeras páginas, presencie su re.construcción, su puesta en marcha y su uso. Sí, eso voy a hacer. / Y luego, si el tiempo lo permite, subiré lo escrito a malversando.com para ir así construyendo la obra en público, como en una caja de cristal o en un gran macroscopio que desnuda las intenciones, revela las costuras internas y va mostrando la evolución del bicho: Dios y el Mercado nos ayuden en esta nueva empresa. / Ah, por cierto: felices fiestas.

Un nuevo dios para Lucien

“¡Oro, Dios mío, oro a cualquier precio! se decía Lucien, el oro es el único poder ante el que el mundo se arrodilla. ¡No! gritó su consciencia, no solo el oro sino la gloria.”

Balzac. Las ilusiones perdidas. 

Lucien troca el apellido de su padre (Chardon) por el de Rubempré materno por que la partícula de le da un eco de nobleza. Lo hace para ganar acceso a la alta sociedad parisina, pero su aspecto es provinciano, su bolsillo estrecho y su ropa desmerece ante el atuendo de los consentidos del momento en el Faubourg St. Germain: Rastignac, Maxime de Trailles, de Marsay. La mujer que otrora lo protegía en provincia (amante es mucho decir: han intercambiado cartas, promesas, caricias pero aún no el cuerpo) le niega el saludo y lo desconoce en público: Lucien debe refugiarse en el lumpen parisino del siglo diecinueve: las postrimerías de la Sorbona, al otro lado del Sena.  / A ciento setenta y cinco años de su pronunciación, la frase sigue siendo parcialmente cierta. ¡Oro, dios mío, el oro a cualquier precio! Sin embargo, creo que el nuevo dios, la nueva gallina de los huevos de oro ya no es económica sino democrática: la gloria estadística, la dictadura comercial de las mayorías: mientras más gente conozca tu nombre, tus intimidades, mientras más gente ponga sus ojos y sus medios en ti, el oro dejará de ser un problema, el oro llegará sólo. / No importa el nombre ni la cuna ni el oro que te recibió al nacer: importa la popularidad, la cantidad de consumidores de tu cuerpo mediático: hay elecciones todos los días y en ellas gana siempre la verdad estadística.

madame.bovary.blog

En cuestión de géneros, el papel ya dio lo que tenía que dar. Novela, ensayo, poema, cuento, pieza teatral: géneros de ego. Y la revista del corazón, la guía de viajes, el diccionario, la enciclopedia, el periódico, el libro de informática, el libro de texto: géneros sin ego. / Para existir como género, la novela tuvo que esperar a que Gutemberg inventara la imprenta. ¿Qué géneros estaban esperando el divorcio entre el texto y el papel, el cut & paste, la transferencia de mensajes, la publicación inmediata e inalámbrica de lo primero que me pasa por la cabeza en directo desde la mesa de este café? / Si tuviera que inventar un género, me basaría en el cine. Es decir, escribiría un guión, haría un storyboard, un casting, un plan de mendicidad para justificar la viabilidad financiera del proyecto y conseguir fondos. Hecho lo cual, procedería al rodaje. No a un rodaje cinemátográfico, sino a un rodaje virtual. Es decir, los actores crearían un Blog, una página de Facebook y prestarían su imagen para ser tomados en fotos o grabados en videos que después irían a parar al Blog, al Facebook o a un mensaje por SMS. Y armaría así la trama: no serían actores, sino ajtores, es decir, personajtores. No tendrían que actuar, sino escribir posts de acuerdo a un script previamente acordado, sus dialogos sucederían en algún foro de Internet y sus escenas de sexo se publicarían en el you.porn o red.tube. Es decir, una película sin pantalla, una novela sin papel, una trama sin medio de transporte: un género en donde el papel y la pantalla sean sustituidos por la red. ¿Se imagina Usted entablando amistad con don Quijote en Facebook o escribiendo comentarios en el blog de Madame Bovary?

así despiden a la gente hoy en día

En dos horas. Humillando, traicionando, empilando cajas de cartón para que quienes ayer imaginaban su futuro en esos muros se salgan para siempre en menos de dos horas. Y evidentemente, la ley mexicana está con ellos. Total, el jefe de departamento despacha en Miami. Para saber de qué hablo, leer esta nota  en el blog Pensamiento Visible Único reproche para la dueña del blog: ¿para qué proteger con el annimato a la empresa? Que se conozca su nombre, que la ignominia quede colgada en línea. Y como coroloario, una perla  de wikipedia:

CAPITALISMO: El orden económico en el cual predomina el capital sobre el trabajo como elemento de producción y creación de riqueza, sea que dicho fenómeno se considere como causa o como consecuencia del control sobre los medios de producción por parte de quienes poseen el primer factor.

TIME “Person of the year 2008”

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logaedros

Las palabras van al espacio como objetos que se abren. Las palabras son logaedros. Las palabras son materia viva, campo de fuerza, y hay separación, sexualidad al habla. Somos cruzados por ellas, vamos al espacio que ellas cruzan; nosotros las hacemos pasar por aquí y somos nosotros los recorridos por los logaedros. El sentido –es decir: la sed de espacio- pasa por ellas, emana de ellas en ondulaciones, en radiaciones contradictorias. Las palabras emiten espacio. Hay una física sobrenatural del habla.

Valère Novarina
Devant la parole (P.O.L, 1999)

catasalsas (o catacaldos)

1. fig. y fam. Persona que emprende muchas cosas sin fijarse en ninguna.
2. Persona entremetida.

la tragedia humana

La tragedia humana consta de tres elementos: óvulo, espermatozoide y feto. Para transformar este triángulo en literatura hace falta un germen perturbador (una punta de pirámide). Por ejemplo, si se le agrega un arma, da  novela policiaca. Si se le agrega un dios, da mito griego. Si se le agrega un amante, da  novela rosa. Si se le agrega un pirata, da novela de aventuras. Si se le agrega un robot, da ciencia ficción. Y así sucesivamente.

Lázaro, sal de ahí

¿Cómo resucitar la necesidad? ¿Se resucita? ¿O se deja de escribir por que sí, por que las aguas de la rutina lo inundaron todo, porque se ha dejado de vivir digitalmente, es decir vivir transcribiendo lo vivido con diez dedos tecleadores que caminan su ruta paralela en las dos dimensiones del teclado o en las siete vidas del significado? Dejé de escribir en junio del 2007 y desde entonces nada, correcciones, asomos, excepciones raras como esporas o esporádicas como la rareza de estar aquí, frente al teclado a las ocho de la mañana, enfundado en la bata roja de la literatura, nadando en té verde bajo la luz nada natural de una lámpara ecológica que miente por duplicado a la luz y a la energía acaso como mienten los escritores que en la etiqueta rezan 60 watts pero en la realidad de la energía consumen solamente 11. / Lázaro, sal de ahí, levántate y escribe: pierde el miedo: anda, exponte a la crítica, exhibe tu palabra sin pena, tu sintáxis hecha a la oscuridad, hecha jirones, levantante y reza la oración desinterasada y desinteresante: el rezo que a nadie interesa, la palabra de más, el monólogo del sordo parado en una sola piedra, la misma, la de las ocho de la mañana, la de los once watts, la del cantor de mentiras, la del encriptador de vidas, la del vendedor de anécdotas que se cree con el derecho, la libertad, el exhibicionismo, la desfachatez de levantar la prohibición vital y entonar su canto. ¿Qué digo? ¿Qué dices? ¿De qué te tratas? ¿De qué prohibicion hablas? ¿Por quién te tomas para venir aquí a colgarte de este alambre, a montarte en esta línea, la línea infinita de la literatura (no una línea: un árbol) por su ramal más débil: el de lo de paso, lo perecedero, lo que no aspira ni siquiera al alto honor de la sustancia, es decir al papel? Lázaro, sal de la tierra, sal del silencio, sal de todos los moles, sal del miedo, sal flaca, sal sin sabor ni sudor: despierta, cuenta, ennumera lo que has vivido: vibren tus cuerdas vocales: los auditores, si los hay, te escucharán de milagro.

la paradoja bolaño (por villoro)

Juan Villoro
Reforma, 5 Dic. 08


La fama es un malentendido que simplifica a sus favoritos. Roberto Bolaño, escritor y amigo imprescindible, se ha vuelto leyenda.

Cuando murió en 2003, a los 50 años, sus allegados sabíamos que sus libros iban a perdurar, pero ignorábamos que recibiría algo que nunca cortejó: la aceptación masiva. Roberto admiraba los relatos de quienes resisten en las calles traseras, las autopistas rumbo a la nada, las casas vacías, las trincheras bajo la lluvia, las plazas sin nadie en la alta madrugada.

Cada vez que caía en pecado de popularidad, escribía un texto ditirámbico contra un escritor de fuste para preservar su condición de outsider. Era su forma, algo ingenua y muchas veces cruel, de señalar su diferencia. Argumentaba poco sus predilecciones. Entre paréntesis reúne los textos súbitos donde sus amigos somos exaltados con la misma apasionada falta de méritos con que sus enemigos son fustigados. Esas salidas de tono eran un sistema de alarma contra la aceptación parda y rutinaria. Bolaño quería ser leído sin perder su aura rebelde. Había vivido como vendedor de bufandas y vigilante nocturno de un camping, y no aspiraba al trato de autor distinguido. La paradoja es que la posteridad lo transformó en mito. El mundo suele encandilarse con lo que se le resiste: el asocial Kafka está en todas las boutiques de Praga y Bolaño es el superestrella que vivió para no serlo.

“Ah, que no me hubiera traicionado el triunfo con besarme”, escribió Malcolm Lowry (en versión de José Emilio Pacheco). Bolaño no ejerció la ruptura radical de quien renuncia a publicar (en este sentido, fue menos atrevido que sus personajes), pero evitó todo protagonismo. No tuvo agente literario y le fue fiel a su principal editor, Jorge Herralde, de Anagrama, a sabiendas de que podía ganar un premio acaudalado en caso de pasarse a otra editorial.

Rehuía las fanfarrias mediáticas, pero no cultivaba el fracaso ni sus tentaciones. Cuando uno de sus amigos dejaba de escribir, lo regañaba en el tono de un manager de boxeo. Creía en el trabajo duro; en rendir contra la adversidad; en la afrentosa afirmación de quien hace algo “porque sí”.

Aunque sus héroes son poetas sin obra o sin otra obra que su existencia, celebrar esa divina gandulería era labor pesada. ¡Cuántas fatigas asumía para escribir de los que no dan golpe! No le pedía lo mismo a sus amigos, pero mantenía un ojo vigilante para saber si alargaban la siesta. El cumplimiento del oficio representaba para él una moral.

Esto no implicaba ser apreciado. No he conocido a nadie más seguro de su talento y menos necesitado de elogios. Roberto jamás se ufanaba de una frase suya ni caía en la vulgaridad de citarse a sí mismo. Hablaba de sus novelas con la tranquila seguridad del alguacil que ha aceitado su revólver. Le gustaban los solitarios intrépidos; se imaginaba como un investigador de homicidios, un marine, un cazador de cabelleras. Varias veces comentamos un hecho curioso: la única prueba confiable del talento es sentir que el texto ha sido escrito por otro. Esta autonomía de la voz revela que la obra vive por su cuenta. ¿Es posible enorgullecerse de un registro que ya es ajeno? En modo alguno.

A los amigos que amenazaban con convertirse en vagos de buhardilla, los instaba a trabajar; a los que parecían a punto de “triunfar”, les hacía bromas que juzgaba terapéuticas y servían para ejercer una de sus habilidades más desarrolladas: dar lata.

Aunque mis colaboraciones con El País eran más esporádicas de lo que yo deseaba, cada vez que publicaba en ese medio me hablaba en tono de detective paranoico. Luego de analizar el texto con la pericia de quien busca rastros de ADN, me prevenía contra el peligro de ser cooptado por el sistema. Si le recordaba que también él escribía ahí, contestaba: “Sí, pero cada uno de mis artículos me cierra cuatro puertas en Madrid”. Esta respuesta sonaba a maestro kung-fu. Nunca supe cuáles eran las cuatro puertas que se cerraba ni por qué todas estaban en Madrid. Asumo que era su forma de anunciar que no pensaba quedar bien con todo mundo.

El reparto de prestigios literarios le parecía un tema social intrascendente y una pasión personal irrenunciable. Era fanático de las listas, que solía llevar con criterio de combate. Tenía sus autores favoritos de artillería, marina, infantería y fuerza aérea. En todo momento podía decir cuáles eran los tres nuevos escritores catalanes que más le interesaban, los cinco trovadores medievales que nadie podía perderse o los 10 mejores paracaidistas literarios de su generación. Esta maniática ponderación contrastaba con su desinterés por la bolsa de valores promovida por las ferias, los premios y la prensa.

Bolaño descreía de los juicios unánimes. Le gustaba atacar a los consagrados y defenderlos si tú los atacabas. El silencio era su castigo, la discrepancia era su afecto.

Su inmensa fama reciente ha provocado toda clase de reacciones. Conocí en Nueva York a un brillante joven escritor que pagó 50 dólares por una copia de las pruebas de imprenta de 2666 y las despachó en dos días inacabables. El Bolaño leído con fervor coexiste con el clásico exprés recomendado por la revista de la reina televisiva Oprah Winfrey.

En la mixtificación que lo ve como el Jim Morrison de la escritura, el mayor equívoco es pensar que sacrificó su vida por la escritura. No quiso ser un mártir. Fue un sobreviviente.

La celebridad es una confusión. Bolaño, autor reacio al reconocimiento, ocupa hoy un sitio fashion y es visto como un Paul Auster con cafeína. Tal vez el excesivo porvenir nos depare todas las adaptaciones que puede tener una obra de éxito hasta llegar a Los detectives salvajes sobre hielo.

De estar entre nosotros, Roberto Bolaño miraría intrigado su peculiar destino, se alzaría de hombros, y seguiría imperturbable su camino.