malversando.blog

Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

sábado, staten.island, 8/nov/08/14h00

Tomé el avión el sábado temprano, sin dormir, rumiando aún la fiesta de la noche anterior. No pegué el ojo no por falta de sueño sino porque la fiesta acabó a las cuatro de la mañana y el acto y efecto de hacer la maleta duró varias horas. Al final, la noche posible se redujo tanto que más valía tomar un baño caliente y dejar pasar su única hora cortándome las uñas de los pies o leyendo la edición especial de una revista dedicada a Obama en vez de arriesgarse a perder el avión durmiendo. Salí de la casa de madrugada, aún no amanecía, hacía un frío que congelaba lengua, palabras y saliva. / Para llegar de mi casa al aeropuerto hay que pasar bajo un puente que salva el periférico. Es una zona de nadie, las putas esperan a sus clientes en camionetas viejas, con una velita sobre la guantera por todo indicador de su profesión. Cuando voy hacia el aeropuerto, ellas representan el último confín de mi barrio: sus escotes saturados de carne saltona son como pañuelos agitando adioses desde el asiento del copiloto: frontera exterior del sentimiento de sentirse en casa. / Llego al aeropuerto de JFK después de haber dormido dos o tres horas. El resto del tiempo lo invierto asomado mirando nubes, temiendo la turbulencia y haciendome falsas ilusiones sobre la comida de Air France. Cuando al fin llega, me siento un simio en el espacio, ejerciendo un acto animal primario (alimentarse) en un medio totalmente inapropiado para tal efecto. Un pelotón de chimpancés alimentándose a diez mil pies de altura: conmovedor. / Viajo de trabajo a EEUU para participar en TAC 2008 (TExt Analysis Conference). Por el mismo precio tomo una semana de vacaciones en casa del Oswaldo en Staten Island. Cuando el avión aterriza bajo un tapete de lluvia espesa (brusqued, movimiento, miedo, azoro)  me preparo psicológicamente para el suplicio de la inmigración. En vano: casi no hay fila, el empleado de inmigración es muy amable: una sola pregunta (buisness travel?): un oficial pura sonrisa, como si EEUU no fuera ya EEUU. / En el aeropuerto no me espera nadie. Paseo en el puesto de revistas para hacer tiempo. El rostro monotemático de Obama cruza de punta a punta todas las portadas, desde Men’s health hasta The Economist. Sólo le falta salir en la portada de las revistas pornográficas. No estaría mal. / Ozwaldo nos lleva a comer a una taquería mexicana denominada El Gallo Azteca. Hay corridos, hay cilantro, cebolla y chila, hay tortillas hechas a mano. Las lágrimas se me salen con la primera cucharada de pancita. Mientras masticamos la pancita, la lengua, el taco entre mexicanos lamentamos nuestro país en llamas. Al observar a los empleados del gallo azteca (el taquero es bajo, moreno, el cráneo ensimismado en una gorra de las chivas) pienso: esta es gente honesta y trabajadora: lo único que quería era vivir honestamente en un país donde los honestos están de más. ¿Está en llamas el país? ¿Son llamas duraderas? ¿Por qué mientras más se incendian más ganas tengo de regresar? Otra cucharada de pancita. Qué rico es regresar a casa.

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