malversando.blog

Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Archivos mensuales: septiembre 2008

miércoles, calle.tabachines, 24/09/2008

“Cuarta y última estación antes de partir. Acorazado de cariño: así dice mi abuelo que voy.” Estas son las primeras palabras de un diario de viaje que empieza en el aeropuerto de Hong Kong, el 1o de septiembre de 1997 y concluye el 17 de diciembre de ese mismo año, en una playa de Tel-Aviv donde también aparece la figura de mi abuelo. Recuerdo que nos había costado un trabajo de cargadores dejar Jerusalén. Viajaba con JJ y R. Era viernes por la noche, no había transporte público, las carreteras estaban desiertas: sabat obliga. Nuestro único consuelo era una botella de vodka en la que habíamos invertido el costo del pasaje Tel-Aviv Jerusalén, de la que bebíamos a pico en el acotamiento, probablemente ahuyentando a posibles coches benefactores. De no ser por una mujer de negro, muy guapa, con tranco hipersensual de prostituta, quien saltándose las más elementales reglas de la etiqueta carretera se plantó antes de nosotros en el espacio (cien metros) a pesar de haber llegado después de nosotros en el tiempo, todavía seguiríamos ahí. Ni tardo ni perezoso, un Buick que transportaba un ramo de rosas en el lugar del copiloto se detuvo. Generosamente, la mujer convenció al conductor de que nos ofreciera el asiento trasero. El trayecto me pasó de noche, durmiendo en el hombro de R. Llegamos a Tel-Aviv a las once, felices y hambrientos. Dado el presupuesto, había que elegir entre la comida y el vodka, y bajo la premisa de que la borrachera adormece el hambre, compramos una segunda botella. Buscamos cartones donde dormir. Los tendimos sobre la playa como falsos antídotos contra el frío de enero. A lo lejos vimos a otros indigentes encendiendo una fogata: nos acercamos: eran cordiales. Uno de ellos, el indigente capitalista, le rentaba el teléfono celular a los otros (los indigentes consumidores). Algún pudor incomprensible me hizo ir al mac.donalds a buscar un baño para hacer algo que, según creo, pude haber hecho en la playa. De regreso no encontré fogata ni pertenencias ni amigos. Temí algún asalto, los indigentes huyendo con todas nuestras pertenencias: la mochila donde guardaba el resto del viaje. Supe que lo había perdido todo. En la borrachera, la única solución era evidente: llamar a México, hablar con mi abuelo. Noche en Tel-Aviv, medio día en Villa de las Flores, Coacalco. / No me dijo gran cosa. Me preguntó si necesitaba centavos. Me aconsejó que buscara un kibutz dónde me dieran trabajo y ropa. Yo tampoco llamaba para que me dijera algo. Tan sólo que me dijera. Lo importante era el sonido: ese fluir grave, pausado y nítido de sus palabras, que desde siempre ha tenido un efecto tranquilizador en mí. ¿Necesitas centavos? Busca un kibutz. Me pudo haber hablado del programa espacial soviético: con esa manera, esa dicción protectora de abuelo, ese tono grave que cobija, con eso bastaba para poder dormir en paz sobre la arena, para que al amanecer cayera en cuenta de que la borrachera me había desorientado: mis pertenencias y mis amigos seguían ahí, junto la fogata apagada. / La última vez que lo vi fue en abril pasado. Noventa y cuatro años, un cuerpo de parafina derretida, la memoria devastada por el Alzheimer, no me reconoció. La ciudadela cerebral estaba en ruinas, pero la emoción seguía intacta. Puse un ejemplar de Musofobia en su regazo y el hombre que me enseñó a leer lloró y nos llenó a Hanna y a mí de besos y nos apretó las manos. En vez de un libro pude haber puesto una engrapadora o una alcancía: el objeto era lo de menos, importaba la emoción, esa bola de amor descerebrada, la misma que antes cantaba en maya, jugaba ajedrez, exploraba librerías de viejo o me enseñaba los recovecos de Lao Tsé, y que ahora conjugaba a ciegas el único verbo transitivo sobre el que fundó su vida: amar, dar, acorazar a su gente de cariño. Ese hombre, me lleva la chingada, ese hombre falleció el miércoles pasado. A los noventa y cuatro años ya le tocaba. Y sin embargo ayer, cuando me dieron la noticia, sentí de nuevo el desamparo de aquella playa de Tel-Aviv, donde la cobija de su voz bastaba para dormir acorazado.

lunes, passage.molière, 5:42

En vez de vivir quejándome por no escribir, buscando pretextos, oficinas con horarios imposibles que te dejen cuatro horas libres en la mañana y te permitan emborracharte hasta deshoras, tías ricas que te hereden, rentas prustianas, decides que lo más sencillo era hacer una manda, consistete en prometerle al santo patrón de los escritores (¿quién será… San Balzac, San Joyce, San Satanás?) que de aquí al resto de tus despertarás a las 5:55 para escribir. / Días súbitamente dulces. La ansiedad, la angustia y la neurosis a veces tienen comportamiento de fenómenos meteorológicos: de pronto se despejan cediendo su espacio, capitulando su impulso parásito para dar lugar a un domingo en paz o un lunes de escritura a las cinco de la maána. Ayer fuimos a ver la última obra de Wadji Mouawad: Ni el sol ni la muerte pueden mirarse de frente. Saldo positivo: la obra pone en juego diversos momentos genealógicos del linaje de Edipo, cuyo punto en común es haber acaecido en Tebas. Me quedo con dos momentos: el primero, la representación de la esfinge como una computadora con pantalla espectacular, ciclada en la frase yo no sé yo no só yo no sé yo no sé yo no sé, entre cuyos intersticios dialoga con Edipo a través del teclado. La esfinge es un cluster de 122 nodos, cada uno de cuatro procesadores, capaz de preguntar al infinito. El segundo momento: la salida del teatro de Abesses en una tarde soleada de septiembre, Montmartre semejante a sí mismo, es decir dulce y cursi y pueblerino y altanero. La terracita, la crepa de Nutella, la caminata por calles vespertinas que yo creía olvidadas. El alma en paz: ¿por ventura de qué milagro edípico la culpa me ha dejado en paz sin sacarme los ojos?

viernes, fontenay.aux.roses, 11:01

Balzac y Bolaño murieron a la misma edad, 50 años. Sin embargo nadie lamenta que Balzac haya muerto tan joven, como sucede con Bolaño. / Se rumora que si, en vez de pantalla blanca, Google tuviera una pantalla negra, se ahorrarían 750 megawatts de energía por hora. Por eso, malversando y su red de concesionarias exhortan al público en general a que, en vez de buscar con Google busquen con Blackle / Qué bella la lengua ésta, en cuya primera persona del singular presente, creer y crear son el mismo acto (según creo).

guerra en México y otros excesos discursivos

Llego al bar después de trabajar. Pido una cerveza. O dos. Acaso, en circunstancias exepcionales, tres. Al salir del bar, veo aproximarse un camión repartidor de cerveza, observo los colores llamativos que decorran el chasis. Luego me voy a dormir a mi casa. En ninguna etapa del proceso hubo balazos, ningún tiroteo fue necesario para que la cerveza llegara al bar, nadie fue amenazado ni decapitado, ninguna granada tuvo que explotar para que el lúpulo y la malta se transformaran en cerveza. Si me tomo más de tres cervezas, o pierdo mi trabajo por pasar demasiadas horas en el bar, o tiranizo a mi familia, eso es responsabilidad mía, y con ayuda de la sociedad me podré rehabilitar, pero por más que me hunda en el alcoholismo, seguirá sin haber decapitados ni granadas ni explosiones ni tiroteos en la plaza pública. / ¿Cuál guerra? ¿Contra quién? Por un lado, tenemos a un tipo que se quiere meter cochinadas porque así lo ha decidido, o porque las cochinadas le gustan, o porque las necesita, o porque es un adulto mayor de 18 años y hace de su vida un papalote. Del otro lado tenemos a una cadena de productores, transportadores e intermediarios de un producto que no es mucho más dañinos que el tabaco o la cerveza, y que consumido en exceso producirá seguramente problemas sociales y de salud pública, cuya gravedad no es ni remotamente comparable a la violencia, el miedo y el secuestro intra.muros de una sociedad entera. Estos empresarios necesitan asociarse a bandas criminales (o transformarse ellos mismos en criminales) para poder ejercer su negocio debido a la prohibición. ¿Si el consumo fuera legal, lo necesitarían? / Claro, persiste el problema de que la mayor parte de los consumidores se encuentran al otro lado de la frontera, pero ese es un problema gringo. ¿Por qué no, en pos de la paz social en México, hacer ojo de hormiga con el transporte del mismo modo que ellos hacen ojo de hormiga con la invisible red de traficantes locales? /Leo en El Universal un embrión de debate sobre la legalización de la mariguana y la cocaína en México. Llamarle guerra es una conveniencia comercial o política… ¿si la solución no es militar, por qué entonces insisten en llamarle guerra? ¿Quién gana con la prohibición, quién con la militarización, quien preserva mejor el poder gracias al miedo? / Al respecto, vale más leer esta excelente columna de José Antonio Crespo en Excélsior.

16 de septiembre en el país de mentis

Día triste. Desperté recordando noches de la independencia en México, platos de pozole y papel picado. En el periódico leí lo del atentado en Morelia. Eran las seis de la mañana en México. Busqué estaciones de radio por Internet. Mis referencias de antes, a donde acudía en caso de azoro nacional eran Gutiérrez Vivó y Carmen Aristegui: ambos han desaparecido, pero en el comedor laboral yo sigo insistiendo que mi país ya es una democracia y que ahora sí hay libertad de expresión. Perdido, busco a los nuevos paladines de la libertad de expresión: Zabludowsky, por ejemplo. Sergio Sarmiento, por ejemplo. Junto a ellos, Javier Solórzano es un Kapuscinski.

Reflexión cero: Lo que en tiempos del PRI era control cuasi.estalinista de los medios de comunicación, ahora se ha dulcificado, capitalizado, democratizado: se viste de libre mercado, se viste de competencia de medios, se viste de «política editorial», se disfraza de competencia liberal.darwiniana.

Sigo sintonizando. Encuentro a Javier Solórzano que habla tranquilamente de Los Folkloristas. Hurgo mis tímpanos. Me froto los ojós. Releo la cifra: ocho muertos, cien heridos por granadas lanzadas en una plaza llena de familias. ¿Folkloristas? Cambio. Busco W radio. Entre un anuncio de leche y otro de desodorante, la asamblea legislativa cacarea cuántas computadoras ha instalado en tantas escuelas. Después de un anuncio con el último modelo de camionetas doble tracción, el jefe de gobierno del D.F. publicita la cifra de secuestradores capturados a últimas fechas. La mentira es un producto de consumo más: lo que importa es la apariencia, hundirse en la inmundicia con estilo.

Al fin las noticias. La voz de la periodista suena ya a corresponsal de guerra. ¿Cuándo nos alcanzó el frente? ¿Cuáles son los bandos? ¿Cuál es el botín?

Fantasía Uno: Estás en el jardín de tu casa, lo conoces desde la infancia: creciste ahí, has visto sucederse varias generaciones de rosales, tus perros han correteado entre esos árboles, tus amigos han asado ahí carne en algún cumpleaños. De pronto, algo redondo (el balón de futbol del vecino) cae en la hierba. Es una granada. No explota: rueda, frena su giro, se queda quieta junto al asadero. El vecino, ese que antes asomaba la cabeza para solicitar: “bolita”, ahora se protege la coronilla con un casco militar. Te explica: es la guerra. ¿Cuándo empezó? Hace muchos años, antes quizá de que tú nacieras: tuviste suerte: durante todo este tiempo fue una guerra subterránea: tenía lugar bajo sobre contra hacia desde tu jardín pero no la percibías: se peleaba por causas subterránteas: comercios antes invisibles. El vecino salta la barda, el barbiquejo del casco se desacomoda: la granada tamaño balón de futbol se calma entre sus manos de portero. ¿Es de a mentiras o de a de veras?

Reflexión cero punto cinco: la primera mentira nace con la primera palabra. La palabra perro, la palabra granada, la palabra atentado: son mentiras: la palabra perro miente al perro, la palabra granada no es la granada, la palabra atentado es apenas una nimia embajada cerebral del verdadero, intransportable, irrepetible atentado. Las palabras son indispensables para la mentira. ¿Cómo mienten los animales?

Reflexión uno: México prefigura un mundo futuro en donde las fronteras entre mentira y verdad se han disuelto: reina la desconfianza: todo sujeto es potencialmente un transa: todo dicho una mentira: toda acción un ocultamiento: el policía roba y asesina, el gobernador contra.gobierna, el trabajo no da de comer (savo que sea ilícito), el ascensor social te hunde: el reino del secreto, el dobleteo: todo mexicano transporta a su doble clandestino, enmascarado, sincerándose por abajo del agua.

Evidencia uno: nuestra empresa nacional más exitosa, la que más dinero produce, la única que redistribuye la riqueza y da esperanza, salida a los de abajo, es necesariamente clandestina, proscrita: una empresa de veras con empleados de mentiras muréndose de a de veras pero ganando de mentiras.

Ráfaga de ideas irrealizables: [1] legalizar las drogas inmediatamente, [2] juntar a los narcos en una cámara de comercio, [3] que paguen impuestos, [4] que se civilicen, [5] que envíen la droga a Estados Unidos por DHL, [6] organzar la industria turística en torno al único lugar del mundo en donde las drogas, blandas o duras, son legales, [7] Con las ganancias, financiar clínicas de tratamiento de adicciones y regalar ejemplares del Almuerzo desnudo.

Un periodista entrevista al secretario de seguridad de Michoacán. Le pregunta la cifra de muertos: a pesar de que en algunos blogs la cuenta va ya en ocho, el secretario insiste en que son tres. Le pregunta por los niños muertos o heridos: en la respuesta del secretario no son niños: son menores de edad. Lengua de mentis. Marcadores discursivos para ocultar lo que en verdad sucede en lo oscurito. País de mentis. Pásenme la máscara: ya me quiero regresar.

el tiempo y los sentidos

¿Cómo percibimos el tiempo? El ojo percibe espacio, luz, volúmenes. El oído los sonidos, y así sucesivamente con los olores, los sabores y los contactos. ¿Pero con el tiempo, cómo le hacemos? ¿Son los pulmones? ¿Es el corazón? ¿Es el hambre, la sed, el requerimiento del vientre? ¿El sueño, el cansancio, el aburrimiento, la cola en el banco? ¿Por qué estamos tan seguros del tiempo?

auto-retrato con escuadra

Poema de Eduardo Padilla

Siendo la vida una vela impertinente,
izada en la impermanencia del eje vertical
— y —
siendo la muerte una vela intermitente,
arrojando su luz negativa sobre la permanencia incontinente del eje horizontal:
tomaré mi escuadra y tocaré el arpa en silencio,
como quien finge decir algo urgente detrás de un cristal blindado,
bien sabiendo de antemano
que no hay sordomudos en el área.

Eduardo Padilla nació en México en 1976, y en 2006 publicó el poemario Zimbawbe en Ediciones El Billar de Lucrecia (México). Si alguien pisa París con un ejemplar en mano, le ruego me lo venda, y a cambio ofrezco no sólo reembolso, sino también unos tragos en el bar Delyss (interesados enviar correo a jorge.harmodio@gmail.com)

colonia.de.anatolia (15/08/08/21:40)

Los turcos son gente hospitalaria. Su hospitalidad se declina de mil maneras: simpatía a primera vista, amabilidad con el extranjero, invitaciones para tomar té en esos omnipresentes vasitos con forma de tulipán. Sin embargo el fetiche de hospitalidad turca que mas disfruto es la colonia. Después de comer, junto con la cuenta, el mesero trae una botella de colonia de lavanda que hay que untarse religiosamente con un ademán de dominio público: manos en cuenco para recibirla, frotamiento de palmas para esparcirla y movimiento de brazos para untarla en la frente, la parte posterior del cráneo y el cuello. Desde el autobús hasta el puesto de mejillones callejeros, Turquía huele a hospitalidad de lavanda, limón o frutas del bosque. Además, la colonia funciona como discriminador social: permite reconocer aquellos ingresos percápita mayores a la media, cuyos bolsillos permiten el acceso a perfúmenes de marca y por tanto rechazan con ostentación la colonia que comedidamente les ofrece el hombre.azafata del autobús.

Katha (Anatolia del este/sin.albur/16/08/08/1:37h)

Es de madrugada. Dormimos echados en el balcón porque en el cuarto el calor es insomninsoportable. Junto al hotel hay un taller mecánico. Desde que llegamos, cerca de la media noche, dos mecánicos se afanan por echar a andar un cofre abierto. En un principio los ruidos provenientes del taller eran chasquidos tenues de caja de herramienta: traqueteos metálicos que acompañaban el trino del grillo. / Busco algún culpable para mi insomnio: encuentro sospechosos por doquier: la inacabada indigestión de un kebap de berenjena, el rumor creciente del motor que da los primeros signos de resurrección, los moscos, el calor. / Dejar la playa de Kizkalesi, renunciar al hotelito con aire acondicionado y olimpiadas, al baño diario en el azul mediterráneo, requirió un esfuerzo sobrehumano. Al mediodía tomamos un autobús de la línea Katha Petrol y nos tragamos nueve horas de carretera sentados en un par de asientos que no nos correspondían, y cuyos dueños aparecieron de súbito, dos pueblos más tarde. Ante la imposibilidad de explicarnos en turco, señalamos a los causantes del desaguisado: un hombre mayor con bigotes de pachá y su nieto adolescente, poseedores de billetes con número de asiento idénticos a los nuestros. El ayudante del conductor, hombre maravilla encargado de la hospitalidad (repartidor de té, distribuidor de chorritos de colonia y desfacedor de entuertos aritméticos) resolvió el crucigrama levantando de su asiento a dos niños cuya parentela pretendía disimular que no habían pagado pasaje y evitar nueve horas de niño sobre las piernas. Resuelta la controversia, el hombre maravilla (a quien denominaremos el azafata) procedió a repartir toallitas húmedas: un encanto de hombre. Ahora intercambiamos sonrisas con quienes abtes contendían por nuestros asientos: una pareja turca, él alto, fuerte y espaldón, ella bajita y súbitamente francófona. Rota la barrera lingüística, la chaparrita olvida el desaguisado de los asientos y procede a contarnos a toda velocidad su vida: nació en la zona kurda, a los trece se la llevaron para Canadá, se matrimonió, tuvo una hija, divorció y ahora está de nuevo recién casada con el mastodonte apuesto y monolingüe que la acompaña. / Yo no estaba de humor conversador: el kebap de berenjena se manifestaba con bombo y platillo a lo largo y ancho de mis intestinos, y para colmo la humedad mediterránea había contrariado a mis sandalias de lona, que se vengaban ahora con un anti.aroma fétido proveniente de mis pies. (Paréntesis presente: el coche en que los mécánicos reparaban al fin arranca con un estruendos de feliz.año.nuevo: Hanna sale a trompicones del sueño, levanta la cabeza, escruta el hotel, el paisaje, la terraza y pregunta: ¿encima tenemos que pagar por esto?) Cada que el azafata pasaba para rociarnos de colonia, yo fingía el ademán con que los locales se la untan en frente, cráneo y cuello para bajar con urgencia las manos y aliviar con unas gotas la hediondez de mis pies. Mientras tanto, Hanna conversadora confiesa en profundidad a la kurdo.canadiense: ¿a qué te dedicas? Soy trabajadora social. ¿Y tu marido ya tiene papeles? Están en trámite. ¿Ya conoce Canadá? No, nunca ha ido: nos conocimos por internet. ¿Y a qué se va a dedicar allá? Primero, lo voy a poner a trabajar en la construcción, en lo que aprende inglés: después lo voy a meter a trabajar en la policía: siempre me han encantado los policías. Desde el berenjenal de mi indigestión, los imagino desnudos, haciendo el amor entre macanas, kepís y esposas de metal redondo.