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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

LA ZONA, de Rodrigo Plá

La historia sucede en una zona residencial protegida por altos muros, alambre electrificado, seguridad privada y cámaras de vigilancia que registran cada segundo de vida urbana de los vecinos. Dentro de La Zona, el sueño americano: adolescentes bulliciosos, amas de casa que hacen deporte, padres de familia responsables. Pequeño problema: la zona se encuentra enclavada, como es usual en México, en medio de una ciudad perdida, sitiada por la pobreza y las chabolas. En una noche de tormenta, un anuncio espectacular (Tequila José Cuervo) se derrumba, abriendo un boquete en la frontera que higiénicamente aislaba La Zona del lumpanar vecino. Por el boquete se cuelan tres jóvenes: son mecánicos: están sucios: entran para robar. Como manda el canon de todo buen thriller, las cosas les salen mal, la quincuagenaria dueña de la casa aparece enfundada en una bata rosa: los amenaza con una pistola: uno de los rateros la mata de un batazo en la nuca. La alarma se activa, los vecinos salen armados a perseguir a los rateros y finiquitan a dos de ellos cuando escalaban las ruinas del anuncio de tequila hacia el exterior. El tercero se salva, pero no huye: queda atrapado dentro La Zona: condenado a esconderse de las cámaras de vigilancia.

Si esta película fuera una partida de ajedrez, estaríamos ante una apertura canónica: gambito de thriller americano. El único faltante, el policía bueno, aparecerá pronto. Junto con él nos enteraremos que la policía en particular, y el Estado en general, tienen vedado el acceso a La Zona: sus pudientes habitantes se han amparado: ni la policía ni los males de la nación pueden acceder a ese oasis de paz social. El policía bueno sospecha: se escucharon balazos. Sus investigaciones lo llevan al lugar de los hechos: el muro exterior, el anuncio de tequila, la sospechosa desapareción de tres habitantes de los barrios aledaños. Dentro de La Zona, los habitantes forman una mesa redonda en el gimnasio de la escuela para discutir asuntos diversos: cómo protegerse del intruso que ronda sus casas, cómo perseguirlo, cómo deshacerse de los cadáveres de los rateros (nacos, indios, desarrapados, pobres y además asesinos). Llama la atención que los habitantes de este oasis de bienestar van en su mayoría armados: reflejo natural cuando se tiene miedo, dinero y además se carece de Estado. El thriller avanza a ambos lados del muro con una perspectiva bifocal: afuera el foco del policía bueno sospecha, intuye y adivina el crimen sin lograr entrar; adentro el foco de un adolescente llamado Alejandro, hijo de familia rica, decente y acomodada, presencia la deriva social de esos adultos que ocultan dos cadáveres y acechan a un potencial tercero bajo la advocación democrática de sus reuniones “de gobierno” en el gimnasio de la escuela: instante privilegiado en donde el espermatozoide fascista fecunda el óvulo de treinta familias candorosa, inofensivamente burguesas.

El thriller deja de ser tal cuando el policía encuentra, además de ciertos cadáveres en el basurero, a los testigos necesarios para romper el amparo y entrar (¡el Estado al fin!) en La Zona, al tiempo que Alejandro encuentra al adolescente fugitivo escondido en el sótano de su residencia. El thriller deja de serlo porque Alejandro, casualmente el hijo del jefe de la brigada vecinal de busca y captura, se hace amigo del fugitivo. El thriller deja de serlo porque la policía se corrompe. El thriller deja de serlo cuando los votantes de esta Fuenteovejuna neoliberal levantan la mano en simulación democrática, al tiempo que cierran el cerco entre este adolescente del arrabal, que además de todo, nos vamos enterando, es inocente.

Tragedia griega en Santa Fé, pensé en ese momento conforme mi cuerpo se sumía en la butaca. Y se fue sumiendo porque Rodrigo Plá es im-Plá-cable con el espectador: no estamos sólo en el peor México posible, sino en un lugar tan cruel que la crueldad, cual derumbe de anuncio de Tequila, rompe las fronteras y se deslocaliza (ya no es la crueldad mexicana sino universal: estamos ante el peor mundo posible). A su vez, el muro que separa Santa Fé del arrabal se transforma en embajador de todos los muros: sus cámaras cuentan la transformación del fugitivo en víctima, conforme quienes se protegían de la violencia y la inseguridad se transforman en asesinos. En vez de seguir contando la película, baste decir que mi mexicanidad emigrante se sumía cada vez más en el almohadillado de la butaca, que el corazón se me iba haciendo chiquito conforme el país dolía (esto no es un thriller: este dolor es real) y una pregunta brotaba de las vísceras, esquivando las palomitasa: ¿qué nos une, que nos víncula, cuál es el antídoto del muro? Y las vísceras mismas respondían: la comida, la garnacha, la quesadilla, el taco, el maíz… ¿será posible que la comida mexicana sea el último eslabón que une esos dos países: el amurallado en su progreso y el otro, el que siempre, por definición, es excluído? Diría también el tequila, pero ese se derrumbó al principio de la película.

Aquí detengo mi crónica. Dejo que los espectadores presencien el espléndido, dramático, trágico.griego final de La Zona. Me quedo con la última escena de la película: la doble tracción cuatro por cuatro de la camioneta de Alejandro se detiene en un barrio pobre, frente a un puesto de tacos. Alejandro baja, pide dos de tripa, se los come de pie, bajo el tintinear luminoso de un foco taquero: ha salido de la zona: mientras haya carnitas habrá esperanza.

PD: El guión de La Zona está basado en un cuento de la escritora Laura Santullo, publicado en su libro El otro lado (Fundación Juan Rulfo, 2004). Daría mi camisa del Atlante por conseguirlo.

Una respuesta a “LA ZONA, de Rodrigo Plá

  1. Mediopelo 23 abril, 2008 en 14:43

    ¿Me hiciste recorrer París en metro con esa camisa, rodeado de hooligans del Arsenal, y ahora piensas regalarla a cambio de un libro? Bueno, teniendo en cuenta que es Sant Jordi, y que hoy el Barça se la juega, te lo perdonaré.
    No he visto la película, pero a Don Herminio Barreiro le impresionó.

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