malversando.blog

Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Archivos mensuales: abril 2008

presentación de musofobia en México D.F.

Random House Mondadori

y

Cervecería Modelo

I N V I T A N

A la presentación de


Presentan:

Alberto Chimal

Guillermo Fadanelli

Martín Solares

y el autor


Viernes 9 de mayo del 2008 – 19 horas
Casa Refugio Citlaltépetl
Citlaltépetl #25, col. Hipódromo Condesa

México D.F.

[[Chela de honor]]

LA ZONA, de Rodrigo Plá

La historia sucede en una zona residencial protegida por altos muros, alambre electrificado, seguridad privada y cámaras de vigilancia que registran cada segundo de vida urbana de los vecinos. Dentro de La Zona, el sueño americano: adolescentes bulliciosos, amas de casa que hacen deporte, padres de familia responsables. Pequeño problema: la zona se encuentra enclavada, como es usual en México, en medio de una ciudad perdida, sitiada por la pobreza y las chabolas. En una noche de tormenta, un anuncio espectacular (Tequila José Cuervo) se derrumba, abriendo un boquete en la frontera que higiénicamente aislaba La Zona del lumpanar vecino. Por el boquete se cuelan tres jóvenes: son mecánicos: están sucios: entran para robar. Como manda el canon de todo buen thriller, las cosas les salen mal, la quincuagenaria dueña de la casa aparece enfundada en una bata rosa: los amenaza con una pistola: uno de los rateros la mata de un batazo en la nuca. La alarma se activa, los vecinos salen armados a perseguir a los rateros y finiquitan a dos de ellos cuando escalaban las ruinas del anuncio de tequila hacia el exterior. El tercero se salva, pero no huye: queda atrapado dentro La Zona: condenado a esconderse de las cámaras de vigilancia.

Si esta película fuera una partida de ajedrez, estaríamos ante una apertura canónica: gambito de thriller americano. El único faltante, el policía bueno, aparecerá pronto. Junto con él nos enteraremos que la policía en particular, y el Estado en general, tienen vedado el acceso a La Zona: sus pudientes habitantes se han amparado: ni la policía ni los males de la nación pueden acceder a ese oasis de paz social. El policía bueno sospecha: se escucharon balazos. Sus investigaciones lo llevan al lugar de los hechos: el muro exterior, el anuncio de tequila, la sospechosa desapareción de tres habitantes de los barrios aledaños. Dentro de La Zona, los habitantes forman una mesa redonda en el gimnasio de la escuela para discutir asuntos diversos: cómo protegerse del intruso que ronda sus casas, cómo perseguirlo, cómo deshacerse de los cadáveres de los rateros (nacos, indios, desarrapados, pobres y además asesinos). Llama la atención que los habitantes de este oasis de bienestar van en su mayoría armados: reflejo natural cuando se tiene miedo, dinero y además se carece de Estado. El thriller avanza a ambos lados del muro con una perspectiva bifocal: afuera el foco del policía bueno sospecha, intuye y adivina el crimen sin lograr entrar; adentro el foco de un adolescente llamado Alejandro, hijo de familia rica, decente y acomodada, presencia la deriva social de esos adultos que ocultan dos cadáveres y acechan a un potencial tercero bajo la advocación democrática de sus reuniones “de gobierno” en el gimnasio de la escuela: instante privilegiado en donde el espermatozoide fascista fecunda el óvulo de treinta familias candorosa, inofensivamente burguesas.

El thriller deja de ser tal cuando el policía encuentra, además de ciertos cadáveres en el basurero, a los testigos necesarios para romper el amparo y entrar (¡el Estado al fin!) en La Zona, al tiempo que Alejandro encuentra al adolescente fugitivo escondido en el sótano de su residencia. El thriller deja de serlo porque Alejandro, casualmente el hijo del jefe de la brigada vecinal de busca y captura, se hace amigo del fugitivo. El thriller deja de serlo porque la policía se corrompe. El thriller deja de serlo cuando los votantes de esta Fuenteovejuna neoliberal levantan la mano en simulación democrática, al tiempo que cierran el cerco entre este adolescente del arrabal, que además de todo, nos vamos enterando, es inocente.

Tragedia griega en Santa Fé, pensé en ese momento conforme mi cuerpo se sumía en la butaca. Y se fue sumiendo porque Rodrigo Plá es im-Plá-cable con el espectador: no estamos sólo en el peor México posible, sino en un lugar tan cruel que la crueldad, cual derumbe de anuncio de Tequila, rompe las fronteras y se deslocaliza (ya no es la crueldad mexicana sino universal: estamos ante el peor mundo posible). A su vez, el muro que separa Santa Fé del arrabal se transforma en embajador de todos los muros: sus cámaras cuentan la transformación del fugitivo en víctima, conforme quienes se protegían de la violencia y la inseguridad se transforman en asesinos. En vez de seguir contando la película, baste decir que mi mexicanidad emigrante se sumía cada vez más en el almohadillado de la butaca, que el corazón se me iba haciendo chiquito conforme el país dolía (esto no es un thriller: este dolor es real) y una pregunta brotaba de las vísceras, esquivando las palomitasa: ¿qué nos une, que nos víncula, cuál es el antídoto del muro? Y las vísceras mismas respondían: la comida, la garnacha, la quesadilla, el taco, el maíz… ¿será posible que la comida mexicana sea el último eslabón que une esos dos países: el amurallado en su progreso y el otro, el que siempre, por definición, es excluído? Diría también el tequila, pero ese se derrumbó al principio de la película.

Aquí detengo mi crónica. Dejo que los espectadores presencien el espléndido, dramático, trágico.griego final de La Zona. Me quedo con la última escena de la película: la doble tracción cuatro por cuatro de la camioneta de Alejandro se detiene en un barrio pobre, frente a un puesto de tacos. Alejandro baja, pide dos de tripa, se los come de pie, bajo el tintinear luminoso de un foco taquero: ha salido de la zona: mientras haya carnitas habrá esperanza.

PD: El guión de La Zona está basado en un cuento de la escritora Laura Santullo, publicado en su libro El otro lado (Fundación Juan Rulfo, 2004). Daría mi camisa del Atlante por conseguirlo.

musofobia en acapulco

cuento, novela y la bala de marcos eymar

“Se han propuesto muchas definiciones del cuento y de la novela. Yo los compararía a un duelo a muerte y a una batalla. En el primero, no hay margen de error: o se mata, o se es matado. Sólo se dispone de una bala que cuenta dos historias: la de los dos rivales. En la segunda, en cambio, hay muchas víctimas, pero también supervivientes. Lo que cuenta es la victoria final. La metralleta utiliza centenares de proyectiles y de historias: unos traspasan el corazón de los enemigos, otros sólo hieren, otros se pierden en el vacío.”

Tomado de la entrevista a Marcos Eymar, en el blog de Ana X. Ávila

passage.molière (5:57 A.M.)

Pescante ascendió al campanario. La mitad budista del atrio aparecía cubierta por una alfombra de solanáceas rojas. Los monjes curaban los pimientos chicos al rigor del medio día. La creencia budista considera que los alimentos picantes disipan el calor del cuerpo.

Escrutó el paisaje con la ayuda de un utensilio de visión a larga distancia. Percibió el brillo de un cráneo sin cabello en la estupa contigua al templo. La cabeza de un monje asomaba a través de un vano regular. Pescante atornilló el perno de la retina con la finalidad de mejorar la sensibilidad espectral. Enfocó al budista. El sacerdote reconoció sobre la nariz del monje un aparato de visión similar al suyo.

Orientó la mira hacia la ribera del Tonlé Sap. Un grupo de trabajadoras comía en cuclillas ante un puesto de frutas de sartén. La cabellera de una de ellas llamó la atención del sacerdote. Reatornilló el perno a toda prisa. La retina del utensilio profirió un gemido. Sus ojos distinguieron con claridad la silueta de la mujer que deseaba dejar de fumar.

Fundamentalmente una estupa se compone de cinco elementos. Una base cuadrada. Una bóveda hemisférica. Una espiral cónica. Una luna creciente. Un disco circular. Los budistas identifican estos elementos con los cinco componentes necesarios para la existencia manifiesta del hombre.

Descendió del campanario. Entró en la sacristía. Se deshizo de los ministerios. Sus movimientos correspondían a los de alguien en estado de precipitación. Pescante eligió una sombrilla que lo confundiera con una persona sin órdenes clericales. Cruzó el atrio. Salió.

le cogió candela a la flama olímpica

primer amor

Fragmento de La ciudad Ausente
(novela de Ricardo Piglia)

Me enamoré por primera vez cuando tenía doce años. En medio de la clase apareció una muchacha de pelo colorado y la maestra la presentó como la alumna nueva. Estaba parada al lado del pizarrón y se llamaba (o se llama) Clara Schultz. No recuerdo nada de las semanas siguientes, pero sé que nos habíamos enamorado y que tratábamos de ocultarlo porque éramos chicos y sabíamos que queríamos algo imposible. Algunos recuerdos todavía me duelen. En la fila los otros nos miraban y ella se ponía todavía más colorada y yo aprendí lo que era sufrir la complicidad de los imbéciles. A la salida me peleaba en la canchita de Amenedo con tipos de quinto y de sexto que la seguían para tirarle abrojos en el pelo, porque ella lo llevaba suelto hasta la cintura. Una tarde volví a casa tan golpeado que mi madre pensó que me había vuelto loco o que me había agarrado una fiebre suicida. No podía decirle a nadie lo que sentía y parecía hosco y humillado, como si siempre anduviera con sueño. Nos escribíamos cartas, pero apenas sabíamos escribir. Me acuerdo de una sucesión inestable de éxtasis y de desesperación; me acuerdo que ella era seria y apasionada y que nunca sonreía, quizá porque conocía el futuro. No conservo ninguna fotografía, sólo su recuerdo, pero en cada mujer que he querido estaba Clara. Se fue como vino, imprevistamente, antes de fin de año. Una tarde hizo algo heroico y quebró todas las reglas y entró corriendo en el prohibido patio de los varones para venir a decirme que se la llevaban. Tengo la imagen de los dos en medio de las baldosas coloradas y el círculo sarcástico de los otros que nos miran. El padre era inspector municipal o gerente de banco y lo trasladaban a Sierra de la Ventana. Recuerdo el horror que me produjo la imagen de una sierra que también era una cárcel. Por eso había llegado con el año empezado y por eso quizá me había amado. Fue tan grande el dolor, que logré recordar que mi madre decía que si uno quería a una persona tenía que poner un espejo en la almohada, porque si la veía reflejada en el sueño se casaba con ella. Y a la noche, cuando en casa todos se habían dormido, yo caminaba descalzo hasta el patio del fondo y descolgaba el espejo en el que se afeitaba mi padre todas las mañanas. Era un espejo cuadrado, de marco de madera marrón, atado con una cadenita al clavo de la pared. Dormía a ratos, tratando de verla reflejada al soñar y a veces me imaginaba que la veía aparecer en el borde del espejo. Muchos años después, una noche, soñé que soñaba con ella en el espejo. La veía tal cual era de chica, con el pelo colorado y los ojos serios. Yo era otro, pero ella era la misma y venía hacia mí, como si fuera mi hija.

pasos patosos (6:26 AM)

Cuando Olivia Ruiz canta ecorcher mon petit coeur tout mou la verdad es que me pongo muy nervioso