malversando.blog

Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Archivos mensuales: febrero 2008

ay amigos… ¡qué nervios!

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Un joven mexicano, aspirante a escritor radicado en París, recibe una terrible noticia: su mujer desea abandonarlo. Ésta es la historia de su duelo mal llevado; la frustración que le acarrea su penoso estado de autor virtualmente inédito ; su precaria supervivencia como técnico en computadoras; y una aversión irracional hacia los roedores. En suma, una existencia que parece empeñada en ofrecer sólo infortunios.

La narración, fragmentaria, ágil y llena de humor, se teje por medio de los posts donde relata sus tribulaciones, así como por los cuentos que publica en su blog. Dentro de una literatura que busca aprovechar las formas de comunicación virtual, Jorge Harmodio establece la diferencia con el resto de sus compañeros de generación, puesto que su viaje va del ciberespacio a la literatura —al contrario de los intentos comunes— y cumple con dotar de unidad y profundidad a lo inmediato y disperso.

Musofobia, hilarante opera prima, sorprende al lector con una refinada estructura que, en una mezcla incierta entre cuento y novela, se mueve a gran velocidad y mantiene un notable equilibrio.


FICHA DE EGO DE AUTOR

Jorge Harmodio nació en Mexicali, en 1972, pero como creció en Ecatepec no tiene acento norteño. Hijo de un investigador de la policía científica y de una agente comercial, empezó a escribir a los doce años, mientras vivía en Santiago de Compostela, a donde su familia se trasladó para abrir un negocio de tráfico de estupefacientes atrás de catedral. De regreso en México, estudió Ingeniería de Sistemas en el Tecnológico y Letras Hispánicas en la UNAM. En 1997, el Fonca lo galardonó con el premio a la asiduidad inútil, tras solicitar ocho veces la beca jóvenes creadores sin obtenerla. En 1998 se ganó una camioneta cuatro por cuatro en un concurso para consumidores de leche Lala. La venta de este vehículo le permitió mandar todo al carajo y viajar durante quince meses por Asia, Medio Oriente, norte de África, Europa y ejercer los más diversos oficios: extra en telenovelas egipcias, pulidor de pisos turcos, programador de tragaperras en un casino de la Costa Azur. Fue en este lugar donde, en 2001, apostó una beca de doctorado contra un alto funcionario francés adicto al alcohol y al pokar. Gracias a una tercia de ases, en 2007 se doctoró en Informática Lingüística por la Universidad de la Sorbona. Un cuento suyo aparece en Nuevas voces de la narrativa mexicana (Joaquín Mortiz, 2003). A diario publica penas, cuentos y glorias en malversando.com. Vive en París, pero esto se corregirá en cuanto termine el posdoctorado en resumen automático que actualmente realiza en la Comisión para la Energía Atómica.

dejarse desear, dejarse comer, dejarse interpretar, dejarse estornudar

Iba en cuarto de primaria. Estudiaba en el Colegio Francés Hidalgo y cuando lo confesaba, la pregunta inmediatamente posterior a la confesión era (tono curioso) ¿hablás francés?, y mi respuesta (avergonzada):no. En efecto, en el colegio francés donde asistía no se enseñaba ni una gota de francés, quizá por eso al director le apodaban el seco. En mi salón había un gordo grande (al menos en la percepción de gordura y altura que se tiene a los nueve años) quien fue el primero en pronunciar la palabra prostituta. ¿Por qué un oficio tan antiguo tiene un nombre tan técnico? Al escuchar al gordo pronunciándola (pro– como proyecto, protocolo o prohombre; –stituta como una versión femenina de la institución, o si se quiere como algo muy duradero, anterior a la tierra y a los hombres, antidiluviano e insititucional como el Partido Revolucionario Institucional, al que nadie se atrevía a criticar en ese entonces). ¿Qué es una prostituta?, le pregunté al gordo. Una mujer que se deja, respondió. Se deja. ¿Se deja qué?, hubiera deseado preguntar, pero no lo hice a pesar de que la curiosidad me mataba. Una mujer que se deja… será la improbable asociación del sujeto mujer con un verbo pronominal no saturado como dejarse, o lo difícil que era para mí, hijo único de una micro.familia donde la figura materna era omnipresente, incuestionable y todo.poderosa (como el Partido Revolucionario Institucional), el imaginar qué diablos podría dejarse hacer o decir una mujer. Y sin embargo, siendo las mujeres seres lejanos y desconocidos para mí a los nueve años, la definción del gordo tenía la virtud de explicarlo todo sin aclarar nada: no conocía los detalles (todos los verbos de la lengua se pueden asociar a dejarse), pero en su misterio fonético la palabra lograba exactamente su cometido: construir un significado prohibido que me llenara de excitación.

“sí se puede”: se busca arqueólogo del lenguaje

Escuché por primera vez el ahora famoso “sí se puede” en la retransmisión televisiva del partido México-Corea del mundial del 98. México perdía 1-0 y los aficionados mexicanos comenzaron a corearla para motivar a los suyos en el colmo de la desesperación futbolística. Al principio me sonó demasiado simplona, simplicidad que erróneamente atribuí a la falta de espontaneidad verbal propia de una clase social capaz de costearse un viaje al otro lado del océano para ver un partido de futbol. Sin embargo, su facilidad fonética (se deja cantar en tres golpes y medio de garganta: SI-SE-PUE.DE) compensa con creces su falta de profundidad semántica. Quiero pensar que el milagro de un equipo habitualmente mediocre jugando tan bien al futbol imbuyó de connotaciones mágicas la frase, misma que fue a parar a todo aquel lugar donde fuera necesaria una intervención divina pronta e inmediata: concursos televisivos, campañas políticas, manifestaciones de reivindicación social. Y ahora la encuentro junto a su gemela inglesa, en plena campaña política. ¿Será la misma?

siete de la mañana

A escribir. A empezar desde cero. En la primera escritura del BalSac, hace tres años, salieron setenta páginas. En la segunda, hace varios meses, se redujeron a quince. Voy por la tercera. ¿Cuántas veces hay que volver a empezar? Al final va a quedar una microficción. / Una personaja a la que le dan miedo los demás. Una personaja cuyo momento más emocionante del día es cuando va a comer con sus compañeros de trabajo, unos perfectos desconocidos con los que convive a diario, durante varias. horas. ¿Por qué hay tanto riesgo en los desconocidos? ¿Por qué frente a una mesa con desconocidos comiendo nuestra personaja siente un miedo similar al que sentiría en una cuerda floja o al borde del precipicio? La personaja (¿Goleta?) se desfigura, se olvida de sí misma, se diluye con tal de formar parte de. De esa mesa, de esa comunidad, de esa secuencia circular de lazos tejidos pacientemente y a cuyos nudos, a cuyas trenzas, a cuyos vínculos Goleta no tiene acceso por ser nueva. / No, mejor no escribir de eso. Es una mierda.

guía del parís decadente, capítulo 1: bares

Bar Delyss, 4, rue des Deux gares 75010 la callecita perdida entre Gare du Nord y Gare de l’est y los dueños kabiles y las llamaradas del vodka de un tonton flingueur y ese martes cualquiera en donde llegas sin ganas de vivir y acabas bailando sobre la mesa.

La Sully, 16, rue du Faubourg Saint-Denis 75010 (Strasbourg Saint-Denis) en cohabitación perfecta con una calle tomada por los comercios turcos, los puestos de frutas, las bicicletas y esos filósofos urbanos que no van a ningún lado, cuyos pasos describen circunferencias metafísicas al filo de un vaso de cerveza. El Sully, sede de los dos meseros más amables de París, ve pasar el tren del faubourgo, indeciso entre las sopas de tripa turca y los sánduiches de hígado kurdo que lo flanquean.

Olympic Café, 20, rue Léon. 75018 (Goutte d’or) desde aquí se ve Montmartre, desde aquí se ven todos esos turistas que ni se imaginan Senegal tan cerquita, los tapetes para el rezo a media calle, los niños mocosos, la ropa húmeda por la ventana y las tiendas de pescado seco africano. Pescado seco: qué producto tan intrigante: no conformes con privar al pez del agua, lo deshidratan en una inmovilidad intacta: ¿se puede acaso ser más cruel? El Olympic lo es porque está enfrente del teatro donde convive con las sanguinarias heroínas griegas: por la noche hay conciertos en el subsuelo, la cerveza es barata, el ambiente extranjero: por eso está lleno de parisinos.

One Way Café, 50 rue Jules Vallès, Saint-Ouen (Porte de Clignancourt), los lunes de jam-session, el humo de antes de la prohibición del tabaco intramuros, los músicos absortos en sus metales, sus clarinetes, sus percusiones, el público rudo, a veces de motocicleta, tatuaje y cuero, a veces de moñito y calcetín combinado, dependiendo de la tesitura del blues: en el mercado de las pulgas, con sus crepas, sus anticuarios y sus raperos, el one way café es el único bar que se revela sin causa.

Le Lucernaire, 53 rue Notre Dame des Champs, 75006. En esta ciudad donde el espacio es tan escaso, las afinidades se funden: bares y teatros se ganan juntos la vida, el uno dandole la espalda falsa al otro para, a través de una puerta, pasarse la clientela: por eso las pintas a medio precio en la hora feliz del Lucernaire contienen por igual bachilleres que dramaturgos, poetas subvencionados que adolescentes con trastornos alimenticios, rock ácido que tragedia griega. Bajo la placa que señala el lugar donde Saint-Beuve le manejaba la mujer a Victor Hugo, el Lucernaire es uno de los últimos signos vitales de un barrio a punto de transforme enteramente en un museo.
La Chope du Chateau Rouge, 40 rue de Clignancourt, 75018, cuscús gratis los viernes y espejos llenos de recuerdos.