malversando.blog

Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Archivos mensuales: diciembre 2007

lunes, passage.molière (31/12/2008/14:52)

Tomar el riesgo. Arriesgar el pellejo. U otra cosa, pero arriesgar algo, exponerse a la pérdida, a la caída, al ridículo, al rechazo, a la indiferencia, a la bancarrota, a la lotería, al tolete, a la mueca espiral: a la vida. Salir de sí, fracturar la doble eme de mí mismo para respirar el aire fresco de la realidad, cuerda floja entre los acantilados del deseo y el miedo. Arriesgar la forma: pintarle trompetillas a la tranquilizadora gramática que ordena las cosas, al orden social, legal, sintáctico, jerárquico de las cosas. Arriesgar la tilde, la manera, la didáctica, hablarte de usted, vender tus compras, sonreírte en el metro, agarrarte a besos, ponerte un alto, hacerte ver, hacerse ver, aceptar que me equivoqué, pedir perdón, exigir perdón, salir de viaje a la esquina de la casa y hablarle al mundo desde el extranjero que siempre sido: saque a pasear a sus desconocidos. Arriesgar el fondo: casarse, divorciarse, escupirle en la cara, atreverse a negar, aceptar eso que a fin de cuentas habrá siempre que aceptar, soltarse, desanudar la rigidez de la columna, atreverse, ver la verdad, sacarla a bailar, sentir la respiración de sus músculos, constatar que es ella quien nos lleva efectivamente al baile. Riesgo, riesgo, basta de novelitas policiacas escritas por autores que no han matado nunca, de primeras personas que duran quinientas páginas: la vida no vale nada, mi reino por este instante, o como dijo el otro día don Augusto: no basta con decir que el mundo es malo. Vertical desde la coronilla hasta la planta del talón de Aquiles, tense las falanges de los dedos como si sostuviera en ellas una masa incandescente de vacío y entre al dos mil ocho entero, colmo de los colmos de usted mismo, acto y efecto a la hora de la hora: malversando y su red de concesionarias le desean un 2008 vivo, en donde al fin se arriesgue a eso que nunca se ha atrevido usted a hacer. ¡¡¡¡FELIZ AÑO, CHINGÁ!!!!

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Jožin z bažin

Alberto Chimal mandó este video, y desde ayer no logro dejar de verlo. Incluso lo puse al final de la fiesta de navidad (seis de la mañana, todo mundo bien ebrio, la casa hecha un desastre de felicidad) y ejerció en la concurrencia el mismo encantamiento extraño. Feliz navidad en ambos lados del Atlántico. Extraño a mi gente. También extraño alguien que me venga a echar una mano con el quehacer: esto parece Chechenia. ¿Qué significará Jožin z bažin?

¡feliz navidad!

Para mí la navidad era la mejor época del año. Viajábamos a Mexicali para pasarla con mi abuela y mis tíos, el viaje duraba dos días en tren y era una gran impaciencia por llegar a ese paraíso fronterizo lleno de tíos y primos, en donde al fin el hijo único, que se pasaba el año suspirando por formar parte de algo, podía fundir su diferencia en el feliz anonimato de la masa indistinta de sus congéneros genéticos, mi tío Polo (que se emborrachaba tomando cerveza Coors), mi primo Oscar (que prefería el huevo revuelto con catsup al pavo) y mi tía Rosita(que, desilusionantemente, siempre me regalaba ropa). Esto aunado a aquel mundo proteccionista de los años setenta, la frontera gringa con sus hamburguesas con plusvalía capitalista no brontodoble, en donde Santa Clós traía juguetes que causaban sensación de regreso en la capital, y donde los Reyes Magos padecían el monopolio económico del Carro Deslizador Avalancha. Si el viaje de ida era una fiesta, dos días en tren a través del desierto de Sonora, mi padre y yo recorriendo el convoy de lado a lado para “que no se nos duerman las piernas”, la larguísima escala en Tepic donde, si la locomotora padecía una falla porfirista, tendríamos incluso tiempo de salir a comer pescado sarandeado, el regreso a México era una telenovela lacrimógena: yo lloraba porque, una vez al año, quería quedarme a vivir en Mexicali, no entendía por qué había qué regresar a la configuración minimalista de familia de hijo único, por qué había qué renunciar a ese nosotros tan arropador para asumir el frío del yo.único, ese de quien siempre se esperaban proezas extraordinarias (por ejemplo, sacar buenas calificaciones). El llanto tenía intervalo geográfico: lloraba entre Mexicali y Benjamín Hill, en donde sabía que ya no había vuelta atrás, que había que volver al suburbio capitalino, a la escuela, y en donde acaso el único consuelo sería la próxima llegada de los Reyes Magos, que en la modestia de sus regalos (sobre todo comparados con la orgía de juguetes gringos de Santa Clós) me hacían olvidar que era hijo único: por unas horas volvía, como en Mexicali, a ser uno más.

viernes, comisión.para.la.energía.atómica (17:56)

Libreta de bolsillo morada, correspondiente probablemente al año del 2004, marca Clairefontaine, leyenda BZ en la portada. / En una novela de H.Hiriart, hay arañas que se enredan en la cabellera de los personajes, los acompañan a todos lados y los peinan perpetuamente. / Cerveza con H.Hiriart en un bar frente al jardín de Luxemburgo. Llueve mucho. Mis zapatos tienen lodo y me da vergüenza entrar con ellos al bar caro donde Hiriart nos invita. Recuerdo a Lucien de Rubempré, a quien le daba vergüenza entrar a casa de su amante con los zapatos llenos de lodo porque esta adivinaría que no tiene dinero para pagarse un coche, o peor aún, que el interés es una unidad significante de su romance (Balzac, ¿Las Ilusiones Perdidas, o Esplendores y miserias de las cortesanas?) / Todavía no se ha inventado ningún formato portátil para las ideas. Las ideas son Ateneas que parten momentáneamente en dos la tatema del Zeus que las concibe. ¿Donde se recuestan mejor las ideas, en el papel de árbol (verdadero, concreto: pesa) o en el papel eléctrico (imaginario, virtual: no pesa) de la computadora. / Documental se Rithy Pan sobre las obras para tender una línea de fibra óptica que atraviese Camboya. Uno de los trabajadores no tiene una pierna, y cuando se quita la prótesis huele mal. / Para explicarle a un albañil analfabeta lo que es una fibra óptica, el ingeniero camboyano hace uso (narrativo) de las orejas mágicas del Ramayana. / A la hora de la comida, los trabajadores buscan las hormigas que hay en los árboles y preparan con ellas una sopa. Fó de hormiga. Cuando llueve y las hormigas se sumergen en las galerías del hormiguero, la sopa se hace de grillo. / Es la primera vez que el albañil usará zapatos (hasta ahora, cincuenta y tantos años calzando únicamente sandalias plásticas). No se sabe su talla. El ingeniero le da una hoja de periódico sobre la cual apoyar la planta del pie y dibujar su contorno con una pluma: zapatos comprados no por la talla sino por la huella. / “Tengo una amiga que de tanto abortar acabó teniéndolo” (Gládyz bien borracha, a eso de las cinco de la mañana). / Conferencia de Valère Novarina en la Sorbona, el público se instala en gallineros de madera labrada: el artista habla, lee, crea desde abajo: una fosa magistral. / Novarina lee fragmentos de El Espacio Furioso: Novarina sostiene el libro con las dos manos, y en vista del problema visual que lo aqueja debe leerlo a la altura de la frente, con las páginas inclinadas a casi 180 grados, es decir perpendiculares a la superficie del planeta tierra: sólo así logra el dramaturgo leer las letras. / ¿Leer con el libro tan pero tan inclinado… afectará acaso la comprensión de las frases en el entendimiento de Novarina? / “El lenguaje es nuestra materia interior… Las palabras emiten espacio… Las palabras portan en ellas el vacío… Hay un viaje de la carne a través de la palabra… Pensar es un rapto: la mente es una persecución en cacería…. El lenguaje es la materia espiritual del cuerpo, que porta en ella la sombra misma del aliento que la ha expirado…. Balística del lenguaje: ¿a qué velocidad, con qué aceleración hieren las palabras? Somatización del texto, el punto y coma es una anomalía tipográfica del pensamiento” / “La mirada es la única parte del cuerpo que no envejece” Derrida. / “En el Corán no hay camellos” Borges. / No es que todo quepa en la novela, es que la novela cabe en todos lados. / En ese verano trabajé el primer capítulo de la tesis: a medio día encendía el radio y escuchaba un programa sobre el juicio de ciertos presuntos responsables del genocidio en Ruanda. / Recuerdo la música genérica del programa, la podría tararear, le podría incluso inventar coplas para cantarla, era una melodía gutural africana, la estoy escuchando mientras esto escribo, la tengo en al punta de las meninges, de la lengua, de las letras que manchan el huso de mis dedos… ¿cómo te la digo? / ¡Ah, la escritura! ¿recuerdas el día en que hicieron el amor en el baño para discapacitados del aeropuerto, y que de los nervios olvidaste la libreta morada sobre la fábrica de viento seca.manos? Cuenta, cuenta…

el potro y el cebiche

Por Félix Fernande, ex.portero y hoy cronista del Atlante

 

Cuando apoyamos a un equipo grande, en cada derrota intensificamos nuestro amor por él; cuando somos fanáticos de un equipo que rara vez se corona, en la victoria comprobamos nuestro gran apego… pero cuando adoramos al Atlante, lo amamos cuando gana, porque no sabemos la fecha de su siguiente victoria… y también lo amamos en la derrota, porque ahí recordamos que con estos colores igualmente nació el sufrimiento.

Esta vez amamos al Atlante porque ganó, sí, pero porque su victoria no tiene explicación alguna, como casi ninguno de sus éxitos. De hecho, si buscamos explicar este tercer título, no llegaríamos muy lejos y encontraríamos más factores en contra que a favor. Es mucho mejor gozar este campeonato que a nadie hace daño y, por el contrario, en mucho ayuda a esta institución que va por el centenario, en mucho ayuda al futbol mexicano y en mucho ayuda a esta inédita y futbolera plaza de Cancún.

Después de tanta embriaguez, tanto baile, festejo, grito, canto, porra… después de tanta euforia llegó el primer momento de reflexión a solas. Habían pasado ya 18 horas desde que volvimos a ser campeones y 18 horas 10 minutos desde que Ovalle activó la locura con ese soberbio gol. Abrí los ojos y vi, descansando en una silla, esa playera blanca con mangas azules, tan cotizada la noche anterior y que conmemora el tercer campeonato: ATLANTE CAMPEÓN, APERTURA 2007. Por supuesto, incluye las tres estrellas sobre el escudo. No podía retirar la vista de esa prenda por varios minutos, mientras pasaban imágenes en mi mente de todo lo que vivimos esos días; me repetía: “¿Otra vez Atlante campeón?”… y me respondía: “¡Sí, otra vez Atlante campeón!”.

Lo primero que hizo el “Güero” Burillo al ingresar al vestidor del Atlante, fue dirigirse a Clemente Ovalle, anotador del gol decisivo que nos dio el tercer título, para despojarlo de su zapato izquierdo; solicitó un marcador y le pidió al ex rayado que lo firmara, para lucirlo enmarcado en su oficina principal. Ahí, en ese sencillo vestuario, comenzó a liberarse un festejo añejado 14 años, que culminó un torneo de presentación en esta ciudad de Cancún, que no tuvo duda en vestirse de azul y rojo y que se declara “biaficionada”; es decir, que reconoce abiertamente su afición por el Atlante, pero sin abandonar su preferencia por los colores de su equipo original. Resultó muy extraño ver tanta gente vestida con nuestra playera por las calles, tantas banderas ondeando en los establecimientos comerciales y tantos anuncios en apoyo a este, su nuevo equipo.

Fue una gran idea desfilar por las calles de la ciudad en un autobús de dos pisos, descubierto, que proporcionó ADO. La gente que nos siguió se embarraba en el camión, literalmente; algunos mostraban prendas históricas, gritaban, agradecían al equipo, solicitaban un autógrafo, corrían, se atropellaban, caían y se levantaban. No es sólo la afición de Cancún quien se hizo presente; llegaron de muchos lugares, incluso del extranjero. En Cancún no hay “Ángel” para festejar, allá se celebra en “El Cebiche”, una glorieta con una fuente compuesta por hipocampos, caracoles y estrellas de mar.

Pereyra, quien disputaba el primer lugar dentro de los gritones, optaba por tirar la cerveza encima de la gente, misma que abría la boca e intentaba beber algo. El “Gaby” fue quien dirigió los cánticos, quien los creó; regaló su playera, pero ni siquiera se quitó el vendaje de los tobillos… y qué decir de Giancarlo Maldonado, quien pasó media fiesta con espinilleras… Vilar no soltaba el trofeo, lo resguardaba, lo abrazaba: al final de cuentas, una buena parte es suya. Mustafá se fascinaba regalando camisetas y gorras; total, había veinte cajas. En verdad era divertido ver cómo la gente se lanzaba por una camiseta, sin importar que cayera dentro de unos espesos matorrales o en el techo de un camión.

La afición y la prensa unificaron aquella generación con esta, las compararon y las ovacionaron. El Atlante me hizo parte de su Final, como si fuera uno más en el equipo, por lo que sólo tengo palabras de agradecimiento para todo el plantel y directiva. Desde el jueves, día del primer partido, hasta mi partida de Cancún, solo recibí atenciones: Me obligaron a cambiar el “ellos” por el “nosotros”.

A diferencia de los Pumas, estos Potros decidieron no cambiar las formas ni siquiera para la Final; es decir, mientras los universitarios limitaron mucho las entrevistas y el contacto con su gente, la escuadra azulgrana dejó abiertas las puertas del entrenamiento, permitió el ingreso de los aficionados en su hotel, comió en el restaurante y hasta nos hizo espacio dentro del autobús que trasladó al plantel hacia el estadio. En un inmenso gesto hacia mi persona, Giancarlo aceptó, pocas horas antes del juego, una entrevista en vivo para el show que conduzco, algo muy inusual.

Era sencillo identificar en Cancún entre aficionados locales y foráneos; entre atlantistas nuevos y viejos; entre quienes acuden por apariencia social y quienes se han involucrado con el Atlante… entre quienes festejaron con el corazón y quienes aprovecharon el festejo sólo para emborracharse. Pero sobre todo es muy raro ver tanta gente por las calles vistiendo nuestra playera, tantos locales comerciales con banderas azulgranas ondeando y tantos simpatizantes de los Potros de Hierro; más aún en una ciudad tan ajena a nuestros orígenes, tan antagonista… quizá por eso algún aficionado puma gritó: “¡Pinches atlantistas! ¡Cancún no es Caleta!”.

Una vez que el equipo inició la tradicional vuelta olímpica, comencé a caminar, despacio, a varios metros de distancia, sobre la pista de atletismo. Sin duda ese fue el momento más emotivo que viví; con los ojos inundados pensaba en la dura historia de este equipo que tanto queremos, en los años que orgullosamente porté su escudo; en los episodios difíciles y también en los exitosos. Me saludaba con la gente y, al llegar al lugar que se encontraban las porras oficiales, me llamaron, me pidieron que les saludara directamente. Llegué hasta la barda y la trepé, me abracé con ellos y me pusieron una camiseta de campeón hecha por ellos. Un poco después un integrante de la famosa “Tito Tepito” se coló entre la seguridad y corrió hasta las afueras del vestidor para pedirme a nombre de su porra que fuera a saludarles. Repetí la operación y trepé la barda; eran casi todos rostros conocidos; los abrazos fueron intensos y efusivos. Apenas bajé la barda, Vilar hizo lo mismo: accedió a salir del festejo para celebrar con esta gran porra, sólo que el mejor portero en la historia del Atlante, pidió que le recibieran en brazos y se lanzó de frente, como si volara desde el escenario. Los porristas lo recibieron, lo cargaron y se lo llevaron en hombros. Una escena maravillosa.

Luego de tres horas de recorrido a bordo del “Turibús caribeño”, llegamos al hotel, donde había una gran recepción para cientos de personas; todo un festejo que se prolongó varias horas y en el que destacaban aficionados y amigos atlantistas añejos, de los que ya habían visto al Atlante coronarse. Dentro de ellos me conmovieron dos: un señor en silla de ruedas que presenció el primer campeonato ganado por los Potros, en 1947 y un aficionado que portaba una camiseta de “Atlante campeón 1992-93”, que yo le regalé aquel día. Convivimos y recordamos de manera muy agradable, fusionados entre jerarquías, edades, estatus y sexos; éramos todos atlantistas; todos teníamos algo que contar, alguien a quien saludar, agradecer, reconocer… no había manera de permanecer ahí pasivo. Giancarlo se despojaba de las espinilleras y el “Gaby” ni recordaba que traía los tobillos vendados, mientras el trofeo circulaba de mano en mano.

Fue nuestra noche, nuestro festejo, porque así nos hicieron sentir mientras convivimos con este plantel extraordinario, que una vez más ha sido congruente con la historia del Atlante, al ganar cuando nadie lo esperaba. Historia en la que no tiene mucho caso buscar explicaciones cuando llega la victoria, porque encontraríamos bastantes más factores en contra que a favor. Por eso es preferible gozar este triunfo que a nadie lastima; por el contrario, beneficia mucho más de lo que perjudica al futbol mexicano y, por supuesto, a nuestro querido Atlante, que ya necesitaba festejar… ¿Atlante campeón?… ¡Sí, otra vez el Atlante es campeón!

¡¡¡¡¡¡atlante, sí!!!!!!!!!!!

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somos atlantistas

Por Félix Fernández, ex.portero del Atlante

 

 

Somos atlantistas porque, como muy pocos, contamos con un certificado de autenticidad original desde hace 91 años; porque somos pioneros en los campeonatos oficiales del futbol mexicano; porque permanecimos vivos a la llegada del profesionalismo, a pesar de la pobreza; porque somos patrimonio de la cultura popular chilanga y nacional; porque cuando descendimos, ascendimos en la cancha; porque mantenemos nuestros colores, nuestro escudo y nuestra tradición.

Somos atlantistas porque soportamos la desventaja histórica que nos acompaña, el poco favoritismo, la inferioridad numérica; pero tenemos el corazón azulgrana porque consideramos que, como nosotros, pocos; y por lo tanto, si a unos les da vergüenza, a nosotros nos enorgullece.

Somos atlantistas porque, al final de cuentas, el atlantismo es una congruente representación del mexicano: tanto el que migra en busca de mejores condiciones de vida, como el que se burla de sí mismo… tanto el que vive en la opulencia y se une a la moda, como el que busca en la próxima jornada esa victoria que la vida le niega el resto de la semana… tanto el folklórico como el conservador. Porque representamos la crisis y la bonanza cíclicas.

Somos atlantistas porque preferimos transitar por el camino sinuoso; porque nos gusta facilitar lo complicado y complicar lo más sencillo… porque nos adaptamos rápido, porque si valoramos tanto la victoria, es debido a que hemos experimentado tanto la derrota; porque guardamos el festejo para ocasiones verdaderamente notables y lo hacemos de manera muy ruidosa.

Somos atlantistas porque somos ingeniosos, inquietos e inconformes; pero, paradójicamente, también porque somos alegres, aguantadores y discretos. Tenemos la piel azulgrana por convivir entre tanta incertidumbre; por estar abiertos a la sorpresa, dispuestos al festejo y a la tragedia por igual. Nosotros aguantamos estoicamente una nueva derrota, pero, eso sí, festejamos incontrolablemente estas victorias que provocan respeto.

Al ser atlantistas, tenemos este espacio de identidad que nos acoge; el que únicamente solicita un pequeño depósito de nuestra pasión, a cambio del sentido emocional que nos caracteriza a los fieles y plurales seguidores.

Somos atlantistas porque sobrevivimos más de noventa años en condiciones poco favorables; porque nos reinventamos con base en la perseverancia más que a la terquedad; a la dignidad más que al orgullo y al populismo más que al nacionalismo.

En síntesis: somos y seremos orgullosos atlantistas… ¡¡POR NUESTROS D’ESTOS…!!

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catorce años esperando esto