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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Villa Alois Alzheimer

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Rodolfo Zolá García Zapata, cadete del H. Colegio Militar, el 19/mar/1939
Aquel hombre que me enseñó a leer, a jugar ajedrez, a no temerle a la verdad, enseñanzas estas que no siempre he seguido al pie de la letra, pues ni he leído tanto como quisiera, ni logro aún ganar esas partidas cuyo final se decide por los peones, y en lo que a la verdad se refiere hay siempre alguna que me siguen pareciendo tan impronunciable que la cambiaría en el acto por diez mil declinaciones de una misma mentira; ese hombre que al día de hoy ha olvidado no sólo el nombr-e de sus hijos, también su número y sus rostros, ya ni siquiera es capaz de retener sus músculos ni de avisarle a alguna de sus hijas cuando le sobreviene la necesidad del vientre, que sencillamente alivia en el desagüe tranquilizador de un pañal indigno, como si nunca hubiera dejado aquella cuna maya que lo vio nacer o como si los noventa y tres años que vividos lejos de ella se hubieran concentrado en un segundo infinitamente denso, antinatural, que con prontitud definitiva hubiera arrugado hasta su piel de bebé hasta el pergamino, tragándose el calcio de sus huesos y dejando que sus ojos de recién nacido cuelguen de ese par de cuencas oculares casi extintas o exhaustas por tanto siglo. Mi abuelo vive en Villa Alois Alzheimer, una ruina de siete pisos donde esos desconocidos que se hacen pasar por sus hijos desfilan frente a él preguntándole ¿quién soy?, ¿me reconoces?, ¿te acuerdas de mí? Él pronuncia nombres al azar (Toñito, Juaritos, Grecita: glifos egipcios desleídos sobre los muros de las ruinas) que cuando por algún milagro de las probabilidades aciertan en el blanco (el rostro blanco) la reunión familiar se transforma en una fiesta de la recuperación de la memoria donde el agraciado, el reconocido, el festejado asciende a ese pedastal donde sólo caben los objetos de amor inmarcesibles, cuya capacidad de ser amado (coeficiente de amabilidad) resiste a las más terribles intemperies neuronales. El pensamiento ajedrecista de mi abuelo ahora deambula sin rumbo por los siete pisos de la ruina, llevando en la mano la última moneda, el último peso: el óbolo de la memoria con el cual ungir por accidente el día menos pensado a ese pariente imprudente que se le atraviese por duplicado en el devanar sin huso de su memoria y en ese bosque de soldados desconocidos que es la realidad (¡mira cómo te quiere, te reconoció después de tantos años!) Mi abuelo me miró sin reconocerme, su tenacidad de olvidador necio tampoco reaccionó ante los múltiples episodios de su pasado que fueron uno a uno evocando quienes decían ser sus hijos, sus nietos, sus bisnietos, ni quiso comer nada de lo que pusieron delante de su atención desorbitada por la dominical presencia de tanta gente ante quien sólo respondía con respuestas balbuceadas, fósiles de frases hechas que tantas veces escuché tan enteramente de sus labios. Si no me reconoces, ya no eres mi abuelo; tu identidad depende de la presencia de ese cuerpo causal del que me hablabas cuando glosabas sobre tu libro favorito de Teosofía: cuerpo hecho del recuerdo de tus actos negativos y positivos, tus palabras que dañan o prosperan, tus creencias altas y bajas, tus vicios ascendientes y descendientes: los ejes cartesianos de tu persona. Afortunadamente, entre esos que dicen ser sus hijos, no hay sólo candidatos al reconocimiento del Señorita Alzheimer de este mes: mi tío Toño lo toma entre los brazos y le canta una canción yucateca:

Purux soncauich
nacido en Tamec
Un pobre Huinic
con cara de Pec
Desde muy dziris
su papa don Chón
Lo dejo molich
de tanto huascop
Ya grande el dziris
quiso hacerle loch
A la linda xpec
de la hacienda xpol
Ay foo dijo xpec
yo no son soy tan poch
para que xhuerec
venga a hacerme loch
Si tu estas tan poch
de hacerle a alguien loch
Vete a Tuyotoch
abraza tu chich
Y el pobre huinic
hecho un chile ic
Regresa a Tamec
con cara de pec

Como una cuña, las palabras en maya hienden el mármol de la planta baja de la ruina y un brote de agua vital inunda sus facciones, una última brasa se enciende en la ceniza de su mirada, sus labios de pergamino adquieren movimiento y las palabras yucatecas surgen frescas, entonadas, de su garganta al tiempo que dos lagos paralelos cooptan las cuencas de sus ojos: Papá Rodolfo Zolá García llora y canta y abraza a mi tío, canta maya el hombre, canta entonado con esa misma voz cargada de tiempo que cuando era yo niño me decía: jaque al rey. / ¿Qué queda de un hombre cuando su esqueleto se ha vencido, sus carnes se han rendido y su memoria, su identidad, su persona entera se ha disuelto en el caldo del olvido? Emociones resistentes como rocas: huesos geológicos: desde chiquito esa canción te hacía llorar.

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2 Respuestas a “Villa Alois Alzheimer

  1. paso a paso 10 noviembre, 2007 en 16:24

    Se me antoja leerlo en papel con parrafos y todo.

  2. iris 5 septiembre, 2009 en 17:48

    esa canción es hermosa, buenisima para continuar el aprendizaje de la maya.

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