malversando.blog

Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

Archivos mensuales: noviembre 2007

de cómo evitar el dolor

Tomado de Las enseñanzas de don Juan

De Carlos Castaneda

¿Hay alguna manera especial de evitar el dolor?

-Sí, hay una manera,

-¿Es una fórmula, o un procedimiento, o qué?

-Es una manera de agarrarse a las cosas. Por ejemplo, cuando yo estaba aprendiendo sobre la yerba del diablo, era demasiado ansioso. Me agarraba a las cosas de la misma manera que los niños agarran dulces. La yerba del diablo es sólo un camino entre cantidades de caminos. Cualquier cosa es un camino entre cantidades de caminos. Por eso debes tener siempre presente que un camino es sólo un camino; si sientes que no deberías seguirlo, no debes seguir en él bajo ninguna condición. Para tener esa claridad debes llevar una vida disciplinada. Sólo entonces sabrás que un camino es nada más un camino, y no hay afrenta, ni para ti ni para otros, en dejarlo si eso es lo que tu corazón te dice. Pero tu decisión de seguir en el camino o de dejarlo debe estar libre de miedo y de ambición. Te prevengo. Mira cada camino de cerca y con intención. Pruébalo tantas veces como consideres necesario. Luego hazte a ti mismo, y a ti solo, una pregunta. Es una pregunta que sólo se hace un hombre muy viejo. Mi benefactor me habló de ella una vez cuando yo era joven, y mi sangre era demasiado vigorosa para que yo la entendiera, Ahora sí la entiendo. Te diré cuál es: ¿tiene corazón este camino? Todos los caminos son lo mismo: no llevan a ninguna parte. Son caminos que van por el matorral. Puedo decir que en mi propia vida he recorrido caminos largos, largos, pero no estoy en ninguna parte. Ahora tiene sentido la pregunta de mi benefactor, ¿Tiene corazón este camino? Si tiene, el camino es bueno; si no, de nada sirve. Ningún camino lleva a ninguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no. Uno hace gozoso el viaje; mientras lo sigas, eres uno con él. El otro te hará maldecir tu vida. Uno te hace fuerte; el otro te debilita.

Anuncios

deliquio

(Del latín deliquĭum). Éxtasis, arrobamiento.

 

tres ejemplos para ilustrar que las artes plásticas gozan de mejor salud que las artes literarias

Ejemplo.1: Gracias a la tecnología Pain-to-Pain, cada vez que en alguna página internet se publican las palabras asesinato, tortura, violación, guerra, crimen o George Bush, usted recibe en el acto una descarga eléctrica dolorosa directamente aplicada en la parte corporal de su elección. Esta maravilla de la tecnología culpabilizadora consiste en un dispositivo que se conecta inalámbricamente al internet y que usted puede adherir a la parte de su cuerpo en donde desee recibir la descarga.

Ejemplo.2: Constraint City es un corsé inteligente capaz de detectar redes de internet inalámbrico conforme uno se pasea tranquilamente por la ciudad. Si la red está protegida con claves, encripciones o algún otro mecanismo de seguridad, el corsé se aprieta, dificultando así la capacidad respiratoria del paseante. De esta forma, todo ese bosque electromagnético cargado cargado de información por el que a diario transitamos (o que a diario nos transita) dejará marcas inolvidables en nuestro torso, cuello y espalda.

Ejemplo.3: Pain Station. ¿Harto de esos juegos de video en donde usted masacra enemigos a granel sin sentír dolor alguno? La Pain Station resuelve ese inconveniente: su joystick está equipado de electrodos que descargan castigos eléctricos para el jugador que se atreva a dar un mal paso u ose exponerse al fuego amigo.

Fuente: Libération, 17/nov/07

adminicular

Del lat. adminiculare.
1. tr. Ayudar o auxiliar con algunas cosas a otras para darles mayor virtud o eficacia.

adminículo

Del lat. adminiculum.
1. m. Lo que sirve de ayuda o auxilio para una cosa o intento.
2. [m.]Cada uno de los objetos que se llevan a prevención para servirse de ellos en caso de necesidad. Ú. m. en pl.

pan de Gizah

panes2.jpg

de cómo pisé una mierda de perro justo antes de abordar el auto de mi superior jerárquico

martes, passage.molière (19:21) Ayer fui al lugar en donde voy a trabajar a partir del lunes de la semana que entra, una oficina de techos altos y ventanas largas tras las cuales hay aparatos complicados y personas en bata blanca lidiando con su complejidad, que para ser sincero nunca ha sido lo mío, yo he tratado siempre de llevar mi vida de la manera más simple posible pero por alguna razón el destino se empeña siempre en llevarme por senderos complicados en mitad de los cuales a veces levanto la cabeza y no entiendo ni qué hago ni cómo llegué ni quién me llevó hasta ahí, o mejor dicho hasta aquí, porque justamente estoy parado en uno de esos codos del camino, hablando de este lugar de techos altos, ventanas largas y personas lúgubres rondando por los pasillos con la expresión concentrada, los ojos encristalados y el torso cubierto de batas blancas, por no hablar de la piel ceniza de quien prefiere mejor trabajar a la sombra del intelecto que al sudor del sol. En este lugar, a partir del próximo lunes, desempeñaré funciones profesionales de las que no puedo decir gran cosa porque además de ser secretas son francamente muy complicadas, pero sobre todo secretas: firmé un contrato de confidencialidad con mi empleador y no tengo derecho a hablar acerca de mis actividades cotidianas, mucho menos a venir a escribir en este blog las cosas a las que ahí me dedicaré, y digo dedicaré porque aún no empiezo a ejercer esas funciones inconfesables, lo haré hasta el lunes que entra, ayer solamente fui para firmar algunos papeles, conocer mi lugar de trabajo, saludar con mucho gusto a desconocidos cuyas manos estrecharon la mía con apretones llenos de presagios, pues si bien hoy en día somos desconocidos, el contacto cotidiano seguramente hará surgir entre nosotros todos esos sentimientos imprevisibles que suelen acompañar las fricciones emocionales entre los humanos: amistad, enemistad, animadversión, envidia, solidaridad, simpatía, hartazgo, malos olores, buenos hábitos, hora de la comida, pausa para el café, y me refiero a situaciones tan banales porque por más secreta, compleja y sombría que sea una actividad, siempre existe la necesidad de tomarse un respiro para salir a fumar un cigarro, ir al baño o, insisto, hacer una pausa para tomar café. En la oficina me esperaba el que será mi superior jerárquico, con quien recorrí las instalaciones, visité al encargado de recursos humanos con la ayuda de quien logré llenar algunas formas administrativas, firmar declaraciones, adelantar vísperas y evacuar tanta complicación burocráticos necesaria para que alguien pase ocho, diez o doce horas diarias dedicado a desbrozar la complejidad del mundo (o fingir que la desbroza cuando en realidad la enmaraña más) para después tomar un tren que lo lleve a casa en donde no podrá hablar con nadie de nada. Ni mi superior jerárquico ni los demás empleados pueden decir gran cosa sobre sus actividades, por lo que reina en la oficina un silencio de santuario hasta que se impone la hora de la salida (y verdaderamente se impone: nadie puede permanecer a deshoras en las instalaciones porque la jerarquía interpretaría la intención de tal acto como ilícita): entonces una cierta sensación de alivio temporal recorre la expresión facial de los empleados: ¿quieres beber un vaso de vino?, propone mi superior jerárquico y yo acepto gustoso, pensando que al fin fuera de nuestro recinto de trabajo podré preguntar todos esos detalles concernientes a mi actividad que hasta ahora he debido de mantener callados por temor a no infringir su carácter secreto. Así que, tras dejar en recepción nuestros respectivos Identificadores Universalmente Únicos, mismos que nos permiten el acceso al recinto, caminamos por la acera en dirección del vehículo de mi superior jerárquico, callados, escrutando mentalmente quién será el primero que pronunciará una palabra, sopesando si tal palabra allanará el caracter secreto de nuestra actividad, y mejor pensándolo dos veces antes de soltar la lengua: preferible mudos que desempleados. Tales cavilaciones fueron la causa de que yo incurriera en un garrafal error de seguridad: no observar con cuidado por dónde camino. Dar un paso en falso. Meter francamente el pie, desde el arco hasta la suela, en una mierda de perro ¡qué digo perro!, camello, caballo, San Bernardo, y no conforme proseguir mis cavilaciones sin sentir la consistencia de crema de cacahuate sobre la que se deslizan los pasos que doy con el pie derecho. Así es como, en silencio y en la mierda, penetro al automóvil de mi superior jerárquico. Él penetra a su vez, por su lado, también en silencio. Afuera hace frío (ventanillas cerradas). Enciende la calefacción. Arranca. El olor es un insulto a todos esos millones de años que La Evolución de las Especies invirtió en la manufactura del órgano olfativo humano: mi superior jerárquico arruga la frente y las cejas en señal de desabrimiento, de su garganta brota una ocurrencia verbal que viene a romper al fin el silencio: algo huele mal. Yo no soy para nada amante de las descripciones complejas y detalladas, por lo que ahorraré los pormenores del penoso acto de detenerse en un semáforo para que yo intentara por todos los medios (limitados como lo pueden ser en la cabina del automóvil de mi superior jerárquico) para limpiar la suela de mi zapato. Cabe solamente destacar que ni siquiera en circunstancias tan extremas rompimos el silencio cauto de quienes son depositarios de un secreto: no fue sino hasta llegar al bar que, con las fosas nasales traumatizadas aún, elevamos en voz alta un brindis: salud, por que pronto salgamos de la mierda. Luego cada quién bebió su copa metido en su respectivo silencio.

Villa Alois Alzheimer

zola3.jpg

Rodolfo Zolá García Zapata, cadete del H. Colegio Militar, el 19/mar/1939
Aquel hombre que me enseñó a leer, a jugar ajedrez, a no temerle a la verdad, enseñanzas estas que no siempre he seguido al pie de la letra, pues ni he leído tanto como quisiera, ni logro aún ganar esas partidas cuyo final se decide por los peones, y en lo que a la verdad se refiere hay siempre alguna que me siguen pareciendo tan impronunciable que la cambiaría en el acto por diez mil declinaciones de una misma mentira; ese hombre que al día de hoy ha olvidado no sólo el nombr-e de sus hijos, también su número y sus rostros, ya ni siquiera es capaz de retener sus músculos ni de avisarle a alguna de sus hijas cuando le sobreviene la necesidad del vientre, que sencillamente alivia en el desagüe tranquilizador de un pañal indigno, como si nunca hubiera dejado aquella cuna maya que lo vio nacer o como si los noventa y tres años que vividos lejos de ella se hubieran concentrado en un segundo infinitamente denso, antinatural, que con prontitud definitiva hubiera arrugado hasta su piel de bebé hasta el pergamino, tragándose el calcio de sus huesos y dejando que sus ojos de recién nacido cuelguen de ese par de cuencas oculares casi extintas o exhaustas por tanto siglo. Mi abuelo vive en Villa Alois Alzheimer, una ruina de siete pisos donde esos desconocidos que se hacen pasar por sus hijos desfilan frente a él preguntándole ¿quién soy?, ¿me reconoces?, ¿te acuerdas de mí? Él pronuncia nombres al azar (Toñito, Juaritos, Grecita: glifos egipcios desleídos sobre los muros de las ruinas) que cuando por algún milagro de las probabilidades aciertan en el blanco (el rostro blanco) la reunión familiar se transforma en una fiesta de la recuperación de la memoria donde el agraciado, el reconocido, el festejado asciende a ese pedastal donde sólo caben los objetos de amor inmarcesibles, cuya capacidad de ser amado (coeficiente de amabilidad) resiste a las más terribles intemperies neuronales. El pensamiento ajedrecista de mi abuelo ahora deambula sin rumbo por los siete pisos de la ruina, llevando en la mano la última moneda, el último peso: el óbolo de la memoria con el cual ungir por accidente el día menos pensado a ese pariente imprudente que se le atraviese por duplicado en el devanar sin huso de su memoria y en ese bosque de soldados desconocidos que es la realidad (¡mira cómo te quiere, te reconoció después de tantos años!) Mi abuelo me miró sin reconocerme, su tenacidad de olvidador necio tampoco reaccionó ante los múltiples episodios de su pasado que fueron uno a uno evocando quienes decían ser sus hijos, sus nietos, sus bisnietos, ni quiso comer nada de lo que pusieron delante de su atención desorbitada por la dominical presencia de tanta gente ante quien sólo respondía con respuestas balbuceadas, fósiles de frases hechas que tantas veces escuché tan enteramente de sus labios. Si no me reconoces, ya no eres mi abuelo; tu identidad depende de la presencia de ese cuerpo causal del que me hablabas cuando glosabas sobre tu libro favorito de Teosofía: cuerpo hecho del recuerdo de tus actos negativos y positivos, tus palabras que dañan o prosperan, tus creencias altas y bajas, tus vicios ascendientes y descendientes: los ejes cartesianos de tu persona. Afortunadamente, entre esos que dicen ser sus hijos, no hay sólo candidatos al reconocimiento del Señorita Alzheimer de este mes: mi tío Toño lo toma entre los brazos y le canta una canción yucateca:

Purux soncauich
nacido en Tamec
Un pobre Huinic
con cara de Pec
Desde muy dziris
su papa don Chón
Lo dejo molich
de tanto huascop
Ya grande el dziris
quiso hacerle loch
A la linda xpec
de la hacienda xpol
Ay foo dijo xpec
yo no son soy tan poch
para que xhuerec
venga a hacerme loch
Si tu estas tan poch
de hacerle a alguien loch
Vete a Tuyotoch
abraza tu chich
Y el pobre huinic
hecho un chile ic
Regresa a Tamec
con cara de pec

Como una cuña, las palabras en maya hienden el mármol de la planta baja de la ruina y un brote de agua vital inunda sus facciones, una última brasa se enciende en la ceniza de su mirada, sus labios de pergamino adquieren movimiento y las palabras yucatecas surgen frescas, entonadas, de su garganta al tiempo que dos lagos paralelos cooptan las cuencas de sus ojos: Papá Rodolfo Zolá García llora y canta y abraza a mi tío, canta maya el hombre, canta entonado con esa misma voz cargada de tiempo que cuando era yo niño me decía: jaque al rey. / ¿Qué queda de un hombre cuando su esqueleto se ha vencido, sus carnes se han rendido y su memoria, su identidad, su persona entera se ha disuelto en el caldo del olvido? Emociones resistentes como rocas: huesos geológicos: desde chiquito esa canción te hacía llorar.

musofobia, semifinalista del premio herralde 2007

Estaba yo en Cancún, el pasado 26 de octubre, disfrutando del sol y el mar con mi amigo Kenobi cuando recibí el siguiente correo de la editorial Anagrama:

XXV PREMIO HERRALDE DE NOVELA

El Premio Herralde de Novela, en su vigesimoquinta convocatoria, se fallará el lunes 5 de noviembre. El jurado está compuesto por Salvador Clotas, Juan Cueto, Esther Tusquets, Enrique Vila-Matas y el editor Jorge Herralde, y la dotación es de 18.000 euros. Se han recibido 201 originales, de los que, después de la primera selección, han pasado a las deliberaciones finales los 15 siguientes:

El origen del mundo, de Auriparus Flaviceps (pseudónimo), Colombia

Vida en Marte, de Álvaro Bisama Mayné, Chile

Volveré y conmigo el fuego, de Francisco Calderón (pseudónimo), México

Ciencias morales, de Miguel Cané (pseudónimo), Argentina

En qué piensas cuando no piensas en nada, de Rictus Ceballos (pseudónimo), España

Los fantasmas de Edimburgo, de Eloy M. Cebrián Burgos, España

La profecía, de Roberto Echavarren, Uruguay

Los principios activos, de Julio Fajardo Herrero, España

Musofobia, de Jorge Harmodio, México

Cuando mi hermano lo hizo en Congo, de Alfredo Ortuño Pérez, España

La mujer cambiada, de Teresa Ruiz Rosas, Perú

Novela total, de Pablo Tenembaum (pseudónimo), Argentina

La larga noche, de Manuel Villar Raso, España

La velocidad, de Alfonso Yáñez (pseudónimo), España

La jaula, de Pilar Zapara Bosch, España

La verdad, yo había enviado Musofobia al Herralde por una especie de compulsión egotico.masoquista, y después de varios meses ya había perdido la esperanza. Me dio el soponcio al encontrarla en la lista. Estábamos en la oficina de mi amigo y sin deberla ni temerla di un salto, un grito semi.desmayado y después me puse a besuquear a los compañeros de trabajo de Kenobi sin distinción de sexo, profesión o edad. De ahí nos fuimos al mar, comimos pescado Tikinchik y las horas transcurrieron dulces, dulces. En plena euforia desenfrenada, yo le había transferido el correo de Anagrama a aproximadamente 74 personas que quiero (mi tía Rosita incluida), mismas que de aquí al lunes 5 de noviembre van a estar pendientes del fallo (muchas de ellas jamás habían escuchado hablar de este premio en su vida, en particular las colegas de Kenobi, contadoras decentes a las que besuquée sin siquiera presentarme).

El pasado 31 de octubre Anagrama publicó la lista corta de los seis finalistas, de donde saldrá el ganador. Lamentablemente Musofobia no forma parte de ella, pero aún así recordaré ese día como uno de los más felices de mi vida. (El único problema es que ahora, cuando entro a la oficina de Kenobi, sus compañeros me saludan con el apelativo de “esse mi herrrraldeeee”… chingá, ahora voy a tener que escribir más novelas, a ver si algún día se me hace desquitar el apodo). / Los seis elegidos, de entre los que saldrá el ganador (y a los que, desde esta modesta blogo.tribuna, les mando una felicitación cálida, sincera y llena de envidia de la peor calaña) son: “Miguel Cané”, “Pablo Tenembaum”, el mexicano “Francisco Calderón” (mi gallo, compatrioterismo obliga), “Rictus Ceballos”, “Alfonso Yáñez” y Roberto Echavarren.

i.ching.hexagrama.5: la espera

Tomado del I-Ching (Libro de las Mutaciones)

Traducido del chino por Richard Wilheim

Su La espera (o la nutrición)

Arriba: lo insondable: el agua

Abajo: lo creador: el cielo

juicio

Si eres sincero, poseerás la luz y el éxito

La perseverancia trae buena fortuna

Es propicio cruzar las grandes aguas

La espera no es una esperanza vana. Su certeza da la luz que conduce a alcanzar el fin, y esto a su vez a la perseverancia que acarrea la buena fortuna y confiere la fuerza para cruzar las grandes aguas. Estás frente al peligro y debes sobreponerte. Ni la debilidad y ni impaciencia pueden ayudarte. Sólo el hombre fuerte puede encarar su destino, porque su seguridad interior le permite resistir hasta el final. Esta fuerza se te revelará bajo la forma de una sinceridad inflexible hacia ti mismo. Sólo hasta que tienes el valor de encarar las cosas tal cual son, sin ilusiones ni desencantos, es que una luz surge de la realidad y te permite reconocer el camino de la realización. A este reconocimiento deberán corresponder acciones resueltas y perseverantes. Porque sólo el hombre que enfrenta su destino con resolución es capaz de tomar su devenir en mano: entonces podrá cruzar las grandes aguas, y será capaz de tomar las decisiones necesarias y sobreponerse al peligro.

imagen

Las nubes se levantan hacia el cielo

La imagen de LA ESPERA

De esta forma, el hombre noble come y bebe; está contento y de buen humor.

Las nubes se hacen del cielo y esto es un signo de que va a llover. No hay nada que hacer entonces, salvo esperar que caiga la lluvia. Lo mismo en la vida, cuando el destino se está preparando. Todavía no aún no ha llegado la hora, por tanto uno no debe interferir ni forzar innecesariamente las cosas. Calladamente, hay que fortificar el cuerpo con comida y bebida y la mente con contento y buen ánimo. Es destino llega por sí mismo: entonces uno está listo.

linea inferior

Espera en el prado

Es propicio permanecer en lo que dura

Sin culpa.

El peligro aún no está cerca. Uno espera en la pradera. Las condiciones son simples, pero en el aire ya flota cierto sentimiento de premura. Uno debe continuar con la vida normal por el mayor tiempo posible. Sólo así se puede prevenir el gasto prematuro de fuerzas y permanecer libre de la culpa o el error que más tarde se convertiría en fuente de debilidad.

segunda línea

Espera en la arena

Hay maledicencia

El fin trae buena fortuna

El peligro se aproxima. La arena está cerca del banco del río, símbolo este del peligro. Se gesta el desacuerdo. Nace un malestar general donde la gente se culpa mutuamente. El que permancezca en calma logrará llegar a su fin. Los chismosos terminarán por callarse si no se otorga el gusto de hacerles caso.

tercera línea

La espera en el lodo

Trae la llegada del enemigo

El lodo no es un buen lugar para esperar: ya se siente la humedad de la corriente. En lugar de haber reunido la fuerza para cruzar el río de un golpe, uno ha hecho un intento prematuro que no ha lo ha llevado más allá del banco de lodo. Esta lamentable situación es una invitación para que el enemigo saque ventaja naturalmente. La precaución y el sentido de la seriedad de la situación son los únicos medios para salvarse del daño.

cuarta línea

Espera en la sangre

Sal del hoyo

La situación es extremadamente peligrosa. Gravedad extrema, ahora de vida o muerte. El baño de sangre parece inminente. No hay marcha adelante ni atrás: nos han cortado la retirada, como al fondo de un hoyo. No hay más que resistir y dejar que el destino siga su curso. Esta compustura nos previene de agravar el problema con cualquier cosa que hagamos: es la única manera de salir de tan peligroso hoyo.

quinta línea

Espera en la carne y la bebida

La perseverancia trae buena fortuna

Incluso en medio del peligro hay momentos de paz, donde las cosas van relativamente bien. Con la fuerza interior necesaria, hay que aprovechar esos intervalos para fortificarse en vista de un nuevo combate. Habrá que saber cómo disfrutar el momento si perder de vista el objetivo: la perseverancia es indispensable para la victoria. / Esto aplica también para la vida pública: no es posible alcanzarlo todo de golpe. […] Aquí radica el secreto de todo el hexagrama, que se diferencia del 39Chin (obstrucción) en que aquí, mientras uno espera, está convencido de que nada en el devenir le robara la calma y la paz que procura el gozo interior.

línea superior

Uno cae en el hoyo

Tres huéspedes llegan sin invitación

Hay que honorarlos: así la fortuna llegará al fin

La espera ha terminado: no hay manera de eludir el peligro. Uno cae en el hoyo y hay que resignarse a lo inevitable. Todo parece haber sido en vano. Sino embargo es precisamente en este estado de desamparo que las cosas toman un giro imprevisto. Sin intención alguna, se produce una intervención exterior cuyo significado uno no solamente no conoce, sino que se pregunta si busca la salvación o la destrucción. Hay que guardar la movilidad interior: la actitud justa no consiste en atrincherarse en uno mismo y oponer resistencia, sino en saludar con respeto este nuevo giro del destino. Así uno termina por salir del peligro y todo va bien. Hasta la felicidad se presentan al principio bajo una apariencia sospechosa.