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Monóbologo interior de @harmodio, maestro de obra electro.literaria (y un tropo entre paréntesis agrega: una bicicleta huiqui descendiendo a toda lentitud por la carretera vecinal del la literatura open source).

miércoles, el.cairo (9/12/1997/17:17)

Me cai que el grado de felicidad de un individuo está estrechamente relacionado con su porcentaje de satisfacción gastronómica. Qué chingón se siente escribir con la panza llena. Cuando tengo hambre soy como los perros: desconozco. El mal humor hambriento se manifiesta en una crisis melancolico.existencial por ahí de las cuatro de la tarde, hora en que mientras el Cairo duerme la siesta yo me digo: ¿por qué bergas vine al Cairo en Ramadán? / El día de ayer fue una lucha contra la novela con muy magros resultados. Me pasé el día en el cafetín sin lograr sacarme una palabra. Por la noche, después de la ruptura del ayuno, me invitaron a dos fiestas (Mohamed, Rose) pero preferí acostarme temprano, sólo para revolcarme en el insomnio. El Ramadán es un letargo diurno que por la noche se enfiesta: los cuetes no me dejaban dormir, así que salí a comer y a caminar. Me tumbé un sánduich de falafel con vísceras de pollo, dos naranjas y un té (si con eso no duermo, yo no sé con qué). / La novela no avanza porque estoy atorado con el personaje del sordomudo. Al regresar de la cena y el paseo me encontré un café en donde una mesa entera de sordomudos platicaba amenamente. Me senté con ellos. Es increíble la cantidad de cosas de las que hablamos. Era un grupo de siete u ocho, cuatro de ellos jugaban cartas, los demás fumaban shisha. Sin palabras, con el sudor de los gestos de sus manos, me contaron que trabajaban en el aeropuerto, para la compañía TWA. Yo los conté que soy mexicano, trabajo con computadoras, pago siete libras la noche por una cama en el dormitorio común del Sun Hotel y las mujeres egipcias me parecen guapas. Mientras los observaba, tuve el mal gusto de sacar mi libreta de notas para hacer apuntes sobre el personaje del sordomudo, que en la sesión de escritura de mañana espero camine mejor. / Todavía no decido donde pasaré navidades. ¿Belén? Demasiado católico. ¿Palestina? Demasiado militante. ¿Tel Aviv? Demasiado fresa. ¿Un kibutz? Demasiado trabajo. / Por la tarde fui a la embajada de México, donde me recibió una señora que lleva 22 años en el servicio exterior y que ni por eso pierde ese aire de ama de casa mexicana. La biblioteca de nuestra embajada en el Cairo es un caos. Hay libros que ni siquiera se han abierto: la tentación de chingármelos es mucha: ya llevo seis meses fuera de México y tanta literatura nacional me tienta. / El problema de pasar tres meses en la India es que uno se acostumbra a pedorrearse en público sin que sea mala educación y las costumbres intestinales son muy necias: ¿quién le explica a la mía que ya cambiamos de país? Me acabo de soplar uno cuya pestilencia ameritaba una comisión supervisora de Naciones Unidas. / En la embajada leí la revista Proceso y me embargó la nostalgia. Me emocionó sobremanera leer el paso cotidiano de la vida en México: las cosas no esperan mi regreso (cálmate, centro del universo) para transformarse. También me morí de envidia leyendo sobre escritores que a mi edad ya publican. Al salir de la embajada vagué un rato por la Universidad del Cairo y encontré una computadora con teclado latino en donde al fin pude pasar en limpio los dos últimos capítulos de la novela. / Tengo sueño. A ver si me puedo dormir. Chingá, me hubiera ido a la fiesta.

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